Tercer Domingo de Pascua – Año A (4 Mayo 2014)

¿Cuándo llora una esposa?

La enamorada siente un deseo incontenible de estar junto a quien ama. En el silencio de la noche piensa en él, pronuncia su nombre, sueña con sus caricias: “Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza” (Cant 8,3). Se siente desolada si no recibe ningún mensaje de él, cuando oye su voz, corre temblando de emoción hacia la puerta, gira el pestillo de la cerradura, abre. Pero el amado ya no está allí, se ha ido, ha desaparecido y ella cae en la desolación (cf. Cant 5,5-6).

“Se han llevado a mi Señor”, grita desolada entre lagrimas la Magdalena. Caminan tristes los dos discípulos de Emaús; inclinando la cabeza, rostro a tierra, las mujeres buscan en el sepulcro, entre los muertos, a Aquel que está vivo (cf. Lc 24,5). Estas escenas son el retrato de la comunidad que no encuentra “al amado de su corazón”. Con él, toda noche se trasforma en luz, el ocaso en preludio de aurora, el dolor en anuncio de nacimiento, las lágrimas en esbozo de sonrisa.

“¡Quédate con nosotros!” –implora la esposa cuando su Señor parece como querer continuar su camino. Si ha prometido permanecer con ella todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20) ¿por qué la deja sola? No es él, sin embargo, el que se aleja, es ella la que es incapaz de reconocerlo.

Apenas comienza a explicarle las Escrituras, su corazón comienza a arder. Como la amada del Cantar, reconoce la voz de su amado y, a la “fracción del pan”, sus ojos se iluminan y lo reconocen. No la había abandonado ni nunca la abandonará.

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Haz que escuchemos tu voz en las Escrituras y que te reconozcamos en la fracción del pan”.

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

Primera Lectura: Hechos 2,14a.22-23

2,14: Pedro se puso de pie con los Once y levantando la voz les dirigió la palabra: 2,22: Israelitas, escuchen mis palabras. Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes con los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por su medio, como bien saben. 2,23: A éste hombre, entregado conforme a los planes y propósitos que Dios tenía hechos de antemano, ustedes lo crucificaron y le dieron muerte por medio de gente sin ley. 2,24: Pero Dios, liberándolo de los rigores de la muerte, lo resucitó, porque la muerte no podía retenerlo. 2,25: David dice refiriéndose a él: Pongo siempre delante al Señor: con él a la derecha no vacilaré. 2,26: Por eso se me alegra el corazón, mi lengua canta llena de gozo y mi carne descansa esperanzada: 2,27: porque no me dejarás en la muerte ni permitirás que tu devote conozca la corrupción. 2,28: Me enseñaste el camino de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia. – Palabra de Dios

 

Como en el día de Pascua, también hoy la primera lectura se ha tomado de uno de los discursos de Pedro. Si confrontamos estos dos pasajes bíblicos, nos daremos cuenta que siguen el mismo esquema: presentan la vida de Jesús en cuatro momentos:

  •  Narran las prodigiosas obras de bondad que realizó.

  • Indican cuál ha sido la respuesta a estos gestos de amor y salvación: en vez de acogerle, lo rechazaron, lo crucificaron y mataron porque lo consideraron un impostor.

  • La piedra del sepulcro no ha puesto fin a su historia: Dios ha intervenido y lo ha librado del poder de la muerte.

  • Concluyen con una referencia a las Escrituras: todo lo que ha sucedido había sido predicho por los profetas.

Estos discursos no son la transcripción de lo dicho por Pedro, sino una síntesis de la catequesis impartida a cerca de Jesús en los primeros tiempos de la Iglesia y que Lucas pone en boca del primero de los apóstoles para resaltar la importancia y la oficialidad del mensaje.

En la tercera parte del discurso (v. 24), la intervención de Dios sobre la muerte viene introducida por una imagen que en el texto original griego es particularmente incisiva: “Dios –dice Pedro– ha obligado a la muerte a dar a luz”. Los antiguos creían que los fetos estaban sujetos al seno materno por lazos que, en el momento del nacimiento, se rompían causando los dolores de parto. La muerte quería retener para siempre en su seno al cuerpo de Jesús, pero Dios ha intervenido, ha rotos los lazos, lo ha liberado y lo ha hecho nacer. Ha sido éste su mayor acto de poder: del seno de la muerte ha sacado la vida.

 

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Segunda Lectura: 1 Pedro 1,17-21

1,17: Y si llaman Padre al que no hace diferencia entre las personas y juzga cada uno según sus obras, vivan con respeto durante su permanencia en la tierra. 1,18: No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes, imitando a sus padres, no con algún rescate material de oro y plata 1,19: sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha ni defecto, 1,20: predestinado antes de la creación del mundo y revelado al final de los tiempos, en favor de ustedes. 1,21: Por medio de él creen en Dios, que lo resucitó de la muerte y lo glorificó; de ese modo la fe y la esperanza de ustedes se dirigen a Dios. – Palabra de Dios

 

Continúa la catequesis bautismal comenzada la semana pasada. El predicador –que habla en nombre de Pedro– invita a los nuevos bautizados a reflexionar sobre su condición de hijos. Ustedes –dicen– han renacido y ahora se pueden dirigir a Dios llamándolo Padre, pues de él han recibido una vida nueva. Han sido introducidos en la una realidad sublime que, sin embargo, lleva consigo graves responsabilidades pues exige una conducta moral coherente. Dios no hace preferencias o acepción de personas y, por consiguiente, si durante vuestra “peregrinación” en este mundo no son fieles a los compromisos bautismales que han asumido, para nada les servirá haber recibido materialmente el sacramento (v. 17).

Después se les recuerda a los nuevos bautizados la condición en que se encontraban antes de ser cristianos: llevaban una vida disoluta; se guiaban por los principios inmorales heredados de sus padres paganos; eran esclavos sometidos a un tirano: el pecado. Su rescate ha sido pagado a un alto precio: Cristo ha derramado su sangre para liberarlos (vv. 18-19). El cordero pascual, blanco, sin mancha y sin defecto que el pueblo der Israel sacrificaba durante la celebración de la Pascua, era solo una imagen. Es Jesús el verdadero cordero sin mancha que con su sangre rescata a los hombres y las mujeres del mal.

Estas son las exhortaciones con las que el predicador de Roma anima a los neófitos a llevar una vida santa e irreprensible. No pueden hacer que el sacrificio de Cristo sea inútil.

 

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Evangelio: Lucas 24,13-35

24,13: Aquel mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. 24,14: En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. 24,15: Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. 24,16: Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. 24,17: Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, 24,18: y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? 24,19: Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. 24,20: Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 24,21: ¡Nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. 24,22: Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, 24,23: y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. 24,24: También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. 24,25: Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento, cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! 24,26: ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? 24,27: Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él. 24,28: Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. 24,29: Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; 24,30: y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 24,31: Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. 24,32: Se dijeron uno al otro:¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? 24,33: Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, 24,34: que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. 24,35: Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. – Palabra del Señor

 

Es el mes de Abril del año 30 d.C., dos discípulos de Jesús que habían acudido a Jerusalén para celebrar la Pascua, han sido testigos de acontecimientos dramáticos: su Maestro, profeta poderoso en obras y palabras, ha sido ajusticiado.

Trascurridos tres días de aquella triste fiesta, preparaban su regreso a Emaús cuando, por la mañana temprano, alguien llega corriendo con noticias desconcertantes: el sepulcro ha sido encontrado vacío, algunas mujeres sostienen haber tenido una visión angélica y se dice que Jesús está vivo. En casa, sin embargo, les esperan las familias; es primavera, el tiempo de la cosecha de cebada y tienen que partir. Durante el camino se les unió un viandante: los acompaña y al atardecer sucedió una cosa extraordinaria.

El relato de los discípulos de Emaús es una de las páginas más bellas de los Evangelios. Nos introduce en un mundo celestial donde el sueño, en vez de desvanecerse, se convierte en realidad. Después de esta maravillosa impresión, surgen, sin embargo, la perplejidad y los interrogantes: ¿Dónde se encuentra Emaús? Estaba situada, sí, a treinta kilómetros de Jerusalén, no a una decena como dice el texto (cf. 24,13). Algunos manuscritos antiguos, justamente para soslayar esta dificultad, hablan de ciento sesenta estadios (unos treinta kilómetros), pero así crean una nueva dificultad: transforman a los dos discípulos en corredores de maratón.

Resulta también inverosímil que después de haber oído una noticia tan extraordinaria (vv. 21-24) se hayan marchado los dos sin haber verificado lo que realmente había sucedido (la historia de las familias que los esperaban y de los campos por cosechar las he inventado yo para dar un mínimo de lógica a su partida).

¿Por qué no han logrado reconocer a Jesús en el caminante? ¿Qué sentido tiene un milagro de este tipo? ¿Sirve para crear suspenso? Nótese que el texto no dice que Jesús se haya ocultado bajo una falsa apariencia, sino que sus ojos eran incapaces de reconocerlo… Será importante establecer la razón de esta ceguera.

¿Por qué no se nos dice el nombre del segundo discípulo? ¿Se trata de un olvido de Lucas?

Habiendo regresado a Jerusalén, los dos relatan a los apóstoles la experiencia que han tenido con el Resucitado y son informados, a su vez, que el Señor se ha aparecido a Simón (vv. 33-35). Después, el relato continúa: mientras estaban reunidos y hablando de estas cosas, Jesús se aparece en medio de ellos. Llenos de espanto y estupor, están convencidos de estar viendo a un fantasma; no logran creer que está vivo. Para convencerles, Jesús debe comer del pan y de los peces delante de ellos (cf. Lc 24,36-42). La reacción de los discípulos es realmente inexplicable: parecen sorprendidos como si nada hubiera ocurrido antes.

Estas son algunas de las dificultades que surgen de una interpretación literal del relato. Algunos indicios, sin embargo, nos orientan hacia una lectura más profunda. ¿Cómo no notar, por ejemplo, que la frase: “mientras estaba con ellos en la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio”, hace referencia explícita a la celebración de la eucaristía? Antes de sentarse a la mesa, el misterioso caminante preside también una solemne liturgia de la Palabra con sus tres lecturas (“Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en las Escrituras…”; v. 27) y pronuncia una apasionada homilía (“¿No sentíamos arder nuestro corazón…mientras nos explicaba las Escrituras…?” v. 32). Dicho de otro modo, Jesús ha oficiado una liturgia en toda regla.

Es más, la frase: “¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?” (v. 26) constituye la prueba inexpugnable de que quien está hablando es el Jesús ascendido ya al cielo. Esta escena refleja más la situación de los cristianos de las comunidades de Lucas que lo ocurrido a los discípulos de Emaús. Intentemos reconstruirla.

Estamos en Asia Menor en los años 80-90. Casi todos los testigos del Resucitado han desaparecido y los cristianos de la tercera generación se preguntan: ¿Será posible para nosotros encontrar al Señor? ¿Cómo podemos dar testimonio de que está vivo si nunca lo hemos visto con nuestros ojos, ni tocado con nuestras manos, ni sentado nunca a su mesa? ¿Nos tenemos que contentar solo con lo que otros nos han contado, como ocurre en los tribunales donde los jueces se fían de los testimonios que ofrecen credibilidad? Esto, sin embargo, no es suficiente; no puede ser llamado una elección de fe, sino pura conclusión de un razonamiento de sentido común. Nosotros queremos, por el contrario, encontrar realmente al Resucitado.

Intentemos leer de nuevo el relato de Lucas como una respuesta a los anhelos y expectativas de estos cristianos. Comencemos por el nombre. Uno de los dos se llama Cleofás (un personaje muy conocido en la iglesia primitiva por ser el hermano de José, “padre” del Señor), ¿Y el otro? El otro… podría ser una invitación dirigida a todo lector a inserir su propio nombre, a recorrer con Cleofás el camino que lleva a reconocer al Resucitado allí donde se reúnen dos o más en su nombre.

Los dos discípulos están tristes: han visto desvanecerse sus sueños, fracasar todos sus proyectos. Esperaban un mesías glorioso, un rey potente y victorioso y se encuentran con un derrotado. Los rabinos enseñaban que el mesías viviría mil años y Jesús, por el contrario, estaba muerto.

¡He aquí es la historia de los cristianos de las comunidades de Lucas! Son perseguidos, víctimas de abusos, ven triunfar obras de la muerte, los malvados triunfan a costa de los puros de corazón: se encuentran en las mismas condiciones que los discípulos de Emaús. También caminan tristes y desilusionados.

Esta es también nuestra historia. También nosotros nos encontramos a veces en la misma condición de espíritu. Sucede cuando debemos admitir que la astucia prevalece sobre la honestidad; cuando nos sentimos obligados a constatar que la mentira se convierte en verdad oficial, impuesta por quien detenta el poder; cuando vemos a los profetas forzados a callar o matados. También nosotros caminamos con el rostro triste, resignados ante una realidad ineluctable, casi convencidos de que el mundo nuevo anunciado por Jesús, quizás no se haga nunca realidad.

¿Puede una comunidad nacida de la fe en el Resucitado abandonarse a estos pensamientos de muerte y ceder a la tristeza? ¿Tienen sentido los semblantes no solo adormecidos y distraídos, sino también desilusionados de tantos participantes a nuestras asambleas dominicales? ¿Son signos de seguridad en la victoria o testimonian incertidumbre y abatimiento?

Los dos de Emaús conocen muy bien la vida de Jesús. Hacen un resumen perfecto, idéntico al enseñado en la catequesis de la iglesia primitiva (vv. 19-20), pero su síntesis contiene un grave defecto: se reduce a constatar la victoria de la muerte: “Nuestros jefes, explica Cleofás, lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron” (v. 20). Después de tres días, esta muerte la consideran como definitiva.

Lucas pone expresamente en boca de los dos de Emaús el pensamiento de muchos cristianos de sus comunidades. Éstos conocen bien lo que Jesús ha hecho y enseñado, lo consideran un hombre sabio, uno que con su mensaje de paz y de amor ha cambiado el corazón de tanta gente…pero, al final, ha muerto como todos.

Quien piensa de esta manera, descubre solamente el aspecto exterior, el elemento históricamente verificable de la vida de Cristo, pero no llega a tener fe en él porque no cree en su resurrección que no puede ser verificada y demostrada históricamente. La consecuencia de este conocimiento incompleto es la tristeza. Sin fe en la resurrección, las derrotas siguen siendo derrotas, la vida termina con la muerte, es una tragedia sin sentido. ¿Cómo se llega a esta situación desesperada?

Los dos de Emaús son en parte responsables de ello; han cometido errores. En primer lugar, han abandonado la comunidad, el grupo de aquellos que han continuado buscando una respuesta a lo sucedido. Los dos, en cambio, han preferido abandonar la búsqueda, marchándose solos, convencidos de que nadie era capaz de dar un sentido a ciertos dramas.

Otro error: no han verificado si la experiencia tenida por las mujeres habría podido iluminarles también a ellos. Así se estaban comportando muchos cristianos del tiempo de Lucas: frente a las dificultades y persecuciones, algunos habían abandonados sus comunidades; otros rechazaban, casi por principio, las respuestas de la fe; ni siquiera se detenían a pensar que éstas podrían tener una lógica y un sentido.

Un tercer error: los dos de Emaús si siquiera han considerado que sus ideas sobre un mesías triunfador podrían haber sido erróneas. Estaban testarudamente aferrados a las tradiciones, a lo que les habían enseñado, eran impermeables as las sorpresas y a la novedad de Dios. Jesús no abandona a las personas que escogen los caminos que conducen a la tristeza, sino que se convierte en su compañero de viaje.

Como siempre sucede, el Resucitado no es reconocible (algunos creen ver un fantasma; la Magdalena lo toma por el hortelano; en el lago viene considerado como un hábil pescador…). No se trata de milagros. Es un modo de considerar la situación nueva de quien ha entrado en la gloria de Dios, en una condición completamente diversa de la de este mundo. La vida de los resucitados no es una prolongación mejorada de la vida presente y los ojos humanos no pueden percibirla. He aquí la razón por la que los evangelistas dicen que Jesús era él, pero no era ya lo mismo; era el Jesús que habían tocado, con quien habían comido y bebido, era aquel que había muerto –“miren mis manos y mis pies: ¡soy yo!” (Lc 24,39)– pero era completamente diverso.

¿Cómo llegan Cleofás y el discípulo sin nombre a reconocer que Jesús, el derrotado, es el mesías? ¿Cómo pueden entender que la vida nace de la muerte? El camino que el Resucitado les hace recorrer, es aquel de las Escrituras: es la Palabra de Dios la que desvela el misterio. No habían entendido la Biblia; razonaban como hombres, no veían lo sucedido con la mirada de Dios, por esto Jesús les recrimina: “¡Qué duros de entendimiento!, ¡Cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?” (vv. 25-26).

El camino de la cruz es inconcebible y absurdo para nosotros; solo quien lee las Escrituras descubre que Dios es tan grande como para saber sacar del mayor crimen de los hombres su obra maestra de salvación. No basta leer la palabra de Dios, hay también que entenderla; por eso es necesario que alguno la explique y, posiblemente, no como quien transmite una árida lección de teológica, sino “calentando el corazón”.

Al atardecer de aquel primer domingo, los discípulos llegan a casa y Jesús con ellos. Cuando están sentados a la mesa, él “toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da” (v. 30). Es fácil comprender lo que Lucas quiere enseñar: los ojos del cristiano se abren y reconocen al Resucitado durante la celebración de la eucaristía dominical. En el relato de los discípulos de Emaús, están presentes todos los elementos de las celebraciones eucarísticas: la entrada del celebrante, después la liturgia de la Palabra con la homilía y, al final, la “fracción del pan”.

Solo en el momento de la comunión eucarística los ojos se abren y los discípulos se dan cuenta de que el Resucitado está en medio de ellos; sin la Palabra no habrían llegado a descubrir el Señor en el pan eucarístico. Todos tienen que hacer la experiencia del encuentro con el Resucitado. En la celebración comunitaria lo pueden contemplar a través de los signos sacramentales; pero en el momento en que lo reconocen… ya no es visible; no ha desaparecido sino que los ojos materiales no pueden contemplarlo.

Un último elemento importante de pasaje: los discípulos de Emaús, apenas han reconocido al Señor, corren a anunciar su descubrimiento a los hermanos y con ellos proclaman su fe: “Realmente ha resucitado el Señor…”. Es éste, podemos decir, el canto final con que concluye cada celebración dominical. Sus notas acompañan al discípulo a lo largo de la semana, siendo expresión de la alegría que ellos van a llevar a todos los hombres.

He dicho antes que Lucas escribe para los cristianos de las comunidades de los años 80-90 d.C. y tiene como objetivo mostrarles el camino que conduce a encontrar y reconocer al Resucitado en la “fracción del pan”. No es diferente el camino que también nosotros estamos invitados hoy a recorrer.

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