3° Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (25 Enero, 2014)

Ha inagurado tiempos nuevos

 

Introducción

 

Los cristianos están convencidos de que el Mesías ha venido ya, los hebreos sostienen que está aún por venir. ¿Quién tiene razón?

 

No hay dudas, los hebreos. También nosotros lo admitimos tácitamente cuando todos los años dedicamos cuatro semanas para disponernos a su venida.

 

Esperamos con ansia al Mesías, porque aunque se nos ha dicho que: “Florecerá en sus días la justicia y una gran paz hasta el fin de las lunas. Librará al mendigo que a él clama y al pequeño que de nadie tiene apoyo. Abundancia de trigo habrá en la tierra que cubrirá la cima de los montes” (Sal 72,7.12.16), aún no hemos visto realizada esta profecía, por tanto, continuamos a la espera.

 

El Mesías debe venir todavía; pero cuando llegue, todos, aun los hebreos, lo reconocerán: es Jesús. Su nacimiento en el mundo es lento y progresivo; los tiempos nuevos, los últimos, han comenzado ya, pero no han llegado a su cumplimiento.

 

Un día refieren a Jesús que su madre y sus hermanos lo estaban buscando, y él, “mirando a aquellos que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: Miren, estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3,34). Sí, la comunidad que escucha su palabra, se fía de él y lo sigue, es su madre, es aquella que, en el dolor, lo da a luz cada día, hasta que sea realizado en su plenitud el diseño de Dios: “que el universo, lo celeste y lo terrestre alcancen su unidad en Cristo” (Ef 1,10).

 

Inmediatez, generosidad, decisión en el desprendimiento de lo que es antiguo e incompatible con el mundo futuro, caracterizan la respuesta de quien, respondiendo a la llamada de Jesús, se  compromete en ayudar a llevar a cabo los designios de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Hazme conocer, Señor, tus caminos y dame la fuerza de seguirlos”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jonás 3,1-5.10

 

3,1: El Señor dirigió otra vez la palabra a Jonás: 3,2: —Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y anuncia lo que yo te digo. 3,3: Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. 3,4: Jonás se fue adentrando en la ciudad y caminó un día entero pregonando: —¡Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada! 3,5: Creyeron a Dios los ninivitas, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal pequeños y grandes. 3,10: Vio Dios su obras y que se habían convertido de su mala vida, y se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive y no la ejecutó. – Palabra de Dios

 

Estamos en Jerusalén, hacia la mitad del siglo IV a.C. e Israel recuerda, con rabia y rencor, las deportaciones llevadas a cabo por los asirios y la dura experiencia de Babilonia. Nínive es todavía sinónimo de ciudad sanguinaria y Babilonia permanece como el símbolo del enemigo idólatra y opresor.

 

Es tiempo de la reconstrucción de la sociedad judía y las restauraciones -lo sabemos- vienen acompañadas fácilmente de integrismo (integralismo), de la dureza frente a los adversarios, de la incapacidad de dejar espacio a la misericordia y al perdón. Israel quiere recuperar la fidelidad a su Dios, pero está obsesionado por la pureza de la raza, se repliega sobre sí mismo, considera la propia elección como un privilegio y no un servicio, se ha vuelto fanático, intolerante y está convencido de que las naciones paganas son rechazadas por el Señor.

 

Es en este ambiente cuando nace el autor del libro de Jonás, un rabino inteligente, una mente abierta, un humorista fino que sonríe ante la animosidad de sus connacionales. Embebido del pensamiento bíblico, ha comprendido che Dios es “compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados” (Ex 34,6-7) que ama a todo hombre y escoge a Israel para salvar a los paganos, no para que sean sus enemigos.

 

Nuestro rabino no recurre a razonamientos que se revelan siempre ineficaces contra los prejuicios y la hostilidad visceral, sino que compone una historia cuyo protagonista es Jonás, un profeta obstinado que encarna los pensamientos estrechos y los sentimientos mezquinos de su pueblo. Jonás significa paloma y, en la biblia, la dulce e ingenua paloma encarna a Israel (cf. Os 7,11).

 

La historia está ambientada en Nínive, la ciudad que desde hacía al menos trescientos años había sido reducida a un cúmulo de ruinas, pero que el autor la imagina en el ápice de la prosperidad y la erige como símbolo del mal, de la prepotencia, de la violencia contra los débiles. Los israelitas la odian y piensan que Dios, siendo justo, comparte y aprueba su resentimiento y está decidido a castigarla, a hacerle pagar las iniquidades cometidas y a aniquilarla. ¿Es así realmente como piensa Dios?

 

El pasaje de hoy responde a este interrogante.

 

Jonás-Israel no ha comprendido nada de su vocación. “Levántate y vete a Nínive, la gran metrópoli –le manda el Señor– y proclama en ella que su maldad ha llegado hasta mí” (Jon 1,2) y Jonás contrariado, sin pronunciar una palabra, baja al puerto de Jafa y, en vez de embarcarse con rumbo al Oriente se dirige a Occidente, hacia Tarsis (cf. Jon 1,1-3), prefiriendo morir antes que transformarse en instrumento de salvación de Dios para los paganos.

 

Frente a la tozudez de su enviado, Dios no se desanima, ama demasiado a los ninivitas, por esto desencadena una tempestad y Jonás viene echado al mar. Un gran pez se lo traga y lo devuelve a la orilla (cf. Jon 1,4–2,11) y, por segunda vez, el Señor manda al profeta rebelde a ir a Nínive (cf. Jon 3,2). La ciudad “era muy grande y tres días hacían falta para recorrerla” (v. 3).

 

Jonás comienza a predicar sin entusiasmo, solo lo hace “durante una jornada de camino”. Indolente, no llega ni siquiera a la mitad de Nínive y su mensaje, reducido a solo cinco palabras –el mínimo indispensable– es un anuncio catástrofes, distinto del mensaje que el Señor le había confiado. Dios no había hablado de la destrucción de la ciudad, sino solamente de la necesidad de que los ninivitas tomaran conciencia de su vida malvada.

 

No obstante la falta de entusiasmo con que lleva adelante la misión, los ciudadanos de Nínive creen en Dios y se convierten. El hecho es sorprendente. Con sutil ironía, el autor deja intuir la contraposición: Israel no ha prestado atención a la voz de los profetas, los ninivitas por el contrario, a las primeras palabras –y mal dichas– de Jonás han cambiado de vida. Es lo que el Señor había explicado a Ezequiel: “si te hubiera enviado a un pueblo de idioma extraño y de lenguas extranjeras que no comprendes éstos sí te harían caso; en cambio, la casa de Israel no querrá hacerte caso, porque no quieren hacerme caso a mí. Pues toda la casa de Israel son tercos de cabeza y duros de corazón” (Ez 3,4-7).

 

Jonás no es solo Israel, sino representa a todo aquel que todavía imagine todavía a Dios como un vengador justiciero, a todo aquel que cultive la secreta esperanza de asistir un día al castigo de los malvados, a todo aquel que no hay comprendido aún que no existen enemigos a derrotar, sino solamente hermanos a amar y a ayudar a que se alejen del pecado para que puedan ser felices.

 

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Segunda Lectura: 1 Corintios 7,29-31

 

7,29: En una palabra, hermanos, queda poco tiempo: en adelante los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran, 7,30: los que lloran como si no lloraran, los que se alegran como si no se alegraran, los que compran como si no poseyeran, 7,31: los que usan del mundo como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo se está acabando. – Palabra de Dios

 

El tiempo es breve, quien tiene mujer viva como si no la tuviera, quien compra como si no poseyera, quien usa los bienes materiales como si no los usara. Es éste, en síntesis, el mensaje de pasaje de la segunda lectura de hoy que, por cierto, da la impresión de introducir una cierta devaluación o minusvaloración de las realidades de este mundo a favor de las del cielo.

 

No es así. Pablo quiere solamente que los cristianos den el justo valor a las realidades terrenales, que son importantes, sí, pero no realidades últimas, no eternas. Como todas las cosas bellas, también el matrimonio, la familia, los bienes pueden seducir y convertirse en absolutos. Convirtiéndose en ídolos, absorben totalmente el corazón del hombre y le hacen perder el sentido de la vida.

 

Para referirse a la transitoriedad de la escena de este mundo (v. 31) y movido por una fe inquebrantable en el Resucitado, hay cristianos que renuncian a la vida conyugal, rechazan la posesión de bienes y ponen la propia vida y la propia persona a completa disposición de los hermanos.

 

Esta elección testimonia la inminencia del mundo futuro en el que no se tomará ni mujer ni marido y ni siquiera se podrá morir porque seremos semejantes a los ángeles de Dios (cf. Lc 20,35-36).


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Evangelio: Marcos 1,14-20

 

1,14: Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios 1,15: diciendo: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia.

1,16: Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban una red al agua, pues eran pescadores. 1,17: Jesús les dijo: Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. 1,18: Inmediatamente, dejando las redes, le siguieron. 1,19: Un trecho más adelante vio a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, que arreglaban las redes en la barca. 1,20: Los llamó. Ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con él. – Palabra del Señor

 

El pasaje se abre con una breve introducción en que aparece Jesús en escena dirigiéndose hacia los pueblos de las montanas de Galilea para predicar el evangelio; “Se ha cumplido el tiempo –declara– y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (vv. 14-15).

 

Es la primera frase que pronuncia y que constituye la síntesis de todo su mensaje.

 

Habla del reino de Dios y los que le escuchan, educados por los profetas, saben a qué realidad se refiere. Durante quinientos años Israel ha sufrido la experiencia de la Monarquía; la dinastía davídica ha dado soberanos capaces, sin embargo el balance que la Biblia nos da de este periodo histórico es totalmente negativo. A excepción de pocos, nobles soberanos, todos los reyes se han alejado del Señor, no han escuchado a los profetas y han conducido el pueblo a la ruina. En el 587 a.C. el último rey fue deportado a Babilonia junto a su pueblo.

 

¿Fue éste el fin de todo? Muchos continuaron a soñar en la restauración de la dinastía de David; algunos pocos pusieron sus esperanzas en un futuro Mesías. Todos, sin embargo, llegaron a la conclusión de que solo el Señor podía cambiar la suerte de Israel, tomando en mano personalmente la guía de su pueblo, proclamándose rey en sustitución de los precedentes soberanos indignos.

 

Fue el comienzo de la espera del Reino de Dios.

 

Ya en los primeros libros de la Biblia se encuentra la promesa: “Su Jefe será el Señor” (Jue 8,23), “El Señor reina por siempre jamás” (Éx 15,18). Promesa que es un compromiso confirmado por Dios por boca de los profetas: “con mano poderosa…reinaré sobre ustedes” (Ez 20,33), “El reino será del Señor” (Abd 21).

 

Solo teniendo presente esta espera, cultivada a lo largo de los siglos por los israelitas, estaremos en grado de comprender la carga explosiva de las palabras de Jesús. El tiempo de la espera –afirma– ha terminado, ha llegado el momento de la consolación y de la paz, ha llegado el reino de Dios, las promesas del Señor se han cumplido.

 

El contenido de su mensaje es evangelio.

 

Con este término nosotros entendemos un libro, pero en tiempos de Jesús evangelio significaba solamente buena noticia. Eran llamados evangelios todos los anuncios gozosos: un éxito militar, la curación de una enfermedad, el fin de una guerra, el nacimiento de un emperador, su ascensión al trono o su visita a una ciudad.

 

Al comienzo de su libro, Marcos presenta a Jesús como el heraldo, el encargado de proclamar a los hombres una noticia tan extraordinaria, tan sorprendente como para suscitar en quien la escucha una alegría inmensa.

 

Existen dos condiciones para poder experimentarla: es necesario convertirse y creer.

 

Convertirse no significa hacer un propósito firme de evitar un pecado u otro, sino que es la decisión de cambiar radicalmente el modo de ver a Dios, al hombre, al mundo, a la historia.

 

Se ha puesto siempre demasiado énfasis en la conversión moral y se ha comprendido muy poco que el primer cambio a realizar se refiere a la imagen de Dios que nos hemos hecho y a la que no queremos renunciar, porque ha sido modelada según nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestros sentimientos. Permanecemos sólidamente anclados en las palabras del Bautista, referidas por Mateo: “¡Raza de víboras! ¿Quién les ha enseñado a escapar de la condena que llega? Muestren frutos de un sincero arrepentimiento” (Mt 3,7-8) o a las que Luca atribuye al Precursor: “El hacha está apoyada en la raíz del árbol” (Lc 3,9). Marcos deja un espacio mayor a la intuición de la buena noticia: “el reino de Dios ha llegado”. No es la percepción de la inminencia de un terrible castigo, sino de una novedad que llena de alegría: hay esperanza para todos, también para el pecador más empedernido, también para quien se siente un desperdicio humano, porque Dios no lo considera un desperdicio sino un hijo.

 

Dios se había revelado ya así no solo en las Sagradas Escrituras sino también a través de la creación. Por esto, cuando el hombre imaginaba a Dios, a cualquier dios, lo debía imaginar necesariamente bueno. Convertirse, por tanto, es volver a ver a Dios así, infinitamente bueno, porque esto forma ya parte del nuestro DNA.

 

Cristo revoluciona el mundo: coloca de nuevo como fundamento el amor y la compasión, corrigiendo, sobre todo, la idea de Dios que se ha deformado en nosotros.

 

Convertirse es también cambiar el modo de considerar al hombre y a la creación, es comenzar a ver todo en la perspectiva de Dios, de la parte de Dios, del Dios amoroso, paciente, longánimo, lleno de atención y de interés por sus criaturas, del Dios que sabe distinguir lo que parece de lo que es, el incidente del camino de la elección de fondo, lo efímero de lo que es duradero.

 

Para asimilar esta mirada de Dios, es necesario vivir en un perenne estado de conversión. No se llegará nunca a la perfección del Padre que está en los cielos, pero es necesario tender hacia ella continuamente; quien se cree ya convertido, se coloca fuera del reino de Dios. Sentirse serenos sí, pero nunca apagados.

 

Después es necesario también creer, que no equivale a aceptar un paquete de verdades, sino que significa seguir a Cristo con la certeza de llegar, tras innumerables contrastes y renuncias, a la plenitud de vida. Creer es fiarse de Él, de su palabra y de su promesa: Yo hago nuevas todas las cosas (Ap 21,5); creer es aceptar con confianza incondicional sus respuestas a nuestros interrogantes.

 

La segunda parte del pasaje (vv. 16-20) introduce la llamada de los primeros cuatro discípulos destinados a convertirse después de la resurrección de Jesús, en heraldos del evangelio.

 

El episodio está dividido en dos momentos paralelos que corresponden a las llamadas de los dos pares de hermanos: Simón y Andrés (vv. 16-17), Santiago y Juan (vv. 19-20).

 

La versión de los hechos referida por Marcos es diferente y, desde el punto de vista histórico, difícil de conciliar con la del evangelio de Juan (cf. Jn 1,35-51).

 

El objetivo de Marcos no es ofrecernos un detallado resumen de lo acontecido; él no pretende satisfacer nuestras curiosidades aunque legitimas. No nos dice, por ejemplo, si los cuatro pescadores habían ya encontrado a Jesús, si habían visto algún milagro suyo; no explica cómo hayan podido abandonar todo sin poner ninguna objeción, sin preguntas. Quiere dar una lección de catequesis a quien, en algún día de su vida, se sienta llamado por Jesús. El episodio no se refiere a la vocación de curas o monjas, habla de la llamada a todo hombre a ser discípulo, trata de la vocación al bautismo.

 

La escena corre rápida, tanto que casi cuesta seguir los fotogramas como si de un film se tratara. Jesús, el protagonista, se mueve velozmente y es rápido no solo en el caminar, sino en el hablar, en la invitación a seguirlo. La suya aparece como una carrera contra el reloj; en realidad, es el ansia de anunciar que “el tiempo se ha cumplido”, que no disponemos de otra oportunidad, que es necesario darse prisa a entrar y participar en el reino de Dios.

 

Hay que notar que en el evangelio de Marcos, Jesús no para nunca: pasa a lo largo del mar de Galilea (v. 16), llama y no se gira para verificar si los discípulos han acogido su invitación, inmediatamente sigue adelante (v. 19); llama a otros dos y después continua su camino sin pararse un instante (v. 21). Quien quiera seguirlo no puede hacerse ilusiones: el camino a recorrer no es fácil, el maestro no deja descansar ni siquiera un instante, no concede días u horas de vacación, exige que el discípulo mantenga el ritmo, siempre.

 

Después aparecen los otros personajes: Simón y Andrés, Santiago y Juan. No están rezando o cumpliendo alguna labor particularmente importante, están simplemente ejerciendo su profesión.

 

Otras vocaciones en la Biblia han tenido lugar en circunstancias semejantes. El profeta Eliseo ha recibido la invitación de seguir a Elías mientras se encontraba en el campo arando con doce pares de bueyes delante de él (cf. 1 Re 19,19-21), Moisés estaba al cuidado del rebaño de Jetró, su suegro (cf. Éx 3,1), Gedeón estaba trillando el grano (cf. Jue 6,11), Mateo estaba ocupado en cobrar los impuestos (cf. Mc 2,13-14).

 

Dios no se dirige a los vagos, a personas sin ideales, sin metas concretas de referencia, sino a quien está plenamente integrado en su contexto social, económico, familiar. La adhesión a Cristo por la fe no es nunca un replegarse, una consolación para quien ha fracasado en otros objetivos, sino una propuesta hecha a gente comprometida y realizada en la vida.

 

Como todas la vocaciones de las se hablan en la Biblia, también la de seguir a Jesús es completamente gratuita. El discípulo conoce y sigue al Maestro porque ha sido llamado, porque le ha sido revelado y ofrecido un don. Quien es consciente de esto, no se enorgullece ni desprecia a quienes todavía no han se han adherido a Cristo. Da gracias al Señor por lo recibido y se empeña para que se den también en los demás las condiciones favorables para acoger el mismo don.

 

Desde el principio Jesús se presenta como un maestro diferente a de los de su tiempo. Éstos permanecían en sus escuelas a la espera que los discípulos fueran a encontrarles para aprender la lección y después regresar a sus casas. No eran maestros que elegían a los discípulos, sino que eran éstos quienes elegían al maestro.

 

Jesús no quiere discípulos que le busquen para aprender una lección, sino personas que caminen con Él, que compartan y participen en la realización de su proyecto de vida.

 

Los primeros cuatro discípulos responden inmediatamente a la vocación, se fían de Jesús y le siguen, a pesar de que la meta es todavía imprecisa y el destino al que han sido llamados, será   clarificado solamente después.

 

A los ninivitas les fueron concedidos cuarenta días de tiempo para acoger o rechazar la invitación a convertirse. A Eliseo le fue permitido de “ir a besar a su padre y a su madre” antes de seguir a Elías (cf. 1 Re 19,20). A los suyos Jesús no hace ninguna concesión. A uno dirá “deja que los muertos entierren a sus muertos; tu ve a anunciar el reino de Dios” y a otro: “el que ha puesto la mano en el arado y mira para atrás, no es apto para el reino de Dios” (Lc 9,59-62).

 

La respuesta a su llamada debe ser dada en forma inmediata, el desprendimiento debe ser total y sin dilación, nada debe retrasar o impedir el seguimiento. Aun los afectos más sagrados, como aquellos que nos ligan a los padres y a la familia, el apego a la propia profesión, la necesidad de tener una seguridad económica y social, el deseo de no perder a los amigos… todo debe ser sacrificado si constituye un obstáculo a la nueva vida a la cual Jesús llama.

 

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