Domingo 31 del Tiempo Ordinario – Año C (Nov 3, 2013)

Indagados por los hombres,
contemplados por Dios

Introducción

Sobre una tela blanca nuestra mirada nota de inmediato un puntito negro, una manchita de tierra. Por un extraño automatismo nuestros ojos se fijan inmediatamente en lo que disturba. Pasa que un defecto, una deficiencia, una discapacidad se convierten en inspiración para apodos, alusiones y bromas, a veces inocentes, otra veces sarcásticas.

La mirada de la gente es cruel: se fija, especialmente, en las manchas, los límites, los aspectos defectuosos. Y ¿es también así la mirada de Dios? Si de veras es así, entonces estamos mal parados porque “ni el cielo es puro a sus ojos; ¡cuánto menos el hombre, detestado y corrompido, que se bebe como agua la maldad!” (Job 15,15-16).
¿Debemos tener miedo a la mirada de Dios? ¡Dios te ve! Recordamos este reclamo usado especialmente por los educadores y los catequistas del pasado para prevenir comportamientos errados. Aquel triángulo que en el centro tenía el ojo de Dios que escrutaba e infundía reverencia y temor.
El pensamiento que se ha formado muchas veces y que hemos creado es el de un Dios “policía”. ¿Es correcto presentar a Dios de esta manera—aunque sea para obtener buen comportamiento? ¿Es su mirada como la del investigador que busca los motivos para condenar o es el abrazo tierno del Padre que comprende, excusa, toma siempre y solamente lo que es bello y amable en sus hijos e hijas?
La respuesta a esta pregunta nos preocupa.

• Para interiorizar este mensaje repetimos:
• “Cuando estaba siendo formado en el vientre de mi madre,
tus ojos me han contemplado, Señor”.

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1° Lectura2° Lectura | Evangelio

Primera lectura: Sabiduría 11,22—12,2

La plegaria matutina de todos los israelitas devotos comienza con estas palabras: “Recuerda Israel…”.
Israel es un pueblo que no olvida. Recuerda lo que sus antepasados sufrieron en Egipto: han sido perseguidos, humillados, sometidos a duros trabajos; luego el Señor los ha liberado golpeando a sus opresores con duros castigos.
Este artículo fundamental del Credo israelita parecería una invitación para detestar para siempre a los egipcios. En vez, ya sea en la tradición de la Biblia o en la tradición judaica los egipcios no son más despreciados y malditos.
No todos han compartido siempre estos sentimientos nobles. Muchos en cambio se preguntaban por qué el Señor no los había aniquilado. ¿Por qué no los había castigado más duramente aun? ¿Por qué tanta moderación en el trato con ellos?
La lectura de hoy da la respuesta que un devoto israelita, que vivía en Alejandría de Egipto pocos años antes de Cristo, a esta pregunta. Para aquellos que consideraban excesiva, injustificada la paciencia del Señor él trata de hacer entender la razón de tal comportamiento.
Recuerda primeramente que Dios tiene una mirada distinta a la nuestra.
Contemplando el cielo estrellado y los astros del firmamento, el hombre se queda asombrado por la inmensidad de lo creado. Dios, en cambio ve todo “como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra” (Sab 11,21-22).
Él se compadece porque es fuerte, porque es grande y lo puede todo (v. 23a).
Los débiles agreden con violencia a sus adversarios porque tienen miedo. El que es fuerte no se preocupa, tolera todo, no se siente amenazado. Dios tiene una mirada indulgente y misericordiosa porque nada lo atemoriza.
Deja que los hombres actúen con libertad, mantiene siempre la calma, no se asusta si ve que cometen errores porque está seguro que el juego no se le escapa de las manos.
La intolerancia frente al comportamiento de los que pecan, la agresión contra los que piensan o se comportan de manera diversa, nace de la inseguridad, del miedo, de la sensación de que las fuerzas del mal puedan llegar a ser incontrolables.
La segunda razón de la moderación de Dios en el enfrentamiento con los egipcios: Él no los considera porque cierra los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan (v. 23b).
Si castiga no es para destruir al pecador, sino para recuperarlo, para conducirlo al arrepentimiento. Dios no conoce la venganza, la represalia, el castigo, sino solo el amor y la salvación. No quiere la muerte del malvado, sino que se que se convierta de su conducta y viva (Ez 18,23).
Un profeta anónimo, que vivió unos cien años antes, anunció un evento inaudito: la conversión de los asirios y de los egipcios destinados a formar, junto con Israel, un único pueblo. El Señor de los ejércitos—dice—los bendecirá así: “¡Bendito mi pueblo, Egipto, y la obra de mis manos, Asiria, y mi herencia, Israel!” (Is 19,25).
El autor del libro de la Sabiduría ha asimilado esta mentalidad universalista que el Señor trataba pacientemente de inculcar en su pueblo Israel.
La tercera razón: El Señor observa con amor todo lo que ha creado porque todo lo que existe es obra suya.
Él no desprecia nada de lo que ha hecho. No odia a nadie, ama a todos: buenos y malos, porque todos son sus criaturas y todos, por el mismo hecho de existir, tienen siempre algo de bueno.
Él es el Señor “amante de la vida” (vv. 24-26). Sus ojos no se acercan al deseo de venganza, como a veces sucede con los ojos de los hombres.
Contaban los rabinos que, después del paso del Mar Rojo, los ángeles hubieran deseado añadir sus voces a las de los israelitas que cantaban que el faraón y su armada habían sido sumergidos en las aguas. Pero el Señor interviene y dice: “¿Cómo pueden estar cantando cuando mis hijos están muriendo? ¿Las olas están tragando a mis criaturas y ustedes quieren entonar un canto?”
La lectura concluye con la interpretación teológica de los castigos que Dios ha infligido a los egipcios: no se trata de castigos, sino de medicina (12,1-2). Como se hace con los medicamentos, ha tratado las heridas en pequeñas dosis. No intenta destruir sino advertir a los culpables, hacerles recapacitar, hacerles comprender que se habían apartado del camino recto, persuadirlos para que dejen la maldad y conducirlos a la fe.

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Segunda lectura: 2 Tesalonicenses 1,11—2,2

Los cristianos de tesalónica estaban atravesando un momento muy difícil: se habían infiltrado en su comunidad algunos visionarios que anunciaban como inminente el fin del mundo.
Para defender más fácilmente esta posición insana estos predicadores afirmaban que se hacían eco del pensamiento de Pablo y, como prueba, mostraban algunas cartas que aseguraban habían recibido de él (2,2).
El Apóstol recomienda a los cristianos de Tesalónica a que estén atentos para no dejarse influir por estos fanáticos que, en vez de anunciar el Evangelio, difundían “visones” e “inspiraciones personales”.
La difícil situación de aquel mundo constituía el terreno ideal para encontrar crédito estos alucinados que predicaban sus fantasías. Se trata de gente que quiere escaparse de las dificultades de la vida.
Pablo pide a Dios que los tesalonicenses puedan entender dónde está la verdad y quiere que el Señor sea glorificado no por medio de la palabrería de gente ilusa, sino del testimonio de amor concreto del cual dan prueba los miembros de la comunidad.

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Evangelio: Lucas 19,1-10

En tiempos de Jesús, la gente comía solo una vez al día, por la tarde: es comprensible que los israelitas hayan imaginado el reino de Dios como una cena eterna donde todos, finalmente, pudieran comer abundantemente. La profecía a la cual hacían referencia estaba en el libro de Isaías: “El Señor Todopoderoso ofrece a todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares opulentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos” (Is 25,6).
Por tanto si los banquetes de este mundo eran una imagen del mundo futuro, el reunir en una misma mesa a justos y pecadores era considerada una blasfemia contra la santidad de Dios que los quería separados. La exclusión debía ser un recordatorio constante a los malvados para que se conviertan.
Esta convicción era compartida por todos los israelitas, por eso la sorpresa suscitada por el comportamiento de Jesús.
El relato comienza presentando al Maestro entrando en Jericó y atravesando la ciudad acompañado de la multitud y de los discípulos (v. 1). A la entrada de la ciudad ya había sanado a un mendigo ciego que le suplicaba: “Señor, que pueda ver” (Lc 18,35-43). La reunión de estos dos acontecimientos no es casual. La sanación del ciego y la “recuperación” de Zaqueo se enriquecen e iluminan mutuamente.
Tanto el ciego como Zaqueo desean ver a Jesús y Jesús que realiza para ellos un prodigio, les cambia la condición que era considerada irrecuperable. En ambos casos se habla de una multitud que sigue al Maestro, pero que no le comprende, lo critica, se opone a sus actitudes y a su obra salvífica. Ambos casos se cierran recordando los efectos impactantes—la visión nueva del mundo y de la vida—resultado del encuentro con la luz dada por Jesús.
En la lectura de hoy el que quiere ver es un publicano rico que se llama Zaqueo.
Por una extraña coincidencia del destino, el nombre que lleva significa el puro, el justo. Los publicanos son considerados por todos—y con razón—de ladrones y Zaqueo no es solamente un publicano sino el jefe de los publicanos. Lucas se inventa un nuevo término para definirlo mejor: lo llama archipublicano—un término que en griego no existe—como decir archiladrón. ¡Vaya el puro este!
Además del nombre, el evangelista anota otro particular: era pequeño de estatura. No se trata de una afirmación banal sobre el físico de Zaqueo. Es una imagen de cómo aparecía a los ojos de todos: una mancha insignificante, un fastidioso puntito negro en una sociedad inmaculada, uno de los excluidos del banquete del reino de Dios.
Zaqueo es bien consciente de su situación, pero la exclusión del consejo de los justos no le preocupa en absoluto. Estaba convencido que el estar rodeado de gente que observaban escrupulosamente la ley, pero que eran hipócritas, arrogantes, complacidos de su propia justicia, no lo aventajaban mucho.
Por otro lado quería, efectivamente, tomar distancia del grupo de pecadores en el cual estaba justamente catalogado, ¿pero cuál era la alternativa? ¿La adhesión a la secta de los fariseos? No encontraba respuesta a sus tormentos, a su inquietud.
Ha tenido todo en la vida, pero está profundamente insatisfecho. Ha participado en tantos banquetes, pero está ahora en la búsqueda del alimento que sacia. Lo que busca es tan grande, tan irreprimible que para encontrarlo está dispuesto a desafiar las divertidas bromas de una muchedumbre que no le tiene simpatía.
Quiere ver a Jesús porque—piensa—es el único que puede entender su angustia y su drama interior y, para poderlo ver se sube a un sicomoro (v. 3).
Sorprende el hecho de que se haya subido a un sicomoro. Porqué no ha subido a la terraza de algunas de las casas de las cuales se podía ver el camino. Puede ser que ninguno haya querido recibirlo, no sólo no le ha abierto alguna puerta, sino que tampoco le han permitido subir la escalara que desde el exterior sube hasta la terraza.
Aquí está Zaqueo: el inmundo, el pecador, el separado de todos. Busca desesperadamente a Jesús porque ha sentido hablar de él. Conoce los fuertes juicios que ha pronunciado sobre la riqueza, más sabe también que es “amigo de publicanos y pecadores”. Le han dicho que Jesús no vino a salvar a los justos sino a los pecadores para que se conviertan. (Lc 5,32), por eso quiere saber “quién es”. También Herodes se preguntó: “¿quién es éste” y quería verlo (Lc 9,9), pero con una disposición de ánimo completamente diversa: lo buscaba de una manera indiferente solamente para tener un esclarecimiento respecto a su identidad. Zaqueo, por el contrario, está dispuesto a dejarse cuestionar, aspira a un cambio radical de su existencia.

En esta afanosa búsqueda interviene la muchedumbre que acompañaba a Jesús. Como ha sucedido con el ciego de Jericó (Lc 18,39), en vez de favorecer el encuentro con el Maestro se oponen, resultando en un impedimento. No entienden que son precisamente “los pequeños”, “los impuros”, los marginados a quienes está buscando Jesús.
La razón de esta situación es un defecto de visión.
Los que siguen a Jesús ven solamente en Zaqueo al publicano, al pecador, al usurero, nada más; son incapaces de descubrir en él nada de bueno y de positivo. Rechazan a los publicanos pero no los pueden eliminar físicamente, los arrinconan, los desprecian no les dirigen ni siquiera la palabra y esta es la manera de irlos matando. Este comportamiento es discriminatorio igual que el de los fariseos.
La visión de esta gente “pura” es tan defectuosa que ven el mal aun donde no está: en Jesús.
Le critican y condenan a Jesús porque—piensan—al ir “a alojarse con un pecador”, ha quedado impuro (v. 7). Observemos ahora cómo está limpia y pura la mirada de Jesús. Cuando llega al lugar, alza la vista y le dice: “Zaqueo, baja pronto porque hoy tengo que hospedarme en tu casa” (v. 5). Nadie de la muchedumbre ha pronunciado este nombre porque Zaqueo es “el impuro”. Solamente Jesús lo llama: “¡Zaqueo –puro!” ¡Para Jesús Zaqueo es “puro” y también un hijo de Abrahán!” (v. 9).
Desde lo alto buscaba ver a Jesús, pero ahora es Jesús quien, desde abajo, lo ve primero. Frente al pecador, Jesús siempre alza la vista, porque su posición es la del siervo que se ha humillado a sí mismo “haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,7-8). También cuando se queda solo con la adúltera, Jesús levanta la cabeza hacia ella (Jn 8,10), la mira desde abajo porque el que ama no se atreve a juzgar, abraza, se queda en el último lugar, se inclina delante de la persona amada para lavarle los pies.
En Jericó Jesús se encuentra entre los “justos” que lo siguen, que escuchan su palabra, que lo aplauden. Sin embargo, por instinto, apenas Jesús ve un “pequeño”, se aparta inmediatamente del grupo de “fieles” y dirige su atención al pecador.
No se preocupa de “la inconveniencia social” ni de las “santas disposiciones” impartidas por los jefes religiosos. Siente una necesidad irreprimible de acercarse a los alejados y despreciados. “Yo tengo—dice—que hospedarme en tu casa”. Tengo, es para mí una necesidad interior: si esta noche no ceno contigo, no podré reconciliar el sueño.
¿Qué es lo que han logrado los que observaban a Zaqueo que estaba en lo alto? Nada. Con su condena sin apelación no han hecho otra cosa que perderlo.
La mirada severa y atroz de los censores, sus juicios, sus acusaciones les impidieron precisamente encontrase con la única mirada que salva, aquella mirada compasiva de Jesús.

El acontecimiento concluye con una cena.
La carrera hacia delante de Zaqueo (v. 4) indica un verbo de movimiento (entrar, atravesar, correr, salir, subir apresuradamente) es lo que caracteriza la primera parte del relato (vv. 1-7) tienen como meta la “casa del pecador” a donde se dirige Jesús (v. 7). La fiesta ha comenzado con la llegada de Jesús y también el banquete del reino de Dios anunciado por Isaías.
Observemos quienes están dentro y quienes están fuera, quienes están de fiesta y quienes están triste. Dentro deberían estar “los justos” en vez están fuera murmurando, con rabia porque no están de acuerdo con el tipo de invitados con que Jesús ha querido que se llenase la sala.
Dentro están los “impuros” para quienes ha vendo Jesús. Está Zaqueo, el jefe de los pecadores, para quien no había esperanza de salvación porque era publicano y rico (v. 2). Jesús mismo había dicho que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en reino de Dios” (Lc 18,25). Pero, “lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Lc 18,27).
La salvación no ha llegado de manera automática: ha sido ofrecida, sí, gratuitamente, pero Zaqueo debió aceptarla en su casa. Fue solo así como, finalmente, descubrió la verdadera alegría que estaba buscando.
Es en este punto donde el amor genera otro amor: Zaqueo, amado gratuitamente, se da cuenta que existen otros que también tienen necesidad de amor. Se acuerda de los pobres. “Mira Señor—le dice—la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más” (v. 8).
A diferencia de lo que ha hecho con el joven rico (Lc 18,18-23), Jesús no le pidió a Zaqueo que “vendiera todo y distribuyera sus bienes a los pobres”. No le ha pedido nada especial, no le puso ninguna condición. Solo le pidió que lo reciba.
Zaqueo no ha sido recibido en el banquete del reino porque fuera bueno, se convirtió en una persona buena después, cuando fue invitado a la fiesta. Se convirtió cuando se dio cuenta que Dios le amaba aunque fuera impuro, pobre, pequeño, y precisamente porque era pequeño.
El descubrimiento de este amor gratuito ha sido la luz que ha disipado las tinieblas que envolvían su vida y la que le hizo comprender que solamente el amor y el darse son fuente de alegría.

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