8° Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (Mar 2, 2014)

LA PREMURA DE DIOS QUE ES MADRE Y PADRE

Introducción

La fe es frecuentemente sometida a dura prueba a causa de lo absurdo de algunas situaciones o acontecimientos que parecen demostrar la ausencia de Dios o al menos su desinterés por todo lo que ocurre en el mundo. Los salmistas se atreven a dirigir a Dios acusaciones casi blasfemas: “¿Por qué me has abandonado?” ¿Por qué estás ajeno a mi grito, al rugido de mis palabras” (Sal 22,2-3). ¿Hasta cuándo me olvidarás? ¿Eternamente”? (Sal 13,2).

Es lo que los místicos llaman la “noche oscura”, aquella en que toda certeza vacila y la esperanza se tambalea. Es el caso, cito solamente un ejemplo entre tantos, de Teresa de Lisieux quien, al final de su vida, oía en lo más íntimo una voz burlona que repetía: “Tú te crees que saldrás de las nubes que te envuelven. No, la muerte no te dará lo que esperas, sino una noche todavía más oscura, la noche de la nada”. 

¿Qué siente Dios frente a nuestras angustias, nuestras dudas, nuestros tormentos? A estos interrogantes Dios responde con una pregunta: ¿Puede una madre olvidar a su criatura? Después, como dándose cuenta de que tampoco esta comparación llegar a exprimir su amor fiel y su premura por el hombre, añade: “Pero, aunque ella lo olvidase yo nunca me olvidaría de ti” (Is 49,15).

La imagen materna es eficaz y por esto se repite una y otra vez: “como un niño a quien consuela su madre, así yo los consolaré a ustedes” (Is 66,13). Es conmovedora la promesa del Eclesiástico: “Serás como un hijo del Altísimo, te amará más que tu propia madre” (Eclo 4,10).

Es difícil creer esto en ciertos momentos de la vida, pero un día nos convenceremos de que es verdad.

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Estoy tranquilo y sereno como un niño pequeño en brazos de su madre”.

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

Primera Lectura: Isaías 49,14-15

(v. 14) Y Sión decía: «Yahvé me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí». (v. 15 ) Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque si alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti.

– Palabra de Dios 

Antes de repudiar a la esposa en Israel, el marido debía reflexionar por largo tiempo pues se trataba de una decisión irreversible; no había la vuelta atrás, no podía tomarla de nuevo.

En el exilio de Babilonia, Israel se siente como una esposa repudiada. Sabe de haber sido infiel, de haber traicionado a su Dios; ha abandonado toda esperanza de reanudar la relación del amor roto, por eso va repitiendo tristemente: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado” (v. 14). Con este lamento se inicia la lectura de hoy, expresión de la dolorosa experiencia de cualquiera que, caído en el abismo del pecado, se da cuenta de haber tomado decisiones de muerte y cree estar convencido de que aunque Dios lo rechaza.

Estos pensamientos surgen cuando proyectamos en Dios nuestros criterios de juicio y nuestras propias mezquindades, confeccionando así a un Dios a nuestra imagen: susceptible, sospechoso y hasta vengativo. Esta deformación de su rostro es la más sutil de las astucias diabólicas y el Señor no pierde tiempo es desenmascararla. Por boca del profeta Isaías, declara: “¿Se puede rechazar o repudiar a la esposa que uno toma siendo joven? Yo te tomo de nuevo con inmenso amor” (Is 54,6-7).

Su amor no es una respuesta a los méritos o a las demostraciones de afecto del hombre, es una pasión incontenible que prescinde de nuestras obras buenas; es como el amor de una madre: esta es la nueva, conmovedora metáfora que nos presenta la lectura de hoy (v. 16), un amor incondicional e invencible. Una madre quiere a su hijo no porque éste corresponda o no a su amor, sino porque es su hijo y lo amará siempre, se comporte el hijo como se comparte, haga lo que haga.

Esta imagen lleva ya en sí misma una fuerte resonancia emotiva, no obstante, para comprender toda su riqueza vale la pena recordar algunas célebres figuras de madres bíblicas: el sublime heroísmo de Rispá quien, “desde el comienzo de la cosecha hasta que llegaron las lluvias” estuvo velando los cadáveres de sus dos hijos condenados a muerte por David (cf. 2 Sam 21); el coraje de la madre de Moisés que desafía la orden del faraón para salvar a su hijo (cf. Ex 2,2-9). El tormento de la meretriz que acepta verse privada del hijo con tal que viva (cf. 1 Re 3,16-17); la fuerza de ánimo de la madre que anima a sus hijos a afrontar la muerte antes que renegar de su fe (cf. 2 Mac 7).

Toda esta carga de emociones y sentimientos está presenta en la imagen de la “madre” y ayuda a comprender con cuánta pasión Dios ama y se interesa por todos y cada uno de nosotros.

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Segunda Lectura: 1 Corintios 4,1-5

(v. 1) Vean, pues, en nosotros a servidores de Cristo y a administradores de las obras misteriosas de Dios. (v. 2) Si somos administradores, se nos exigirá ser fieles. (v. 3) Pero a mí no me importa lo más mínimo cómo me juzgan ustedes o cualquier autoridad humana. Y tampoco quiero juzgarme a

 mí mismo. (v. 4) A pesar de que no veo nada que reprocharme, eso no basta para justificarme: el Señor me juzgará. (v. 5) Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen que venga el Señor. El sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece.

– Palabra de Dios 

La palabra del evangelio es el don más grande que se pueda recibir, por eso es fácil no solamente sentir una gran simpatía y reconocimiento hacia la persona por cuyo medio hemos has recibido la Palabra, sino incluso llegar a depender demasiado de dicha persona. Sucede hoy y sucedió también en la comunidad de Corinto donde, a causa del excesivo apego a uno u otro de los apóstoles, habían surgido bandos: unos se gloriaban de pertenecer a Pedro, otros a Apolo, otros a Pablo (cf. 1 Cor 1,12).

El relato de hoy cierra la larga argumentación que produjo este tema con unas frases lapidarias: “¿Está dividido Cristo? ¿Ha sido crucificado Pablo por ustedes o han sido bautizados invocando el nombre de Pablo?” (1 Cor 1,13).

Pablo emplea el plural: “que todos nos consideren como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (v. 1), porque no habla solo de sí mismo, sino que se refiere a todos los anunciadores del evangelio. Define su función con dos términos expresivos: ministros (Hyperétai en griego), es decir, servidores que han aceptado libremente desempeñar un encargo; son subordinados, dependientes al servicio de un señor, Cristo. Son administradores (oikónomoi en griego, ecónomos), es decir, no son dueños pues manejan bienes que pertenecen a Dios y que se les han confiado a ellos para que los hagan fructificar.

A los administradores se les pide solamente la fidelidad (v. 2). Quien anuncia el evangelio, quiere decir Pablo, debe tener solamente una preocupación: transmitir el mensaje del Maestro sin añadir ni quitar nada. El “dueño” no le pedirá si ha logrado convencer a muchas personas, si se ha cautivado la simpatía de los hombres o recibido aplausos y aceptación; le pedirá solamente si ha anunciado el evangelio con toda veracidad, sin ceder a oportunismos, sin caer en compromisos, y sin respeto humano.

En la segunda parte del relato (vv. 3-5) Pablo responde a las criticas que los corintios le lanzan. Les asegura que no le preocupan en absoluto los juicios pronunciados sobre su persona, seas éstos aprobatorios o condenatorios. No es a los corintios a quienes debe dar cuenta de su conducta, sino a Dios. Ni siquiera se fía del juicio de su propia conciencia, aunque reconoce honestamente que ésta no le acusa de nada (v. 4); apela, sí, a este juicio de su conciencia pero no lo considera definitivo ya que espera el juicio del Señor que vendrá pronunciado al término de la dura “jornada de trabajo”.

Las palabras del Apóstol no son una invitación a ignorar el juicio que una comunidad pronuncia sobre quien desarrolla un ministerio. La comunidad tiene el derecho y el deber de exprimir su propio parecer a acerca de ministros y administradores y éstos no pueden arrogarse el derecho de actuar de modo arbitrario ni de “comportarse como los dueños” (1 Pe 5,3). No hay que olvidar, que solamente al final “cada uno recibirá la recompensa de Dios”.

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Evangelio: Mateo 6,24-34 

(v. 24) Nadie puede estar al servicio de dos señores, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden estar al servicio de Dios y del dinero. (v. 25) Yo les digo que no opongan resistencia al que les hace el mal. Antes bien, si uno te da una bofetada en [tu] mejilla derecha, ofrécele también la otra. (v. 26) Miren las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre del cielo las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? (v. 27) ¿Quién de ustedes puede, por mucho que se inquiete, prolongar un poco su vida? (v. 28) ¿Por qué se angustian por la vestimenta? Miren cómo crecen los lirios silvestres, sin trabajar ni hilar. (v. 29) Les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. (v. 30) Pues si a la hierba del campo, que hoy crece y mañana la echan al horno, Dios la viste así, ¿no los vestirá mejor a ustedes,

hombres de poca fe? (v. 31) En conclusión, no se angustien pensando: ¿qué comeremos?, ¿qué beberemos?, ¿con qué nos vestiremos? (v. 32) Todo eso buscan ansiosamente los paganos. Pues el Padre del cielo sabe que ustedes tienen necesidad de todo ello. (v. 33) Busquen primero el reino [de Dios] y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura. (v. 34) Por eso, no se preocupen del mañana, que el mañana se ocupará de sí. A cada día le basta su problema.

  • Palabra de Dios

El niño que pierde a sus padres no puede quedarse solo, tiene necesidad de alguien in quien poner su confianza, alguien que le dé seguridad, que sea un modelo para él y un punto de referencia en la vida.

Lo mismo sucede con Dios: no se puede prescindir de él, no nos podemos quedar huérfanos; quien lo rechaza, inmediatamente lo reemplaza con un substituto. El peligro está no en el ateísmo sino en la elección de un dios equivocado.

Muchos creen que hay en el cielo un Padre que cuida de ellos con sentimientos maternos, que se interesa con afecto y premura de sus necesidades. Si este Dios es el Padre de todos, los hombres no son solamente compañeros de viaje, vecinos más o menos simpáticos, más o menos merecedores de atenciones; no son antagonistas con quienes competir o, peor aún, enemigos a combatir, sino hermanos a quienes debemos amar y ayudar.

No todos aceptan a este Padre. Aquellos que lo rechazan se encuentran inmediatamente frente al más sutil y seductor de los posibles sustitutos, con todo su encanto fascinante: el dinero. El evangelio de hoy comienza con una denuncia de la peligrosidad de este ídolo (v. 24).

Mateo ha conservado el término arameo, mamona, usado por Jesús. Es muy significativo: viene de la raíz ‘aman que se puede traducir por ofrecer seguridad, ser sólido, fiable. El ídolo dinero garantiza toda clase de bienes materiales a quienes le rinden culto: poder, prestigio, fama, comida, placeres, diversiones. ¿Qué pide a cambio? Como todo dios, el ídolo dinero lo exige todo.

Dios pide ser el punto de referencia de los pensamientos y acciones de la vida del hombre, y quiere ser amado “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Dt 6,5). También el dinero exige el compromiso total de sus “devotos”. Por amor al dinero hay que estar dispuestos a renunciar a la propia dignidad, a engañar, a robar, a destruir a los demás, a perder las amistades, a descuidar aun a la esposa e hijos (el dinero no deja tiempo para ellos); hay que estar dispuestos incluso a matar. Los que adoran el dinero parecen tener todo, pero no ya no son hombres sino esclavos. Para el autor de la carta a Timoteo: la raíz de todos los males es la codicia; por entregarse a ella, algunos se alejaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos” (1 Tim 6,10); es dinero es una idolatría (Ef 5,5).

La primera locura a la que lleva la adoración de mamona es la acumulación. Quien acumula se hace la ilusión de haber encontrado un objetivo concreto y gratificante que dar sentido a la vida; lo que ha encontrado en realidad el acumulador, es verse metido en una inútil huida hacia adelante para exorcizar el pensamiento de la muerte. El propósito de “dejar en herencia” lo acumulado es un solo remedio paliativo para el acumulador, no la curación de la grave enfermedad.

El Padre que está en los cielos, se sitúa en las antípodas: invita a la renuncia del uso egoísta del dinero. No pide “no robar” ni exige dar limosnas, sino establecer una relación completamente nueva con los bienes; propone el compartir y la atención a las necesidades de los hermanos. Cualquier acumulación egoísta es una violación del primer mandamiento: “No tendrás otros dioses aparte de mi” (Ex 20,3).

Ninguno puede servir a dos patrones/señores; o bien odiará a uno y amará al otro o preferirá a uno y despreciará al otro. No es posible servir a Dios y a mamona. 

Nosotros querríamos tener a los dos contentos, creyendo que lo que no nos da uno, nos lo puede dar el otro o, como se dice en lenguaje popular, “mantener encendidas una vela a Dios y otra al diablo”. Los dos, sin embargo, no pueden ser socios, son antagonistas, es imposible que convivan juntos en el corazón del hombre pues dan órdenes opuestas. El Padre que está en los cielos repite sin cesar: “Ama, ayuda a tu hermano, da de comer a quien tiene hambre, viste al desnudo, ofrece tu casa a quien no la tiene”. El dinero, por el contrario, ordena: “explota al pobre, no des gratuitamente nada; no te preocupes de quien tiene necesidad; estima y aprecia a las personas en proporción a lo que poseen”. 

El desapego frente a los bienes materiales y al dinero es uno de los temas recurrentes del evangelio, y de los más difíciles de asimilar. El hombre, en realidad, se aficiona fácilmente a los tesoros de este mundo; su inclinación es idolatrarlos hasta olvidar la “herencia que no puede destruirse ni mancharse ni marchitarse, reservada en el cielo” (1 Pe 1,4).

Desde su primer discurso—el de la montaña, del que ha sido escogido el evangelio de hoy—Jesús pone en guardia a los discípulos: “No acumulen tesoros en la tierra donde la polilla y la herrumbre los destruyen, donde los ladrones perforan paredes y roban. Acumulen tesoros en el cielo, donde no roe la polilla ni destruye la herrumbre, donde los ladrones no abren brechas ni roban. Pues donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,19-21). A quien lo quiere seguir le pide dar hasta el manto y recomienda no volver la espalda a quien pide un préstamo (cf. Mt 6,40.42).

Las exigencias de Jesús no son desproporcionadas ni desconcertantes. Antes de tomar la decisión de aceptarlas, es lógico y normal que uno se pregunte: ¿Qué será de mi vida? ¿Qué comeré, qué beberé, cómo me vestiré? ¿Quién me asegura que tendré lo suficiente para vivir? ¿No me arrepentiré de haber renunciado a la seguridad que ofrece el dinero acumulado y gozado? ¿No será mejor limitarse a dar alguna limosna?

A estos interrogantes Jesús responde en la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 25-34) donde invita a la confianza en el Padre que está en los cielos, que cuida de sus hijos y que no permitirá jamás que les falte lo necesario a quienes han creído en él.

Las imágenes con las que viene presentada la premura de Dios con sus criaturas son estupendas, deliciosas: “Miren las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni recogen en graneros, y sin embargo, el padre del cielo las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?…Miren cómo crecen los lirios silvestres, sin trabajar ni hilar. Les aseguro que ni Salomón, en su esplendor de gloria, se vistió como uno de ellos” (vv. 26-29). Da la impresión de ser un ingenuo soñador, de proponer una vida despreocupada e indolente pero totalmente alejada de la realidad.

No es así. Jesús no propone el desempeño, el ocio, el desinterés o la resignación; propone una relación nueva con los bienes materiales: no el acaparamiento sino el compartir basado en la confianza en la providencia de Dios.

Es el recuerdo de la experiencia del éxodo: Israel era un pueblo en camino, no podía acumular, plantaba tiendas provisorias, no construía almacenes sólidos e inamovibles; el maná no podía ser recogido en cantidad mayor a la necesaria para un día, de lo contrario se pudría, llenándose de gusanos (cf. Ex 16,17-20). La tierra no era propiedad de nadie, cada uno poseía, solo por un momento, la pequeña superficie que pisaba, para dejar de poseerla al siguiente paso, pasando a ser propiedad de quien venía detrás. De esta manera había Dios educado al pueblo al desapego de los bienes que, aunque necesarios para la vida, son corruptibles y pasajeros, seducen, encantan y hacen desviar la mirada de la meta.

Los rabinos hacían notar que los israelitas habían seguido a Moisés a través del desierto sin preguntarle nunca: “¿Cómo vamos a atravesar el desierto sin llevar con nosotros provisiones para el viaje?”.

Jesús no condena la programación, ni el proveer para tiempos de necesidad, sino la patológica preocupación y la obsesiva ansia por el mañana que quita la alegría de vivir y lleva inevitablemente a acumular y a transformar en ídolos deshumanizantes los bienes de este mundo.

No se afanen, no se inquieten; son verbos que en el pasaje de hoy se repiten hasta seis veces. Son un eco de las sabias reflexiones del Eclesiástico: “Consuélate, recobra el ánimo, aleja de ti la pena, porque a muchos ha matado la tristeza y no se gana nada con la pena…la preocupación por las riquezas aleja el sueño…lo perturba más que una grave enfermedad” (Eclo 30,23; 31,1-2).

El afán es cosa tanto de ricos como de pobres; el dinero no solo no elimina las preocupaciones sino que las agudiza y exaspera. Conocemos las noches insomnes de los padres de familia sin trabajo, sin dinero, con mujer e hijos que mantener; no obstante sabemos que el ansia no conduce a nada, no ayuda a resolver el problema del alimento y del vestido, es un inútil desperdicio de energías.

Jesús sugiere el remedio para esta enfermedad: elevar los ojos hacia el alto, hacia el Padre que está en los cielos. Esto no significa permanecer con las manos cruzadas, sino afrontar la realidad con un corazón nuevo. El autor de la carta a los hebreos se hace eco de las palabras de Jesús: “Sean desinteresados, sin avaricia en su conducta y conténtense con lo que tienen; porque Dios mismo ha dicho: no te dejaré ni te abandonaré nunca” (Heb 13,5).

Incluso ante las dificultades más graves, Jesús invita a mantener la paz interior porque la vida del hombre está en las manos de Dios que no abandona a sus hijos, los acompaña en cada instante, bendice sus esfuerzos y sus empeños.

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