Día de los Difuntos – 2 de Noviembre

ENSÉÑANOS, SEÑOR, A CONTAR NUESTROS DÍAS

Dejamos el vientre materno al entrar en este mundo; después de la infancia entramos en la adolescencia; dejamos la adolescencia para la juventud, de la juventud a la edad madura y a la vejez. Finalmente, llega el momento de dejar este mundo con el que quizás nos hemos encariñado hasta el punto de pensar que sería la morada final y no queremos dejarlo. Sin embargo, en esta tierra nuestra aspiración a la plenitud de gozo y de vida está continuamente frustrada.

Cuando, con desencanto, consideramos la realidad, encontramos por todas partes signos de muerte: enfermedades, ignorancia, soledad, debilidad, fatiga, dolor, traiciones, y nuestra conclusión es: ‘no, esto no puede ser el mundo definitivo; es demasiado estrecho, marcado demasiado por el mal’. Entonces surge el deseo de llegar más allá del estrecho horizonte en donde nos movemos; incluso soñamos con ser secuestrados a otros planetas donde tal vez nos liberaremos de cualquier forma de muerte.

En el universo que conocemos, no existe el mundo que anhelamos. Para satisfacer la necesidad de infinito que Dios ha puesto en nuestro corazón es necesario dejar esta tierra y emprender un nuevo éxodo.

Se nos pide una nueva salida, la última—la muerte—y esto nos asusta.

Ya los tres discípulos en el Monte de la Transfiguración, cuando oyeron que Jesús hablaba de su “éxodo” de este mundo al padre (Lc 9:31) se llenaron de miedo. “Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo!” (Mt 17:6-7).

Desde el siglo tercero aparece en las catacumbas la figura del pastor con la oveja sobre sus hombros. Es Cristo, que toma de la mano y lleva en sus brazos a la persona que tiene miedo de cruzar sola el oscuro valle de la muerte. Con él, con el Resucitado, el discípulo abandona serenamente esta vida, seguro de que el pastor a quien le ha confiado su vida le conducirá hacia exuberantes prados y tranquilos arroyos (Ps 23:2) donde podrá refrescarse después de un agotador y largo viaje por el desierto de la tierra seca y polvorienta.

Si la muerte es el momento de encuentro con Cristo y del ingreso en el salón de banquetes de boda, no puede ser un acontecimiento temido. Es algo que esperamos. La exclamación de Pablo: “Para mí, morir es una ganancia. Mi deseo es morir para estar con Cristo” (Phil 1:21.23) debe ser pronunciado por cada creyente.

Para interiorizar el mensaje repetimos:
“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días”

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Categorías: Ciclo C | Deja un comentario

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