Archivo mensual: septiembre 2014

27 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (5 Octubre, 2014)

Cristo: piedra que destruye nuestros ídolos

Introducción

 

El último versículo del Salmo 137 –el célebre canto del exiliado– viene siempre cuidadosamente ignorado. Después de la desgarradora referencia al llanto de los deportados junto a los ríos de Babilonia, el poeta, dirigiéndose a la ciudad sanguinaria, exclama: “¡Dichoso el que agarre y estrelle a tus hijos contra la piedra”! (Sal 137,9). No menos embarazoso es el versículo con que concluye la parábola del evangelio de hoy y que omite el texto del leccionario. Refiriéndose a Cristo –la piedra que los constructores han descartado y que Dios la ha colocado como piedra angular– el evangelista comenta: “¡El que tropiece con esta piedra se hará trizas; al que le caiga encima lo aplastará!” (Mt 21,44).

 

Son imágenes desconcertantes que de pronto se iluminan si se capta su referencia a la escena descrita en el libro de Daniel: una piedra –no movida por mano de hombre– se desprende de la cumbre y golpea una estatua colosal de apariencia espléndida, pero terrible que se desploma hecha pedazos (cf. Dn 2,31-35). Es el ídolo que el hombre –en su estupidez– se ha construido y de cuya esclavitud no logra ya más liberarse; es la sociedad corrupta, injusta y deshumana que se ha creado a sí mismo y de la que se vuelve víctima.

 

Cristo y su evangelio son “la piedra” lanzada por Dios contra esta estructura monstruosa, son “la piedra” que desenmascara y desactiva la lógica de este mundo, la astucia, las maniobras sucias y, sobre todo, las imágenes insensatas que los hombres se han hecho de Dios. Contra esta piedra están destinados a hacerse trizas los planes de los malvados y “sus hijos a estrellarse”: los malvados, es decir, no tendrán descendencia, se quedarán sin posteridad, sin futuro, porque Dios hará desaparecer del mundo nuevo todo los agentes de iniquidad. Esta es la buena noticia!

 

Los grandes de este mundo –constructores de la nueva “torre de Babel”–, descartan esta piedra porque no se adapta a sus planes, porque desvirtúa sus sueños y destruye sus reinos.

 

Han tratado de eliminarla; pero Dios la ha escogido como roca de salvación y quien la ponga como fundamento de la propia vida no quedará defraudado o desilusionado.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Somos la viña del Señor ¿Qué frutos le podemos presentar?”

 

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26 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (28 Septiembre, 2014)

El sí más convencido pasa a través de un no

Introducción

Hay quien responde porque no ha entendido y quien, más lealmente, dice no porque no está convencido y quiere comprender mejor. Su no es un modo no muy elegante de pedir explicaciones y de decir que quiere ver más claro. Quien responde inmediatamente al Señor, quizás no se haya dado cuenta de quién sea él, cómo piensa y qué está proponiendo.

En nuestra sociedad es apreciado quien produce. El viejo, el enfermo, el minusválido, son respetados, amados, ayudados, pero frecuentemente se les considera como un peso; no es percibido inmediatamente su valor y su preciosa contribución a hacer más humano nuestro mundo. Premiamos a los eficientes y a los capaces; estimamos a quienes han logrado subir a lo más alto por sí mismos, por su propio esfuerzo; remuneramos a quien trabaja. Dios piensa y actúa diferentemente: comienza por los últimos, se interesa de los últimos y premia a los últimos. Gratuitamente.

La parábola del pasado domingo nos dejó un tanto desconcertados y, quizás, hemos reflexionado a lo largo de la semana sobre el comportamiento ilógico del patrón que retribuye a los trabajadores de última hora como a los primeros. Es difícil renunciar a la religión de los méritos y creer en la gratuidad del amor de Dios. La primera lectura de hoy parece responder a nuestras objeciones: “Uds. dicen: no es justo el proceder del Señor. Escucha casa de Israel: ¿es injusto mi proceder? ¿No es el proceder de Ustedes el que es injusto?” (Ez 18,25).

Decir sí a Dios es renunciar a los propios pensamientos y aceptar los suyos. El Señor no busca los saciados, sino a quien tiene hambre, para colmarlo de sus bienes (cf. Lc 1,53); no aprecia a los potentes que se sientan sobre tronos, sino que se inclina para levantar a los humildes (cf. Lc 1,52); no premia a los justos por sus méritos, sino que se hace compañero de los débiles y hace entrar primeramente a publicanos y prostitutas en su reino (cf. Mt 21,31). Solo quien se considera el último, pecador y necesitado de su ayuda, podrá experimentar la alegría de ser salvado.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Señor muestra sus caminos a los humildes, a los pobres y a los pecadores”.

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25 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (21 Septiembre, 2014)

“Dios premia según los méritos”:

es el epitafio sobre la tumba del amor

 

Introducción

 

Los términos eucaristía y carisma son muy conocidos. Derivan del griego charis que significa benevolencia, don gratuito, regalo que produce gozo, que nos hace felices.

 

Es grande la satisfacción que experimentamos cuando se nos entrega un diploma académico después de tanta fatiga y noches de insomnio, pero inmensa es la alegría que produce en nosotros una simple flor que la persona amada nos ofrece en el momento en el que nos declara su amor.

 

El regalo produce una emoción única porque es señal de que alguien piensa en nosotros, nos añora, pronuncia con ternura nuestro nombre.

 

La introducción en la relación con el Señor de criterios de la justicia retributiva, de la contabilidad, de premios y castigos, de halagos y amenazas, del registrar meritos y transgresiones es una deformación diabólica de la fe. Los rabinos habían catalogados a los hombres en cuatro categorías: justos si observaban toda la ley; impíos, si prevalecían en ellos las infracciones; mediocres, si meritos y culpas estaban equilibrados; arrepentidos, si pedían perdón de sus pecados. Con el principio: “recompensa se recibe solo por las buenas obras” habían decretado el fin de la relación de amor.

 

El dialogo entre Dios y el hombre se instaura solamente donde existen el encuentro libre, el don gratuito, el amor reciproco sin condiciones. Quien ama no pretende nada, no espera otra cosa que ver a la persona amada sonriente y feliz.

 

El la línea de los profetas los mejores entre los rabinos decían al Señor: “en esto se manifiesta tu salvación: tú tienes misericordia de aquellos que no han atesorado obras buenas”. “Aquello que tu nos has dado es gracia, puesto que en nuestras manos no habían obras buenas”. Jesús ha hecho propio esta justicia de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Te bendigo Señor porque me acoges y me amas así como soy”.

 

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Exaltación de la Cruz – Tiempo Ordinario – Año A (14 Septiembre, 2014)

Un símbolo frecuentemente mal entendido

Introducción

El crucifijo es un símbolo con el que los cristianos manifiestan su fe; sin embargo, durante tres siglos, intencionalmente no fue usado. Los creyentes se reconocían como tales en otros símbolos –el ancla, el pez, el pan, la paloma, el pastor– pero rehuían reconocer la cruz como símbolo porque evocaba la muerte infame de su Maestro, una muerte reservada a los esclavos y bandidos, siendo también uno de los motivos por los que los paganos se burlaban de los cristianos.

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Hacia el año 180 después de Cristo el polemista Celso –que conocía muy bien los relatos mitológicos en los que los dioses aparecían siempre esplendorosos y envueltos en fulgor– objetaba a los cristianos: “si el espíritu de Dios se ha encarnado en un hombre, era necesario, al menos, que este sobresaliera entre todos por su belleza corporal, su fuerza, su majestad, su voz y su elocuencia. Jesús por el contrario no tenía nada de extraordinario que lo distinguiera de los demás. Ha aparecido como un vagabundo empedernido; se le ha visto atónito y desorientado recorrer el país en medio a publicanos y marineros de mala fama. Sabemos cómo ha terminado, conocemos la traición de los suyos, la condena, la tortura, los ultrajes, los sufrimientos de su suplicio… y aquel grito que lanzó desde lo alto del patíbulo mientras expiraba”.

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Es célebre el grafito encontrado en la escuela del Palatino donde eran educados los pajes que servían en la corte del emperador. Aparece hacia el año 200 d. C. y representa un joven en el acto de venerar a un hombre crucificado con cabeza de asno; la inscripción dice: “Alexámenos adora a su Dios”, una evidente caricatura del culto cristiano grabada probablemente por un esclavo que intentaba burlarse de un colega convertido a la nueva fe.

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“Nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos”–había escrito Pablo (1 Cor 1,23). Pero los cristianos se resistían a traducir en un símbolo esta verdad.

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Una fecha precisa señala el paso al culto de la cruz: el 14 septiembre del 335 d.C., día en el que se concentró en Jerusalén una gran muchedumbre de pelegrinos procedentes de todas las partes del imperio romano para celebrar la fiesta de la dedicación de la Basílica mandada construir por Constantino sobre el lugar del santo sepulcro. Sobre la roca del Calvario el emperador había hecho colocar una maravillosa cruz incrustada de piedras preciosas para recordar el lugar del sacrificio de Cristo.

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Desde aquel día, la cruz se convirtió en el símbolo cristiano por excelencia; se comenzó su fabricación con metales más nobles, con incrustaciones de perlas preciosas; comenzó a aparecer por doquier: en las iglesias, en los estandartes, sobre el yelmo del príncipe, en las monedas…

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A lo largo de los siglos, por desgracia, de emblema del amor y signo del rechazo a toda violencia, se convirtió a veces en estandarte para imponer con la fuerza los derechos “políticos” de Dios y, frecuentemente, fue reducida a amuleto, collar, objeto mágico.

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La fiesta de hoy quiere llevarnos al sentido auténtico de la cruz.

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Desde hace 17 siglos las comunidades cristianas veneran y aman este símbolo pero no lo idolatran, conscientes de que lo que hace cristiana a una sociedad no es la exhibición de crucifijos, sino la vida de los cristianos, “crucificados” y perseguidos porque se niegan a adorar el dinero y el poder, convirtiéndose, por el contrario, en constructores de paz.

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Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Que quien encuentre a un cristiano pueda siempre ver en él al Crucificado dispuesto a donar la propia vida.”

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