Domingo 27 del Tiempo Ordinario – Año C (Oct 6, 2013)

ORACIÓN: reconocer a Dios
en nuestra historia

Introducción

La Biblia no dice que Abrahán haya entrado en un santuario para rezar, pero aun así es considerado no sólo como el padre de los creyentes, sino también el modelo del hombre que ora. Es necesario creer para orar, para creer uno necesita rezar. Toda su vida está marcada por la oración; comenzó a seguir a Dios sólo después de que oyó la palabra del Señor; dio pasos luego de recibir de su Dios una indicación sobre el camino.
Su historia está marcada por un constante diálogo con el señor: “El Señor dijo a Abrán: Vete… Entonces Abrán partió” (Gén 12,1.4). “Abrán recibió en una visión la Palabra del Señor… Abrán contestó: Señor, ¿de qué me sirven tus dotes si soy estéril?” (Gen 15:1.2) “El Señor se apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré” (Gen 18:1-3). “Dios puso a prueba a Abrahán… y Abrahán respondió: Aquí me tienes” (Gén 22,1). Este diálogo ha alimentado la fe de Abrahán; le preparó para aceptar la voluntad de Dios. Le hizo creer en su amor a pesar de las apariencias en lo contrario.
Muchos acontecimientos de nuestra vida son enigmáticos, incomprensibles, ilógicos y parecen dar la razón a quien duda si Dios está presente en nuestra vida y nos acompaña en nuestra historia. Es en estos momentos que nuestra fe se pone a prueba y naturalmente clamamos y rogamos al Señor: “Escucha nuestra voz, atiende nuestro lamento”. Dios siempre escucha nuestra voz aunque es difícil para nosotros percibir su voz. ¡Haz que escuchemos tu voz, Señor! es la invocación que debemos dirigirle. Abre nuestros corazones, ayúdanos a renunciar a nuestros deseos, valores, planes y haz que aceptemos los tuyos. Esta es la fe que salva.

Para interiorizar el mensaje podemos repetir: “Haz que escuchemos tu voz, Señor”.

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1° Lectura2° Lectura | Evangelio

Primera lectura: Habacuc 1,2-3; 2,2-4

Habacuc es un contemporáneo de Jeremías. Vivían en la misma situación social, política y religiosa. La iniquidad imperaba en el país. “Tensan las lenguas como arcos, dominan el país con la mentira y no con la verdad…. El hermano pone zancadillas… se estafan unos a otros y no dicen la verdad… fraude sobre fraude, engaño sobre engaño” (Jer 9,2-5). “Del primero al último sólo buscan enriquecerse, profetas y sacerdotes se dedican al fraude” (Jer 8:10).
El rey es tonto, incapaz, ama el lujo, explota a los trabajadores para construir su palacio, no protege la causa de los pobres y los miserables (Jer 22,13-17). Las injusticias, los abusos y las desviaciones son vistas por todos—¡esto es escandaloso! Dios no responde. Parece estar desinteresado por lo que sucede en la tierra. ¿Por qué no interviene? ¿Por qué no rescata a los oprimidos?
Atento, sensible, espiritualmente maduro, Jeremías y Habacuc tratan de entender lo que está pasando y no tienen miedos de abrir una disputa con Dios. Le preguntan por la razón por su silencio y de permanecer pasivo: “Aunque tú, Señor, tienes siempre la razón cuando discuto contigo, quiero proponerte un caso: ¿Por qué prosperan los malvados y viven en paz los traidores?” (Jer 12,1).
La gente quiere también una explicación y acuden a Habacuc para que consulte al Señor. Perturbado y confundido, esa misma noche el profeta permanece en oración y dirige a Dios las preguntas que figuran en la primera parte de la lectura de hoy: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me escuches? ¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver crímenes, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción y surgen discordias y se alzan contiendas?” (Hab 1,2-3).
¡La oración de Habacuc es magnífica! Tiene el valor de decirle al Señor que no concuerda con él, que Dios no entiende su tolerancia hacia los malvados; le recuerda sobre su actitud pasiva y su silencio; se atreve a pedir cuentas de la manera con que gobierna el mundo y los acontecimientos de la historia.
Después de haber expuesto sus quejas y las de la gente, el profeta se queda en silencio. Es el turno de Dios para responder. Es el Señor quien está llamado a justificar su trabajo. Habacuc espera como los centinelas que escrutan el horizonte lejano para capturar hasta el más mínimo movimiento. Espera una señal que preludie un cambio (Hab 2,1).
La respuesta del Señor es inmediata y es la segunda parte de la lectura (Hab 2,2-4). Dios ordena a Habacuc: “Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido” (v. 2). Esta es la promesa: en poco tiempo no pasará nada; no habrá ningún cambio inmediato. Un tiempo pasará antes de que llegue la liberación. “¡Ay del que acumula lo que no le pertenece… y amontona objetos empeñados… Ay del que mete en casa ganancias injustas” (vv. 6.9).
Es una respuesta sorprendente: Dios no da ninguna explicación; sólo pide confianza incondicional. Entiende las quejas del profeta y del pueblo; sabe que no entienden las razones de su tolerancia. Sin embargo, asegura que lo que hoy sucede aparecerá un día claramente para todos. Los inicuos—que al parecer prosperan—en realidad están sentando las bases de su ruina. Delante del justo, delante de uno que confía en el señor, se abrirán amplios horizontes de vida.

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Segunda lectura: 2 Timoteo 1,6-8.13-14

La segunda carta a Timoteo se dirige sobre todo a aquellos que, en la comunidad cristiana, tienen el ministerio de liderazgo. El pasaje comienza con una invitación a Timoteo: “Te recuerdo que avives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos” (v. 6).
El ministerio al cual fue llamado: dar testimonio de la verdad—requiere fuerza y coraje. Timoteo, lamentablemente, es tímido y reservado, tanto así que Pablo recomendó un día a los Corintios que le hagan sentir a gusto (1 Cor 16,10); por esta razón le recuerda que el Espíritu es la fuente de fortaleza, amor y templanza, no de timidez (v. 7-8).
En la segunda parte de la lectura (vv. 13-14) el apóstol recomienda dos veces a Timoteo–e indirectamente a todos los ministros de la comunidad—a preservar íntegramente el depósito de la fe.
Al final del siglo primero existían falsos maestros que difundían doctrinas erróneas, extrañas y fantásticas, y comienzan a infiltrarse en las comunidades cristianas. La adhesión a dicha interpretación errónea del Evangelio trae a graves desviaciones teológicas y morales. Los líderes de la comunidad tienen que estar alertas para proteger a los fieles particularmente expuestos y tentados a adherirse a esta herejía que se avecina.
La recomendación de permanecer fiel a los principios de la fe no debe confundirse con inmovilidad espiritual. No es una invitación a cambiar la vida de la comunidad. La nueva interpretación y el estudio profundizado de la Biblia, las explicaciones que hacen más comprensible el evangelio a la gente de hoy no son desviaciones de la fe. Las nuevas formas litúrgicas, los nuevos textos del catecismo, no son la infidelidad a la tradición. El niño tiene que desarrollarse, crecer y convertirse en adulto. Sería un acto de violencia obligarle a permanecer siempre como niño. Así también debe crecer la palabra de Dios (Hechos 12,24) y la fe debe madurar. La fidelidad al evangelio requiere una continua metamorfosis de la mente y el corazón.
Este cambio deseado, si es bajo la guía del Espíritu es una expresión y signo de vida.

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Evangelio: Lucas 17,5-10

El pasaje del evangelio que nos propone este domingo es difícil. La primera parte donde habla de la fe (vv. 5-6) y la segunda, que habla de una desconcertante parábola (vv. 7-9) son bastante enigmáticas y plantean muchas preguntas. Lo mismo se puede decir del último versículo (v. 10) en el que incluso los más fieles discípulos son llamados “siervos inútiles”.
Empezamos con los prodigios que la fe, incluso tan pequeña como un grano de mostaza, es capaz de producir. Este dicho de Jesús es introducido por una petición de los discípulos: “Auméntanos nuestra fe”.
¿Es posible que la fe crezca? Algunos dicen: o crees o no crees. Una cosa o la otra. En este caso no se trata de más o menos. Esto sería cierto si la fe se redujese a la aprobación dada a un grupo de verdades.
En realidad, el creer no concierne sólo a la mente: implica una elección concreta, implica una confianza completa e incondicional en Cristo y adhesión convencida a su plan de vida. Por eso es fácil darse cuenta de que la fe puede crecer o disminuir. El camino del seguimiento del Maestro es a veces más rápido, otras menos, a veces uno se cansa, frena y se detiene.
La experiencia de una fe incierta y vacilante sucede todos los días: creemos en Jesús, pero no confiamos en él totalmente; no tenemos el coraje para llevar a cabo ciertos cosas, abandonar ciertos hábitos, hacer ciertas renuncias. En este caso tenemos una fe que debe fortalecerse.
La solicitud de los apóstoles revela la convicción que tienen; se han dado cuenta que la madurez espiritual no es un fruto de su esfuerzo y de su compromiso, sino que es un regalo de Dios. Por eso le pidieron a Jesús que los haga más convencidos y generosos en la elección de seguirlo.
Desde el contexto se intuye también la razón por la que se dirigen a Jesús con esta petición. Jesús les ha propuesto el difícil camino que les espera: tienen que entrar por la puerta estrecha (Lc 13,24), dispuestos a “odiar” padre y madre (Lc 14,26), renunciar a todos sus bienes (Lc 14:33) y— como está escrito en los versículos inmediatamente anteriores a nuestro texto—deben ser capaces de perdonar sin límites y sin condiciones (Lc 17,5-6). Ante tal panorama es comprensible que sientan la falta de fuerzas.
La tentación de cuestionar decisiones hechas y dar un paso atrás es grande. Probablemente pueden decir lo que muchos ya habían dicho y hecho: “Este discurso es bien duro ¿quién podrá escucharlo?” (Jn 6,60). Tienen miedo de no lograrlo y por tanto, les nace espontáneamente dentro la petición de ayuda: Auméntanos la fe.
En lugar de escucharlos, Jesús comienza a describir las maravillas que produce fe. Emplea una imagen muy extraña y paradójica para nuestra cultura: habla de un árbol—no se sabe bien si es una mora o un sicómoro—que podría ser milagrosamente desarraigado de la tierra. Jesús dice que la fe es capaz de realizar también lo imposible: desarraigar a un sicómoro o dejar crecer una mora en el mar.
Mateo y Marcos no hablan de un árbol sino de una montaña que puede ser movida con fe (Mt 17,29; Mc 11,23). Debió ser una imagen muy familiar y proverbial utilizada por Pablo (1 Cor 13,2). Sin embargo, el mensaje es el mismo y se puede resumir con las palabras pronunciadas por Jesús en otro contexto: “Todo es posible para quien cree” (Mc 9,23).
Surge espontáneamente una pregunta: ¿por qué nadie ha hecho tales milagros? Jesús no los hizo, tampoco María, ni Abrahán o los grandes santos. No lo han hecho—y no es difícil de entenderlo—porque Jesús estaba hablando de una manera hiperbólica.
Los milagros de los cuales habló Jesús son los cambios esperados en los que creen. Son las transformaciones inexplicables, absolutamente imprevisibles que se verifican en la sociedad y en el mundo cuando realmente confiamos en la palabra del Evangelio y la ponemos en práctica.
Algunos ejemplos pueden darnos luz: ante el odio, rencores y prejuicios que caracterizan las relaciones entre los pueblos, ¿quién no ha pensado que es algo inevitable? ¿Quién no ha pensado que determinados conflictos familiares son irreconciliables? ¿Quién no ha estado convencido, al menos una vez, que las raíces de la enemistad son tan profundas que no cabría solución posible?
Para quien cree—dice Jesús—no existen situaciones irremediables. Los que confían en su palabra presenciarán milagros extraordinarios e inesperados; verán cumplido los cambios prodigiosos anunciados por los profetas: el desierto florecerá (Is 32,15) y convertirá su desierto en un edén (Is 51,3).
Esta afirmación es seguida por una parábola (vv. 7-9) que nos deja un poco amargados y desilusionados. No es fácil entender por qué Jesús habló de esta manera.
Cuenta de un esclavo que, después del duro trabajo del día, regresa a casa muy cansado y con la cara quemada por el sol. El maestro, en lugar de felicitarlo por el servicio hecho invitándolo a sentarse y comer un pedazo de pan, le habla con dureza: “Prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú”.
Puesto que el maestro representa a Dios y nosotros somos los sirvientes, tenemos algo de qué preocuparnos: ¿al final de nuestra vida seremos realmente recibidos de esta manera?
La parábola también sorprende porque algunos domingos atrás, oímos que Jesús habló de una manera muy diferente: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales el maestro a su regreso los encontrará despierto; les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentarse a la mesa y les irá sirviendo” (Lc 12:37). ¡Algo estupendo!
La comparación utilizada en el pasaje de hoy no corresponde a nuestra sensibilidad actual; nos irrita. Tenemos que ponerla en el contexto cultural de la época, cuando el esclavo era considerado propiedad del dueño y no podía reclamar nada. Jesús no discute esta situación, la toma como un hecho. Un día Jesús establecerá los principios innovadores en los que se basará la nueva sociedad propuesta por él.
Tenemos que recordar lo que se les pidió a los discípulos durante la última cena: “Los reyes de las naciones paganas gobiernan sobre ellos como señores, y se hacen llamar benefactores. Ustedes no sean así, al contrario, el más importante entre ustedes compórtese como si fuera el último y el que manda como el que sirve. ¿Quién es mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es, acaso, el que está a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lc 22,25-27).
Jesús no tiene intención de enfrentar el problema de la esclavitud. Hace uso de un ejemplo para transmitir su mensaje teológico. Quiere corregir la manera engañosa cómo los fariseos (de aquella época y hoy) entienden la relación con Dios.
Los guías espirituales de aquel momento predicaban la religión de méritos. Decían: al final de la vida, Dios premiará basado en el rendimiento de cada uno. Por eso es importante lograr el máximo número posible de buenas obras: oración, ayuno, limosna, sacrificios, prácticas religiosas y escrupulosa observancia de los mandamientos y preceptos. Para tener derecho a una recompensa mayor.
Esta manera de entender la relación con el Señor corresponde perfectamente a nuestra lógica. Creemos que es correcto pensar en un Dios así, pero no somos conscientes de que estamos razonando exactamente como los fariseos. El hombre—que es polvo y ceniza—no podrá reclamar ningún derecho ante Dios, de quien recibe todo gratuitamente.
Esta religión de méritos es perjudicial para quien la practica; establece falsos datos, marcados por un egoísmo sutil entre las personas y deforman la relación con Dios. No se aprecia realmente a la persona que hace el bien con un objetivo—no tan oculto—de acumular méritos ante Dios. Esa persona se pone en el centro de sus propios intereses, ayuda a las hermanos solo para mejorar su propia vida espiritual.
Jesús quiere que el discípulo deje de lado cualquier tipo de egoísmo, también el egoísmo espiritual. Quien ama de manera incondicional y gratuita como el Padre que está en el cielo entra en el Reino de Dios.
Los principales problemas provocados por la religión del mérito es reducir a Dios para que sea como un contador encargado de mantener los libros de cuentas en orden y firmar con precisión los débitos y los créditos de cada uno. La parábola quiere destruir esta imagen de Dios.
No nos gusta; incluso nos irrita porque también está arraigada la idea que al hacer el bien adquirimos méritos ante Dios. Es demasiado profundo como la raíz del sicómoro.
El versículo que concluye la lectura—ya muy difícil—se hace aún más difícil por algunas traducciones inexactas que hablan de “siervos inútiles”. Es mejor traducirlo: “Somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber” (v. 10).
Jesús no pretende subestimar las buenas obras; no desprecia el trabajo de una persona ni asume una actitud de arrogancia hacia quien se compromete para hacer lo que es bueno. Más bien intenta liberar a los discípulos de una forma de egoísmo peligroso para ellos mismos y para los demás: la autorrealización por sí misma, demasiada preocupación por la salud, la exposición de una conducta impecable. Jesús quiere purificar los corazones de impulsos de imitación y de rivalidad espiritual.
No hay que competir para conseguir el favor y el amor de Dios: hay una abundancia de este amor para todos.
Jesús quiere que entiendan que el comportamiento del fariseo que muestra sus propios méritos es una tontería porque el bien no es el resultado de una persona, sino que es siempre y completamente un regalo gratuito de Dios. “¿Qué tienes que no hayas recibido?—dice Pablo —y si lo haz recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Si lo has recibido, ¿por qué estás orgulloso de ello como si no lo has recibido?” (1 Cor 4,7).

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