Archivo mensual: noviembre 2013

Domingo 34 del Tiempo Ordinario – Año C (Nov 24, 2013)

Tiene por trono una Cruz
Nuestro Señor el Rey del Universo

Introducción

En Roma gobernaba el emperador Tiberio, cuando en al orilla del río Jordán apareció el bautista. Lo que dice provoca entusiasmo, despierta expectativas, suscita esperanzas. Las autoridades políticas y religiosas se preocupan porque consideran subversivo su mensaje. Dice: ¡El reino de los cielos está cerca! (Mt 3,2). Después de él, Jesús comienza a recorrer ciudades y pueblitos anunciando en todas partes: ¡El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios es inminente! (Mc 1,15). A veces dice también: El Reino de Dios está ya en medio de ustedes (Lc 17,21). El reino es el centro de la predicación de Jesús; baste pensar que en el Nuevo Testamento el tema del reino de Dios está presente 122 veces y 90 en boca de Jesús.
Pocos años después de su muerte encontramos a sus discípulos quienes en todas las provincias del imperio y en la misma Roma, anuncian en reino de Dios (He 28,31). Hubiéramos querido que Jesús y los apóstoles nos hubiesen explicado el significado de esta expresión, pero ninguno de ellos lo ha hecho. Notamos sin embargo que Jesús se distancia de aquellos que dan a su misión una interpretación político-nacionalista (Mt 4,8-9); no obstante su mensaje contiene una innegable carga subversiva para las estructuras existentes en la sociedad. Es considerado un mensaje peligroso por los detentores del poder, sea político como religioso.
Comenzando como una pequeña semilla, el reino está destinado a crecer y a convertirse en un árbol (Mt 13,31-32); está dotado de una fuerza irresistible y provocará una transformación radical del mundo y del hombre. La realeza de Jesús es difícil de entender, ha puesto en picada hasta la cabeza de Pilatos (Jn 18,33-38). La realeza de Jesús es demasiado diferente a las realezas de este mundo. ¡Cuántas veces a lo largo de la historia ha sido malentendida!

Para interiorizar el mensaje repetiremos:
“¡Venga a nosotros tu reino!”.

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Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Año C (Nov 17, 2013)

ÁNIMO, LEVANTEN LA CABEZA

Introducción

Cuando acontecen trastornos políticos, como guerras, hambre, pestes y la situación de miseria se convierte en intolerable, se difunden fácilmente rumores sobre el fin del mundo. Para dar crédito a estos delirios los adeptos a estas sectas fundamentalistas utilizan algunos textos bíblicos. El más citado es éste: “Debes saber que en los últimos tiempos se presentarán situaciones difíciles. Los hombres serán egoístas y amigos del dinero, fanfarrones, arrogantes, injuriosos, desobedientes a los padres, in gratos, no respetarán la religión…traidores y atrevidos, vanidosos, más amigos del placer que de Dios” (2 Tim 3,1-4). Estas situaciones de malestar se encuentran en toda época, por eso el que quiere hacer previsiones para el fin del mundo no tendrá problemas en establecer la fecha. Esto es lo que hacen los Testigos de Jehová.
Para los autores del Nuevo Testamento los últimos tiempos no son aquellos que vendrán dentro de millones de años, sino aquellos que estamos viviendo, aquel que se ha iniciado con la Pascua. No es fácil captar el sentido de lo que está sucediendo en estos últimos tiempos. Nuestros ojos están como velados, empañados. Mucho de lo que pasa está envuelto en el misterio: desgracias, absurdos inexplicables, contradicciones, señales de muerte. Es difícil descubrir un proyecto de Dios en todo esto.
Empleando un lenguaje e imágenes apocalípticas, Jesús quiere rasgar el velo que impide que veamos al mundo con los ojos de Dios. Cuando parece anunciar el fin del cosmos, no se está refiriendo “al” fin del mundo, sino ayudándonos a entender “el” fin del mundo. Apocalipsis no significa catástrofe, sino revelación, desvelamiento. Tenemos necesidad que la palabra de Cristo nos ilumine y, más allá del camino borroso trazado por los hombres, nos permita escoger el trayecto que el Señor está describiendo.

• Para interiorizar el mensaje repetimos:
“Señor permanece cercano, he puesto en ti mi esperanza”.

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Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Año C (Nov 3, 2013)

Indagados por los hombres,
contemplados por Dios

Introducción

Sobre una tela blanca nuestra mirada nota de inmediato un puntito negro, una manchita de tierra. Por un extraño automatismo nuestros ojos se fijan inmediatamente en lo que disturba. Pasa que un defecto, una deficiencia, una discapacidad se convierten en inspiración para apodos, alusiones y bromas, a veces inocentes, otra veces sarcásticas.

La mirada de la gente es cruel: se fija, especialmente, en las manchas, los límites, los aspectos defectuosos. Y ¿es también así la mirada de Dios? Si de veras es así, entonces estamos mal parados porque “ni el cielo es puro a sus ojos; ¡cuánto menos el hombre, detestado y corrompido, que se bebe como agua la maldad!” (Job 15,15-16).
¿Debemos tener miedo a la mirada de Dios? ¡Dios te ve! Recordamos este reclamo usado especialmente por los educadores y los catequistas del pasado para prevenir comportamientos errados. Aquel triángulo que en el centro tenía el ojo de Dios que escrutaba e infundía reverencia y temor.
El pensamiento que se ha formado muchas veces y que hemos creado es el de un Dios “policía”. ¿Es correcto presentar a Dios de esta manera—aunque sea para obtener buen comportamiento? ¿Es su mirada como la del investigador que busca los motivos para condenar o es el abrazo tierno del Padre que comprende, excusa, toma siempre y solamente lo que es bello y amable en sus hijos e hijas?
La respuesta a esta pregunta nos preocupa.

• Para interiorizar este mensaje repetimos:
• “Cuando estaba siendo formado en el vientre de mi madre,
tus ojos me han contemplado, Señor”.

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Domingo 32 del Tiempo Ordinario – Año C (Nov 10, 2013)

Entre temores e ilusiones,
una sola esperanza

Introducción

La gente de todos los tiempos han debido confrontarse con el enigma angustiante de la muerte y han intentado de todas formas posibles superarlo o al menos exorcizarlo. Los egipcios recurrieron  la momificación para conservar el cuerpo sin que se descomponga, crearon ritos, ceremonias, prácticas funerarias complicadas y minuciosas para asegurar al difunto una vida en el mundo de Osiris. La gente de la Mesopotamia hablaban de la muerte como de un descenso al “país sin retorno” y, resignados tuvieron que admitir: “Cuando los dioses crearon la humanidad, hicieron a los hombres mortales manteniendo la vida en manos de ellos”. Otros pensaron sobre la posibilidad de un retorno a la vida de este mundo a través de la sucesión de interminables reencarnaciones.

Todo lo que sucede en nuestra vida: nacemos, crecemos, nos enamoramos, formamos una familia, educamos a los hijos; probamos alegrías y sufrimientos, cultivamos sueños y esperanzas… Luego, un día, parece que todo acaba en la nada de la muerte. Todo acaba, todo desaparece. Los diálogos de amor se interrumpen, los afectos, la comunicación con las personas queridas. ¿Volvemos a al vacío después del gesto de amor de nuestros padres que nos crearon? ¿De verdad ha creado Dios al hombre para un destino tan cruel? ¿Qué queda de Abrahán, Isaac y Jacob—solamente el nombre?

Frente a estos interrogantes Dios ha dado una respuesta. “La esperanza cristiana—afirmaba Tertuliano, el conocido Padre de la Iglesia del siglo segundo—es la resurrección de los muertos; todo lo que nosotros somos, lo somos en cuanto creemos en la resurrección”.

Para interiorizar este mensaje repetimos:

“Al despertarme, Señor, me saciaré

contemplando tu rostro”.

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