2° Domingo de Adviento – Año B (7 Diciembre, 2014)

No recorras senderos antiguos,

busca nuevos caminos

 

Introducción

 

Un día, los discípulos de un rabino irrumpieron en el aula y, radiantes, refirieron la alegre noticia “Ha venido el Mesías”. Sin descomponerse, el maestro se acercó a la ventana, recorrió con la mirada las calles y observó que gente, como todas las mañanas, se dirigían diligentes a sus quehaceres; los pobres pedían limosnas en los cruces de camino, los amos lanzaban invectivas contra los criados, los bebés lloraban, los ciegos se dejaban guiar por sus lazarillos, los cojos caminaban con fatiga. Volvió a sentarse, invitó a los alumnos a continuar la lección y, después, dijo: “¿Cómo puede haber venido el Mesías si todo en el mundo continúa como antes?”

 

¿Cuándo se verificarán los oráculos de los profetas? ¿Hasta cuándo debemos esperar “un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habitará la justicia?” (2 Pe 3,13).

 

La historia parece contradecir las promesas del Señor, es como una desmentida de la fe cristiana en Jesús, el Mesías. Durante milenios, no han desaparecido lo “gemidos y llantos” (Is 65,19), las espadas no han sido transformadas en arados ni las lanzas en hoces (cf. Is 2,4).

 

Las dudas sobre la fidelidad de Dios al compromiso de hacer surgir un mundo nuevo, aparecen cuando nos olvidamos que los tiempos de los enamorados no son los dictados por el reloj, sino por el amor: una hora pasa en un instante y un instante puede parecer una eternidad. Quien ama es paciente y sabe esperar. Para conseguir a Raquel Jacob sirvió a su suegro durante siete años “y estaba tan enamorado que le parecieron unos días” (Gen 29,20).

 

También el Señor espera a que el hombre le abra las puertas de su corazón y, para el Señor, “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3,8).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz, Señor, que abandonemos los senderos antiguos, enséñanos a prepararte un camino nuevo”

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 40,1-5.9-11

 

40,1: Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios: 40,2: hablen al corazón de Jerusalén, anúncienle que se ha cumplido su condena y está pagado su crimen, ya que de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados. 40,3: Una voz grita: En el desierto preparen un camino al Señor; tracen en la llanura un sendero para nuestro Dios; 40,4: que los valles se levanten, que montes y colinas se aplanen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se nivele; 40,5: y se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos porque ha hablado la boca del Señor. 40,9: Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza fuerte la voz, mensajero de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: Aquí está su Dios. 40,10: Miren, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Miren, viene con él su salario, delante de él su recompensa. 40,11: Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres. – Palabra de Dios

 

Los primeros años del exilio de Babilonia fueron difíciles pero, después, los israelitas se adaptaron a las nuevas circunstancias y muchos llegaron a ocupar posiciones sociales de prestigio.

 

Pasados cuarenta años, surge un profeta. Era un hombre iluminado, un poeta sensible, un teólogo genial; seguía con interés los acontecimientos políticos de su tiempo y se había dado cuenta que el imperio de Babilonia se estaba agrietando, mientras crecía vertiginosamente el poder de Ciro, rey de Persia. Había llegado, pues, el momento de despertar en los exiliados la esperanza del fin de la esclavitud y del inminente regreso a la tierra de sus padres. Comenzó a hacer circular entre los deportados sus intuiciones, presagios y esperanzas y, para evitar la sospechas de las autoridades babilónicas que lo podrían haber acusado de subversivo, recurrió a un lenguaje cifrado, empleó imágenes que solamente los hijos de su pueblo estaban en condición de comprender. Anunció la inminente liberación de la esclavitud de Babilonia haciendo referencia a los milagros que tuvieron lugar durante el éxodo de Egipto y prometiendo prodigios todavía mayores.

 

Pocos, entre los deportados, cultivaban esta sensibilidad espiritual. La mayoría, seducidos por las lisonjas de la vida pagana, se habían integrado ya en la nueva realidad social y religiosa, habían olvidado su glorioso pasado y consideraban los llamamientos a recordar las promesas hechas a Abraham como fábulas desprovistas de todo valor. Estos exiliados de fe débil, incapaces de acoger la invitación de Dios, no tuvieron ni la fuerza ni el coraje de iniciar una nueva vida y se dispersaron entre los paganos. La historia de la salvación continuó sin ellos. El peligro mayor del exilio no fue su dureza, sino sus atractivos y fascinación.

 

La experiencia de estos deportados es un aviso para quienes, como ellos, se adaptan a una vida banal y sin perspectivas, aunque sea cómoda, y rechaza las apremiantes invitaciones del Señor a dejarse liberar, a mirar al futuro con los ojos de Dios.

 

El mensaje de este profeta está también dirigido a nosotros.

 

Comienza con una invitación apasionada: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, anúncienle a Jerusalén que se ha cumplido su condena ya que de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados” (vv. 1-2). Como los ladrones que debían pagar el doble de lo robado (cf. Ex 22,3), Israel había pagado por sus errores dura, desproporcionadamente, que es justo lo que siempre sucede cuando uno se aleja de los caminos de Dios.

 

El en lenguaje corriente consolar equivale, la mayoría de las veces, a pronunciar palabras de ánimo, comunicar un poco de serenidad a quien está afligido, pero no modifica la situación penosa que causa el dolor. La consolación de Dios no se reduce a una tenue caricia que alivia. Dios consuela socorriendo a quien se encuentra en situación desesperada, consuela al derrotado levantándolo del polvo (cf. 1 Sam 2,8), cambiando su lamento en danza y su grito en cantos de júbilo (cf. Sal 30,12).

 

Consolador es el nombre con el cual Jesús llama al Espíritu Santo (Jn 14,15) porque con su venida renueva la faz de la tierra (Sal 104,30).

 

Dios consuela, es decir, libera a los hombres de todas sus esclavitudes a través de su palabra que no es frágil como la hierba que se seca o caduca como la flor que se marchita, sino que es viva y eterna (cf. Is 40,6-8) y que no regresa nunca a Dios sin haber realizado lo que Él deseaba, sin haber completado aquello para lo que había sido enviada (cf. Is 55,1-10).

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 3-5) una voz anónima grita: “En el desierto preparen un camino al Señor…que los valles se levanten y las colinas se aplanen”.

 

La construcción de un camino es la condición para que el Señor venga a consolar a su pueblo.

 

Un inmenso desierto separa Palestina de Mesopotamia y el camino que unía en la antigüedad a Babilonia con las ciudades de la costa mediterránea no atravesaba el país de Jesús sino que, desviándose hacia el norte, lo bordeaba por casi mil kilómetros. La voz misteriosa invita ahora a los exiliados a trazar una nueva vía, espaciosa y directa que permita llegar, de manera agradable y expedita a la meta a donde el Señor quiere conducirles.

 

El profeta acumula una serie de imágenes para resaltar los compromisos que debe asumir quien quiere dar un espacio a Dios en la propia vida. Pide preparar el camino al Señor, no una vía cualquiera que conduzca el hombre a Dios, sino una que permita a Dios llegar al hombre.

 

La apertura de este nuevo camino indica las disposiciones interiores a abandonar los senderos antiguos, los que Dios siempre ha rechazado: “Mis pensamientos no son sus pensamientos y mis caminos no son sus caminos”: (cf. Is 55,8). Los montes a desmontar y los valles a cubrir representan los impedimentos que obstaculizan el encuentro, la comunicación, la estima recíproca de pueblos de distinta cultura, raza y religión. Solo removiendo estos obstáculos es posible preparar un camino al Señor, el camino del entendimiento, del perdón, de la reconciliación.

 

En una visión grandiosa, en la tercera parte (vv. 9-11), el profeta describe el regreso de los exiliados a la ciudad santa. No les guía un hombre como había sucedido durante el éxodo de Egipto, sino que es el  Señor mismo el que les precede y, como un pastor, que conduce a sus ovejas: “lleva en brazos a los corderos y hace recostar a las madres” (v. 11).

 

La imagen es conmovedora, muestra la ternura de Dios hacia los más débiles. Tierno, dulce, paciente,  Dios respeta los tiempos y ritmos espirituales de cada uno: aprecia a quien camina rápido, pero dirige su atención y sus cuidados a quienes avanzan lentamente, a quien se retarda en el camino.

 

Cuando el grupo de los exiliados está llegando a la ciudad, algunos se separan de los demás y corren para anunciar la “alegre noticia” de la liberación. Sion es invitada por el profeta a ser la anunciadora de las “buenas noticias”. El mensaje de alegría, el evangelio por ella proclamado, es: Dios no abandonará jamás al hombre, irá a buscarlo en cualquier tierra de esclavitud, lo tomará en brazos y lo acompañará a lo largo del camino que conduce a la libertad.

 

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Segunda Lectura: 2 Pedro 3,8-14

 

3,8: Que esto, queridos hermanos no les quede oculto: que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. 3,9: El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan. 3,10: El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con estruendo, los elementos serán destruidos en llamas, la tierra con sus obras quedará consumida. 3,11: Y si todo se ha de destruir de ese modo, ¡con cuánta santidad y devoción deben vivir [ustedes]!, 3,12: esperando y apresurando la venida del día de Dios, cuando el cielo se consumirá en el fuego y los elementos se derretirán abrasados. 3,13: De acuerdo con su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habitará la justicia. 3,14: Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estas cosas hagan todo lo posible para que Dios los encuentre en paz, sin mancha ni culpa. – Palabra de Dios

 

Los primeros cristianos estaban convencidos de que el Señor Jesús cambiaría el mundo, sin embargo, unas décadas más tarde, se dieron cuenta de que sus esperanzas estaban terminando en desilusión. Comenzaron a extrañarse del retraso y surgieron las primeras dudas sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Los no creyentes se burlaban de ellos y de sus esperanzas y decían irónicos: “¿Qué ha sido de su regreso prometido? Desde que murieron nuestros padres todo sigue igual que desde el principio del mundo” (2 Pe 3,4).

 

A estos cristianos en dificultad, un pastor de almas que vivió en la segunda mitad del primer siglo d.C., dirige una palabra de aliento y aclara los motivos de la tardanza de la venida del Señor.

 

El pasaje bíblico que hoy se nos propone habla de dos de estas razones. Ante todo, la manera que tiene Dios de medir el tiempo es diferente a como lo medimos nosotros: para él, mil años son como un día (v. 8), y si el Señor no destruye el mundo, a pesar del cúmulo de sus iniquidades, es porque quiere que todos los hombres tengan tiempo para convertirse y salvarse (v. 9). No acelera los tiempos porque respeta al hombre y busca conquistarlo para su amor. Su aparente retraso hay que entenderlo como una señal de su misericordia, de su paciencia, de su deseo de no perder a ninguno de sus hijos.

 

El autor de la carta quiere, no obstante, despejar un equívoco: la venida del Señor no hay que imaginarla como un regreso glorioso apara aniquilar –como predican aun hoy algunas sectas apocalípticas– a sus enemigos. Detrás de esta creencia se esconde la idea de que su primera venida en el pesebre de Belén y su sacrificio del Calvario, fue un fracaso y que, por tanto, regresa ahora para llevar a cabo, con mano poderosa, aquel proyecto que no había sido capaz de realizar con la dulzura y el amor.

 

No. Todas sus venidas son gloriosas, son revelaciones de su bondad, de su justicia, de su voluntad de no perder a  ninguna de sus criaturas.


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Evangelio: Marcos 1,1-8

 

1,1: Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías. [Hijo de Dios.] 1,2: Tal como está escrito en la profecía de Isaías: Mira, yo envío por delante a mi mensajero para que te prepare el camino. 1,3: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino al Señor, enderecen sus senderos. 1,4: Se presentó Juan en el desierto, bautizando y predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. 1,5: Toda la población de Judea y de Jerusalén acudía a él, y se hacía bautizar en el río Jordán, confesando sus pecados. 1,6: Juan llevaba un manto hecho de pelo de camello, con un cinturón de cuero en la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre. 1,7: Y predicaba así: Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno de agacharme para soltarle la correa de sus sandalias. 1,8: Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo. – Palabra del Señor

 

Comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo (Hijo de Dios)” (v. 1). Un versículo que parece inútil: ¿Qué necesidad había de poner de relieve el hecho de que estamos frente a la primera línea del evangelio? Se trata, sin embargo, de una frase introductoria compuesta deliberadamente por Marcos. Con la primera palabra de su libro, ha querido recordar a sus lectores la primera palabra del libro de Génesis: “Al principio, Dios creo el cielo y la tierra”.

 

El mundo, salido bueno de las manos de Dios, se había corrompido después y los israelitas, desde hacía muchos siglos, estaban a la espera de que se cumpliera la promesa: “Yo voy a crear un cielo nuevo y una nueva tierra; de lo pasado no quedará recuerdo”  (Is 65,17).

 

He aquí la buena noticia, exclama el evangelista: la nueva realidad ha surgido, pueden verificarla, en el mundo está presente el reino de Dios.

 

¿Cómo, dónde y cuándo ha tenido su origen el mundo nuevo en el que nosotros hemos entrado mediante la fe? –se preguntan los cristianos del siglo I d.C.– ¿Cuál es nuestra historia?”

 

Para responder a estas preguntas, en los años 60 d.C., cuando todavía muchos testigos oculares estaban vivos, se decide escribir en Roma un texto oficial que narre el origen y presente el contenido de la “buena noticia” y, para escribirlo, se escoge a Marcos, un discípulo muy estimado y que la tradición identifica con el “hijo de María”, la dueña de la casa donde solía reunirse la primera comunidad cristiana de Jerusalén (cf. Hch 12,12-17). Podría tratarse de aquel joven quien, en el momento de la captura de Jesús, se encuentra en el Getsemaní y que huyó desnudo cuando los guardias agarraron la sábana en que estaba envuelto (cf. Mc 14,51).

 

Marcos podría haber sintetizado el evangelio en densas formulaciones teológicas, pero ha escogido otro género literario: la narrativa.

 

Todo comenzó, escribe, cuando Juan se presentó en el desierto de Judá para hacer un llamamiento a la conversión de su pueblo, y Jesús de Nazaret fue a buscarlo para ser bautizado. Allí tuvo su origen nuestra historia, allí comenzó el evangelio.

 

Para muchos los evangelios son solo los cuatro libros en que se narran los acontecimientos de la vida de Jesús; sin embargo, el uso de llamar evangelios a estos textos fue introducido decenas de años después de haber sido escritos. Originariamente esta palabra no indicaba un libro sino simplemente una buena noticia traída por un mensajero. Eran evangelios los anuncios de victoria, de acontecimientos afortunados, de acuerdos de paz y, sobre todo, las noticias sobre el nacimiento, vida, empresas gloriosas del emperador de Roma, porque suscitaban esperanzas de bienestar, de salud, de paz. Quienes oían estas noticias se llenaban de alegría. En la célebre inscripción de Priene, en Asia Menor, que se remonta al año 9 d.C., se dice que el día del nacimiento de Augusto “ha sido para el mundo el inicio de evangelios recibidos gracias a él”.

 

Cuando Marcos escribe su libro, Augusto hacía 50 años que había muerto y es, por tanto, posible hacer un balance de lo ocurrido después de él: sus legiones han puesto fin a los desórdenes que habían azotado la ciudad de Roma durante un siglo; con él ha comenzado un periodo de prosperidad y paz en toda la cuenca mediterránea y muchos pensaron que había comenzado la edad de oro. Sin embargo, su nacimiento no ha augurado al mundo el comienzo de noticias perennemente felices. De los primeros doce césares, siete han muerto de muerte violenta; Calígula y Nerón no han sido ciertamente ejemplares y cuando Marcos comienza su obra, estalla la violenta guerra civil que llevará al poder a la familia Flavia.

 

Escogiendo el término evangelio, Marcos quiere decir a sus lectores: los evangelios de los emperadores han traicionado las expectativas, la buena noticia que a nadie desilusiona es otra: es Jesús, Ungido del Señor, Hijo de Dios.

 

Después del versículo inicial, viene introducido en escena (vv. 2-4) el Bautista, un asceta que ha plantado su morada en el desierto de Judá y que vive al margen de las estructuras sociales, políticas y religiosas. Es hijo de un pueblo que, desde siglos, está de camino: ha salido de Egipto para entrar en la tierra prometida, se ha convertido de nuevo en esclavo en Babilonia y ha sido reconducido por Dios a Jerusalén; cuando se creía finalmente libre, he aquí que se presenta Juan, hijo de Zacarías, invitando al pueblo a caminar de nuevo: “Preparen –exhortaba– el camino al Señor, enderecen sus senderos” (v. 3). Son palabras ya oídas: son las palabras con las que, en Babilonia casi seis siglos antes, el profeta anónimo animaba a los exilados a regresar a su tierra.

 

Muchos siguen esta llamada-invitación de Juan, dejan Judea y corren hacia él para ser bautizados. Han comprendido que es necesario repetir la experiencia del éxodo, que deben ponerse en camino para llegar a la verdadera tierra prometida. No es Palestina la meta última del pueblo de Dios.

 

¿Hacia qué patria quiere el Señor conducirlos? Todavía no lo saben ni conocen al nuevo Moisés que los guiará.

 

Atención particular da el evangelista a la vestimenta y a la comida frugal de Juan: “Llevaba un manto hecho de pelo de camello, con un cinturón de cuero a la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre” (v. 6). No paseaba envuelto en mórbidos vestidos como lo hacen los que viven en los palacios de la ciudad; no se nutría de productos cultivados del campo sino de lo que se encuentra y crece espontáneamente en el desierto. Lo suyo era un rechazo a una sociedad corrompida y frívola que, habiendo olvidado el sentido grandioso de lo simple, había olvidado también a su Dios.

 

Israel, la esposa, tenía que regresar al desierto para ser recuperada al afecto del su Señor que la esperaba: “Voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Allí me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto” (Os 2,16-17).

 

El Bautista tenía una misión que cumplir: preparar el camino para este encuentro de amor. La extraña vestimenta que endosaba era la de los profetas (cf. Zac 13,4) y, en particular, la de Elías quien, como Juan: “Era un hombre peludo y llevaba una piel ceñida con un cinto de cuero” (2 Re 1,8) El contenido de la predicación del Bautista (vv. 7-8) era el anuncio de la venida de alguien más fuerte que él, que bautizaría con Espíritu Santo.

 

Bautizar significa sumergir. Juan hacía entrar en el agua a aquellos que acogían su invitación a la conversión. El gesto expresaba la ruptura definitiva con la conducta anterior y la decisión de llevar una vida completamente nueva.

 

Este bautismo, sin embargo, no era suficiente: el agua del Jordán no comunicaba la vida, lavaba solamente el cuerpo. Era necesaria otra agua, una que penetrara en el hombre como linfa vital. El Bautista la prometía e indicaba también a Aquel que la donaría.

 

El agua que sumerge mata; por el contrario, la que penetra, la que es asimilada por las plantas, por los animales, por el hombre, es vida. En estas dos funciones del agua se recuerdan los dos momentos de nuestro bautismo. La muerte al pasado viene indicada por la inmersión en el agua, el don del Espíritu está representado por el agua viva ofrecida por Cristo: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien cree en mí” (Jn 7,38).

 

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