Archivo mensual: noviembre 2014

1° Domingo de Adviento – Año B (30 Noviembre, 2014)

Esperando su venida

 

Introducción

 

“Un hombre noble marchó se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver. Llamó a diez sirvientes suyos, les entregó una gran cantidad de dinero y les encargó: Háganla producir hasta que yo vuelva (Lc 19,12-13).

 

De esta parábola y de la incorrecta traducción de algunos dichos del Señor, como por ejemplo, “no los dejo huérfanos, volveré a visitarlos (Jn 14,18), ha surgido la idea de que, en el día de la Ascensión, Jesús se habría despedido de sus discípulos para regresar al final de los tiempos en el esplendor de su gloria. La expresión regreso del Señor, a pesar de su uso común, se presta a malentendidos y los textos litúrgicos la evitan porque Jesús no nos ha dejado, no se ha alejado, nuestra vida no se desarrolla en su ausencia.

 

Los griegos imaginaban a Zeus imperturbable en su Olimpo feliz, más allá de las miserias humanas; siendo siempre, según el oráculo de Pausanias, “el que era, es y será”. El Dios de los cristianos es distinto, es “aquel que es, que era y el que viene” (Ap 1,8); no “el Señor que regresa”, sino el que no cesa nunca de venir. Entra, se compromete en la historia del mundo y renueva, junto con el hombre, todo lo creado: cura a los enfermos, sana las heridas causadas por el pecado, apaga los odios, predica el amor y guía el mundo “por un camino de paz” (Lc 1,79).

 

Los primeros cristianos imploraban: “¡Marana’tha: ven, oh Señor”! (1 Cor 16,22). ¡“Ven Señor Jesús”! es la invocación con que se cierra el libro del Apocalipsis (Ap 22,20)

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Ven, Señor Jesús!” “¡Ven y renueva el mundo con nosotros!”

 

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34 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (23 de Noviembre, 2014)

Nuestro Señor Jesucristo

Rey del Universo

Dios juez…para salvar

 

Introducción

 

“Apártense de mí, malditos vayan al fuego eterno preparado para el diablo” (Mt 25,41) estas son las palabras más terribles que encontramos en el evangelio y no son las únicas en boca de Jesús: “les digo que no sé de dónde son Uds. Apártense de mí, malhechores” (Lc 13,27). “El hijo del hombre enviará a sus ángeles que recogerán de su reino todos los escándalos y los malhechores; y los echará al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes.” (Mt 13,41-42) “Átenlo de pies y manos y échenlo fuera a las tinieblas” (Mt 22,13) “Vendrá el Señor de aquel sirviente, el día y la hora menos pensada y lo castigará dándole el destino de los hipócritas. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 24,50-51).

 

Estas frases han quedado grabadas a fuego en nuestras mentes. Han inspirado a muchos artistas que han pintado escenas de terror, desesperación y tormento; han sugerido piezas líricas come el Dies irae, la más impresionante de las descripciones del juicio universal. Muchos músicos han plasmado en sonidos la angustia del momento crucial en que Cristo pronunciará la sentencia inapelable.

 

El juicio de Dios ha sido presentado y continúa, todavía hoy, a ser considerado por muchos como una dramática rendición de cuentas; así el encuentro con el Señor, lejos de ser deseado y esperado, representa para todos, también para los justos, una gran incógnita. Frente a Aquel que “aun en sus ángeles descubre falta” (Job 4,18) ¿Quién puede sentirse seguro? Muchos cristianos considerarían ya una gran suerte el que le cayeran solamente algunos años de purgatorio.

 

¿Es esta la justicia de Dios?

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Se alegre el cielo, exulte la tierra, porque el Señor juzga al mundo…con su justicia”.

 

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33 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (16 Noviembre, 2014)

Parece prudencia, pero es cobardía

 

Introducción

 

Jesús ha aconsejado ser “prudentes como serpientes” (Mt 10,16) y, sin embargo, su comportamiento y sus palabras parecen muy distantes de lo que comúnmente se entiende por prudencia: ha lanzado invectivas contra los escribas y fariseos (cf. Mt 23) e ironizado sobre su tendencia a endosar “largos vestidos” (cf. Mc 12,38), ha confrontado a los saduceos desmontando sus convicciones teológicas (cf. Mt 22,23-33), ha llamado “zorro” a Herodes (cf. Lc 13,32) y lanzado ráfagas de críticas contra los reyes que “visten ropas suntuosas” y “habitan en lujosos palacios” (cf. Mt 11,8). Violaba el sábado, frecuentaba gente de mala fama e impura, llamaba “serpientes y raza de víboras” a los guías espirituales del pueblo (cf. Mt 23,33) y aseguraba que los publicanos y las prostitutas les precederían en el reino de los cielos (c. Mt 21,31)… ¿Qué clase de prudencia es esta?

 

Existía una alternativa: no moverse de Nazaret y limitarse a trabajar con la sierra y el martillo, mantener la boca cerrada y solo abrirla para adular; ignorar las muchedumbres hambrientas, cansadas y a la deriva “como ovejas sin pastor” (cf. Mt 6,34); cerrar el corazón a la compasión frente al hombre con la mano rígida y resignarse al hecho de que, a veces, un hombre cuente menos que una oveja (cf. Mt 12,12); taparse los oídos para no escuchar el grito de los leprosos (cf. Lc 17,13) y dejar que la adúltera fuera lapidada (cf. Jn 8,5).

 

La prudencia de Dios no es la prudencia de los hombres, una excusa para el pasotismo, o indiferencia, la inercia, el desinterés. Es preferible correr el riesgo de equivocarse por amor que renunciar a luchar por los grandes valores; es mejor ver la semilla de la palabra rechazada por un terreno baldío –como le sucedió a Pablo en el Areópago de Atenas (cf. Hch 17,32-34)– que enterrarla, por miedo, envuelta en el silencio.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Es puro gozo dejarse envolver, sin miedo, en los proyectos del Señor”.

 

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Dedicación de la Basílica de Letrán – Año A (9 Noviembre, 2014)

 

Introducción

 

La semana pasada coincidió en domingo la conmemoración de los Difuntos. Hoy sucede lo mismo con la Dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa como Obispo de Roma, erigida por Constantino, que fue durante siglos la residencia habitual de los Papas. Aun hoy, aunque reside en el Vaticano, el día del Jueves Santo, el Papa preside cada año la Eucaristía en San Juan de Letrán, con el lavatorio de los pies.

 

Esta basílica es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma: se llama “madre de todas las Iglesias”, y por eso celebramos esta fiesta en todo el mundo. Es una manera de recordar que todos estamos unidos por una misma fe y que la Iglesia de Roma, la Iglesia del apóstol Pedro, es un punto de referencia fundamental de nuestra fe.

 

Hoy se podría comenzar la Eucaristía con la aspersión bautismal, en relación con el tema del agua de la primera lectura, y luego cantar el Credo, el símbolo de nuestra fe, que nos une con la Iglesia esparcida por el mundo, con su centro en Roma.

 

Las lecturas de hoy nos presentan un mosaico de imágenes de lo que es la Iglesia: el agua que brota del templo, el edificio que se construye sobre Cristo, el templo de Dios y morada de Espíritu (todos somos edificio de Dios), el templo que somos cada uno de nosotros, el templo que hay que defender como casa de oración (y que no se convierta en un Mercado, como la escena del evangelio), el Cuerpo de Cristo, que será reedificado al tercer día…

 

Pero nos podríamos fijar en la primera imagen, el agua que debería manar de la Iglesia, comunidad de Jesús, para sanear y llenar de vida el mundo.

 

Ezequiel ve el agua que brota del Templo. En realidad es la salvación que mana de Dios, pero Dios manifiesta sacramentalmente su presencia por medio del Templo. Esa agua baja por la laderas, sanea lo que encuentra a su paso y allí por donde pasa todo queda lleno de vida, de peces abundantes, de árboles frutales con ricas cosechas y hojas medicinales. Es como volver a la vida que daban al paraíso del Edén sus cuatros ríos. También el Apocalipsis, en su pagina final de la historia, vuelve a presentar la misma visión: “Un rio de agua de vida que brota del trono de Dios y del Cordero, que da vida a los árboles y hace medicinales sus hojas” (Ap 22,1-2).

 

¿Qué es esta agua? El simbolismo de este valioso elemento es muy rico. Pero en el evangelio, el agua es sobre todo Cristo Jesús, come él mismo indica a la samaritana junto el pozo, donde ambos habían ido en busca de agua. O también es su Espíritu, como en otra ocasión afirma el evangelista: “De su seno correrán ríos de agua viva: esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (Jn 8,38).

 

Dios da a la humanidad sedienta y reseca el Agua de Cristo y del Espíritu. Ahora el signo visible de esa gracia que emana de Dios para el mundo es la Iglesia, la comunidad de Jesús y del Espíritu.

 

Para los Israelitas, y para los forasteros que acudían, el Templo de Jerusalén era el punto de referencia obligado de la salvación de Dios y del culto que le dedicaban los creyentes. Ahora ese signo debería ser la comunidad cristiana, en el mundo, en una diócesis, en una parroquia.

 

De alguna manera, el sentido de esta agua vivificante está como condensado sacramentalmente en sus templos y en su liturgia: una iglesia en medio del pueblo o del barrio, con su campanario, como su lugar de reunión y oración para los creyentes y como recordatorio de valores superiores para los demás. En esos edificios –a los que llamamos igual que a la comunidad “iglesia”– es donde la comunidad puede celebrar el sacramento del Bautismo, pero también los demás sacramentos, que el Catecismo dice que emana de Cristo vivo y vivificante (CCE 1116).

 

Pero, sobre todo, es la comunidad de las personas, la que debe ser signo creíble de la vida de Dios, dentro y fuera de la celebración. Jesús, a través de su Iglesia, sigue concediendo su agua salvadora a toda la humanidad: son “aguas que manan del santuario” y debería cumplirse lo de que “habrá vida dondequiera que llegue la corriente.”

 

¿Mana también hoy, de las laderas de cada comunidad eclesial, agua para saciar la sequía del mundo, luz para iluminar su oscuridad, bálsamo de esperanza para curar sus heridas? La Iglesia, evangelizada, llena de la Buena Noticia, ¿se siente y actúa como evangelizadora, comunicadora de agua, de esperanza, de vida? ¿Puede llamarse “luz de las naciones”, sal y fermento y fuente de esperanza para toda la sociedad? ¿Da muestras de unidad interior –entorno a esa “catedral del mundo” que está en Roma– y de ímpetu misionero?

 

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