Archivo mensual: mayo 2014

Domingo de Pentecostés – Año A (8 Junio 2014)

Esperanza de un mundo nuevo

Los fenómenos naturales que más impresionan la fantasía del hombre –el fuego, el relámpago, el huracán, el terremoto, los truenos (cf. Ex 19,16-19) son empleados en la Biblia para narrar las manifestaciones de Dios. También para presentar la efusión del Espíritu del Señor, los autores sagrados recurren a estas imágenes. Han dicho que el Espíritu es soplo de vida (cf. Gn 2,7), lluvia que riega la tierra y transforma el desierto en un jardín (cf. Is 32,15; 44,3), fuerza que da vida (cf. Ez 37,1-14), trueno del cielo, viento huracanado, fragor, lenguas como de fuego (Hch 2,1-3). Imágenes vigorosas todas que sugieren la idea de una incontenible explosión de fuerza.

A donde llega el Espíritu, acontecen cambios y transformaciones radicales: se desploman barreras, se abren las puertas de par en par, tiemblan todas las torres construidas por manos humanas y proyectadas por la “sabiduría de este mundo”, desaparece el miedo, la pasividad, el quietismo, surgen iniciativas y se toman decisiones audaces.

Quien se siente insatisfecho y aspira a renovar el mundo y el hombre, puede contar con el Espíritu: nada resiste a su fuerza. Un día, el profeta Jeremías se ha preguntado en un momento de desconfianza: “¿Puede un etíope mudar de piel o una pantera de pelaje? ¿Podrán hacer el bien habituados como están a hacer el mal?” (Jer 13,23) Sí –se le puede responder– todo prodigio es posible allí donde irrumpe el Espíritu de Dios.

 

•    Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Espíritu del Señor llena el universo y renueva la faz de la tierra”.

 

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Ascensión del Señor

Un modo diverso de estar cerca

¿Ha cambiado algo en la tierra con la entrada de Jesús en la gloria del Padre? Exteriormente, nada. La vida de los hombres ha continuado a ser la misma de siempre: sembrar y cosechar, comerciar, construir casas, viajar, llorar, festejar, todo como antes. Tampoco los apóstoles se han beneficiado de ningún “descuento” respecto a los dramas y angustias experimentadas por los demás hombres. Sin embargo, algo increíblemente nuevo ha sucedido: una luz nueva ha sido proyectada sobre la existencia humana.

En un día de niebla, cuando aparece el aparece de repente, las montañas, el mar, los campos, los árboles del bosque, los perfumes de las flores, el canto de los pájaros son los mismos, pero es diverso el modo de ver y percibir todo. Lo mismo ocurre a quien ha sido iluminado por la fe en Jesús ascendido al cielo: ve el mundo con ojos nuevos. Todo adquiere sentido, nada entristece, nada produce ya miedo. Por encima de las desventuras, las fatalidades, las miserias, los errores humanos, se vislumbra siempre al Señor que va construyendo su reino.

Un ejemplo de esta perspectiva completamente nueva, podría ser el modo de considerar los años de la vida. Todos conocemos sin poder evitar a veces una sonrisa, a octogenarios que envidian a quienes tienen menos años que ellos, que se avergüenzan de su edad…es decir, que vuelven su mirada hacia el pasado en vez de hacia el futuro. La certeza de la Ascensión cambia totalmente esta perspectiva. Mientras transcurren los años, el cristiano tiene la satisfacción de ver acercarse el día del encuentro definitivo con Cristo. Está contento de haber vivido, no envidia a los jóvenes, los mira con ternura.

 

•    Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Los sufrimientos del momento presente no son nada comparados con la gloria futura que será revelada en nosotros”.

 

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