34 Domingo del Tiempo Ordinario – Año A (23 de Noviembre, 2014)

Nuestro Señor Jesucristo

Rey del Universo

Dios juez…para salvar

 

Introducción

 

“Apártense de mí, malditos vayan al fuego eterno preparado para el diablo” (Mt 25,41) estas son las palabras más terribles que encontramos en el evangelio y no son las únicas en boca de Jesús: “les digo que no sé de dónde son Uds. Apártense de mí, malhechores” (Lc 13,27). “El hijo del hombre enviará a sus ángeles que recogerán de su reino todos los escándalos y los malhechores; y los echará al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes.” (Mt 13,41-42) “Átenlo de pies y manos y échenlo fuera a las tinieblas” (Mt 22,13) “Vendrá el Señor de aquel sirviente, el día y la hora menos pensada y lo castigará dándole el destino de los hipócritas. Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 24,50-51).

 

Estas frases han quedado grabadas a fuego en nuestras mentes. Han inspirado a muchos artistas que han pintado escenas de terror, desesperación y tormento; han sugerido piezas líricas come el Dies irae, la más impresionante de las descripciones del juicio universal. Muchos músicos han plasmado en sonidos la angustia del momento crucial en que Cristo pronunciará la sentencia inapelable.

 

El juicio de Dios ha sido presentado y continúa, todavía hoy, a ser considerado por muchos como una dramática rendición de cuentas; así el encuentro con el Señor, lejos de ser deseado y esperado, representa para todos, también para los justos, una gran incógnita. Frente a Aquel que “aun en sus ángeles descubre falta” (Job 4,18) ¿Quién puede sentirse seguro? Muchos cristianos considerarían ya una gran suerte el que le cayeran solamente algunos años de purgatorio.

 

¿Es esta la justicia de Dios?

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Se alegre el cielo, exulte la tierra, porque el Señor juzga al mundo…con su justicia”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Ezequiel 34,11-12.15-17

 

34,11: Así dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro. 34,12: Como sigue el pastor el rastro de su rebaño cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré sacándolas de todos los lugares por donde se dispersaron un día de oscuridad y nubarrones. 34,15: Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré descansar –oráculo del Señor. 34,16: Buscaré las ovejas perdidas, recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas, sanaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. 34,17: Y a ustedes, mis ovejas, esto dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja: ¡entre carneros y chivos! – Palabra de Dios

 

En el año 587 a.C. Jerusalén y su maravilloso templo fueron destruidos, las murallas arrasadas, los soldados de Babilonia se abandonaron a toda suerte de violencia y de barbarie; algunos escaparon de la masacre refugiándose en el desierto, otros huyeron a Egipto, muchos fueron hechos prisioneros y deportados a tierra extranjera. En el país, se quedaron solamente los más pobres: viñadores, campesinos y unos pocos artesanos.

 

Pasan algunos años y he aquí que, entre los que se quedaron, comienzan a prosperar los más hábiles y menos escrupulosos; saben aprovecharse de la situación de extrema necesidad en que se encuentra la mayor parte del pueblo y explotan a quienes han sido reducidos a la miseria por desgracias y desventuras. Compran, venden, trafican sin escrúpulo logrando así enriquecerse.

 

Es en este momento triste cuando se pronuncia la profecía que hoy nos viene propuesta. Recordando las desgracias que han golpeado a su pueblo, Ezequiel compara a los israelitas con un rebaño en desbandada y sin pastor, y pronuncia al mismo tiempo un mensaje de salvación. No anuncia la venida de otros reyes –que no serían mejor que los precedentes quienes habían conducido al pueblo a la ruina– sino promete que Dios se cuidará personalmente de sus ovejas (v. 11), las reunirá de todos los lugares donde se dispersaron “un día de obscuridad y nubarrones” (v. 12) y las reconducirá a los pastizales de los montes de Israel (v. 15).

 

Después lanza una amenaza contra aquellos que acumulan bienes pisoteando los derechos de los más débiles. A su “rebaño”, el Señor asegura: “voy a juzgar entre oveja y oveja: entre carneros y chivos” (v. 17). Es la promesa de una pronta intervención suya a favor de los oprimidos, de los pobres, de los explotados.

 

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Segunda Lectura: Primera Corintios 15,20-26.28

 

15,20: Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que han muerto. 15,21: Porque, si por un hombre vino la muerte, por un hombre viene la resurrección de los muertos. 15,22: Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo. 15,23: Cada uno en su turno: el primero es Cristo, después, cuando él vuelva, los cristianos; 15,24: luego vendrá el fin, cuando entregue el reino a Dios Padre y termine con todo principiado, autoridad y poder. 15,25: Porque él tiene que reinar hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies; 15,26: el último enemigo que será destruido es la muerte. 15,28: Cuando el universo le quede sometido, también el Hijo se someterá al que le sometió todo, y así Dios será todo para todos. – Palabra de Dios

 

Los rabinos creían que, con la venida del Mesías, comenzaría un primer reino –llamado “reino del Mesías– al que sucedería un segundo: el “reino de Dios”. Pablo, educado en la tradición rabínica, había asimilado esta opinión y pensaba que el primer reino duraría cuanto la historia de la humanidad y concluiría al final del mundo.

 

Es desde esta perspectiva histórica desde donde que hay que comprender la lectura de hoy. Pablo está convencido de que el Mesías destruirá, durante su reino, a todos los enemigos y que esta victoria suya será completa cuando también el último adversario, la muerte, será finalmente derrotada (vv. 25-26).

 

Los enemigos de quienes se anuncia la destrucción, no son las personas sino las fuerzas del mal, es decir, todo aquello que impide al hombre vivir en plenitud la propia existencia en el mundo: la enfermedad, el hambre, la desnudez, la ignorancia, la esclavitud, el miedo, el odio, el egoísmo, el pecado. Cuando todas estas realidades negativas desaparezcan, entonces el reino del Mesías podrá darse por completado. Por eso, todo aquel que se compromete a erradicar estos males –aunque no sea cristiano, aunque no sea creyente– colabora en la realización del proyecto del Mesías.

 

Cuando este reino sea instaurado y los enemigos de Cristo, incluida la muerte, habrán sido vencidos, entonces él entregará al Padre su reino y comenzará el reino de Dios que durará toda la eternidad (v. 28).

 

Después de esta explicación, resultan claros los primeros versículos de la lectura (vv. 20-24). Cristo no ha eliminado la muerte biológica: el organismo del hombre, como el de todo viviente, se marchita y termina por consumarse. Él ha vencido a la muerte porque la ha privado de su significado de aniquilación, de destrucción total, y la ha transformado en un nacimiento a la vida plena y definitiva.


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Evangelio: Mateo 25,31-46

 

25,31: Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria 25,32: y todas las naciones serán reunidas en su presencia. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. 25,33: Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. 25,34: Entonces el rey dirá a los de la derecha: Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. 25,35: Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me recibieron, 25,36: estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y me visitaron, estaba encarcelado y me vinieron a ver. 25,37: Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, 25,38: emigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? 25,39: ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? 25,40: El rey les contestará: Les aseguro que lo que hayan hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí. 25,41: Después dirá a los de su izquierda: Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. 25,42: Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, 25,43: era emigrante y no me recibieron, estaba desnudo y no me vistieron, estaba enfermo y encarcelado y no me visitaron. 25,44: Ellos replicarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos? 25,45: Él responderá: Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí. 25,46: Éstos irán al castigo perpetuo y los justos a la vida eterna. – Palabra del Señor

 

Un Dios que condena despiadadamente es, para un cristiano, bastante embarazoso. No se entiende cómo las terribles amenazas referidas en los vv. 41-46 puedan ser consideradas como “evangelio”, es decir, como “buena noticia”, como “anuncio de salvación”.

 

Existe una dificultad aún mayor: ¿cómo poner de acuerdo al Dios severo que aparece en el pasaje de hoy con el Padre de quien habla todo el evangelio? Él, que “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos”, que exige de sus hijos que no hagan distinciones entre buenos y malos (Mt 5,43-48), ¿cómo puede, a un cierto punto, ordenar una separación que a nosotros nos manda no hacer nunca? Si arroja al fuego eterno a sus enemigos, no puede exigir de nosotros que amemos a nuestros enemigos (cf. Mt 19,10). Jesús, que ha venido a “buscar y salvar lo perdido” ( Lc 19,10) y se gloría de ser “amigo de recaudadores de impuestos y pecadores” (Lc 7,34), ¿podrá un día enfrentarse contra nosotros?

 

También la “justicia” de este Dios deja mucho que desear: ¿podrá el pecado del hombre (criatura frágil, limitada, finita) ser castigado con un castigo infinito, “eterno”? No hay proporción alguna entre el castigo y la falta. Si, por otra parte, el hombre permanece libre –como es cierto– por toda la eternidad, ¿por qué los que han obrado mal deberán obstinarse en sus errores? ¿Qué es lo que les hará tan testarudos? ¿Quizás el encuentro con Dios? Estos son algunos de los interrogantes que muchos se plantean frente a este pasaje del evangelio. Son interrogantes serios, pero podrían tener su origen en una interpretación incorrecta del texto.

 

La duda surge en el momento en que se considera el contexto en que esta descripción del “juicio” es colocada. Basta leer lo que sigue. Después de la escena grandiosa en que el Hijo del hombre, por decirlo así, despliega todo su poder, he aquí lo que sucede: “Dentro de dos días se celebra la Pascua –dice Jesús– y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado” (Mt 26,2). Es para quedarse sin palabras: de la celebración del triunfo se pasa a la más innoble de las derrotas. Parecen dos situaciones opuestas, irreconciliables y, sin embargo, se trata de dos momentos gloriosos de una misma victoria, la victoria del amor. El Cristo que “juzga” es el mismo que se entrega en manos de aquellos a quienes ama y es justamente “en cuanto víctima por amor” que se convierte en juez: Él es el “hombre ideal” según Dios, el hombre auténtico, con el que todos tienen que compararse, ya desde ahora, para ver si están construyendo la vida o están poniendo las bases para un fracaso. Volveremos sobre el argumento. Ahora examinemos el texto.

 

En Palestina, al atardecer, los pastores suelen separar las ovejas de las cabras. Éstas, más sensibles al frio, son colocadas bajo techado mientras que las ovejas, cubiertas como están de lana, gustan del fresco de la noche y no tienen problemas en pernoctar al descubierto. Jesús se sirve de esta imagen, tomada de la vida de cada día, para trasmitir su mensaje. Para entenderlo, hay que prestar atención, en primer lugar, al género literario. Una lectura precipitada, superficial, quizás también un poco ingenua, del pasaje evangélico corre el riesgo de sacar conclusiones teológicas que, a la luz de un estudio más atento y cuidadoso, pueden aparecer infundadas e incluso desviadas.

 

El lenguaje es el típico de los predicadores del tiempo quienes, para conmover a sus oyentes, solían hacer uso de imágenes impresionantes: castigos tremendos, fuego inextinguible, penas eternas. Se decía, por ejemplo: “Mientras la especie humana tiembla, las bestias se alegran, pues les va mejor que a los humanos ya que no tienen que esperar ningún juicio”. Prestemos atención, sin embargo: cuando los rabinos hablaban del “fuego de la Gehena” no se referían al infierno, sino al fuego que ardía constantemente en el valle que rodeaba a Jerusalén y que servía como basurero de la ciudad. El adjetivo “eterno” no tenía, pues, las connotaciones filosóficas que tiene hoy, sino que era usado popularmente para significar, de manera genérica, un periodo de tiempo “largo”, “indefinido”.

 

Este pasaje evangélico es considerado generalmente como una parábola, pero esto no es exacto; pertenece al género literario llamado escena de juicio, que se encuentra tanto en la Biblia (cf. Dn 7) como en la literatura rabínica. El esquema según el cual viene estructurado, es siempre el mismo: hay una presentación del juez, acompañado de ángeles que hacen las veces de asistentes y de guardias de seguridad; viene después la convocatoria de todas las gentes, la separación por grupos, la pronunciación de la sentencia y, finalmente, los justos son premiados y los impíos castigados.

 

El objetivo de este género literario –quede bien claro desde el principio– no es el de informar a cerca de lo que ocurrirá al final del mundo, sino el de enseñar a cómo comportarse hoy.

 

Como ejemplo, he aquí una escena de juicio de la literatura rabínica que muestra una impresionante analogía con nuestro texto: “En el mundo futuro se le preguntará a quien es juzgado: ¿cuáles son tus obras? Si responde: ‘he dado de comer a quien tenía hambre’, se le dirá: ‘esta es la puerta del Señor, entra a través de ella’ (cf. Sal 118,20). Si responde: ‘he dado de beber al sediento’, se le dirá: ‘esta es la puerta del Señor entra a través de ella’; si responde: ‘he vestido al desnudo’, se le dirá: ‘esta es la puerta del Señor, entra a través de ella’. Lo mismo ocurrirá con quien se ha hecho cargo del huérfano, con quien ha dado limosna, con quien ha realizado obras de amor” (Midrash del Salmo 118,17).

 

Está claro que, refiriendo este diálogo, los rabinos no pretendían desvelar las palabras que Dios pronunciará al final del mundo, sino que querían inculcar los valores que sirvieran de sólido fundamento a la vida en este mundo.

 

Examinemos ahora la estructura del pasaje de Mateo. Es fácil de definir. Comienza con una introducción (vv. 31-33) seguida de dos diálogos (vv. 34-40; 41-46) que se desarrollan de modo idéntico y paralelo: el rey pronuncia la sentencia (de aprobación en un caso y de condena en el otro) y explica la razón. Ambos casos suscitan una objeción que el juez responde respectivamente.

 

Es fácil también establecer el mensaje que Jesús quiere trasmitir: los años de la vida del hombre constituyen un bien precioso, un tesoro que hay que administrar bien. No puede uno equivocarse porque la vida es una sola: Jesús sugiere cómo hay que vivirla.

 

Los rabinos decían: el mundo presente es como una tierra seca, el mundo futuro es como el mar; si un hombre no prepara el alimento sobre la tierra seca ¿qué comerá sobre el mar? Este mundo es como una tierra cultivada, el mundo futuro como un desierto; si un hombre no prepara la comida sobre la tierra cultivada ¿qué comerá en el desierto? Hará rechinar sus dientes y morderá su carne; desesperado, desgarrará sus vestidos y se arrancará el cabello.

 

Para Jesús, la vida del hombre es más importante que para los rabinos, por eso revela a los discípulos los valores que proporcionarán un seguro fundamento a esta vida humana. ¿Qué valores? No es difícil descubrirlos porque ocupan la mitad del relato y son tan importantes que Jesús los repite cuatro veces, a riesgo de aparecer monótono: se trata de las seis obras de misericordia.

 

La lista de las personas a ayudar –el hambriento, el sediento, el extranjero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado (vv. 35-36.42-43)– era conocida en todo el Medio Oriente (cf. Is 58,6-7). Es célebre el capítulo 125 del Libro de los muertos, el texto que en Egipto, desde el segundo milenio antes de Cristo, era colocado junto al difunto en el momento del entierro. Esto era lo que había que declarar ante el tribunal de Osiris: “Yo he practicado lo que hace alegrar a los dioses. He dado pan al hambriento, he dado agua al sediento, he vestido al desnudo, he ofrecido un viaje a quien no tenía barca”. La única novedad aportada por Jesús es que Él se identifica con estas personas: lo que se haga a uno de estos pequeños, a él se hace.

 

Los valores que sugiere no son semejantes a aquellos por los que la mayoría de los hombres pierden la cabeza, sino son los que de verdad cuentan a los ojos de Dios.

 

¿Cuál es el ideal de hombre exitoso para nuestra sociedad? Es aquel que detenta poder, que es rico, que puede permitirse satisfacer todos sus caprichos, que es buscado por las cámaras de televisión. “Hombres de éxito” son el atleta que hace enloquecer los estadios, la estrella televisiva o cualquiera que haya logrado convertirse en un personaje por notoriedad o por carrera.

 

¿Cuál es el pensamiento de Dios? Cuando concluya la historia de todo hombre sobre la tierra, cuando cada uno se encuentre solo con sí mismo y con Dios, solo un bien resultará precioso: el amor. La vida de cada uno será considerada como éxito o fracaso de acuerdo con el compromiso de la persona en eliminar seis situaciones de sufrimiento y de pobreza: el hambre, la sed, el exilio, la desnudez, la enfermedad, la prisión.

 

Un detalle viene cuidadosamente resaltado en el relato: ninguno de los que han practicado estas obras de misericordia se ha dado cuenta de haberlas hecho a Cristo. El amor es auténtico solamente si es desinteresado, si está libre aun de toda sospecha de autocomplacencia; quien actúa en vistas a la recompensa, incluso la del cielo, no ama aún de forma genuina.

 

¿Y la condena? Los rabinos solían repetir dos veces sus enseñanzas para gravarlas mejor en la mente de sus discípulos. Frecuentemente presentaban el mensaje primero en forma positiva y después en forma negativa. Recurrían al conocido “paralelismo antitético”, usado también por Jesús (cf. Lc 6,20-26; Mt 7,24-27; Mc 16,16…).

 

Nuestro pasaje es un ejemplo de ello: la segunda parte (vv. 41-45) no añade absolutamente nada a la primera; se trata de un expediente estilístico para resaltar el concepto ya expresado. Lo que urge a Jesús no es aterrorizar a sus oyentes agitando el espantajo del infierno, sino indicar –con imágenes fuertes, porque el peligro de desperdiciar la vida es muy serio– lo que verdaderamente cuenta. No pretende anunciar lo que acontecerá al final del mundo, sino hacer reflexionar, abrir los ojos, mostrar el juicio de Dios sobre las decisiones que debemos tomar hoy.

 

Un simple ejemplo podrá ayudarnos a comprender mejor lo dicho. En una joyería están expuestos dos collares, uno de puro oro aunque un poco desgastado por el tiempo, el otro de latón bruñido pero muy abrillantado. Entra un comprador inexperto y se siente atraído y fascinado por la brillantez del collar de latón. Afortunadamente aparece un entendido y lo pone en guardia: ¡Cuidado -le dice- no desperdicies tu dinero en esta chuchería o bagatela!

 

Este juicio salva al comprador inexperto. Aun en el caso de que el entendido usara expresiones duras y amenazadoras, su juicio sería siempre un juicio de salvación.

 

Creer que la escena del juicio descrita por Jesús se refiere a la condena de los pecadores a las penas del infierno es, cuanto menos, arriesgado. El infierno existe, pero no es un lugar creado por Dios para castigar, al final de la vida, a quien se haya comportado mal. Es una condición de infelicidad y desesperación, consecuencia del pecado. Del infierno del pecado, sin embargo, se puede salir: la liberación nos viene de Cristo y de su juicio de salvación.

 

Pero, al final ¿no castigará Dios a los malvados?

 

A nosotros un juez nos parece justo cuando, después de haber evaluado el mal cometido, castiga con equidad. Pero ésta no es la justicia de Dios. Él es justo no porque premia o castiga conforme a nuestros criterios y expectativas –en tal caso no habría esperanza para nadie y todos terminaríamos condenados– sino porque es capaz de convertir en justos a los malvados (cf. Rom 3,21-26).

 

La cuestión, por tanto, no es quién será considerado oveja y quién cabra al final del mundo, sino en qué ocasiones hoy nos comportamos como ovejas y en que ocasiones nos comportamos como cabras. Somos ovejas cuando amamos al hermano, somos cabras cuando lo descuidamos.

 

¿Qué sucederá al final?

 

Es verdaderamente difícil creer que el buen pastor -a quien nadie logrará arrebatarle ni una sola de sus ovejas (cf. Jn 10,28)- después de habernos dejado saltar como cabritos una vez a la derecha y otra vez a la izquierda, no encuentre la manera de convertirnos a todos… en corderos suyos.

 

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