Archivo mensual: diciembre 2014

María Santísima Madre de Dios – Año B (1 Enero 2015)

Bendigan, no maldigan:

Es el camino de la paz

 

Introducción

 

Los cristianos han siempre asociado la tradicional fiesta del año nuevo con diferentes temas o fiestas religiosas. Antes del Concilio se celebraba la circuncisión de Jesús que tuvo lugar, según nos refiere Lucas, ocho días después de su nacimiento (Lc 2,21). Este día ha sido también dedicado a María Madre de Dios y, a partir del 1968, el primer día del año se ha convertido, por voluntad del papa Pablo VI, en el “día mundial de la paz”.

 

Las lecturas reflejan esta variedad de temas: las bendiciones para un buen comienzo del año (primera lectura); María, modelo de toda madre y de todo discípulo (evangelio); la paz (primera lectura y evangelio); la filiación divina (segunda lectura); el estupor frente al amor de Dios (evangelio) y el nombre con el que Dios quiere ser identificado e invocado (primera lectura y evangelio).

 

Bendecir y bendiciones son términos que aparecen frecuentemente en la Biblia; se encuentran en casi todas sus páginas (552 veces el Antiguo Testamento, 65 en el Nuevo Testamento). Desde el principio Dios bendice a sus criaturas, los seres vivientes, para que sean fecundos y se multipliquen (Gn 1,22); así mismo bendice al hombre y a la mujer para que dominen y cuiden de toda la creación (Gn 1,28); Dios también bendice el último día, el sábado, signo del descanso y de la alegría sin fin (Gn 2,3).

 

Necesitamos ser bendecidos por Dios y por los hermanos. La maldición separa y significa rechazo; la bendición, por el contrario, acerca, refuerza la solidaridad, infunde confianza y esperanza. “El Señor te bendiga y te proteja”: son las primeras palabras que oímos en la liturgia de este día con el fin de que permanezcan impresas en el corazón y se las repitamos a amigos y enemigos a lo largo de todo el año.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a bendecir a quien nos insulta, a soportar a quien nos persigue, y a confortar a quien nos calumnia”.

 

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Fiesta de la Sagrada Familia – Año B (28 Diciembre, 2014)

Los Ancianos:

Artífices de un mundo joven

 

Introducción

 

Los hijos de Elí, sacerdote del Señor en Silo, eran depravados y no prestaban ninguna atención a las advertencias del padre (1 Sam 2,12). Un día se presentó ante Elí un hombre de Dios que le anunció: “Nadie llegara a viejo en tu familia” (1 Sam 2,32). No era la promesa de que ninguno de sus descendientes se verían libres de las obligaciones fatigosas ligadas a la asistencia a personas ancianas y enfermas, sino del anuncio de una terrible desgracia: faltarían para siempre los educadores de las nuevas generaciones, los guardianes de las sagradas tradiciones, los responsables de la transmisión de la fe. Sus nietos no experimentarían nunca la emoción que recordaba el salmista: “Oh Dios nuestros oídos oyeron, nuestros padres nos contaron la obra que hiciste en sus días, lo que antiguamente hizo tu mano” (Sal 44,1-2).

 

En Israel estaba vigente el precepto “honra a tu padre y a tu madre”, sin embargo la formación de las nuevas generaciones se veía a menudo marcada por tensiones y conflictos. Había jóvenes viciosos y arrogantes (cf. 1 Re 12,8) y jóvenes juiciosos; viejos sabios que miraban con serenidad y confianza más allá de los horizontes estrechos de su tiempo y viejos obtusos que luchaban por un nostálgico retorno al pasado, buscando por todos los medios de frenar los impulsos hacia el futuro.

 

La reconciliación generacional es indicada por los profetas como signo del acontecimiento de los tiempos mesiánicos. El antiguo testamento se cierra con el anuncio de un regreso de Elías que “reconciliará a padres con hijos y a hijos con padres” (Mal 3,24) y el Nuevo Testamento se abre con las palabras del ángel a Zacarías: “Tu mujer Isabel te dará un hijo, irá por delante para reconciliar a padres con hijos” (Lc 1,13-17).

 

En las familias donde falta la persona anciana, la vida puede, en ciertos momentos, ser más llevadera pero ciertamente es más pobre de humanidad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aun cuando vengan a menos mis fuerzas, mi corazón permanecerá joven”.

 

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Día 25 de Diciembre 2014 – Natividad del Señor – (Misa de medianoche)

Luz para quien yace en las tinieblas

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo, cuando “dijo Dios: ¡Que exista la luz! (Gn 1,2-3).

 

Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gn 1,3). Y desde que “vio Dios que la luz era buena” (Gn 1,4), el hombre no ha dejado de amarla, de buscarla, mientras que el miedo se refugia en la obscuridad. Las tinieblas nos recuerdan la muerte; de ellas todos quieren huir.

 

Quien nace viene a la luz, quien muere se encamina hacia el país de las tinieblas (Job 10,21). Dios –afirma Job– revela lo más honda de las tinieblas y saca a la luz las sombras (Job 12,22). En la conciencia bíblica, las tinieblas son un estado provisorio de la luz, están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz e impregna de luz toda criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (Is 26,19); también las nubes, tan obscuras y amenazadoras a veces, están grávidas de luz que destella, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad durante la noche para reproducir, materialmente, la obscuridad vencida por la palabra del Creador, las tinieblas de nuestra condición humana iluminadas por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sobre los que habitan en tierras tenebrosas, resplandece la luz de un Niño”.

 

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Día 25 de Diciembre 2014 – Natividad ad del Señor – (Misa del día)

Dios ha revelado su justicia

 

Introducción

 

Desde sus comienzos, la historia de la humanidad –nos dice la Biblia– ha sido un sucederse de pecados. Ya en el capítulo sexto del libro del Génesis el autor sagrado con un audaz antropomorfismo, afirma: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón” (Gn 6,5-6).

 

En la plenitud de los tiempos, Dios ha intervenido para hacer justicia o, como dice el Salmo responsorial propuesto hoy por la liturgia, para revelar a los ojos de los pueblos su justicia.

 

Nosotros conocemos una sola justicia, la retributiva administrada por los jueces en los tribunales, donde se imponen castigos proporcionados a las culpas cometidas. No es ésta la justicia de Dios. “Yo soy Dios y no hombre” (Os 11,9). Al pecado no responde con recriminaciones y venganza, sino dando la mayor prueba de su amor, donando su Hijo al mundo. Una cierta teología del pasado ha aplicado desacertadamente a Dios nuestra justicia, presentándolo como un Dios justiciero. Nació así un cristianismo generador de miedo y no el que anuncia el Reino que es “justicia, paz y gozo” (Rom 14,17).

 

En Navidad Dios manifiesta la inmensidad de su amor incondicional. Ésta es su justicia. Todos los pueblos son invitados a contemplar maravillados y a dejarse liberar del miedo, porque “en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto” (1 Jn 14,18).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Cuan diferente es tu justicia, Señor, de la nuestra!”

 

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