Domingo 20 del tiempo ordinario – Año A

“Perros” transformados en “corderos” a causa de la fe

 

Introducción

 

Al sur de la ciudad de Jerusalén se indica todavía el que fue “Campo del Alfarero”, el terreno comprado con las monedas de plata devueltas por Judas a los sacerdotes del templo (cf. Mt 27, 3-10). Era el mismo lugar en que algunos reyes de Israel habían cometido abominaciones horrendas, llegando hasta sacrificar sus propios hijos a Baal. Hacia finales del siglo 7 a.C. el piadoso rey Josías lo había convertido en tierra maldita (cf. 2Re 23,10) y, desde entonces, ser sepultado allí era considerado como el colmo de la ignominia. Con el pago de la traición, los sumos sacerdotes habían comprado aquel terreno para convertirlo en cementerio para sepultar a los extranjeros (cf. Mt 27,7). Era el lugar maldito (cf. Jer 19,11) e apropiado para los paganos inmundos e impuros quienes, incluso después de muertos, debían permanecer separados de los hijos de Abrahán.

 

El impulso a discriminar y la tendencia a erigir barreras entre buenos y malos, puros e impuros, santos y pecadores están profundamente enraizadas en el corazón del hombre y emergen por las razones más variadas y absurdas: el miedo a la confrontación, la incapacidad de llevar a cabo un diálogo abierto, sereno y respetuoso con quienes piensan de manera diferente; a veces, tales impulsos se enmascaran con la denuncia de peligros reales, como el sincretismo, el pacifismo, la pérdida de identidad, la renuncia a los propios valores.

 

¿Cómo puede hablar de ecumenismo quien considera a los otros como “lejanos”? ¿Quién puede ser tan presuntuoso como para creerse “cercano”? Todos estamos “alejados” de Cristo y en camino hacia la perfección del Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,48). Solo quien es consciente de ser “impuro”, de no poder vanagloriarse de méritos delante del Señor, se encuentra en la justa disposición para acoger la salvación. “Los publicanos y las prostitutas les precederán en el reino de los cielos”, ha asegurado Jesús. No teniendo ningún mérito en que gloriarse, confían espontáneamente en el Señor y llegan antes de quien se considera puro (cf. Mt 21,31).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nos avergonzábamos de tenerlos como compañeros de viaje. Después, la sorpresa: habían entrado en el reino de Dios antes que nosotros”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 56,1.6-7

 

56,1: Así dice el Señor: Observen el derecho, practiquen la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria. 56,6: A los extranjeros que se hayan unido al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guarden el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, 56,7: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y a mi casa la llamarán todos los pueblos Casa de Oración. – Palabra de Dios

 

El miedo a perder la propia identidad nacional y religiosa, ha llevado a Israel a alejarse de los otros pueblos y a imponerse normas restrictivas con respecto a los extranjeros. El libro del Deuteronomio ordena: “No harás alianzas con los extranjeros…No te emparentarás con ellos dando tus hijas a sus hijos ni tomando hijas para tus hijos, porque seducirán a tus hijos para que me abandonen y adoren a dioses extranjeros” (Dt 7,2-4).

 

Vino después el exilio de Babilonia. Fue una experiencia amarga, pero preciosa, que dio a los israelitas la madurez necesaria para corregir los propios prejuicios al tener que alternar con pueblos de diferente cultura. Se dieron cuenta de que los propios miedos eran infundados; que los paganos no eran constitutivamente malvados, que también cultivaban sentimientos nobles y daban pruebas de una moralidad elevada. Sus religiones no eran un cúmulo de absurdidades sino que contenían elementos apreciables.

 

Al regreso del exilio, algunos habían asimilado una mentalidad universalista, pero no todos. Los guías políticos y espirituales continuaban a alimentar desconfianzas, sospechas, temores infundados. Esdras, por ejemplo, se rasgó las vestiduras, se arrancó cabellos de la cabeza y de la barba cuando fue informado que muchos habían profanado la estirpe santa, emparentándose con la población local (cf. Esd 9).

 

Es en este tiempo caracterizado por tensiones e intolerancias, tentativos de apertura seguidos por retrocesos, cuando surge el profeta que nos interpela en la lectura de hoy. Es un hombre sereno y sin prejuicios, tiene una mirada que va más allá del horizonte estrecho de las tradiciones de su pueblo. Ha comprendido que ha llegado la hora de abandonar los exclusivismos y dejar atrás las discriminaciones impuestas por el Deuteronomio, se da cuenta de que no tienen ya sentido las barreras que separan a los hombres, los cuales son hijos del único Dios independientemente de la raza, tribu o nación de pertenencia.

 

El profeta lanza una promesa: llegará el día en que los extranjeros que honran al Señor y ponen en prácticas sus mandatos, serán acompañados hasta el templo donde ofrecerán sacrificios y elevarán sus plegarias. En la casa de Dios ninguno será considerado extranjero. El templo, lugar santo por excelencia de Israel, se convertirá en casa de oración para todos los pueblos.

 

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Segunda Lectura: Romanos 11, 13-15. 29-32

 

11,13: Ahora me dirijo a ustedes, los paganos: Dado que soy apóstol de los paganos, hago honor a mi ministerio, 11,14: para dar celos a mis hermanos de raza y salvar así a algunos. 11,15: Porque, si su rechazo ha significado la reconciliación del mundo, ¿qué será su aceptación, sino una especie de resurrección? 11,29: Porque los dones y la llamada de Dios son irrevocables. 11,30: En efecto, ustedes antes eran enemigos de Dios, y ahora, por la desobediencia de ellos, han alcanzado misericordia, 11,31: de la misma manera ahora que ustedes han alcanzado misericordia ellos desobedecen, pero un día también ellos alcanzarán misericordia. 11,32: Porque Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para apiadarse de todos. – Palabra de Dios

 

La lectura desarrolla el tema que fue introducido la semana anterior: el drama interior de Pablo que no logra encontrar una razón del rechazo de su pueblo a Cristo.

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos resume su método apostólico: iba de ciudad en ciudad anunciando el evangelio, sobre todo a los judíos y si éstos se negaban a creer, entonces se dirigía a los paganos (cf. Hch 13, 46-48).

 

Después de una decena de años, hace un balance de su misión apostólica: salvo algunas excepciones, los israelitas no se han adherido a la fe en Cristo. ¿Cómo explicar esto?.

 

Pablo constata, por otra parte, que la desobediencia de su pueblo ha tenido un efecto positivo: ha favorecido la entrada de los paganos a la comunidad cristiana. En realidad, si los judíos hubieran aceptado el evangelio en masa, con la mentalidad estrecha y exclusivista que tenían, con los prejuicios que todavía alimentaban contra los extranjeros, difícilmente habrían permitido a los paganos ser aceptados en pie de igualdad en la iglesia.

 

Pablo tiene una intuición: el rechazo de Cristo por parte de su pueblo no puede ser definitivo; un día -está seguro- también los israelitas reconocerán en Jesús al Mesías anunciado por los profetas. ¿Qué sucederá entonces? El Apóstol no puede contener su alegría: si su desobediencia ha sido providencial, ¿qué no sucederá cuando también ellos se conviertan en discípulos? Será una auténtica resurrección de los muertos (v.15).


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Evangelio: Mateo 15, 21-28

 

15,21: Desde allí se fue a la región de Tiro y Sidón. 15,22: Una mujer cananea de la zona salió gritando: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija es atormentada por un demonio. 15,23: Él no respondió una palabra. Se acercaron los discípulos y le suplicaron. Señor, atiéndela, para que no siga gritando detrás de nosotros. 15,24: Él contestó: ¡He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la Casa de Israel! 15,25: Pero ella se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor, ayúdame! 15,26: Él respondió: No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. 15,27: Ella replicó: Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños. 15,28: Entonces Jesús le contestó: Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumplan tus deseos. Y en aquel momento, su hija quedó sana. – Palabra del Señor

 

Contaban los rabinos que un agricultor había plantado en su campo toda clase de árboles y los había cultivado con esmero; esperó muchas primaveras y muchos veranos, pero quedó desilusionado: tantas hojas, algunas flores, pero ningún fruto. Iba a meter fuego al campo, cuando descubrió en una rama, un poco escondida, una granada. La tomó, la probó: era deliciosa. “por amor a esta granada -exclamó feliz- dejaré vivir todos los demás árboles de mi jardín”. De manera semejante –concluían los rabinos- por amor a Israel Dios salvará al mundo.

 

No todos los judíos, sin embargo, compartían la apertura mental de estos rabinos iluminados. La mayoría estaba convencida de que una sola era la estirpe elegida y santa y que los paganos debían ser evitados como inmundos y rechazados (cf. Hch 10).

 

Era éste el exclusivismo que debió confrontar la primera comunidad cristiana, que había brotado como rama vigorosa del tronco de Israel. Los cristianos se preguntaban ¿Es la salvación para todos los pueblos o solo para los hijos de Abrahán? Esta pregunta dio lugar a desencuentros, sinsabores y conflictos que dividieron a la Iglesia (cf. 1Cor 1,10-12; Gal 2,11-14). Algunos sostenían que el evangelio tenía que ser anunciado solamente a los israelitas y, para avalar su tesis, recurrían al comportamiento de Jesús quien, durante su vida pública, había desarrollado su misión solamente dentro de los confines de Palestina; mencionaban también su recomendación: “No vayan a tierras extranjeras ni entren el ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel (Mt 10, 5-6).

 

Otros tenían ideas más abiertas, convencidos como estaban de que el evangelio, sí, debía ser predicado en primer lugar a los israelitas por ser los primeros destinatarios de la salvación (cf. Mt 22,1-6) y luego aunque los paganos deberían ser admitidos en la sala del banquete del Reino de Dios (Mt 22,8-10). Israel era “el primogénito” del Señor (cf. Eclo 36,11), pero no “el unigénito”: Dios había siempre considerados a los otros pueblos como hijos suyos (cf. Jer 3,19). El mandato del Resucitado había sido irrevocable: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado (Mt 28,19-20).

 

A causa de la brevedad (quizás solamente tres años) de su vida pública, Jesús había limitado su misión a las “ovejas perdidas de la casa de Israel”, pero también había realizado gestos claros, indicando que la salvación era para todos los pueblos. El episodio narrado en el evangelio de hoy es uno de los más significativos y reveladores al respecto.

 

Un día se presenta a Jesús una extranjera. Viene de las regiones de Tiro y Sidón e “continúa a gritar” (nótese la insistencia de su petición), implorando la curación de su hija. El texto la llama “cananea”; pertenece por tanto a un pueblo enemigo, un pueblo peligroso que en más de una ocasión ha seducido a Israel, lo ha apartado de la fe y lo ha inducido a adorar a Baal y Astarté.

 

Los discípulos de Jesús, educados en el más radical rigorismo e integrismo religioso, no pueden menos de sentirse sorprendidos ante la desfachatez de esta pagana entrometida que osa dirigirse al Maestro, y esperan la reacción de éste: ¿se atendrá a las normas vigentes que prohíben entretenerse con extranjeros o, romperá, como hace frecuentemente, los esquemas tradicionales?

 

El evangelista refiere el diálogo entre Jesús y la mujer, casi complaciéndose en resaltar el tono cada vez más duro de las respuestas del Maestro. Frente a la petición de ayuda por parte de la mujer, Jesús asume una actitud casi despreciativa: no se digna mirarla, ni siquiera le dirige la palabra (v.23). Intervienen entonces los apóstoles quienes, un tanto molestos, quieren resolver lo más pronto posible una situación que se está volviendo embarazosa. Le piden que se deshaga de ella. “Atiéndela”, dice nuestro texto, pero no es una correcta traducción. ¡“Dile que se vaya”!, es su petición.

 

Jesús aparenta seguir el consejo de sus discípulos y, en un tono más severo, dice a la mujer: ¡“He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la casa de Israel (v.24).

 

La imagen del rebaño a la deriva recorre frecuentemente las páginas del Antiguo Testamento: Mis ovejas se dispersaron y vagaron sin rumbo por toda la tierra sin que nadie las buscase siguiendo su rastro(Ez 34,6). De esta realidad se hace eco otro profeta: “Todos errábamos como ovejas, cada uno por su lado” (Is 53,6). También es clara la promesa del Señor: “Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro…Buscaré las ovejas perdidas y recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas y sanaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentará como es debido” (Ez 34,11.16.)

 

El Señor se ha comprometido solamente con los israelitas y debe, por tanto, interesarse solamente de ellos. Presentándose como el Pastor de Israel, Jesús declara su intención de querer dar cumplimiento a las profecías. La mujer comprende, sabe que no pertenece al pueblo elegido, es consciente de no formar parte del “rebaño del Señor” y de no tener ningún derecho a la salvación, no obstante confía en la benevolencia y gratuidad de las intervenciones de Dios, se postra delante de Jesús e implora: ¡Señor, ayúdame!, pero recibe una ofensa como respuesta: “No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perritos (v.26).

 

Los israelitas son el rebaño, los paganos son los perros. El uso del diminutivo atenúa, pero solo un poco, el insulto. “Perro” era en todo el antiguo Medio-Oriente, la peor de las injurias, era el nombre despreciativo con que los judíos designaban a los paganos. Una imagen cruda, retomada en varios textos del Nuevo Testamento: “No tiren las cosas santas a los perros” (Mt 7,6); “¡fuera los perros!” (Ap 22,15). “¡Cuidado con los perros” (Fil 3,2). La expresión era usada para poner de relieve la absoluta incompatibilidad entre la vida pagana y la oferta evangélica.

 

En boca de Jesús esta expresión sorprende, sobre todo si se tiene en cuenta que la mujer cananea se ha dirigido a él con grande respeto: lo ha llamado por tres veces “Señor” –título con el que los cristianos profesaban su fe en el Resucitado- y una vez “Hijo de David” lo que equivale a reconocerlo como Mesías. Parece como si Jesús, al igual que todos sus connacionales, sienta aversión a los paganos.

 

La conclusión del relato es iluminadora: ¡“Mujer, exclama Jesús, grande es tu fe!”. Un elogio que nunca había dirigido a ningún israelita.

 

Por fin todo queda claro. Todo lo que precede –la provocación, el desprecio por los paganos, la referencia a su impureza e indignidad- no era sino una hábil puesta-en-escena, a través de la cual Jesús quiere que sus discípulos cambien radicalmente sus relaciones con los extranjeros. Ha “recitado la parte” de un israelita íntegro y puro para mostrar lo insensata y ridícula de la mentalidad separatista cultivada por su propio pueblo. Mientras las “ovejas del rebaño” se mantenían alejadas del pastor que quería reunirlas (cf. Mt 23,37), los “perros” se acercaban a él y por su gran fe obtenían la salvación.

 

El mensaje es hoy más actual que nunca. La iglesia está llamada a ser el signo del fin de todas las discriminaciones dictadas por el sexo, raza, pueblo o institución de pertenencia. Por la fe en Cristo Jesús, todos ustedes son hijos de Dios. Los que se han consagrado a Cristo se han revestido de Cristo. Ya no se distinguen judío o griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, son descendientes de Abrahán, herederos de la promesa (Gal 3,26-29).

 

La mujer cananea, la pagana, la no creyente, es señalada como modelo, justamente, del verdadero creyente: sabe que no merece nada, cree que solamente por la palabra de Cristo se puede alcanzar gratuitamente la salvación, la implora y la recibe como regalo.

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