Domingo 18 del Tiempo Ordinario – Año A (3 Agosto, 2014)

También los saciados tienen hambre

 

Introducción

 

“El Señor hace justicia a los oprimidos, proporciona su pan a los hambrientos” (Sal 146,7), son las palabras con las que el israelita piadoso profesaba su fe en la providencia. De ello se hace eco María en su canto de alabanza: “Ha colmado de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). ¿Cómo pueden ser verdad estas afirmaciones cuando una cuarta parte de la humanidad vive en condiciones de absoluta miseria, cuando cada día decenas de miles de niños mueren de hambre y millones de personas hurgan en la basura buscando qué comer? El Dios que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo ¿se ha olvidado, quizás, de sus hijos? ¿Por qué el Padre no escucha la oración de quien le suplica cada día: “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

 

Los pobres tienen hambre, pero también los saciados están tristes, frustrados y solos; la gratificación que nos da lo que poseemos es de muy breve duración, apenas unos días, incluso pocas horas; después reaparece el ansia, y el vacío interior obliga a recomenzar la desesperada búsqueda de otros bienes. El tener más, en vez de saciar, aumenta el hambre y nos hace entrar en una vorágine de muerte sin salida.

 

Esta espiral, sin embargo, se puede romper. Es posible encontrar el pan que sacia y el banquete en el que abunda el vino de la alegría, pero solo hay una senda que conduce a esta abundancia, no existen atajos. El imaginario colectivo considera los caminos que llevan a las boutiques, a las joyerías, a los negocios de anticuarios y tiendas de modas como “caminos de felicidad”, pero son engañosos. Es ilusorio también el atajo que traza el predicador milagrero o el que conjura e interpreta intervenciones sobrenaturales; el Señor nunca suplanta al hombre con sus intervenciones.

 

Dios promete, sin embargo, un prodigio que siempre se realiza: su Palabra. Allí donde su Evangelio es escuchado, los corazones se desintoxican del egoísmo y brotan la solidaridad y el compartir fraterno.

 

Cuando emergen estos sentimientos, el hambre de pan desaparece y es saciada la sed de amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Dios se sirve de las manos de los hombres para dar de comer a sus hijos”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 55,1-3

 

¡Atención, sedientos!,vengan por agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren trigo, coman sin pagar, vino y leche gratis. 2¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta?, ¿y el salario en lo que no deja satisfecho? Escúchenme atentos, y comerán bien, se deleitarán con platos sustanciosos. 3Presten atención y vengan a mí, escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes alianza perpetua, la promesa que aseguré a David. – Palabra de Dios.

 

Estamos en Babilonia. Han pasado ya más de 50 años desde la destrucción de Jerusalén y del inicio del triste período del exilio. Los israelitas que viven desanimados en tierra extranjera, oyen resonar un día la voz de un profeta; anuncia la inminente caída del imperio babilonio, la liberación y el regreso a la patria.

 

En el pasaje de hoy, este anuncio profético viene expresado como invitación a un banquete en el que habrá abundancia de manjares y bebidas. Para participar en él, no será necesario tener dinero, bastará solamente con tener hambre y sed (v. 1).

 

El profeta, sin embrago, se da cuenta pronto de que la mayoría de los exiliados no tienen ni hambre ni sed. Mal que bien, se han establecido ya en Babilonia, adaptándose a la nueva situación y no piensan rehacer sus vidas en la patria de origen. Prefieren quedarse donde están y emplear sus ahorros en comprarse casas y tierras en Mesopotamia; no se atreven a correr riesgos, a lanzarse a una aventura que les puede traer sorpresas desagradables. En resumen: “el banquete” no les interesa y, por tanto, rechazan la invitación.

 

El profeta insiste, trata de hacerles reflexionar: lo de ustedes no es vida y los que gastan sus ahorros para establecerse definitivamente en tierra extranjera, “están gastando dinero en aquello que no sacia” (v. 2). Solo quien tenga el coraje de partir experimentará la alegría de la nueva realidad social preparada por el Señor. No fue escuchado. Solo unos pocos y raros grupos, formados por poca gente, dejaron Babilonia. La mayoría de los exiliados no estaba por la labor de arriesgar un nuevo éxodo. Los que regresaron… no encontraron ningún banquete, fueron acogidos con frialdad y a veces hostilidad, debieron afrontar incomodidades y dificultades de todo tipo, de ahí que muchos sospecharon de haber sido engañados.

 

Tuvo que pasar mucho tiempo para que Israel finalmente comprendiera el verdadero significado de las promesas del Señor. No había que entenderlas materialmente. Se realizarían, sí, pero no en un futuro inmediato. El banquete era el símbolo de la salvación ofrecida por Dios a toda la humanidad.

 

Las condiciones en que se encontraban los deportados a Babilonia son la imagen de todos los miedos y zozobras que esclavizan también al hombre y a la mujer de hoy: la inclinación a malgastar dinero en lo que no sacia, la desconfianza hacia quien invita al banquete y promete la auténtica alegría, el pánico a emprender el camino hacia la tierra de la verdadera libertad son siempre las mismas y se presentan una y otra vez continuamente.

 

Dios no nos coloca frente a la evidencia, no proporciona pruebas convincentes; pide una confianza sin condiciones en lo que promete. Solo quien ha tenido el coraje de entrar en la sala del banquete del reino de los cielos puede dar testimonio de haber encontrado la mesa de la abundancia, la única capaz de saciar toda hambre y toda sed. Su alegría puede ser contagiosa y convencer a los más reticentes a entrar.

 

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Segunda Lectura: Romanos 8,35.37-39

 

8,35: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada? 8,37: En todas esas circunstancias salimos más que vencedores gracias al que nos amó. 8,38: Estoy seguro que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes 8,39: ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. – Palabra de Dios

 

¿Qué es lo que puede llevarnos a abandonar la fe?

 

Las situaciones más disparatadas, como pueden ser los acontecimientos tristes, pero también la fortuna y el éxito. Cuando en la vida todo va bien, puede surgir la tentación de prescindir de Dios, pues ya se tiene todo lo que se desea. Pero son, sobre todo, las contrariedades, la fatiga, los disgustos, las desgracias los que generan malestar y desasosiego y pueden alejarnos de Dios y de Cristo.

 

Pablo enumera siete de estas situaciones que pueden poner en peligro nuestra fe: “la tribulación, la angustia, las persecuciones, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada” (v. 35). Son solamente algunas, las experimentadas por Pablo en carne propia (cf. 2Cor 11,24-33); la lista puede ser completada por cada uno de nosotros con los propios problemas que nos acosan. Este es un elenco de las dificultades que hoy estorban, más que otras, la adhesión a Cristo: el miedo de perder ocasiones y oportunidades de ser felices; el desánimo y abatimiento frente a la constatación de la propia debilidad y miseria moral; la vergüenza que nos impide admitir serenamente los propios errores; el remordimiento que nos hace sentir miserables, nos angustia y nos lleva a la desesperación y a dudar de ser amados, tal y como somos, por el Señor.

 

La tentación de escoger una vida opuesta a los principios evangélicos está siempre al acecho, pero Pablo asegura: “nada podrá separarme del amor de Dios y de Cristo” (vv. 35.39). Ha sido Dios quien ha abierto el debate con la humanidad y será Él quien lo concluya, como solo Él sabe hacerlo, es decir, ganándolo, para que también lo ganemos todos nosotros.


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Evangelio: Mateo 14,13-21

 

14,13: Al enterarse, Jesús se fue de allí en barca, él solo, a un paraje despoblado. Pero lo supo la multitud y le siguió a pie desde los poblados. 14,14: Jesús desembarcó y, al ver la gran multitud, sintió lástima y sanó a los enfermos. 14,15: Al atardecer los discípulos fueron a decirle: –El lugar es despoblado y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprar algo de comer. 14,16: [Jesús] les respondió: –No hace falta que vayan; denle ustedes de comer. 14,17: Respondieron: –Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados. 14,18: Él les dijo: –Tráiganlos. 14,19: Después mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud. 14,20: Comieron todos, quedaron satisfechos, recogieron las sobras y llenaron doce canastos. 14,21: Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. – Palabra del Señor 

 

Si se reduce este milagro a un mero gesto de poder llevado a cabo por Jesús para probar su condición divina, tendremos que enfrentarnos con una serie de objeciones difíciles de evitar; por ejemplo: no es muy verosímil que una muchedumbre de tantos miles de personas se traslade tan fácilmente de un lugar a otro; la hora tardía, cercana ya a la puesta del sol, no es la más idónea para proceder a una distribución de pan para tanta gente; ¿De dónde han salido las doce canastas? ¿Las llevaban los discípulos vacías?… Pero la objeción más provocadora es esta: ¿Qué interés puede tener para el hombre de hoy el hecho de que hace dos mil años, Jesús haya dado de comer a cinco mil  personas si después, Dios permite que continúe muriendo tanta gente por falta de alimento?

 

Lo que haya ocurrido, realmente, aquella tarde junto al lago de Tiberíades, es difícil de establecer, sin embargo no es esto lo importante; los evangelistas, de hecho, nos refieren hasta seis versiones del episodio, cada una con su mensaje específico. Tratemos, pues, de aclarar lo que el pasaje de hoy quiere decirnos.

 

Estaba bastante difundida en tiempos de Jesús la convicción de que el Mesías realizaría signos y prodigios extraordinarios, que reuniría al pueblo, lo llevaría en el desierto donde se repetiría el milagro del maná.

 

Presentándonos a Jesús dirigiéndose a un lugar desierto seguido de una gran multitud que ha abandonado la ciudad (v. 13), el evangelista nos dice que Jesús es el nuevo Moisés. Israel había salido de Egipto y entrado en la tierra prometida, pero aún no había alcanzado la libertad, todavía no había entrado en plena comunión con su Dios. Ahora, una vez llegada la plenitud de los tiempos, es conducido nuevamente al desierto de la mano del Mesías.

 

Si se quiere llevar el paralelismo más lejos, basta colocar el episodio en su contexto. Mateo acaba de narrar el banquete organizado para el cumpleaños de Herodes, en el que ha tenido lugar la ejecución del Bautista (cf. Mt 14,3-12), banquete que representa de una manera viva la sociedad corrompida, opresora y sanguinaria que debe ser rechazada por quienes siguen a Cristo.

 

Es en el desierto donde se ponen las bases de una sociedad nueva, con estas características: tiene a Jesús como guía y son los mismos sentimientos del Maestro la norma de las relaciones recíprocas. Jesús “siente compasión” (v. 14). El verbo empleado —splagknizomai—no indica un vago sentimiento de empatía, sino una emoción que surge de lo más profundo, lo más visceral (splagkna en griego significa vísceras). Hemos encontrado ya este término en Mateo: “Viendo a la multitud, Jesús se conmovió por ellos, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36).

 

Jesús no permanece insensible frente a las necesidades de cada hombre y cada mujer, sino que se implica personalmente, siente, participa de ellas desde lo más íntimo, se le rompe el corazón, pero su conmoción no lo lleva al desaliento, no desemboca en imprecaciones, en palabras de amargura o en llanto estéril. Se convierte en estímulo de acción inmediata a favor del que sufre: “descendió de la barca, vio una gran muchedumbre… sanó a los enfermos” (v. 14).

 

La com-pasión, el sufrir-juntos a los hermanos constituye la fuerza que lleva al discípulo a comprometerse en la construcción de una sociedad nueva. Solamente quien ha asimilado la sensibilidad del Maestro se siente movido a intervenir, a realizar sus mismo gestos de amor: “Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Fil 2,5), recomienda Pablo; “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros” (Rom 12,15-16).

 

Esta imperiosa necesidad interior de hacer el bien constituye la señal inequívoca de la presencia del Espíritu de Cristo en el discípulo.

 

No son solamente las enfermedades, manifestaciones de la debilidad y fragilidad humanas, con las que Jesús se enfrenta. También se enfrenta a la urgente necesidad de comida y a la falta de los bienes necesarios para la vida. ¿Qué respuesta da Jesús al hambre que existe en el mundo?

 

Si la solución fuera la del milagro, el pasaje de hoy no tendría mucho que decirnos porque ninguno de nosotros podemos realizar tales prodigios. Con su gesto Jesús indica, por el contrario, lo que cada discípulo puede y debe hacer para que a ninguno le falte el pan. Él no resuelve el problema del hambre sin nuestra colaboración.

 

La primera, sutil tentación contra la que nos pone en guardia es la inclinación a no implicarse, a querer “despedir a la gente” para que cada uno se las arregle como pueda, yendo a los pueblos vecinos a comprar comida (v. 15). Es la propuesta insinuada por los discípulos quienes, evidentemente, no han comprendido que la adhesión a Jesús implica un compromiso concreto a favor de quien tiene necesidad. No es necesario que vayan—responde Jesús—son ustedes mismos los que les deben dar de comer (v. 16).

 

Inmediatamente surge la dificultad que es también la nuestra: lo que tenemos no es suficiente (v. 17).

 

Si cada uno retiene egoístamente lo que posee, por temor a que un día le pueda faltar lo necesario, en el mundo habrá siempre hambre.
Jesús pide al discípulo entregarle lo que tiene, aunque si a éste le parezca poco. Cinco panes y dos peces—siete porciones de alimento—son el símbolo de la totalidad. No hay que reservarse nada, la generosidad debe ser ilimitada. El compartir los bienes es la propuesta de Cristo y es la única en sintonía con el proyecto de Dios que es ‘Padre’ y quiere que sus hijos vivan como hermanos, que no acumulen solo para ellos mismos, que no acaparen los bienes destinados a todos. Cuando cada uno pondrá a disposición de los otros lo que posee (no solamente el dinero, sino su misma persona: el propio tiempo, las propias aptitudes, la propia inteligencia, las propias capacidades…), se cumplirá el prodigio: habrá comida para todos y sobrará. Las bendiciones de Dios se derraman y se prodigan siempre sobre la generosidad de las personas.

 

El pan que Jesús distribuye no es, sin embargo, solamente pan material.

 

Como el agua, también el pan era en Israel símbolo de la sabiduría de Dios. Tanto los profetas como los sabios del Antiguo Testamento se refieren a ello con frecuencia: “la Sabiduría ha colmado la mesa—dice el autor del libro de los Proverbios— a los que no tienen dinero la Sabiduría invita: “vengan y coman mi pan” (Prov 9,1-5); y Amós anuncia que Dios enviará hambre y sed al país, “no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11).

 

Jesús dijo un día: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). La comida que Él da y que alimenta la vida del hombre es su palabra, más aún, es Él mismo Palabra de Dios que debe ser comida y asimilada.

 

Jesús “mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud” (v. 19). Estas palabras que nos resultan familiares son las de la Eucaristía. El evangelista las retoma para hacer comprender a los cristianos de su comunidad que, después de haber asimilado el pan del Evangelio dado a través de la predicación de los apóstoles, deben acercarse también al banquete eucarístico para ser saciados.

 

Los que comieron “fueron cinco mil”, número que simboliza a Israel. A este pueblo le viene ofrecido el pan, como primer invitado al banquete anunciado por los profetas. Después de que Israel se haya saciado, sobrarán 12 canastas. El número “12” indica la nueva comunidad de los 12 apóstoles constituida en torno a Jesús. A este pueblo nunca le faltará el pan—que es Cristo—sino que siempre sobrará para ser nuevamente distribuido.

 

A través de sus discípulos—a quienes ha entregado su pan—es Jesús mismo el que continúa saciando el hambre de los hombres de cada tiempo y cada lugar en el mundo.

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