3° Domingo de Adviento – Año B (14 Diciembre, 2014)

La alegría de quien espera la aurora

 

Introducción

 

La lengua hebrea es más bien pobre en sinónimos y, sin embargo, emplea en la Biblia nada menos que 27 vocablos para expresar la alegría. Se encuentran en las Sagradas Escrituras los gritos desesperados de quien no encuentra respuesta al misterio del dolor, pero más frecuentemente encontramos “los cantos de alegría de una multitud en fiesta” (cf. Sal 43,5) y los himnos de agradecimiento a Dios: “Mi corazón se alegra por tu ayuda; cantaré al Señor por el bien que me ha hecho” (Sal 13,6).

 

En los evangelios hay personas con caras tristes: el joven rico que no tiene la valentía de desprenderse de los muchos bienes que posee (cf. Mt 19,22); los dos discípulos por el camino de Emaús (cf. Lc 24,17). En algunas ocasiones, también el rostro de Jesús se ensombrece (cf. Mc 3,5; Mt 26,38). Sin embargo, un clima de alegría recorre todas las páginas del evangelio: desde la promesa de un hijo a Zacarías: “Te llenará de gozo y alegría y muchos se alegrarán de su nacimiento” (Lc 1,14) hasta la “gran alegría” anunciada a los pastores (cf. Lc 2,10-11), a la alegría de Zaqueo que acoge al Señor en su casa (cf. Lc 19,6) hasta la alegría incontenible de los discípulos el día de Pascua (cf. Jn 20,20).

 

Hay un personaje, sin embargo, que nos resulta difícil imaginarlo con rostro alegre: es Juan, el hijo de Zacarías, el predicador encargado de preparar la venida del Señor. Vivía en el desierto y cuando salía, parece que era solamente para infundir miedo, amenazando con fuego del cielo, con hachas apuntando a las raíces de los árboles, con castigos tremendos (cf. Mt 3,7-12). Y, sin embargo, también él, se ha alegró una vez: cuando reconoció la voz del esposo que estaba viniendo: “El amigo del novio que está escuchando, se alegra de oír la voz del novio” (Jn 3,29).

 

La venida de Jesús está siempre acompañada por la alegría y ningún rostro, ni siquiera el del Bautista, puede permanecer triste.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Alegrémonos y exultemos porque han llegado las bodas del Cordero”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 61,1-2a.10-11

 

61,1: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad, 61,2: para proclamar el año de gracia del Señor. 61,10: Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas. 61,11: Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace germinar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y su fama frente a todos los pueblos. – Palabra de Dios

 

En la primera lectura de la semana pasada, escuchamos la invitación apasionada del profeta anónimo quien, en Babilonia, invitaba a los exilados a preparar el camino a Señor que estaba viniendo a liberarlos y reconducirlos a la tierra de sus padres. Prometía prodigios: ríos de agua fresca surgidos en el desierto, gritos de júbilo y canciones de fiesta acompañarían a los exiliados en su regreso a Jerusalén.

 

Pocos años después, los acontecimientos políticos le dieron la razón: en el año 538 a.C., Ciro entró triunfalmente en Babilonia y decretó un edicto de libertad para todos los deportados (cf. Esd 6,3-5).

 

Confiados en la palabra del profeta, al año siguiente un grupo de israelitas tomó el camino del regreso. Fue un viaje difícil, lleno de asperezas y peligros que se concluyó con la más desagradable de las sorpresas: la acogida fría, hostil de los israelitas que se habían quedado en Jerusalén.

 

Fortalecidos por el entusiasmo y la esperanza, los repatriados, lograron finalmente superar las primeras dificultades pero poco después, las desilusiones se sucedieron a un ritmo incontenible, siempre más amargas: la ciudad, sin murallas, estaba indefensa, las casas en ruinas, las tierras de sus padres ocupadas por otros; hubo incluso años de sequía que redujeron a la indigencia a muchas familias. Muchos de los nuevos llegados terminaron por cargarse de deudas y se convirtieron en esclavos de terratenientes explotadores y sin escrúpulos. ¿Qué ocurrió con las promesas escuchadas en Babilonia? ¿Fue todo un engaño?

 

En esta difícil situación, he aquí que surge otro profeta. La lectura de hoy nos trae las palabras con que se presenta a estos quebrantados y desanimados israelitas. He sido enviado –declara– para infundir ánimo y esperanza a quien esta desilusionado, para sanar a quien tiene el corazón destrozado, para llevar la buena noticia a aquellos que sufren, para anunciar la libertad a los esclavos y promulgar, en nombre de Dios, un año de gracia (vv. 1-2).

 

No tiene armas, ni dinero ni poder político para imponerse; posee solamente la palabra, es portador de una promesa segura porque ha sido formulada por Dios: ha llegado el año jubilar, aquel en que “cada uno recobrará su propiedad” (Lv 25,10). Ninguno, ya más, debe resignarse a vivir en la miseria y en la esclavitud, ha llegado para los pobres el momento de alzar la cabeza y de recuperar la propia dignidad.

 

¿Se realizaron estas promesas? La situación, sí, mejoró un poco, pero las injusticias, la corrupción, la explotación continuaron como antes.

 

Es difícil seguir creyendo y esperando frente a desilusiones tan crueles. Existían todas las razones para abandonar la fe, sin embargo el pueblo no pierde el ánimo, convencido que su Señor no le traicionaría y que, si no inmediatamente, la palabra de Dios se cumpliría con toda seguridad.

 

En la sinagoga de Nazaret, al comienzo de su vida pública, después de haber leído las promesas consoladoras de este profeta, Jesús proclamó solemnemente: “Hoy, en presencia de ustedes se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (Lc 4,21). Era el anuncio de que había llegado ya el día esperado por siglos, aquel que señalaba el fin de toda esclavitud, miseria y dolor.

 

Y sin embargo, ni siquiera con la venida de Cristo se ha cumplido plenamente la profecía, como no se había realizado quinientos años antes, en tiempos del regreso del exilio.

 

Quien no entra en la óptica de la profecía estará inclinado a pensar que los profetas confunden los espejismos con la realidad y toman por certezas lo que solo son veleidades o esperanzas. No es así. Los profetas estaban dotados de una mirada nueva, veían el mundo de manera diversa y sabían vislumbrar ya, en el despertar de la aurora, el esplendor de un día pleno. También Jesús, como los profetas miraba hacia lo lejos y contemplaba el mundo nuevo ya plenamente realizado, donde “no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor” (Ap 21,4).

 

Solo quien tiene ojos como los suyos y no se desanima frente a la realidad a veces absurda y cruel, cree en la realización de las promesas de Dios y ofrece su aportación para que la semilla del reino de los cielos, plantada en tierra por Cristo, se desarrolle y llegue pronto a la madurez.

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 10-11) el profeta entona un canto de alabanza: “Desbordo de gozo con mi Señor y me alegro con mi Dios”. Son las palabras que encontramos también en boca de María (cf. Lc 1,46).

 

¿Cómo es posible que estos israelitas llenos de aflicciones, golpeados por desgracias, que se mueven en medio de tantas dificultades, entonen a Dios un himno de alabanza? Porque tienen la mirada del creyente, porque están muy seguros de la fidelidad del Señor, y tan convencidos de que él liberará a los pobres, consolará a los afligidos, sanará los corazones quebrantados, que ya están viendo realizarse sus promesas.

 

El profeta toma la palabra en nombre de Jerusalén y pone en boca de la ciudad, todavía en ruinas, el canto de alegría de la esposa. Descartado el vestido triste de la viuda, ella se ve revestida por el señor con ropajes preciosos: “los vestidos de salvación” cubren las heridas de la violencia, “el manto de la justicia” ha sustituido a los andrajos desgastados de los abusos y humillaciones, “las joyas” han sustituido las cadenas de la esclavitud.

 

Aún no ha cambiado nada y, sin embargo, la mirada del profeta se adentra en del futuro, más allá de los horizontes estrechos de las mezquindades humanas. Invita a cultivar, aun en las circunstancias más dramáticas, el optimismo y la esperanza, fundados en la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su proyecto sobre el mundo.

 

La imagen de la semilla que despunta y crece hasta convertirse en un gran árbol, cierra la visión: todos contemplarán a Jerusalén convertida en un jardín donde el Señor hará brotar la justicia y su fama frente a todos los pueblos (v.11).

 

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Segunda Lectura: 1 Tesalonicenses 5,16-24

 

5,16: Estén siempre alegres, 5,17: oren sin cesar, 5,18: den gracias por todo. Eso es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos. 5,19: No apaguen el fuego del espíritu, 5,20: no desprecien la profecía, 5,21: examínenlo todo y quédense con lo bueno, 5,22: eviten toda forma de mal. 5,23: El Dios de la paz los santifique completamente; los conserve íntegros en espíritu, alma y cuerpo, e irreprochables para cuando venga nuestro Señor Jesucristo. 5,24: El que los llamó es fiel y lo cumplirá. – Palabra de Dios

 

Estamos al final de la Carta a los tesalonicenses y Pablo, antes de los saludos, introduce algunas exhortaciones conclusivas respecto a la vida comunitaria.

 

Recomienda: “Estén siempre alegres” (v. 16). La alegría es una de las características de la presencia del Espíritu de Dios en el corazón del hombre (cf. Gal 5,22).

 

Es fácil confundirla con el placer: el placer del alcohol, de la droga, de la vida inmoral. Pablo indica a los tesalonicenses la fuente de la verdadera alegría. Ésta nace de la oración: “oren sin cesar, den gracias por todo” (vv. 16-18).

 

La alegría es el fruto de la apertura del corazón a los impulsos del Espíritu que enriquece con sus dones a la comunidad y es concedida por Dios a quien lleva una vida irreprensible (vv. 19-22).

 

Una comunidad que tiene presentes estas exhortaciones del Apóstol es “santa” (vv. 23-24), es decir, completamente diferente de otros grupos, asociaciones o sectas. Esta santificación es obra de Dios.


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Evangelio: Juan 1,6-8.19-28

 

1,6: Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, 1,7: que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. 1,8: Él no era la luz, sino un testigo de la luz. 1,19: Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos [le] enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle quién era. 1,20: Él confesó y no negó, confesó que no era el Mesías. 1,21: Le preguntaron: Entonces, ¿eres Elías? Respondió: No lo soy. ¿Eres el profeta? Respondió: No.
 1,22: Le dijeron: ¿Quién eres? Tenemos que llevar una respuesta a quienes nos enviaron; ¿qué dices de ti? 1,23: Respondió: Yo soy la voz del que grita en el desierto: Enderecen el camino del Señor, según dice el profeta Isaías. 1,24: Algunos de los enviados eran fariseos 1,25: y volvieron a preguntarle: Si no eres el Mesías ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas? 1,26: Juan les respondió: Yo bautizo con agua. Entre ustedes hay alguien a quien no conocen, 1,27: que viene detrás de mí; y [yo] no soy digno de soltarle la correa de su sandalia. 1,28: Esto sucedía en Betania, junto al Jordán, donde Juan bautizaba. – Palabra del Señor

 

“Dulce es la luz y los ojos disfrutan viendo el sol” (Eclo 11,7). La luz tiene resonancias positivas y emociones placenteras; “ver la luz” es sinónimo de nacer (cf. Job 3,16); “ver luz” equivale a estar vivo (Job 3,20).

 

Este simbolismo, presente en toda la Biblia, es utilizado en el Nuevo Testamento sobre todo por el evangelista Juan. Ya en el prólogo Juan presenta la venida de Cristo al mundo como la aparición de la luz: “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron” (Jn 1,4-5).

 

También la figura del Bautista es introducida con la misma imagen. En la primera parte del pasaje de hoy (vv. 6-8), es identificado como el hombre enviado por Dios para dar testimonio de la luz. Tiene una misión tan importante que en solo dos versículos viene indicada hasta tres veces.

 

A finales del siglo I d.C. cuando Juan escribe su evangelio, todavía había muchos que afirmaban ser discípulos del Bautista y se referían a él como el modelo último de vida, incluso en oposición a Jesús. Es por esto que al evangelista le interesa establecer con toda claridad la posición del precursor con respecto a Cristo. No era el Bautista la luz del mundo, él solamente fue el primero en reconocer que “la luz verdadera que ilumina a todo hombre, estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9). No se dejó engañar por las lisonjas de quienes, impresionados por sus enseñanzas y admirados de su rectitud, estaban convencidos de que él era el mesías. Permaneció en su puesto, se mantuvo fiel a su misión.

 

Durante el Adviento nos viene propuesto su testimonio. Como ha hecho con sus contemporáneos, él muestra hoy a todos los hombres la luz del mundo, Cristo: “quien me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Es oportuna esta declaración porque los centelleos de las propuestas de vida engañosa son innumerables y seductoras, pero son deslumbramientos que pronto se debilitan y se revelan como lo que son: pabilos (mechas) de muerte. Solo la luz de Cristo ilumina los valores auténticos de los que nadie se arrepentirá de haberlos puesto como norte de su vida.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 19-23) viene introducida una comisión compuesta por sacerdotes y levitas, enviada por la autoridad religiosa, para que el Bautista les dé explicaciones a cerca de su identidad y comportamiento.

 

En Jerusalén las autoridades comenzaban a preocuparse por su creciente prestigio, por las emociones que suscitaba y las esperanzas que despertaba con su predicación. Por tres veces, los guías espirituales del pueblo le dirigen ansiosos la misma pregunta: “¿Quién eres?”. Corren muchas opiniones acerca de él: algunos lo consideran el mesías, otros ven en él al “profeta” quien, según la promesa de Moisés, Dios suscitaría para dirigir a su pueblo (cf. Dt 18,1-5), hay quienes piensan que es Elías redivivo.

 

El Bautista es leal, no acepta identificaciones, honores, títulos que no le pertenecen; declara no ser el Cristo, ni Elías, ni el gran Profeta; se define simplemente como la voz que grita en el desierto: preparen el camino al Señor.

 

Es difícil imaginar algo más pasajero y caduco que la voz que, una vez terminado el mensaje, se desvanece sin dejar huella. El Bautista no quiere que los ojos se fijen en él, sino en Cristo: Él debe crecer y yo disminuir” (Jn 3,30). Terminada su misión, se complace en hacerse a un lado, en que no se produzcan equívocos, huye de toda forma de “culto a la personalidad”.

 

Para reconocer a Cristo-luz, es necesario el testimonio de alguien quien, como el Bautista, haya sido capaz de descubrir su identidad. La fe no nace de razonamientos ni supuestas revelaciones, sino de la escucha: “Pero ¿cómo creerán, se pregunta Pablo, si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si no les envían? La fe nace de la predicación” (Rom 10,14-17).

 

También el Bautista ha realizado un camino de fe. Reconoce haber llegado progresivamente al descubrimiento de Cristo: “Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios” (Jn 1,29-34).

 

Este camino espiritual se repite en la vida de todo creyente: se comienza con el descubrimiento de la verdadera identidad de Cristo, después se llega a la conclusión de que él merece toda nuestra confianza y, finalmente, se convierte uno en testigo de la propia fe como afirmaba Pablo: “creí, por eso hablé” (2 Cor 4,13). También nosotros podemos afirmar lo mismo: creímos, por eso hablamos.

 

En la tercera parte (vv. 26-28), nos encontramos, en primer lugar, con el llamamiento del Bautista: “Entre ustedes hay alguien a quien no conocen”. Este desconocimiento parece inexplicable.

 

Israel esperaba al mesías desde hacía siglos y, sin embargo, cuando lo vieron llegar no lo reconocieron. Un velo impedía a los ojos de este pueblo descubrir la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. Una densa niebla, compuesta por las convicciones religiosas inculcadas por los guías espirituales, ofuscaba las mentes y endurecía los corazones. Israel estaba convencido de ser una comunidad santa; vivía separado y despreciaba a los otros pueblos, considerando la elección un privilegio no una vocación de servicio; esperaba a un mesías que se pondría inmediatamente de su parte no para llevar la salvación a los paganos sino para aniquilarlos.

 

El Bautista ha conseguido abrir los ojos a algunos de sus contemporáneos y, en este tiempo de Adviento, dirige a cada uno de nosotros la invitación de reconocer en Jesús a la única Luz y evitar: el tenebroso camino de los malvados” (Prov 4,19).

 

La última afirmación del precursor: “alguien viene detrás de mí y yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia” (v. 27), viene entendida comúnmente como una declaración de humildad. Se trata, sin embargo, de una imagen un poco enigmática para nosotros, pero clara para los oyentes del Bautista. Quitar la sandalia era un gesto contemplado en la legislación matrimonial de Israel: significaba apropiarse el derecho de casarse con una mujer que esperaba a otro (cf. Dt 25,5-10; Rut 4,7).

 

Declarando que no podía soltarle la correa de su sandalia, el Bautista afirmaba que no tenía ningún derecho a quitarle la esposa a Cristo. Él es el Mesías, Él es el Dios-con-nosotros que ha venido a celebrar su boda con la humanidad. Inmediatamente después, el precursor se expresará con claridad, sin recurrir más a metáforas: “Yo no soy en Mesías, sino que me han enviado por delante de él. Quien se lleva la novia es el novio. El amigo del novio que está escuchando se alegra oír la voz del novio. Por eso mi gozo es perfecto” (Jn 3,28-29).

 

El adviento es el tiempo en que la esposa (la humanidad, la Iglesia) se prepara a recibir al esposo y el Bautista es el amigo del esposo, encargado de favorecer este encuentro.

 

Para muchos israelitas Jesús ha sido un personaje insignificante, ha pasado sin que ellos se hayan dado cuenta de que él había venido a traerles la alegría, a dar comienzo a la fiesta. El peligro de darnos cuenta con retraso de su presencia, también se cierne sobre nosotros.

 

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