LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

TODOS LO ESPERABAN,
SOLO ANA Y SIMEÓN
LO RECONOCIERON

Introducción

¿Quieres ser feliz por unas horas? Emborráchate. ¿Quieres serlo por algunos años? Agarra los placeres que la vida te brinda. Lo sugiere el mismo Qohelet: “Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino…y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas todo lo que te dure esta vida fugaz” (Ecl 9,7-9).

Pero ¿Cómo ser feliz siempre?

La alegría no se identifica con el placer que, aunque querido y bendecido por Dios, es efímero, caduco y tantas veces desemboca en tristeza y desilusión. “También entre risas llora el corazón, y la alegría termina en aflicción” (Prov 14,13).

La Biblia garantiza una paradoja: la alegría verdadera y durable nace del empeño, de la renuncia, de la abnegación, del sacrificio y es compañera del dolor. “Ahora me alegro de sufrir por ustedes” declara Pablo a los Colosenses (Col 1,24). A los cristianos perseguidos, Santiago recomienda: “Hermanos míos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas” (Sant 1,2) y Pedro reconoce: “Ustedes…se alegran con gozo indecible y glorioso” (1 Pe 1,8).

¿Cuál es el secreto de esta alegría? Lo revela Jesús: “Más vale dar que recibir” (Hch 20,35). No es bienaventurado quien acumula y retiene egoístamente los bienes para sí, sino quien, repartiendo, se hace pobre para socorrer al necesitado.

Una propuesta desconcertante. Aceptarla es arriesgado, pero Él es la garantiza.

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

 “Bienaventurado quien no retiene nada para sí y se hace pobre por amor”.   

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

Primera Lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13

(v. 3)   Busquen al Señor, los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor.

(v. 12) Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde,

(v. 13) un resto de Israel que se acogerá al Señor, que no cometerá crímenes ni dirá mentiras ni tendrá en la boca una lengua embustera. Pastarán y se tenderán sin que nadie los espante.

Hubo un tiempo en el que se pensaba que Dios parecía haberse aliado con los ricos: el bienestar, la fortuna, la abundancia de bienes, la prole numerosa, eran considerados signos de su bendición (cf. Dt 28,1-14). Leyendo el Antiguo Testamento vemos que el ideal del israelita era la riqueza, no la pobreza.

Poco a poco, sin embargo, la mentalidad de Israel cambia, sobre todo a consecuencia de la predicación de los profetas. La riqueza, comenzaron a pensar muchos, más que una bendición de Dios, es a menudo fuente de problemas, abusos, explotación de trabajadores, engaños, hábiles maquinaciones, injusticias. Ya no se considera a los pobres desdichados a causa de su impiedad, sino  víctimas en manos de los poderosos. A los desdichados, grita Miqueas con indignación, les “arrancan la piel del cuerpo, la carne de los huesos” (Miq 3,2).

Sofonías vive pocos años antes de la destrucción de Jerusalén, en un período de caos social y político. Aunque de procedencia burguesa, el profeta arremete contra los dignatarios de la corte, contra los comerciantes, contra los impíos (cf. Sof 1,8-12) y contra todos aquellos que cometen injusticias. Amenaza con un inminente castigo de Dios y, como última posibilidad de salvación, les invita a la “conversión al Señor”.

En la lectura de hoy, el profeta clarifica qué cosa significa convertirse y dirige una invitación a todos: “Busquen al Señor los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad” (v. 3). Convertirse significa llegar a ser como los humildes, como los pobres. 

Es la primera vez que en la Biblia la palabra pobre es utilizada con una connotación nueva: no indica solamente una situación social y económica sino, sobre todo, una actitud religiosa interior. Para Sofonías, pobre es aquel que, no teniendo ninguna seguridad, confía enteramente en Dios y se somete a su voluntad.

En el día del castigo, asegura el profeta, Dios permitirá sobrevivir en el país a “un pueblo humilde (pobre) y sin recursos, un resto de Israel que buscará refugio en el nombre del Señor” (vv. 12-13).

Después de Sofonías, este nuevo significado del término “pobre” tuvo mucha fortuna. La espiritualidad de la “pobreza” gozó de un desarrollo cada vez mayor, dando origen a un gran número de Salmos en los que la palabra “pobre” viene utilizada como sinónimo de piadoso, justo, temeroso de Dios. Es en el contexto de este movimiento espiritual donde hay que colocar el mensaje de Jesús.

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Segunda Lectura: 1 Corintios 1,26-31

(v. 26)  Miren, hermanos, quiénes han sido llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;

(v. 27) por el contrario, Dios ha elegido los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes,

(v. 28) Dios ha elegido a gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada, para anular a  los que valen algo.

(v. 29) Y así nadie podrá gloriarse frente a Dios.

(v. 30) Gracias a Él ustedes son de Cristo Jesús, que se ha convertido para ustedes en sabiduría de Dios y justicia, en consagración y redención.

(v. 31) Así se cumple lo escrito: El que se gloría que se gloríe en el Señor.

Habíamos indicado el domingo pasado cuáles eran los problemas de la comunidad de Corinto: discordias, divisiones, envidias, celos. ¿Cómo había podido caer tan bajo una comunidad inicialmente tan fervorosa? Responde Pablo: ha sucedido porque entre los cristianos se ha infiltrado el espíritu destructor de la competitividad; cada uno busca dominar a los demás, de ser superior, de ser “rico”.

¿Cómo juzga Dios a quien así se comporta?

La lectura señala sus preferencias: Dios no escoge a los ricos sino a los pobres, a los marginados, a los que nada cuentan. Para probarlo, argumenta Pablo, basta considerar la proveniencia de los miembros de la comunidad de Corinto: no hay nobles, son pocos los ricos, los aristócratas, los eruditos, los dotados de grande cultura. Casi todos son pobres, algunos viven en la miseria. Es éste un signo de las preferencias de Dios que escoge a los pequeños, muestra predilección por los insignificantes a los ojos del mundo para enriquecerlos con sus dones.

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Evangelio: Lucas 2,22-32

(2,22) Cuando llegó el día de su purificación, (2,23) de acuerdo con la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor, como manda la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor; (2,24) además ofrecieron el sacrificio que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones. (2,25) Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que esperaba la liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo. (2,26) Le había comunicado el Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor. (2,27) Conducido, por el mismo Espíritu, se dirigió al templo. Cuando los padres introducían al niño Jesús para cumplir con él lo mandado en la ley, (2,28) Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: (2,29) —Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu sirviente muera en paz (2,30) porque mis ojos han visto a tu salvación, (2,31) la que has dispuesto ante todos los pueblos (2,32) como luz para iluminar a los paganos y como gloria de tu pueblo Israel. (2,33) El padre y la madre estaban admirados de lo que decía acerca del niño. (2,34) Simeón los bendijo y dijo a María, la madre: Mira, este niño está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será signo de contradicción y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos. (2,35) En cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón. (2,36) Estaba allí la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, casada en su juventud había vivido con su marido siete años, (2,37) desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos. (2,38) Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén. (2,39) Cumplidos todos los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. (2,40) El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba.

Palabra del Señor

  Israel ha celosamente custodiado y meditado la profecía de Malaquías que encontramos en la primera lectura. Por siglos ha invocado y esperado su cumplimiento, cultivando la certeza de que, un día, Dios manifestaría su fuerza contra los incumplidores de la ley.

En el evangelio de hoy Lucas nos narra la desconcertante respuesta del Señor a esta esperanza. Se imaginaban, quizás, su ingreso triunfal en el santuario, entre legiones de ángeles, cual juez severo pronto para condenar. He aquí, sin embargo, su sorprendente ingreso en el templo: es un recién nacido, débil e indefenso, envuelto en pañales, en brazos de una muchacha poco más que adolescente, acompañada de su joven marido.

Es difícil reconocer en aquel niño, en todo igual a los otros, al “fuego y la lejía” enviados desde el cielo para purificar Israel. Solamente personas muy sensibles espiritualmente podían vislumbrar en él a la “luz que ilumina a toda la gente”.

En la primera parte del relato (vv. 22-24) se narra el episodio de la presentación de Jesús en el templo.

La ley judía mandaba que todos los primogénitos, tanto de hombres como de animales, fueran consagrados al Señor (cf. Ex 13,1-16). Como los niños no podían ser sacrificados, se los rescataban con la oferta de un animal puro que venía inmolado en lugar de ellos. Los padres pudientes ofrecían a los sacerdotes un cordero, los pobres un par de palomas o de tórtolas.

María y José han cumplido esta prescripción de la Torá y Lucas no pierde la ocasión para indicar que la familia de Nazaret pertenecía a la categoría de los pobres: no podía ofrecer un cordero.

El amor de Dios por los pobres, los pecadores, las personas impuras es un tema preferido del evangelista. Con un matiz del lenguaje casi imperceptible Lucas, desde el principio de su evangelio, coloca a la familia de Jesús no solo entre los pobres sino también entre los impuros.

Según la ley de Israel (cf. Lv 12) solo la parturienta debía someterse al rito de la purificación. Lucas, sin embargo, habla de “su (en plural) purificación” (v. 22), como si, en solidaridad con la humanidad pecadora, toda la familia hubiera ido al templo en busca de purificación.

Un segundo tema que interesa al evangelista: la observancia escrupulosa, por parte de la sagrada familia, de las prescripciones de la ley del Señor. Con casi pedante insistencia se repite el estribillo: “Según la ley de Moisés” (v. 22); “como está escrito en la ley del Señor” (v. 23); “como prescribe la ley del Señor” (v. 24); “para cumplir la ley” (v. 27); “según la ley del Señor” (v. 39).

Lucas quiere presentar Jesús a sus comunidades como modelo de adhesión a la voluntad del Padre desde los primeros momentos de su vida. Esta sintonía con los designios de Dios es solo posible para aquellos que, como los miembros de la Sagrada Familia, han escogido como guía de sus pasos la palabra de la Sagrada Escritura.

María y José saben que el niño que llevan en brazos no es suyo: les ha sido confiado por Dios para que cuiden de él, pero pertenece a Dios. Lo cuidarán con toda premura y amor hasta el día en que comenzará la extraordinaria misión para la que ha sido destinado, misión que a ellos no les ha sido revelada y que todavía permanece totalmente envuelta en el misterio.

Lo llevan al templo y lo consagran al Señor pues reconocen que es suyo. No se apropiarán de él, sino que lo prepararán para entregarlo como un don al mundo en el tiempo establecido por Dios.

María y José son un modelo para todos los padres a quienes Dios confía sus hijos. Estos no son criaturas en que replegarse con amor posesivo: los hijos son regalos del cielo para donarlos al mundo. Los padres son llamados a consagrar sus hijos al Señor: para así descubrir la misión a la que el Padre los ha destinado y, por tanto, prepararlos para el cumplimiento de dicha misión.

La segunda parte del pasaje (vv. 25-35) constituye el centro del evangelio de hoy. La escena se desarrolla en el templo.

La inmensa explanada que Herodes el Grande, apenas había terminado de construir, hervía de peregrinos que venían al lugar santo para orar, para recibir las instrucciones de los rabinos sentados bajo el pórtico de Salomón, o para ofrecer holocaustos. Son personas religiosas y devotas que parecen poseer la condición espiritual ideal para acoger al enviado del  Señor.

Sin embargo, cuando perdidos en medio del gentío, José y María entran en el templo llevando al hijo en brazos, ninguno se da cuenta del acontecimiento extraordinario que está sucediendo, ninguno intuye que aquel recién nacido es “la luz del mundo”.

Solo Simeón, cuando los ve, se ve invadido de un repentino temblor, de una emoción incontenible. Se abre paso entre la gente y, dirigiéndose a ellos, toma al niño en sus brazos, lo levanta al cielo conmovido y exclama: “Ahora Señor, según tu palabra puedes dejar que tu siervo muera en paz porque mis ojos han visto tu salvación” (vv. 29-30).

¿Cómo ha podido Simeón, hombre piadoso que ha pasado tantos años de su vida en el templo del Señor meditando las Escrituras, reconocer en aquel recién nacido a “la luz del mundo”? ¿Qué había de diverso en aquel niño respecto a los demás israelitas presentes en el templo?

Simeón no era un anciano, como suele ser representado. Lucas lo caracteriza así: “era justo, devoto y esperaba la consolación de Israel” (v. 25) y más adelante añade: era un hombre “movido por el Espíritu” (v. 27).

Son estas las disposiciones interiores que caracterizan a los contemplativos, a aquellos que saben percibir la verdadera realidad más allá de las apariencias de este mundo.

No basta ser personas religiosas y devotas para ver a los hombres y al mundo con los ojos de Dios.

Simeón es un hombre ejemplar. Durante toda su vida ha escogido como confidente al Espíritu del Señor, ha mantenido viva la certeza de que Dios es fiel a sus promesas y ha vivido a la luz de las Sagradas Escrituras y, por tanto, es un hombre sereno y feliz. Su mirada va más allá de los estrechos horizontes del tiempo presente, contempla su destino lejano y pide al Señor de acogerlo en su paz.

Hay personas que a medida que avanzan en años se entristecen y a veces se convierten en intratables. Su insatisfacción depende frecuentemente de la enfermedad, del declinar de las fuerzas, pero otras veces nace del no haber gastado la vida por ideales elevados o por el miedo a la muerte. En un último intento de permanecer agarrados a este mundo, se repliegan más sobre sí mismos, se lamentan si no ocupan el centro de atención, si todos los demás no satisfacen inmediatamente sus necesidades.

No es así Simeón; no piensa en sí mismo sino en los demás, en la entera humanidad, en la alegría que embargará a los hombres con la instauración del reino de Dios.

No lamenta el pasado y, aunque sí se da cuenta de que el mal que existe en el mundo es grande, no cultiva una visión pesimista del presente ni del futuro. Dialoga con Dios y mira hacia adelante. Sabe que nada cambiará a corto plazo, pero es igualmente feliz porque ha tenido la fortuna de contemplar la aurora de la salvación. Se alegra como el campesino que, al término de una jornada de siembra, sueña ya con las grandes lluvias y la abundancia de la cosecha.

Es el símbolo del resto del Israel fiel que por tantos siglos ha esperado al Mesías. No se contenta con tomar a Jesús en sus brazos, sino que lo toma para donarlo al mundo, para presentarlo a todos como “la luz”. Ha comprendido que el Mesías no pertenece solo a su pueblo, sino que ha sido enviado para llevar la salvación a toda la gente, para ser la luz de todas las naciones (vv. 30-32).

Simeón pronuncia otra profecía, esta vez dirigida a María: Jesús se convertirá en signo de contradicción (vv. 34-35).

La imagen de la espada que le traspasará el alma, ha sido interpretada a veces como el anuncio del dolor que embargará a María a los pies de la cruz. No es así. La madre de Jesús es entendida aquí como símbolo de todo el pueblo. En la Biblia el pueblo de Israel es imaginado como la mujer-madre que dará el Salvador al mundo.

¿Quién mejor que María podía prefigurar esta madre-Israel?

Es, pues, a Israel al que Simeón, intuyendo el drama que le espera, se dirige. Anuncia el surgir de una profunda e inevitable laceración al interior del pueblo. Frente al Mesías enviado del cielo, habrá israelitas que abran la mente y el corazón a la salvación; muchos otros, sin embargo, se encerrarán en el rechazo, decretando así su ruina.

En la tercera parte (vv. 36-38), Lucas introduce a Ana, la anciana profetisa que descubre al Señor en el niño considerado por todos como un recién nacido más. ¿Quién le ha dado esta sensibilidad espiritual? ¿Cómo ha llegado a tener una mirada tan penetrante?

Ana, explica el evangelista, era una mujer profundamente unida a Dios. En toda su vida no ha pensado más que en él: “No se alejaba nunca del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones” (v. 37).

Tenía 84 años y este número (que equivale a 7×12) tiene un significado simbólico: el 7 indica la perfección, 12 el pueblo de Israel. Ana representa al pueblo santo que, conseguida la plena madurez, entrega al mundo al tan esperado Salvador.

Ana pertenecía a la tribu de Aser, la más pequeña e insignificante de las tribus de Israel.

Lucas pone de relieve este detalle, quizás sin importancia para los demás, pero no para Lucas, el evangelista de los pobres, de los últimos y que quiere que los cristianos de su comunidad se convenzan que los pequeños y los humildes están mejor dispuestos a reconocer en Jesús al Salvador.

Ana había permanecido fiel al marido hasta el punto de no volver a casarse. Su decisión, tiene para el evangelista, un significado teológico. Como Simeón, Ana representa al Israel fiel. La esposa-Israel ha tenido en su vida un solo amor, después ha vivido en el luto de la viudez hasta el día en que, en Jesús, ha reconocido a “su esposo”, el Señor. Entonces, ha comenzado a ser feliz como la esposa que recupera su único amor.

Ana no se aleja del templo porque era la casa de “su esposo”. 

No tienen necesidad de otros dioses, pues no buscan amantes los que viven en la intimidad con el Señor y, como Ana y todos los enamorados, solo hablan de la persona amada.

El episodio concluye (vv. 39-40) con el regreso de la sagrada familia a Nazaret y con una referencia al crecimiento de Jesús. En nada se diferenciaba de los niños de su aldea, a excepción de que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”. 

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