2° Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (18 Enero, 2015)

Vocación: El descubrimiento

de la propia identidad

 

 

Introducción

 

Entre los varios títulos que la Biblia atribuye a Dios, se encuentra también: aquel que llama. Con su derecha despliega los cielos, los llama y todos “se presentan juntos” (Is 48,13), escuchan sus órdenes y cumplen su vocación, dando vueltas en el universo y cantando sus alabanzas: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,2). Nada ni nadie es anónimo delante del Señor que “cuenta el número de las estrellas, llama a cada una por su nombre” (Sal 147,4).

 

Al nombre que Dios atribuye a cada persona corresponde una identidad, una vocación, una misión.

 

Nada de intimista, nada de externo a la persona, nada que se asemeje a una elección-premio por una precedente fidelidad; la vocación no es sino el descubrimiento de aquello para lo cual hemos sido creados, es encontrar el puesto al que hemos sido llamados a ocupar en la creación y en el proyecto de Dios. La vocación no nos ha sido revelada a través de sueños y visiones, sino que la descubrimos mirando dentro de nosotros mismos, escuchando la palabra del Señor que se hace oír, no ver, que se manifiesta en los acontecimientos y habla a través de los ángeles que nos pone a nuestro lado: los hermanos encargados de interpretarnos sus pensamientos y su voluntad.

 

Corresponder a la vocación no significa dejarnos envolver en una empresa onerosa, impuesta desde afuera, sino seguir el camino hacia la propia realización, ser fieles a nuestra identidad y, por tanto, alcanzar el equilibrio interior y la alegría.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Revélame Señor, el nombre con que me has llamado, antes de que fuera concebido en el seno de mi madre”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 1 Samuel 3,3-10.19

 

3,3: Aún no se había apagado la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios.

 

3,4: El Señor llamó: ¡Samuel, Samuel! Y éste respondió:¡Aquí estoy! 3,5: Fue corriendo adonde estaba Elí, y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado. Elí respondió: No te he llamado, vuelve a acostarte. 3,6: Samuel fue a acostarse, y el Señor lo llamó otra vez. Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí, y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado.

 

Elí respondió: No te he llamado, hijo; vuelve a acostarte. 3,7: Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la Palabra del Señor. 3,8: El Señor volvió a llamar por tercera vez. Samuel se levantó y fue a donde estaba Elí, y le dijo: Aquí estoy; vengo porque me has llamado. Elí comprendió entonces que era el Señor quien llamaba al niño, 3,9: y le dijo: Anda, acuéstate. Y si te llama alguien, dices: Habla, Señor, que tu servidor escucha.

 

Samuel fue y se acostó en su sitio. 3,10: El Señor se presentó y lo llamó como antes:¡Samuel, Samuel! Samuel respondió: Habla, que tu servidor escucha. 3.19 Samuel crecía, y el Señor estaba con él, ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. – Palabra de Dios

 

 

Samuel, una de las figuras eminentes del Antiguo Testamento, vivió en un tiempo de grandes cambios políticos, sociales y religiosos. Hacía más de un siglo que los filisteos, llegados de las islas del Egeo, se habían instalado a lo largo de la costa, habían ocupado las llanuras fértiles de la tierra de Canaán y obligado a Israel a vivir en las montañas en donde la tierra era árida y pedregosa. ¿Cómo hacer frente a estos vecinos cada vez más agresivos y prepotentes? La empresa parecía desesperada porque las tribus hebreas estaban divididas y “cada uno hacia lo que lo que le parecía bien” (Jue 21,25).

 

Fue en aquel tiempo de transición, de confusión social y política, inmediatamente antes de la llegada de la monarquía, cuando Samuel fue llamado por el Señor para guiar a su pueblo. “La palabra de Dios –recuerda el versículo que precede a nuestra lectura– era rara en aquel tiempo y no abundaban las visiones” (1 Sam 3,1). Fue Samuel el encargado de recibir los proyectos del Señor y comunicarlos a Israel.

 

El pasaje de hoy lo presenta mientras, todavía adolecente, crece tranquilo en Silo, en el templo del Señor. Una noche fue llamado. Oía una voz de la que ignoraba la procedencia, pero no estaba soñando y no era una visión; tenía necesidad de la ayuda y de los consejos de alguien capaz de interpretarle el sentido de lo que estaba sucediendo.

 

Tuvo la sensatez de dirigirse a la persona justa, al sacerdote Eli quien, como persona sensible a la palabra de Dios, intuyó inmediatamente la procedencia de la llamada e indicó a Samuel la actitud a asumir. Si oyes la voz de nuevo –le sugirió- responde: “habla, que tu servidor escucha” (v. 9).

 

El relato está redactado según el esquema y el lenguaje característico de las vocaciones bíblicas. Los detalles parecen muy realistas y concretos, sin embargo sería un error tomarlos al pie de la letra. La expresión Dios habló a… aparece frecuentemente en la Biblia y no hay que entenderla en sentido material; no es así como el Señor se manifiesta. Su llamada se hace sentir en lo más íntimo del corazón del hombre; la vocación de Samuel no fue diferente de la que recibimos cada uno de nosotros, por eso la lectura de hoy nos puede ayudar a entender nuestra propia vocación.

 

Comencemos con la extraña observación: “Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la Palabra del Señor” (v. 7). Es sorprendente que este muchacho, que había transcurrido ya varios años en el templo de Silo, no conociera todavía al Señor. Sin embargo, si tenemos presente que en la Biblia, conocer indica una experiencia íntima, un abandono convencido e incondicional en los brazos de la persona amada, no hay que extrañarse que Samuel, aun viviendo en el templo del Señor, no  hubiera todavía conocido al Señor, es decir: no le hubiera dado todavía su plena adhesión, su completa disponibilidad a colaborar en la obra de la salvación.

 

Esta dificultad de conocer a Dios no sorprende, ya que no es fácil entender los pensamientos de Señor y comprometerse en sus designios. También los habitantes de Nazaret –refieren los evangelios– y los mismos familiares de Jesús quienes, a pesar de haber vivido 30 años junto a él, no lo conocieron (cf. Mc 6,1-6). Podemos ser personas devotas, participar en todas las manifestaciones religiosas sin conocer realmente al Señor. Hay páginas del evangelio que hemos aprendido de memoria, sin embargo, en ciertos momentos, tenemos la impresión de leerlas por primera vez; es verdad, pues es la primera vez que nos hemos dejado penetrar por Su palabra en lo más íntimo, después de haber permanecido, quizás por años, insensibles a la voz del Señor.

 

Esta voz se hace oír de noche, cuando todo calla, cuando no existen ruidos que la confunden y la vuelven imperceptible. Solo la soledad y el silencio nos permiten entrar dentro de nosotros mismos, de reflexionar sobre los misterios de Dios y de la creación, sobre el sentido de la vida. Donde reina el bullicio y la confusión es imposible oír e interiorizar la Palabra del Señor.

 

No es fácil reconocer la voz de Dios. Fueron necesarias hasta cuatro llamadas antes que Samuel se diera cuenta de que el Señor tenía un mensaje que comunicarle.

 

En medio del ruido de muchas voces, es difícil discernir cuál de ellas viene de lo alto. Dios no se desanima frente a la sordera del hombre, es paciente e insiste hasta cuando éste se decide a prestar atención a su palabra.

 

Y llama siempre por el nombre.

 

Para los semitas, la vocación estaba contenida en el nombre, porque el nombre definía a la persona y le indicaba la misión. A José el ángel dijo: “María dará a luz un hijo a quien llamarás Jesús (= Salvación) porque él salvara a su pueblo” (Mt 1,21).

 

Solo Dios conoce el verdadero nombre de cada uno y llama desde el seno materno.

 

El profeta que declaraba: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre” (Is 49,1) y Moisés que recordaba a Dios: “Tú has dicho: te he conocido por el nombre” (Ex 33,12) habían comprendido que si Dios llama por el nombre, quiere encargar una misión.

 

“¡Hagámonos un nombre!” exclamaron arrogantes los hombres de Babel (cf. Gn 11,4). Rechazaban el nombre con el que habían sido llamados por el Señor y querían construirse otro más de acuerdo con sus proyectos delirantes. Gesto emblemático el suyo, imagen de quien rechaza la vocación de Dios y organiza la vida y trata a la creación según criterios diferentes de los del Señor. Un proyecto semejante está destinado a la destrucción, como sucedió a todas las torres construidas contra la voluntad de Dios.

 

Cada vocación comienza con el descubrimiento del propio nombre, el auténtico, el conocido por Dios, no aquel dictado por las ambiciones, proclamado por los aduladores, sugerido por la vanidad. Solo en el silencio y en la oración es posible sentirlo pronunciar por el Señor con ternura.

 

Samuel no logra por sí mismo descubrir la voz de Dios; un hombre, el sacerdote Eli, le ayuda. Hay personas más sensibles que otras a la palabra de Dios, son las que pueden ayudar a descubrir lo que Dios quiere que hagamos.

 

La lectura concluye diciendo que, después de haber escuchado el mensaje de Dios, “Samuel crecía y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse, y todo Israel supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor” (v. 19; cf. 1 Sam 3,20). Samuel respondió con fidelidad a su vocación. Tuvo el coraje de condenar a la familia de Elí que se había alejado del Señor; supo renunciar a las propias convicciones políticas (cf. 2 Sam 8,6) y, adecuándose a la voluntad de Dios, consagró rey de Israel primero a Saúl y después a David.

 

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Segunda Lectura: 1 Corintios 6,13c-15a.17-20

 

6,13: hermanos el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. 6,14: Y Dios, que resucitó al Señor, los resucitará también a ustedes con su poder.

 

6,15: ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? 6,17: Pero el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. 6,18: Apártense de la fornicación. Cualquier pecado que el hombre comete queda fuera del cuerpo, pero el que fornica peca contra su cuerpo. 6,19: ¿No saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? De modo que no se pertenecen a sí mismos, 6,20: sino que han sido comprados a un gran precio, por tanto glorifiquen a Dios con sus cuerpos. – Palabra de Dios

 

“¡Todo está permitido!”. “¿Por qué abstenerse de lo que da placer?”. “La necesidad sexual, como la del alimento, hay que satisfacerla sin importar el cómo”.

 

Hemos oído ciertamente frases semejantes de quienes buscan justificar de algún modo comportamientos “desenvueltos” en el terreno moral. De los dos versículos que preceden al pasaje de la lectura de hoy, se deduce que también en Corinto circulaban opiniones semejantes: “¡Todo me está permitido!”, sostenían algunos. “Los alimentos para el vientre y el vientre para los alimentos”, pensaban otros (vv. 12-13).

 

En toda la cuenca mediterránea, Corinto era conocida por el libertinaje de las costumbres. Con dos puertos de mar, ofrecía a turistas, comerciantes y marineros todo tipo de distracciones. Su reputación como ciudad del pecado viene confirmada por la afirmación del historiador Estrabón el cual aseguraba que en la acrópolis había más de mil prostitutas sagradas. Exageraba, ciertamente; sin embargo, las expresiones comportarse a la manera de los corintios para indicar una vida disoluta y muchacha de corinto como sinónimo de meretriz, respondían a hechos concretos.

 

En esta metrópolis no era fácil comportarse de manera coherente con el evangelio y, de hecho, algunos miembros de la comunidad cristiana cedían a los encantos de las prostitutas sagradas, se abandonaban a comportamientos inmorales.

 

Cuando se entera de la situación, Pablo, decide confrontar con claridad el problema de los abusos sexuales.

 

Las razones que aduce en su carta no son quizás las que nosotros hubiéramos esperado: ninguna amenaza de castigos divinos, ninguna referencia a consecuencias nefastas (aunque reales y a menudo dramáticas) para los culpables y sus familias. La condena de la fornicación –entendida como ejercicio de la sexualidad fuera del matrimonio– es la conclusión de consideraciones teológicas y de la tradición bíblica que considera el acto sexual como la unión total de dos cónyuges en una sola carne (cf. Gn 2,24).

 

La fornicación, sostiene Pablo, es incompatible con la vida del bautizado, sobre todo porque el cuerpo del cristiano pertenece al Señor y, por tanto, solamente puede ser entregado a quien el mismo Señor ha decidido que sea ofrecido definitivamente, es decir, al esposo y a la esposa, en la institución conyugal. Un uso diferente del propio cuerpo, constituye una injusticia, un robo con respecto a Dios (vv. 13-14).

 

Es también un sacrilegio, porque a través del bautizo ha sido unido a Cristo, forma con él un único cuerpo y la fornicación prostituye un miembro de este cuerpo sagrado (vv. 15-18).

 

Es también una profanación. El cuerpo del cristiano es sagrado como un templo porque en él habita el Espíritu Santo (vv. 19-20). Habita no en sentido material, sino que está presente con su fuerza, con su acción constante que anima la vida, suscita nuevos pensamientos, guía los sentimientos y produce gestos de amor.

 

Puestos estos principios, se comprende cómo la sexualidad no puede ser reducida a la satisfacción de una necesidad fisiológica. No está hecha para satisfacer caprichos egoístas, sino para manifestar amor y traducirse en don de la persona. Solo estos sentimientos y estas acciones están en armonía con la vida nueva del cristiano.


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Evangelio: Juan 1,35-42

 

1,35: Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos. 1,36: Viendo pasar a Jesús, dice: Ahí está el Cordero de Dios. 1,37: Los discípulos, al oírlo hablar así siguieron a Jesús. 1,38: Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: ¿Qué buscan? Respondieron: Rabí —que significa maestro,— ¿dónde vives? 1,39: Les dice: Vengan y vean. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran las cuatro de la tarde. 1,40: Uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús era Andrés, hermano de Simón Pedro. 1,41: Andrés encuentra primero a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías —que traducido significa Cristo. 1,42: Y lo condujo a Jesús. Jesús lo miró y dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas —que significa Pedro (piedra). – Palabra del Señor

 

Juan narra la vocación de los primeros apóstoles de manera diferente a los sinópticos. El cuarto evangelio, de hecho, no coloca la escena de la llamada junto al mar de Galilea sino a orillas del rio Jordán.

 

Un día el Bautista, que se encontraba allí con dos de sus discípulos, fijando la mirada en Jesús que pasaba, exclamo: “¡Ahí está el Cordero de Dios!” (v. 36). No era la primera vez que lo llamaba con este nombre. También el día anterior se había referido a él de la misma manera y había añadido un solemne testimonio: “Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios” (Jn 1,29-34).

 

El pasaje de hoy hay que leerlo prestando atención a todos los detalles y matices lingüísticos; Juan, de hecho, selecciona con minuciosidad cada palabra y cada imagen.

 

He aquí el primer detalle a tener en cuenta: el Bautista estaba todavía allí (v. 35), en el mismo lugar donde se encontraba el día anterior, en Betania, al otro lado del Jordán (cf. Jn 1,28). Jesús se puso en movimiento, había iniciado su camino, pasaba. Juan, por el contrario, estaba parado, había concluido su misión, la de señalar al Mesías. Entregaba a Jesús sus propios discípulos y aceptaba desaparecer: “Él debe crecer y yo disminuir” (Jn 3,29-30).

 

Hasta el verbo griego empleado por el evangelista para describir la percepción que el Bautista ha tenido de Jesús es significativo, emblépein, que no significa solamente fijar la mirada, sino mirar hacia dentro, penetrar, contemplar lo íntimo de una persona.

 

El Bautista ha comprendido la verdadera identidad de Jesús leyéndola en el corazón y la ha expresado con una imagen un poco extraña, lo ha llamado Cordero de Dios. Tenía a disposición otras imágenes, como la de pastor, rey, juez severo; ésta última, según los sinópticos, la había ya usado: “Viene uno con más autoridad que yo… ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha reunir el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Lc 3,16-17). En su mente, sin embargo, ninguna resumía el descubrimiento de la identidad de Jesús mejor que la de Cordero de Dios.

 

Educado probablemente entre los monjes esenios de Qumrán, había asimilado la espiritualidad de su pueblo, conocía la historia y tenía familiaridad con la Escritura. Devoto israelita, sabía que  mencionando al Cordero, sus oyentes habrían inmediatamente intuido la referencia al Cordero pascual cuya sangre, esparcida sobre los linteles de sus casas en Egipto, había librado a sus padres de la matanza del ángel exterminador.

 

El Bautista ha vislumbrado el destino de Jesús: un día sería inmolado como cordero y su sangre  quitaría a las fuerzas del mal la capacidad de hacer daño; su sacrificio habría liberado al hombre del pecado y de la muerte. Notando que Jesús fue condenado a mediodía de la vigilia de pascua (cf. Jn 19,14), el evangelista Juan ha querido ciertamente llamar la atención sobre este simbolismo. Era, de hecho, la hora en que en el templo los sacerdotes comenzaban a inmolar los corderos.

 

Hay una segunda referencia en la imagen del cordero.

 

Quien tiene presente las profecías contenidas en el libro de Isaías –y todo israelita las conocía muy bien– no puede menos de percibir la referencia al fin ignominioso del Siervo del Señor. He aquí como el profeta describe su camino hacia la muerte: “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador…y fue contado entre los pecadores, él cargó con el pecado de todos e intercedió por los pecadores” (Is 53,7.12).

 

En este texto la imagen del cordero está ligada a la destrucción del pecado.

 

Jesús, quería decir el Bautista, cargará sobre sí todas las debilidades, todas las miserias, todas las iniquidades de los hombres y, con su mansedumbre, con el don de su vida, las aniquilará. No eliminará el mal concediendo una especie de amnistía; lo vencerá introduciendo en el mundo un dinamismo nuevo, una fuerza irresistible, su Espíritu, que llevará a los hombres hacia el bien y hacia la vida.

 

El Bautista tiene en mente una tercera referencia bíblica: el cordero asociado al sacrificio de Abrahán.

 

Mientras estaban de camino hacia el monte Moría, Isaac preguntó a su padre: “Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abrahán le contestó: Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío” (Gn 22,7-8).

 

“¡Ahí está el cordero de Dios!”, atestigua ahora Juan el Bautista; es Jesús, entregado por Dios al mundo para ser sacrificado en sustitución del hombre pecador, merecedor de castigo.

 

También los detalles del relato del Génesis (cf. Gn 22,1-18) eran bien conocidos y el Bautista los aplicó a Jesús.

 

Como Isaac, él es el hijo único, el predilecto, aquel que lleva la leña dirigiéndose al lugar del sacrificio. En él se cumplen también los detalles añadidos por los rabinos. Isaac –decían éstos– se había ofrecido espontáneamente; en vez de huir, se había entregado al Padre para ser atado sobre el altar. También Jesús ha entregado libremente su vida por amor.

 

Llegados este punto hay que preguntarse si de verdad el Bautista había tenido presente todas estas referencias bíblicas cuando, por dos veces, dirigiéndose a Jesús, había declarado: “Aquí está el cordero de Dios” (Jn 1,29.36). Él quizás no, pero ciertamente las tenía presente el evangelista Juan, quien quiere ofrecer una catequesis a los cristianos de sus comunidades y a nosotros.

 

Además del título de cordero, en el pasaje de hoy tenemos otros títulos significativos aplicados a Jesús. Los primeros dos discípulos lo llaman, en primer lugar, rabí, maestro (v. 38), un título no particularmente significativo; no obstante, después de haber pasado una jornada entera con Jesús, Andrés intuye que él no es solamente un maestro o un gran personaje; a su hermano Simón le dice: “hemos encontrado al Mesías”.

 

A continuación, Felipe habla de Jesús como de aquel del cual han escrito Moisés y los profetas (Jn 1,45) y para Nataniel será incluso el Hijo de Dios, el rey de Israel (Jn 1,49).

 

No basta un encuentro furtivo con Jesús para descubrir su identidad; es necesario permanecer con Él, pasar la entera jornada, es decir, cada instante de la vida en su casa.

 

Las palabras que Jesús dirige a los dos que los siguen: “¿qué buscan?” (v. 38) son las primeras que pronuncia en el evangelio de Juan. Van dirigidas a todo discípulo que inicia su camino espiritual, después de que alguno le haya mostrado a Jesús como Maestro. El discípulo debe preguntarse qué espera de Cristo, pues podría albergar ilusiones pasajeras y alimentar vanas esperanzas.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 40-42) el grupo de discípulos comienza a ampliarse. Los dos que han ido en pos de Jesús, que han visto y permanecido con El y han llegado a una comprensión más profunda de su identidad, ahora no pueden guardar para ellos solos el descubrimiento que han hecho, sienten la urgente necesidad de comunicarlo a otros.

 

Andrés, el primero que en el evangelio de Juan reconoce a Jesús como Mesías le habla al hermano Simón y lo conduce al Maestro quien, fijando la mirada en él, exclama: “tú eres Simón, te llamarás Cefas, que quiere decir Pedro” (v. 42).

 

Aquí se emplea por segunda vez emblepein. Son las dos únicas veces que en el evangelio de Juan aparece este verbo. Primero el Bautista ha mirado dentro de Jesús, ahora es Jesús quien, con la mirada de Dios, penetra en el corazón de Pedro, aferra su identidad y le da el nombre que define su misión. Para los pescadores del lago, Simón era el hijo de Juan, para Jesús y para Dios, Él se llama Pedro porque su vocación es ser piedra viva que mantiene sólida la iglesia en la unidad de la fe.

 

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