Domingo 21 del tiempo ordinario – Año A

Un descubrimiento que te cambia el nombre y la vida

Introducción

 

Circulaba al final de los años 60 un retrato de Cristo “se busca” (wanted): pelo largo, barba descuidada, amigo de marginados, mensaje revolucionario, “mal-visto” por los poderes establecidos. Era el “Jesús de los contestatarios” quien, por cierto tiempo, entró en competencia con el tradicional “Jesús místico”, el favorito del quienes se sentían atraídos por la religión de las devociones y del intimismo.

 

Tuvo también su época el “Cristo triunfante”, entre lábaros y estandartes: era el “conquistador de reinos” y protector de los soberanos de este mundo.

 

El “Jesús de la religión” parece ser el más inoxidable de todos, quien más dura: es el que garantiza la justicia, premia a los buenos, protege a los piadosos y castiga a los malvados. A veces, algunos, incluso, le asignan el papel de “asusta-malos” o del “coco” con que se amenaza a los niños caprichosos y desobedientes. De todos modos, es la última garantía de comportamientos morales, considerados positivos.

 

Jesús parece ser un personaje al que todos quieren tener de su parte y, para eso, los hombres no han dudado, a lo largo de los siglos, en manipularlo, maquillarlo, suavizar sus aristas, hacerlo más presentable.

 

Está también el “Jesús que llevamos dentro” desde los años de la infancia, el que nos presentaron catequistas más voluntariosos que preparados, un Jesús que quizás nunca terminó por convencernos y que, un día, no tuvo ya nada más que decirnos y, por tanto, lo abandonamos por el camino.

 

Después de dos mil años, Jesús no cesa de provocar y de interpelar a todos y cada uno de nosotros y, como hizo aquel día en las cercanías de Cesárea de Filipo, nos lanza el desafío de una pregunta embarazosa: “Y ustedes ¿Quién dicen que soy?”. Frente a tantas imágenes que circulan de él, no es fácil dar con su rostro auténtico.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No veneramos un personaje del pasado, ni su doctrina, creemos en Cristo, Hijo del Dios vivo”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 22, 19-23

 

22,19: Te echaré de tu pueblo, te destituiré de tu cargo. 22,20: Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Jelcías: 22,21: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será un gobernante para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. 22,22: Le pondré en el hombre la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. 22,23: Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a su familia. – Palabra de Dios

 

El hecho a que se refiere esta profecía es bien conocido. El rey Ezequías (siglo 8 a.C.), un buen hombre un tanto ingenuo, había escogido como mayordomo a Sobná, un oportunista, un corrompido que se servía del dinero público para construirse su propio, espléndido mausoleo, un tipo intrigante quien, contra el parecer de Isaías, propugnaba la alianza con Egipto. Finalmente, fue destituido y su cargo ofrecido a Eliacín, hijo de Jelcías. Isaías aprobó esta sabia decisión. El nuevo mayordomo era honesto, capaz, políticamente de fiar. El profeta habla de él en términos entusiastas: “Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para todo el pueblo de Judá” (v.21).

 

El episodio nos interesa porque nos informa sobre cómo se realizaba en aquellos tiempos el traspaso de poderes: el rey arrancaba la túnica y la banda de aquel que se había mostrado inepto y entregaba estas insignias al nuevo encargado quien, vestido con la túnica y ceñida la banda, recibía las llaves del palacio (vv.20-22).

 

Recibir las llaves equivalía a asumir todos los poderes relativos al buen funcionamiento de la casa real, administrar los bienes del soberano y decidir quién podía ser recibido en audiencia y quién no.

 

El pasaje concluye con dos imágenes que preanuncian el grado de eminencia al que llegaría Eliacín: será como un travesaño hincado en sitio firme y como un trono, orgullo para toda su familia (v.23).

 

Parece como si el profeta le estuviera augurando una carrera fulgurante y prestigiosa; en realidad, está anunciado su ocaso político. En los versículos siguientes (vv.24-25, que no forman parte de la lectura) Isaías describe con sutil ironía el final nada glorioso de Eliacín: “Lo hincaré como un clavo en sitio firme…colgarán de él los nobles de su familia, vástagos y descendientes, toda la vajilla menor, de bandejas a cántaros…Aquel día, oráculo del Señor, caerá el clavo hincado en sitio firme y la carga que colgaba de él se soltará, caerá y se romperá”. Es una presentación satírica de las consecuencias del nepotismo al que también Eliacín, por desgracia, terminará por ceder; aprovechándose de su posición favoreció a parientes, amigos y allegados… quienes se agarraron a él, hasta convertirse en un peso insoportable y, claro, el clavo cedió…y todos cayeron y se hicieron pedazos. ¡Pobre Eliacín, un hombre bueno arruinado por el poder!

 

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Segunda Lectura: Romanos 11, 33-36

 

11,33: ¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y prudencia de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos! 11,34: ¿Quién conoce la mente de Dios? ¿Quién fue su consejero? 11,35: ¿Quién le dio primero para recibir en cambio? 11,36: De él, por él, para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.Palabra de Dios

 

La lectura presenta la parte conclusiva de la larga exposición del problema que tanto ha angustiado a Pablo: su pueblo ha rechazado reconocer en Jesús al mesías de Dios. Como vimos la semana pasada, la infidelidad de Israel había tenido un efecto positivo para Pablo: la entrada de los paganos a formar parte de la iglesia. Fueron las persecuciones de los judíos las que forzaron a los discípulos a huir de Jerusalén, a dispersarse por el mundo y anunciar el evangelio a los paganos (cf. Hch 11, 19-21).

 

Frente a esta “habilidad” de Dios de guiar los acontecimientos de la historia y obtener bien del mal, Pablo exclama: ¡”Qué profunda es la riqueza, sabiduría y prudencia de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos!” (v.33). Los designios del Señor son verdaderamente incompresibles e imprevisibles, no solo en la historia de los pueblos, sino en la vida de cada persona.

 

El enigma del mal ha siempre afligido a la humanidad y ninguna mente, por más iluminada que haya sido, sea o será, estará nunca en grado de dar una respuesta convincente. Ni siquiera el libro de Job, donde el problema se confronta directamente, nos ha dado una respuesta.

 

Pablo invita a inclinarnos ante el misterio y a reconocer humildemente que los caminos del señor son “inescrutables”. Existe, sin embargo, una certeza que nos da la fe: todo lo que ocurre está dirigido por el amor de Dios y todo acontecimiento, aun el más dramático, tiene un sentido.


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Evangelio: Mateo 16,13-20

 

16,13: Cuando llegó Jesús a la región de Cesárea de Felipe, preguntó a los discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 16,14: Ellos contestaron: Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; otros, Jeremías o algún otro profeta. 16,15: Él les dice: Y ustedes, ¿quién dicen que soy? 16,16: Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. 16,17: Jesús le dijo: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! 16,18: Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá. 16,19: A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. 16,20: Entonces les ordenó que no dijeran a nadie que él era el Mesías. – Palabra del Señor

 

Sabemos muy bien distinguir al amigo del colega de trabajo, de los compañeros de juego o del bar, de los hinchas de nuestro club de futbol. Son diversos los sentimientos que experimentamos hacia una muchacha recién conocida, hacia la novia, la esposa. Cuando el amor llama a nuestras puertas, inmediatamente salta el mecanismo de los celos, aparece el tormento del miedo a perder a la persona amada, la intolerancia a cualquier rival. Es una pasión difícil de controlar. “Cruel es el enojo, destructiva la ira, pero ¿quién resistirá a los celos?” (Prov 27,4). Los celos acortan los días, anticipan la vejez (cf. Eclo 30,24).

 

También Dios es “celoso” porque nadie está tan enamorado del hombre como Él. Decenas de veces aparecen en Antiguo Testamento expresiones como: “Yo, el Señor, soy un Dios celoso (Ex 20,5); “siento celos de Sión…unos celos que me arrebatan” (Zac 8,2); “En el fuego de mi celo se consumirá la tierra entera” (Sof 3,8). Dios exige un amor exclusivo que compromete todo el corazón, toda el alma, todas las fuerzas (Dt 6,6); en el corazón del hombre no puede haber lugar sino para Dios.

 

También Jesús exige este amor sin reservas: Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padres y su madre. A su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo(Lc 14,26). Nada ni nadie puede anteponerse a Él, ni siquiera los afectos más naturales; éste es el sentido de la imagen paradójica que utiliza.

 

Un día, a la vista de la ciudad que Filipo, uno de los hijos de Herodes el grande, había fundado en el extremo norte del país, Jesús dirige a los apóstoles dos preguntas. Bastante fácil de responder la primera: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”; más comprometida la segunda: “Y ustedes ¿quién dicen que soy?”.

 

Las opiniones en circulación lo comparaban con personajes eminentes: Juan Bautista, Elías, Jeremías, los antiguos profetas (vv. 13-14).

 

Es innegable la admiración de los hombres de todos los tiempos por Jesús y, sin embargo, la estima y la admiración no bastan. Él no es la personificación, la concretización de los valores excelentes que atraen y fascinan, en general, a todas las personas de buena voluntad; no es uno de tantos que se han distinguido por su honestidad y lealtad, por su amor a los pobres, por el compromiso en favor de la justicia, la paz, de la no violencia.

 

Para empezar, Jesús, solo como hombre, los deja atrás a todos porque no sigue las tácticas y estrategias humanas. Es suficiente considerar sus decisiones que ha tomado: espera a la madurez para iniciar su misión, da preferencia a la vida escondida, no revela su proyecto sino a algunos pocos amigos, íntimos y escogidos y solo gradualmente, desmantela toda lógica humana, absolutamente toda, hasta “entregar” su vida, hasta hacer de su derrota un triunfo. Pero ni siquiera esto es suficiente para que él nos reconozca como “discípulos” suyos. Discípulo es quien ha comprendido que Él es único, como única es la persona de la que nos enamoramos, de la que nos fiamos ciegamente y por la que estamos dispuestos a todo.

 

Es justo entonces cuando llega la respuesta sorprendente de Pedro quien, en nombre de los demás discípulos, demuestra haber comprendido todo. Le dice: Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el salvador de quien han hablado los profetas y que espera todo nuestro pueblo (v.16). Eres aquel por quien estamos dispuestos a jugarnos la vida.

 

Es difícil encontrar una respuesta más exacta… y, sin embargo, en el último versículo del pasaje evangélico (v.20) el evangelista añade que Jesús impone el silencio a los discípulos, severamente, como antes había hecho con los demonios.

 

La razón es simple: Pedro ha dado una respuesta exacta solo en la forma, en realidad tiene en mente una idea completamente equivocada. Está convencido de que Jesús está a punto de dar comienzo al reino de Dios mediante una exhibición de fuerza, prodigios y señales que captarán la atención de todos. También los otros discípulos piensan como Pedro; aunque han comprendido a Jesús un poco más que la gente, todavía son prisioneros de la mentalidad común que valora el éxito de una vida en base a los triunfos obtenidos. Ninguno se ha dado cuenta que el Maestro, desde el principio, ha considerado diabólica la propuesta de hacerse con el poder y dominar sobre los reinos de este mundo.

 

En la segunda parte del pasaje (vv.17-20) viene referida la respuesta de Jesús a Simón: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia…”. La interpretación de estas palabras es más difícil de lo que parece. ¿Por qué razón y en qué sentido es llamado Simón “piedra” sobre la que se edificará la iglesia? ¿Una simple afirmación del primado del papa? No, mucho más.

 

Comencemos por dos observaciones que podrán ayudarnos a entender este texto tan importante.

 

Hay que recordar, ante todo, que de la “roca” puesta como fundamento de la iglesia se habla otras veces en el Nuevo Testamento y que esta “roca”, sólida e inamovible, es siempre Cristo. “Nadie –declara Pablo– puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo” (1Cor 3,11). A los cristianos de las comunidades de Asia Menor, les recuerda así su gloriosa condición: Ustedes no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios; edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con Cristo como piedra angular. Por él, todo el edificio bien trabado crece hasta ser santuario consagrado al Señor (Ef 2,19-21. Más explícito aun es Pedro quien, en su primera carta, invita a los neo-bautizados a no separarse jamás de Cristo porque: “Él es la piedra viva, rechazada por los hombres, elegida y estimada por Dios; después, desarrolla la imagen y, dirigiéndose a los cristianos, dice: también ustedes como piedras vivas, participan en la construcción de un templo espiritual, unidos como están a la piedra angular, elegida, preciosa colocada por Dios (1Pe 2, 4-6).

 

La segunda observación es que el nombre dado a Simón –Cefas-Pedro- en arameo (la lengua madre de Jesús) no significa, con toda probabilidad, roca, sino simplemente piedra de construcción.

 

Si las cosas están así, la piedra de que habla Jesús es la fe profesada por Pedro. Es ésta fe la que constituye el fundamento de la Iglesia, la que la mantiene unida a Cristo-roca, la que la vuelve indestructible y le permite no ser nunca derrotada por las fuerzas del mal. Todos aquellos que como Pedro y con Pedro, profesan esta fe, vienen inseridos como piedras vivas en el edificio espiritual proyectado por Dios.

 

La expresión puertas del infierno no hay que entenderla materialmente. Estas puertas representan el poder del mal, indican todo lo que se opone a la vida y al bien del hombre. Nada ni nadie podrá impedir jamás a la iglesia -asegura Jesús- de llevar a cumplimiento su obra de salvación, a condición de que permanezca siempre estrechamente unida a Él, Hijo del Dios vivo.

 

Pedro recibe las llaves y el poder de atar y desatar. Antes de aclarar el significado de estas dos imágenes utilizadas frecuentemente por los rabinos, hay que notar que el poder de atar y desatar no es reservado a Pedro, sino que es conferido, inmediatamente después, a toda la comunidad (cf. Mt 18, 18; cf. Jn 20,23).

 

Entregar las llaves -lo hemos comentado en la primera lectura- equivale a conferir el cargo de supervisar la vida que se desarrolla al interno del palacio; significa conceder el poder de admitir o negar la entrada al mismo.

 

Los rabinos estaban convencidos de poseer “las llaves de la Torá” porque conocían las sagradas Escrituras; creían que todos debían depender de ellos, de sus decisiones doctrinales, de sus juicios; se sentían con el derecho a discriminar entre justos e injustos, entre santos y pecadores.

 

Jesús rechaza esta supuesto derecho en su dura recriminatoria contra los escribas: ¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con las llaves del saber; ustedes no han entrado y se lo impiden a los que quieren entrar”! (Lc 11,52). En vez de abrir la puerta de la salvación, ellos la cerraban, no revelando al pueblo el verdadero rostro de Dios ni su voluntad.

 

Jesús les ha quitado a esos tales la llave de la que abusivamente se habían apropiado; ahora es solamente suya. Retomando la profecía de Isaías sobre Eliacín, el vidente del Apocalipsis declara que Cristo, y ningún otro, es el que “abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir (Apo 3,7).

 

El edificio espiritual al que Jesús hace referencia es “el reino de los cielos”, la nueva condición en la que entra quien se convierte en su discípulo; la llave que permite entrar es la fe profesada por Pedro.

 

Entregando las llaves a Pedro, Jesús no le encarga que sea el portero del paraíso, ni, muchos menos, de “comportarse como el patrón” de las personas encomendadas a él, sino que le insta a “convertirse en modelo del rebaño” (cf. 1Pe 5,3), le encomienda la tarea de abrir de par en par el ingreso al conocimiento de Cristo y de su evangelio. Quien pasa a través de la puerta abierta por Pedro con su confesión de fe (ésta es la “puerta santa”) accede a la salvación, quien lo rechaza, queda excluido.

 

También la imagen atar y desatar es bien conocida por ser frecuentemente utilizada por los rabinos en tiempos de Jesús. Se refería a las decisiones sobre cuestiones morales: atar significaba prohibir; desatar equivalía a declarar lícito. Indicaba también el poder de pronunciar juicios de aprobación o condena a cerca del comportamiento de las personas y, por tanto, de admitirlas o excluirlas de la comunidad.

 

Profundizaremos y aclararemos este concepto cuando, dentro de dos domingos, analizaremos Mt 18,18, donde aparece esta misma autoridad de declarar quién pertenece al reino y quién no, es concedida por Jesús a toda la iglesia.

 

Concluyendo podemos decir que en el pasaje del evangelio de hoy, como en otros numerosos textos del Nuevo Testamento (cf. Mt 10,2; Lc 22,32; Jn 21, 15-17), resulta claro que a Pedro le ha sido confiado un encargo particular en la iglesia: es él quien aparece siempre primero, es llamado a apacentar los corderos y las ovejas y debe sostener en la fe a sus hermanos.

 

Los malentendidos y las divisiones no han surgido de esta verdad, sino de la manera como se ha llevado a cabo este servicio. A lo largo de los siglos -debemos admitirlo con humilde sinceridad- ha degenerado tantas veces… y, de ser signo de amor y de unidad, se ha convertido en expresión y abuso de poder.

 

Como el mismo Papa lo ha reconocido expresamente, es necesaria una revisión del ejercicio de este ministerio, de modo que el Obispo de Roma se convierta realmente para todos, según la estupenda definición de Ireneo de Lion (siglo 2) en “aquel que preside en la caridad”.

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