Fiesta de todos los santos

La fiesta de nuestra familia

Introducción

En el pasado los santos gozaron de una enorme popularidad: las iglesias estaban llenas de sus estatuas y a menudo se recurría a ellos más que a Dios. Teníamos el santo patrono de los camioneros, de los estudiantes, el que nos ayudaba a encontrar los objetos perdidos, al que acudíamos por el mal de ojos, por el mal de la gula…. Eran considerados una especie de intermediarios que cumplían la función de “amortiguar” el impacto con un Dios considerado demasiado grande y lejano, un poco inaccesible y también ajeno a nuestros problemas.

Hoy, la tendencia de acudir a los santos como intermediarios para presentar a Dios nuestras peticiones se va extinguiendo. Nos dirigimos más al Señor directamente, con la fe de los hijos. Los santos—y María incluida—son considerados como nuestros hermanos y hermanas que, con su vida, nos indican un camino para seguir a Cristo y nos invitan a orar en todo momento, junto con ellos, al único Padre.

La palabra santo indica la presencia en esa persona de una fuerza divina y benéfica que permite distinguirse, distanciarse de aquello que es imperfecto, débil, efímero. Entendida de esta manera, solamente Cristo ha poseído en plenitud esta fuerza de bien y solamente él puede ser proclamado santo, como cantamos en el Gloria: “¡Tu solo eres santo!”

También nosotros podemos acercarnos a él y ser partícipes de su santidad. Él ha venido al mundo para acompañarnos hacia la santidad de Dios, hacia aquella meta inalcanzable que nos ha dado: “Sean perfectos como el Padre del cielo” (Mt 5,48).

Los primeros discípulos fueron identificados con distintos nombres. Se los llamaba “galileos”, “nazarenos” y, en Antioquía, “cristianos”. Se trataba de una designación despectiva: “galileos” era sinónimo de “revoltosos”; “nazarenos” se refería a una aldea despreciada de donde provenía su maestro; “cristianos” significaba “unidos”, seguidores de un disidente “junto al Señor” hasta el patíbulo.

Este no era el título que ellos utilizaban. Ellos se referían como “los hermanos”, “los creyentes”, “los discípulos del Señor”, “los perfectos”, “la gente del camino” y… “los santos”.

Pablo dirigía sus cartas “a todos los santos que viven en Filipos…” (Fil 1,1); “a los santos que están en Éfeso…” (Ef 1,1); “a los santos y hermanos fieles que están en Colosas…” (Col 1,2); “a todos los santos de la entera Acaya…” (2 Cor 1,1); “a todos los que Dios amó y llamó a ser consagrados, que se encuentran en Roma… (Rom 1,7). No escribe a los santos del cielo, sino a personas concretas que habitaban en Filipos, Éfeso, Corinto, Colosas, Roma. Estos eran los santos.

Santos eran todos los discípulos: sea que se encontraran ya en el cielo con Cristo o que todavía peregrinasen en esta tierra.

En los templos ortodoxos los santos que están en el cielo están pintados en las paredes, a la altura del hombre, de pie, como los resucitados de quienes habla el Apocalipsis (Ap 7,9). Es la forma en que se quiere recordar a todos los participantes en la celebración que los santos del cielo, aunque solo se los pueda contemplar con la mirada de la fe, continúan viviendo cercanos a los santos de la tierra. Son parte de la comunidad convocada para dar gracias al Señor.

 • Para interiorizar el mensaje repetimos:

Tu familia es santa, Señor,

en el cielo y en la tierra.

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1° Lectura2° Lectura | Evangelio

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

¡Cuánto dolor, cuántas lágrimas y amarguras en la vida del hombre! ¿Por qué tanto abuso, violencia y angustia en el mundo? El Apocalipsis dedica cuatro capítulos a este angustiante problema (Ap 5−8). Es la sección de los siete sellos.

En la mano del Señor sentado en trono—narra el vidente—se encuentra el libro en que se registra la historia de la humanidad, con todos los dramas que la han afligido. Allí se encuentra la respuesta a los inquietantes enigmas del mal y del dolor; pero este libro “está sellado con siete sellos” que ninguno es capaz de abrir.

¿Permanecen entonces siempre sellados los misteriosos designios de Dios? Al vidente del Apocalipsis que llora incontrolablemente, se le acerca un anciano que le dice: “No llores más; el león de la tribu de Judá ha vencido, el germen de David. Él abrirá el libro y sus siete sellos”.

Es el ángel inmolado que abrirá, uno a uno, los sellos y desvelará los enigmas.

Nuestro texto narra lo ocurrido después de abrir el sexto sello.

Cuatro espíritus celestes, de pie en los cuatro puntos cardinales, están sujetando los cuatro vientos para que no soplen sobre la tierra y el mar, cuando un ángel, con el sello del Dios viviente, sale de oriente y ordena que no hagan daño. No todos deben perecer. Los que lleven el sello del Dios vivo serán perdonados (Ap 7,1-4).

Los electos, los salvados son ciento cuarenta y cuatro mil.

Se trata de un número simbólico. Es el resultado de 12 X 12 X 1000 y no indica—como algunos sostienen erróneamente—a los santos del paraíso, sino a todo el pueblo de Dios que vive en este mundo, los cristianos, quienes por el sello del Bautismo, pertenecen a la esfera de los elegidos.

No tienen especiales privilegios; no están excluidos de las pruebas y las tribulaciones que afligen a toda persona. Pero son librados del poder del abismo, pertenecen al Señor y se encuentran en una situación nueva, participantes de la santidad de Dios.

Habiendo comprendido los diseños del Señor sobre el mundo, contemplan desde una perspectiva nueva lo que sucede en la tierra; observan desde lo alto, del cielo, todos los eventos y los leen con los ojos de Dios.

Les perturba, claro, como a todos, las duras pruebas que tienen que atravesar, pero no desesperan. La enfermedad, el dolor, las traiciones no son para ellos perturbaciones y absurdos, sino momentos de maduración y de crecimiento, y la muerte no es una mofa, sino un nacimiento que sella el comienzo de la segunda parte de la vida, la mejor.

Es el ángel inmolado que, con su vida truncada por el odio, pero donada por amor, ha revelado que en el proyecto de salvación de Dios tienen cabida los eventos más absurdos.

Después de esta primera visión en que se presenta a la comunidad de los santos que, en esta tierra, son signos de la ciudad celeste, aparece una multitud inmensa que nadie puede contar, gente de toda raza, lengua, pueblo y nación. Están de pié frente al trono del Cordero, visten vestiduras blancas y llevan una palma en la mano (v. 9).

El vestido blanco es símbolo de la alegría y de la vida nueva que en ellos se manifiesta plenamente, sin ninguna mancha de pecado; las palmas son signos de la victoria que han conseguido por su fidelidad a Cristo. ¿Quiénes son? Es la comunidad de los santos del cielo, compuesta de aquellos que han concluido su peregrinación en la tierra y han entrado en la condición de los bienaventurados.

Han soportado la tribulación y la persecución y, como el cordero, han dado su vida por amor. Han sido despreciados por los hombres, pero Dios los ha proclamado victoriosos y Dios les ha dado las palmas (v. 14).

Los versículos que siguen y que no leemos en la lectura describen la suerte que les espera: no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el calor los molestará, porque el Cordero…los apacentará…. Y Dios secará las lágrimas de sus ojos (vv. 16-17). Cristo—el Cordero inmolado—los reconocerá como corderos de su grey porque han puesto su confianza en él, lo han seguido y han dado sus vidas.

Esta página fue escrita para dar fuerza a los cristianos de la comunidad de Asia Menor que, al final del siglo primero, estaban siendo tentados de renegar de su maestro por las persecuciones. La perspectiva de participar con él en la bienaventuranza del cielo debía ayudarles a mantener firme su fe y a continuar siguiendo, con paciencia y perseverancia, al Cordero inmolado.

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Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

La vida de Dios que el cristiano recibe en el bautismo es una realidad espiritual, misteriosa. Para describirla, hablando con Nicodemo, Jesús emplea una comparación. Es como el viento—dice—que no se ve, no se sabe de dónde viene ni a dónde va, aunque sabemos que existe, se lo siente, notamos su efecto.

La vida divina en el hombre no puede ser verificada con los sentidos, pero las señales de su presencia son inequívocas. Los que la reciben se convierten en personas nuevas, guiados de un espíritu que no es más el de este mundo.

La lectura de la carta de Juan comienza con una exclamación de alegría: “Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos” (v. 1).

En la mentalidad semítica, los hijos no solamente daban continuidad a la vida biológica del padre, sino que lo tenían especialmente presente. Era normal que se reconociera al padre en el rostro del hijo y en los rasgos exteriores, pero especialmente por la integridad moral, por la fidelidad a Dios, por los aspectos más significativos de su carácter.

El cristiano auténtico es, en el mundo, la presencia de lo divino y, como todo hijo, reproduce el semblante del Padre que está en el cielo. La consecuencia—explica Juan—es que el que no conoce a Dios, no puede tampoco reconocer a sus hijos que son generados por el Padre (v. 1). Estos están en sintonía con el pensamiento y los sentimientos del Padre, se asemejan a él, son diferentes de los demás, son los “santos”. No ha de sorprendernos, por tanto, no ser comprendidos por aquellos que tienen su mirada solamente sobre la realidad de este mundo.

Pablo también habla de esta verdad a los cristianos de Corinto. Los discípulos del Señor—dice—poseen una sabiduría, un modo de evaluar a este mundo que es incompatible con los criterios de juicios humanos. Se trata de “una sabiduría divina, misteriosa que ninguno de los jefes de este mundo han podido conocer… El hombre puramente natural no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, porque le parece una locura; y tampoco puede entenderlo” (1 Cor 2,6-14).

Luego de haber recordado a los cristianos la dignidad de su filiación divina—“ya somos hijos de Dios”—el autor de la carta les invita a contemplar el destino luminoso que les espera: “Todavía no se ha manifestado lo que seremos” (v. 2).

La condición actual no es definitiva. Un velo cubre nuestra realidad mortal ligada a esta tierra, nos impide ver lo que realmente somos. Un día se quitará este velo y contemplaremos a Dios como Él es y comprenderemos lo que ya somos.

En el ámbito materno, el hijo recibe el alimento y la vida de la madre, por tanto depende totalmente de ella y no puede ver el rostro de su madre. Solamente después de nacer podrá ver y abrazar tiernamente a la que le ha engendrado.

De la misma manera el hombre vive la gestación en espera del parto. Se encuentra en el seno de Dios que es padre y madre. “En él vivimos, nos movemos y existimos”—recuerda Pablo a los atenienses (He 17,28), pero no podemos ver su rostro. Sabemos sin embargo que cuando él se manifieste, nosotros seremos semejantes a él, porque lo veremos como él es (v. 2).

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Evangelio: Mateo 5,1-12

El hombre ha cultivado siempre el deseo de encontrarse con Dios, de interrogarlo, de conocer sus pensamientos, de descubrir sus designios. ¿Cómo encontrarlo? ¿Cómo lograr una cita con él?

Antiguamente se creía que el lugar ideal era la cumbre de las montañas. Todos los pueblos tenían su montaña sagrada—lugar de encuentro entre el cielo y la tierra, morada de los dioses y meta de la ascensión humana—los griegos el Olimpo, los habitantes de la Alta Mesopotamia el Ararat, el Ugarit.

Israel también comparte esta creencia. Abrahán, Moisés y Elías hicieron sus  experiencias espirituales más fuertes en las montañas, en el Moria, el Horeb, el Carmelo. Mateo coloca el primer discurso de Jesús en la montaña.

La devoción cristiana ha identificado este lugar con la colina con vistas a Cafarnaúm. Las religiosas que la custodian la han convertido en un oasis de paz, meditación y oración. Paseando bajo los árboles majestuosos, con el susurro de la brisa en las hojas que baja de los picos nevados del Líbano, contemplando desde lo alto el lago donde Jesús y sus discípulos tenían la barca, uno se siente casi naturalmente inducido a elevar la mirada al cielo y el pensamiento a Dios.

Aunque pueda ser sugerente esta experiencia, el monte a que se refiere Mateo no

debe entenderse en sentido geográfico, sino que tiene un significado teológico.

Más que un lugar real, “el Monte” en la Biblia indica cualquier lugar o momento donde se pueda encontrar al Señor y recibir su palabra.

Podemos visualizar la escena. Jesús se ubica en la llanura, símbolo de la sociedad donde—en palabras del Eclesiastés–“toda fatiga y el éxito en el trabajo es rivalidad y envidia entre compañeros” (Ecl 4,4). Sube al monte donde los criterios y modelos de juicio y vida propuestos son radicalmente diferente: son los de Dios.

La escala de valores establecida en el llano es, en términos generales, de la siguiente manera: en primer lugar la salud, la familia, el éxito profesional, la cuenta bancaria, los amigos. También Dios y los Santos—por supuesto—entran en la fila, pero como ayudas útiles a los valores anteriores que son aquellos que están realmente en el corazón.

¿Tendrá éxito el hombre que edifica su vida de acuerdo con estos ideales? ¿Qué piensa Dios?

Para no correr el riesgo de centrarse en los objetivos decepcionante y perder su existencia es necesario confrontarse con su juicio.

¿Qué escala de valores se presenta en el monte?

Hoy la liturgia nos hace reflexionar sobre las propuestas de las bienaventuranzas formuladas por Jesús. Son las que los santos del cielo han puesto en práctica y que los santos de la tierra, estimulados por su ejemplo, están animados a imitar.

Bienaventurados los pobres de espíritu.

Es difícil decir de cuántas maneras ha sido interpretada esta bienaventuranza.

Algunos han dicho que se refiere a los mendigos miserables, los explotados, como si fuera la gente con quien Dios se complace y que por tanto deben permanecer en esta situación. Se trata simplemente de una interpretación absurda, engañosa. La humanidad soñada por Dios no es una en la que sus hijos sean indigentes, sino donde “nadie sea pobre” (He 4,34).

Otros creen que los “pobres de espíritu” son aquellos que para conservar la posesión de sus bienes, no se atan el corazón a las riquezas y son generosos con ofrendas a los que tienen menos suerte.

Pero la limosna—aunque algunos textos bíblicos (raros) la recomiendan—no introduce en el mundo la “nueva justicia”, no resuelve a la raíz el problema de la división equitativa de los bienes porque considera legítimo que existan en este mundo ricos y pobres.

El principio “a cada uno lo suyo” en que se fundamenta nuestra justicia parece prudente y sensato, pero proviene de una premisa falsa; se deriva del supuesto que algo pertenece a la persona, mientras que todo es Dios: “Del señor es la tierra y todo lo que contiene, el universo y sus habitantes” (Sal 24,1). El hombre es sólo un administrador de bienes que no son suyos y sobre esta administración un día se le pedirá cuenta.

De la mala administración de  los bienes de este mundo, del mal instinto de apropiarnos de ellos, de la codicia, derivan todos los males: las guerras, la violencia, las peleas, los celos (1 Tm 6,10); es el mundo inhumano que se queja de dolor y pide ser renovado y redimido (Rom 8,19-25).

Todos los adjetivos posesivos que utilizamos expresan una concepción errónea de la realidad: si todo es de Dios, no tiene sentido hablar de ‘mi’, de ‘tu’ y de ‘nuestro’ porque todo es del Creador.

La imagen bíblica del mundo es la de la sala del banquete donde el señor invita a cada uno de su hijos desde el momento en que los llama a la existencia.

El hombre es un comensal que se regocija con los hermanos de lo que el Padre pone a disposición de todos; Quién los administra como posesión propia comete un robo. De la misma manera, la vida no pertenece al hombre, es de Dios, es un regalo que debe ser ofrecido por amor.

En relación con los bienes, Jesús no siente desprecio como ha caracterizado a los filósofos cínicos. Para él la “la riqueza deshonesta” es buena cuando es distribuida a los pobres (Lc 16,19). Sin embargo, aunque no la ha condenado, la ha considerado como un peligro, un obstáculo—insuperable para muchos—para entrar en el reino de los cielos (Mt 19,23). Mientras una persona es más favorecida, con más bienes a su disposición, más siente la tentación de atarlas al corazón, mantenerlas para sí y utilizarlas egoístamente.

Para aquellos que le quieran seguir—que quieran ser santos—Jesús pide la separación total: “El que no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).

Es en el contexto de este requisito indispensable, compartir de lo recibido por Dios, a que se refiere esta bienaventuranza.

Jesús no exalta la pobreza como tal. Añadiendo la especificación de espíritu, aclara que no todos los pobres son bienaventurados. Deben considerado como tales solamente los que, por libre voluntad, se despojan de todo,  administrando sus bienes según el plan de Dios.

Pobres de espíritu son aquellos que deciden no poseer nada para sí y ponen a disposición de los demás todo lo que han recibido.

Pobre según el evangelio no es la persona que no posee nada, sino el que no posee nada para sí mismo.

Los que poseen de más, los que han sido favorecidos son ricos y llegan a ser arrogantes, humillan al que tiene menos, emplean sus capacidades para privilegiarse. Si en cambio se preocupan por los demás, se ponen a servir a los que lo necesitan, es pobre de espíritu.

Incluso los que son miserables pueden no ser pobres de espíritu. No lo es si se maldice a si mismo y a los otros, si trata de mejorar su condición con la violencia y el engaño, si desea liberarse solo descuidando a los demás, si cultiva el sueño de conquistar

un día la prestigiosa posición de los ricos.

La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen no es algo opcional, no es un consejo para aquellos que quieren ser heroicos o más perfectos que los demás. Esto es lo que distingue al santo, esto es, al cristiano.

La promesa que acompaña a la bienaventuranza no hace referencia a un futuro lejano, no asegura la entrada al cielo después de la muerte, sino que anuncia una alegría inmediata: de ellos es el reino de los cielos. Desde el momento en que la persona se decida a ser y permanecer pobre, entra en el “reino de los cielos”, pertenece a la familia de los santos.

Esta bienaventuranza no es un mensaje de resignación, sino de esperanza: no habrá más necesitados cuando todos se conviertan en “pobres de espíritu”, cuando se pongan al servicio de los hermanos todos los dones recibidos de Dios, como lo hace Dios, el Santo que, aun poseyéndolo todo, es infinitamente pobre: No se queda con nada, lo da todo, incluyendo a su Hijo.

Bienaventurados los que sufren.

Durante siglos la iglesia ha predicado un ascetismo que ha exaltado el dolor como un medio para unirse más estrechamente a los sufrimientos de Cristo. Atrajo a legiones de santos y ha despertado preciosas energías espirituales, pero también extendió la creencia  errónea de que el sufrimiento es algo que agrada a Dios.

Este no es el caso. El dolor deshumaniza y el señor no puede estar contento con una ofrenda que desfigura el rostro de sus hijos. Jesús—citando al profeta Oseas—recordó que Dios desea amor, no el sacrificio (Mt 9,13).

¿Qué quiere decir, entonces, cuando proclama bienaventurados a los “sufren”?  El término que emplea es bien conocido por los conocedores de la Biblia. Los “afligidos” de los que habla en el libro del profeta Isaías son aquellos que no tienen una casa donde vivir, no tienen campos para el cultivo porque la herencia de sus padres ha sido usurpada por extraños, deben ponerse al servicio de terratenientes sin escrúpulos, sufren injusticia, abuso de poder, malversación de fondos, humillaciones (Is 61,7).

A estas personas que tienen roto el corazón, que se sientan en las cenizas y llevan vestidos del luto (Is 61,3) el profeta les da un mensaje de esperanza. Dios—les asegura—está por intervenir, revertirá la situación y eliminará las causas de luto: “Proclamará el año de gracias del Señor… para consolar a los afligidos, para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta” (Is 61,3).

En la sinagoga de Nazaret Jesús se ha aplicado a sí mismo este oráculo. Ha dicho que ha venido a dar cumplimiento a esta promesa de Dios (Lc 4,21).

Los “afligidos” que el cielo considera como bienaventurados son los que están atentos y sensibles el inmenso grito de dolor que existe en el mundo. “Llorar con los que lloran” (Rom12,15), pero no se resignan frente al mal y al sufrimiento y ponen su esperanza en Dios y su palabra de salvación.

Serán consolados: en el Reino de Dios—en el que Jesús, el Santo, ha puesto los fundamentos y donde los santos colaboran para construirlo—todas las situaciones que

son causa de dolor y llanto serán eliminadas.

Bienaventurados los mansos.

El adjetivo “humilde” invoca la idea de una persona resignada que no reacciona a las provocaciones, acepta pasivamente y sin quejarse las injusticias.

Es la persona que rehúye de cualquier conflicto (pero que revela quizás también una personalidad débil) la que es declarada bienaventurada?

El término “humilde” utilizado por Jesús está tomado del Antiguo Testamento y, más precisamente, del Salmo 37 donde son llamados “humildes” aquellos que han sido privados de sus derechos, de su libertad, de su propiedad. Son pobres porque los poderosos han usurpado su campo, la casa y también los hijos e hijas. Se ven obligados a sufrir injusticia sin ni siquiera poder protestar.

No se resignan, pero se niegan a recurrir a la violencia para restaurar la justicia. No se dejan guiar por la ira, no alimentan el resentimiento y deseo de venganza. Confían en Dios y esperan la venida de su reino.

La suya no es una actitud pasiva esperando como la del que espera el autobús; es activa, se traduce en un compromiso real.

El modelo de auténtica humildad es Jesús (Mt 11:29; 21:5) quien no se comportó como un débil, un tímido, cobarde. Experimentó conflictos dramáticos, pero los ha afrontado con la disposición del corazón que caracterizan a los “humildes”. Repudió la violencia, amó a los que lo maltrataron; paciente y tolerante se hizo siervo de todos.

Santos son los que hacen realidad los sueños de Dios para el mundo y, con Jesús—el Santo—se comprometen a realizarlas, aportando pruebas, hasta de aquellos que se oponen a ellos, con la misma humildad que la del maestro.

La promesa: heredarán la tierra. Recibirán de Dios una nueva tierra, construirán con él un nuevo mundo, realmente humano.

¿Un sueño? Sí, pero de Dios y los santos no se dejan convencer por el maligno que intenta convencerlos que las promesas del Señor no se cumplirán. No se resignan a la realidad a menudo sombría en la que son llamados a trabajar y mantener firme aquella esperanza que Pablo califica con el término griego hupomoné, la característica de piedras duras que resisten a cualquier presión (1 Tes 1:3).

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

Hambre y sed son las necesidades biológicas más imprescindibles. Es con la misma pasión—recomienda Jesús—que sus discípulos deben desear la “justicia”.

¿De qué justicia se trata?

La justicia establecida por los hombres es que todos sean tratados según lo que merecen: los buenos deben ser premiados, los culpables castigados, los inocentes liberados. “Ajusticiar” es incluso sinónimo de enviar a la horca.

¿Tal vez es esta la justicia de la que uno debe tener hambre y sed?

El adjetivo “justo” puede aplicarse a Dios, pero con mucho cuidado, porque corremos el riesgo de transformar el Señor en un ejecutor de juicios y garante de la moralidad con promesas de recompensas y amenazas de castigo.

La Biblia habla a menudo de la justicia de Dios, pero siempre y solamente como sinónimo de benevolencia, nunca en el sentido de la justicia distributiva.

Dios es justo, no porque premia según los méritos, sino porque con su amor hace justos a aquellos que son malvados. Es justo porque “quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Tim 2,4).

Para nosotros, decir se ha hecho justicia significa que el culpable ha sido castigado. Para Dios la justicia está hecha cuando logra hacer justo uno que era malvado, cuando ha recuperado a un pecador del abismo de la culpa.

Nadie como Jesús ha procurado que en el mundo se instalara esta justicia. A los discípulos que lo invitaron a comer les responde: “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y concluir su obra” (Jn 4:34). Sólo la justicia de Dios podía saciar su hambre.

Anunciaba la palabra que traía la justicia y era tanta la gente que tenía necesidad de escucharlo que no tenía tiempo ni siquiera para comer (Mc 6,31).

Santos son aquellos que comparten con Jesús el mismo hambre y sed por la salvación de los hermanos.

La promesa: serán saciados. Experimentarán el gozo de Dios—ya en esta tierra—de los ángeles del cielo que “están más alegres por un pecador que se convierte que por noventa y nueve que no tienen necesidad de conversión” (Lc 15,7).

Bienaventurados los que hacen obras de misericordia.

Esta bienaventuranza parece insertarse en contraposición entre generosidad y el deseo de castigar a los culpables. Parece una invitación a que prevalezca siempre la compasión y el perdón.

Este es sin duda uno de los aspectos de la “misericordia” y concuerda bien con la recomendación de Jesús: “sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen, y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37). Pero esto no agota la riqueza de este término bíblico.

En la Biblia la “misericordia” es más que un sentimiento de piedad. Es una acción a favor del que necesita ayuda. El ejemplo más claro es el del Samaritano que—dice el texto griego—hizo misericordia con el hombre asaltado por los bandidos (Lc 10,37).

Los rabinos de la época de Jesús enseñaban que Dios es misericordioso porque cumple las obras de misericordia y explicaban: “Dios vistió al desnudo—cuando cubrió con hojas a Adán y Eva; Gen 3,21—así tienen ustedes que vestir al desnudo. Visitaba a los enfermos—de hecho visitó a Abrahán cuando sufría por la circuncisión y visitó a la estéril Sara; Gen 18,1—por tanto ustedes deben visitar a los enfermos. Confortó a los que estaban de luto—cuando consoló a Isaac después de la muerte de su padre; Gen 25,11—así ustedes tienen que consolar a los que están de luto. Enterró a los muertos—fue él quien enterró a Moisés; Dt 34,6—así que ustedes deben enterrar a los muertos”.

Misericordiosos son los santos que, frente a las necesidades humanas, demuestran la emoción del corazón de Dios e intervienen haciendo obras de misericordia, como las ha hecho Dios.

La promesa: serán tratados con misericordia. En el nuevo mundo, en el reino de Dios, también, cuando vayan a necesitar ayuda, encontrarán siempre a hermanos dispuestos a darles una mano y a dar sus vidas por ayudarlos.

Bienaventurados los limpios de corazón.

La pureza fue una de las características más marcadas de la religión judía. Cualquiera que se pusiera en contacto con los cultos paganos, era penado con la muerte, y debía evitarse todo lo que era impuro.

De esta exigencia de pureza nacieron las diversas prohibiciones; eran disposiciones detalladas de los rabinos que obligaban a alejarse de lo que era percibido como contrario con la santidad de Dios. Pero como las transgresiones eran inevitables, era necesario tener ritos de purificación, abluciones, sacrificios  (Mc 7,3-4).

No eran estas prácticas las que interesaban a Jesús. Lo que él exige es la pureza de corazón. No hay nada de fuera del hombre que lo contamine. Son solamente las cosas del corazón las que pueden hacer impura a una persona (Mt 15,17-20).

Los puros de corazón son los que tienen un corazón indiviso, aquellos que no aman al mismo tiempo a Dios y a los ídolos.

No tiene un corazón puro el que sirve a dos amos, quien tiene una conducta que no concuerda con su fe profesada; la del que ama a Dios, pero mantiene resentimiento contra el hermano en su corazón; aquel que no hace una mala acción pero es adúltero en el corazón (Mt 5,28).

La promesa: Verán a Dios. Sólo a ellos les es dada el hacer la experiencia santa del abandono confiados en los brazos de Dios.

Bienaventurados aquellos que trabajan por la paz.

Entre las obras de misericordia recomendadas por los rabinos de la época de Jesús, la más meritoria era trabajar por la paz, reconstruir la armonía entre las personas. Toda acción con el fin de conseguir la paz—se decía—atraía las bendiciones de Dios.

Bienaventurado el que, sin recurrir a la violencia, pone todos sus esfuerzos para poner fin a las guerras y los conflictos; bienaventurado el que se interpone entre los contendientes para llevarlos al diálogo, a la concordia, a la paz.

Pero en la Biblia la palabra “paz” (shalom) no significa sólo la ausencia de guerra. Indica bienestar total, implica armonía con Dios, con los otros y consigo mismo; indica prosperidad, justicia, salud, alegría.

“Constructores de paz” son todos aquellos que se unen para hacer que esta vida llena de todo bien sea también posible para todos.

A estos santos está reservado la más bella de las promesas: se llamarán hijos de Dios.

Bienaventurados los que son perseguidos por la justicia.

Hay catástrofes que suceden inesperadamente: muertes, enfermedades y desgracias que les pueden suceder a cualquiera. Otros sufrimientos son, en cambio, consecuencia de comportamientos tontos o inmorales y son éstos de los que vamos a tratar.

Hay un tercer tipo de tribulaciones: aquellas que no queremos, pero tenemos que tener en cuenta—porque son un precio inevitable a pagar—si optamos por seguir a Cristo.

Jesús no les da ilusiones a sus discípulos; no les ha prometido reconocimientos y logros, no les ha asegurado la aprobación y el consentimiento de los hombres; repitió con insistencia y con claridad que la adhesión a su persona llevará a persecuciones: “Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los miembros de su casa!” (Mt

10,25). Y más aun: “Los detendrán, los perseguirán, los llevarán a las sinagogas y a las cárceles, los conducirán ante reyes y magistrados por causa de mi nombre” (Lc 21,12). “Dice la sabiduría de Dios: les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los matarán y perseguirán. Así se pedirá cuenta a esta generación de toda la sangre derramada desde la creación del mundo” (Lc 11,49-50).

La persecución es el uniforme que distingue al discípulo. Pablo es muy explícito: “Todos los que quieren vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12).

¿Por qué? Esperamos que el cristiano—mensajero de paz y esperanza—debería ser recibidos con los brazos abiertos, con alegría y gratitud.

En cambio, la proclamación del Evangelio crea conflictos. La razón es que el mundo antiguo es incompatible con el reino de Dios y no se rinde de forma pacífica, reacciona atacando a aquellos que quieren hacerlo desaparecer.

Cristo ha pagado con su vida la fidelidad a su misión y sus discípulos no deben esperar un trato diferente: “Un sirviente no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Jn 15,20).

Ya en el Antiguo Testamento se habla de la persecución de los justos. En los Salmos el justo pide a Dios: “Sálvame de mis perseguidores” (Sal 7,2); “¿Cuándo juzgarás a mis perseguidores? Sin causa me persiguen, socórreme” (Sal 119,84.86). Jeremías es hostigado, calumniado, arrojado a una cisterna.

En el Antiguo Testamento, sin embargo, la persecución se considera algo malo y el hombre que la sufre no puede ser feliz mientras Dios no interviene para ponerle fin.

En el Nuevo Testamento la perspectiva cambia. Quien sufre por su lealtad a Señor es declarado bienaventurado en el mismo momento y por el mismo hecho de ser perseguido.

La persecución no es un signo de fracaso, sino de éxito. Es un motivo de alegría porque es la prueba del que va en la dirección correcta, según la “sabiduría de Dios”.

Es inevitable que quienes proponen un sociedad fundada en principios enseñados “en el monte” sean perseguidos. Introducen en el mundo los anticuerpos de servicio que atacan el virus del poder. Estos virus, incluso si están camuflados o escondidos debajo de mantos sagrados, no tienen escapatoria.

Aquellos que ven que su posición y su prestigio está amenazado con la venida del reino de Dios reaccionan, con violencia si es necesario.

Los santos no tienen una vida fácil: su destino está echado desde el momento en que han aceptado comportarse como corderos.

Sometidos a persecución, no han sucumbido a la tentación de actuar como lobos y no se han alejado del comportamiento sugerido por el maestro: “Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt 5,44). Y Pablo: “Bendigan a los que los persigan, bendigan y no maldigan nunca” (Rm 12,14).

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