1er. Domingo de Cuaresma – Año B (22 Febrero, 2015)

El Arco: De instrumento de guerra

a símbolo de paz

 

 

Introducción

 

En los relatos mitológicos de los pueblos antiguos, aparecen con frecuencia divinidades que empuñan el arco, prontas a lanzar flechas contra los enemigos. También Israel cuando era golpeado por desventuras pensaba que el Señor, indignado a causa de los pecados del pueblo, había dirigido contra él su arco (cf. Lam 2,4).

 

Es una imagen arcaica, son rastros de una mentalidad pagana destinada a disolverse con el progresivo desvelarse del verdadero rostro de Dios, que no solo no tiene en la mano ningún arma para castigar, sino que ha jurado romper todo arco de guerra (cf. Zac 9,10).

 

El único arco es el desplegado en el cielo: no constituye una amenaza, sino une en un único, afectuoso abrazo, la bóveda celeste con la tierra y, sobre la tierra, a todos los pueblos.

 

“Contempla el arcoíris –exhortaba el Eclesiástico– y bendice a quien lo ha hecho” (Eclo 43,11).

 

Es la imagen serena de la respuesta de Dios al pecado del hombre: no el rostro airado sino una luz, dulce como una caricia; no la voz amenazadora, sino una sonrisa acogedora, dirigida a quien, alejándose del Señor, se ha ya infligido a sí mismo demasiado daño.

 

La ambivalencia del arco expresa una paradoja: la cólera de Dios no es otra cosa que su sonrisa y su severidad coincide con su ternura; la justicia es misericordia y, de su arco, no son lanzadas otras flechas que las del amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Alzo la mirada de mi pecado y descubro en el cielo el arcoíris”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Génesis 9,8-15

 

9,8: Dios dijo a Noé y a sus hijos: 9,9: —Yo hago una alianza con ustedes y con sus descendientes, 9,10: con todos los animales que los acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. 9,11: Hago alianza con ustedes: El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que destruya la tierra. 9,12: Y Dios añadió: Ésta es la señal de la alianza que hago con ustedes y con todos los seres vivientes que viven con ustedes, para todas las edades: 9,13: Pondré mi arco en el cielo, como señal de alianza con la tierra. 9,14: Cuando yo envíe nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, 9,15: y recordaré mi alianza con ustedes y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes. – Palabra de Dios

 

Los pueblos de Mesopotamia debían su prosperidad a dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates y sin embargo temían a las aguas que, de fuentes de vida, frecuentemente se transformaban en agentes de muerte y destrucción. Habían sido capaces de controlar el fuego, la forja de los metales, la domesticación de animales, pero se sentían impotentes frente a inundaciones y maremotos. El agua, como el arco, es ambivalente: puede ser signo de vida o símbolo de muerte, representa un don del cielo y es considerada como instrumento de castigo en manos de la justicia divina.

 

En las tradiciones antiguas del Medio Oriente está presente por doquier el recuerdo de las grandes aguas, que en tiempos remotos habían sumergido la tierra. Los geofísicos aseguran, que, hace siete u ocho mil años, la desglaciación provocó el aumento del nivel de agua de los mares hasta casi cien metros, causando por todas partes cataclismos impresionantes.

 

De la experiencia de estas catástrofes habrían nacido los numerosos mitos del diluvio que han llegado hasta nosotros. La versión más antigua, en lengua sumeria, se remonta al tercer milenio a.C. Se trata de un relato que intenta explicar el significado de estas catástrofes, son reflexiones sapienciales que muchos pueblos han tomado después y reelaborado, adaptándolas a sus convicciones religiosas. También Israel ha conocido estos mitos y ha narrado uno en la Biblia, después de haberlo purificado de todos los elementos incompatibles con su fe. Le ha servido para mostrar cuánto Dios odia el mal (cf. Gen 6,5-9,28).

 

La historia comienza con una dramática descripción del mal: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón. Y dijo el Señor: Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado; al hombre con los cuadrúpedos, reptiles y aves, porque me arrepiento de haberlos hecho” (Gen 6,5-7). Son frases que producen desconcierto, son imagines impactantes, de entre las más audaces de toda la Biblia; tienen un único objetivo: indicar, del modo más provocativo, cuán implicado está Dios en la historia del mundo y del hombre.

 

En los mitos mesopotámicos, la causa del diluvio era la cólera del Dios supremo, importunado o molestado en su quietud, por demasiado ruido que producían los hombres sobre la tierra; en el relato bíblico, sin embargo, la intervención del Señor viene determinada por la acumulación de la violencia: “La tierra estaba llena de crímenes” (Gen 6,13). No se trataba de un mal hecho a Dios sino de las atrocidades cometidas por los hombres contra sus semejantes, lo que provocó la indignación del Señor; no las blasfemias contra el Señor, sino las reciprocas infamias las que hicieron intolerable a los ojos de Dios la degradación a que había llegado mundo.

 

Una humanidad invadida por odios, injusticias, abusos es incompatible con el proyecto de Dios, que quiere a sus hijos solidarios y unidos en el amor.

 

A este punto no es difícil captar el significado del relato del diluvio universal.

 

El autor sagrado se ha servido de un mito muy difundido en su tiempo no para enseñar que Dios se impacienta y castiga –Dios no ha provocado nunca inundaciones ni ninguna otra catástrofe–, sino para invitar a no desanimarse nunca frente al mal existente en el mundo. Aun cuando la maldad haya superado todo límite, quien tiene fe en el Señor cultiva la esperanza porque sabe que Dios ha decidido crear una humanidad nueva, no a partir de las cenizas de los hombres sino de las ruinas de la sociedad malvada que ellos han proyectado y construido.

 

El pasaje propuesto hoy en la lectura pone fin al relato del diluvio y sintetiza el mensaje. Dios no se resigna frente al mal, interviene para reparar y reconstruir; da comienzo a una humanidad nueva a la cual promete solo cosas buenas y asegura toda clase de bendiciones: “Yo hago una alianza con ustedes y con sus descendientes …el diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que destruya la tierra” (vv. 9-11).

 

Hay que notar que su juramento de no castigar más a los hombres, no depende de que éstos pongan fin a sus pecados y se comporten bien. Dios promete sin pedir contrapartida alguna, su compromiso es: bendecir siempre y en todas partes. Su amor es completamente gratuito.

 

Este es el mensaje consolador que la Biblia lanza, desde sus primeros capítulos: Dios no espera a que el hombre se convierta en una buena persona para ser generoso con él, lo acepta así como es y, con su amor, lo transforma en criatura nueva.

 

El pasaje termina con la imagen del arcoíris, signo de la primera alianza estipulada por Dios, una alianza anterior a la que hizo con Abraham y que tuvo como señal la circuncisión.

 

Noé no era Israelita, ni cristiano, ni musulmán, “era un hombre recto y honrado que trataba con Dios” (Gen 6,9), era el prototipo de la humanidad nueva que no conoce discriminaciones de razas, pueblos y religiones. Con esta humanidad Dios ha estipulado un pacto, prometiendo a todos una salvación incondicionada.

 

Es la primera manifestación de su voluntad salvífica universal, afirmada después explícitamente en el Nuevo Testamento: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Tm 2,4).

 

Quizás esperábamos, como primera lectura de la Cuaresma, un texto que exhortase al ayuno, a la penitencia y a la mortificación. Sin embargo, la liturgia invita a la alegría, proponiéndonos una promesa de Dios que asegura que ninguna maldad del hombre será capaz de frustrar su proyecto de amor.

 

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Segunda Lectura: 1 Pedro 3,18-22

 

3,18: Porque Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos para llevarlos a ustedes a Dios: sufrió muerte en el cuerpo, resucitó por el Espíritu 3,19: y así fue a proclamar también a las almas encarceladas: 3,20: a los que en un tiempo no creían, cuando la paciencia de Dios esperaba y Noé fabricaba el arca, en la cual unos pocos, ocho personas, se salvaron atravesando el agua. 3,21: Para ustedes, todo esto es símbolo del bautismo que ahora los salva, que no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia; por la resurrección de Jesucristo, 3,22: que subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios después de poner bajo su dominio a los ángeles, a las potestades y a las dominaciones. – Palabra de Dios

 

En esta lectura Pedro retoma la historia del diluvio, sirviéndose de ella para explicar a los cristianos de su tiempo los efectos producidos por el bautismo. Noé fue salvado de las aguas del diluvio gracias al arca que Dios le había mandado construir y con él se salvaron también su familia y los animales, para que la creación liberada del pecado, pudiera recomenzar.

 

El agua del bautismo produce los mismos efectos: destruye al hombre antiguo y hace nacer a un hombre nuevo; señala el fin del pecado, de la vida corrompida y da inicio a una vida nueva, según el espíritu.

 

Esta renovación es posible porque Cristo, el justo, ha muerto una sola vez por los pecados de todos. Es él quien comunica a la iglesia el Espíritu de la vida; es él quien da, al agua del bautismo, la fuerza para destruir el pecado y la muerte y resucitar a una vida nueva.


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Evangelio: Marcos 1,12-15

 

1,12: Inmediatamente el Espíritu lo llevó al desierto, 1,13: donde pasó cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía con las fieras y los ángeles le servían.1,14: Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios 1,15: diciendo: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia. – Palabra del Señor

 

Todos los años, en el primer domingo de cuaresma, el pasaje evangélico trata de las tentaciones de Jesús en el desierto. El relato de Marcos es el más breve, refiere el hecho en solo dos versículos (vv. 12-13). Frente a estas pocas líneas, algunos predicadores se encuentran con la dificultad de componer un homilía por lo que recurren a las tres tentaciones referidas por Mateo y Lucas. Mejor evitar recurrir a este pobre expediente y limitarse al texto de Marcos, que es ya bastante rico.

 

Notemos: es el Espíritu quien, después de haberse posado sobre Jesús en forma de paloma (cf. Mc 1,10), lo empuja al desierto.

 

Si “tentar” equivaliera a “incitar al mal”, el espíritu no le habría hecho ningún favor a Jesús; en la oración del Padre Nuestro pedimos a Dios que “no nos deje caer en la tentación”. Y, sin embargo, en la Biblia, se afirma frecuentemente que Dios pone a prueba a los elegidos, no a los malvados (cf. Eclo 2,5).

 

Hay tentaciones, en efecto, que no instigan al mal: son situaciones con las que también el hombre justo tiene que enfrentarse; son los momentos en que nos vemos obligados a tomar decisiones y que constituyen ocasiones propicias para hacer más solida y convencida la fe.

 

Quien quiere crecer, mejorar, purificarse, reforzar la propia adhesión a Dios no puede estar exento de estas pruebas. Ni siquiera Jesús se libró de ellas y, es precisamente esto, lo que le hace más cercano, lo coloca a nuestro lado, porque también el “como nosotros, ha sido probado en todo, excepto el pecado” (Heb 4,15).

 

¿Por qué el evangelista coloca la prueba de Jesús en el desierto? ¿Qué representa este lugar?

 

No hay duda de que Jesús, como el Bautista, como muchos otros ascetas de su tiempo, ha debido transcurrir algún periodo de su vida en soledad, meditando y orando, quizás en alguna gruta de la región árida y desolada que se extiende alrededor del mar Muerto. Entonces nos preguntamos: ¿ha querido Marcos restringir el tiempo en que Jesús ha sido tentado, reduciéndolo a la duración de esta breve experiencia en algún lugar solitario?

 

No es posible: esto no solo contradiría la afirmación antes citada de la Carta a los Hebreos, sino que convertiría a Jesús en un extraño, en uno que ha sido eximido de nuestras dificultades, que ha gozado de privilegios, a quien apenas le han rozado –o ni siquiera esto– las angustias y las dudas que nos acompañan a nosotros a lo largo de toda la vida. Un Jesús así no nos interesaría más.

 

El número cuarenta aclara, de modo irrefutable, la intención del evangelista: en la simbología bíblica indica toda una generación, con particular referencia a aquella que atravesó el desierto, fue tentada en el desierto y murió en el desierto. Toda la vida de Jesús está, por consiguiente, representada en estos cuarenta días transcurridos en el desierto: la prueba le ha acompañado a lo largo de toda su vida. En el desierto ha entrado inmediatamente después del bautismo recibido a manos de Juan: ha iniciado su éxodo, ha comenzado la lucha contra Satanás, una lucha dura que se ha prolongado hasta el momento en el que, victorioso, ha salido del desierto, en el momento de su muerte.

 

¿Y quién es satanás, este personaje que aparece junto a él?

 

La palabra hebrea satán no es nombre propio de persona, sino un nombre común: indica a quien se pone en contra, se coloca de frente como adversario y acusador. Era imaginado, en tiempos de Jesús, como un espíritu maligno, enemigo del bien del hombre, destructor de la obra de Dios. En nuestro pasaje bíblico es la personificación de todas las fuerzas del mal contra las que Cristo ha luchado durante los “cuarenta días” de su breve vida sobre la tierra.

 

Este antagonista de Dios y del hombre se esconde también hoy en los impulsos hacia el odio, rencor, egoísmo, frenesí de poder, manía de dominar, en las pasiones desenfrenadas que producen corrupción y muerte. Son estos los “satanás” contra los que todo hombre, como ha hecho Jesús, está llamado enfrentarse, no con prácticas de exorcismos, sino con la fuerza del Espíritu que actúa en la palabra del evangelio y en los sacramentos. Es a través de esta lucha interior que nos viene ofrecida la oportunidad de madurar y de crecer: “hasta que todos alcancemos el estado de hombre perfecto y la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13),

 

En su relato, de claro valor simbólico, el evangelista introduce otros dos personajes: las fieras y los ángeles que –nótese bien– no entran en escena para servir a Jesús al final de los cuarenta días, sino que están a su lado durante toda su permanencia en el desierto. ¿A quién representan?

 

Muchos piensan que, aludiendo a bestias feroces amansadas, Marcos se refiera a la condición paradisiaca, cuando Adán había asignado el nombre a los animales y vivía con ellos en perfecta armonía (cf. Gen 2, 19-20). Con el inicio de su vida pública, Jesús habría comenzado a instaurar en el mundo la paz universal y nuevas relaciones con la naturaleza y con los animales.

 

Más que al libro del Génesis, creo que el evangelista haga referencia a una página memorable del libro de Daniel (cf. Dan 7) donde las fieras representan los poderes opresores del mundo: el imperio sanguinario de los babilonios viene representado por el león, el de los medos por el oso, el de los persas por el leopardo, el de Alejandro y sus sucesores por una cuarta bestia indefinida pero espantosa y terrible. En vez de servir a los pueblos e instaurar la paz y la justicia, estos reinos han oprimido a los débiles, sometiendo y esclavizando por siglos a enteras naciones.

 

Si es ésta, como pienso, la referencia apuntada por Marcos, entonces las fieras con las que se confronta Jesús durante su vida son los dominadores de este mundo: los detentores del poder político, económico y religioso (los saduceos, el sinedrio, los sumos sacerdotes), los guías espirituales (los escribas) que “con pretexto de largas oraciones devoran los bienes de las viudas” (Mc 12,40); son aquellos que predicaban un Dios justiciero y enemigo de los pecadores (los fariseos).

 

Jesús ha luchado para defender al hombre, para liberarlos de las garras de las instituciones que en vez de servir tiranizaban al pueblo.

 

El evangelista quiere poner en guardia a los discípulos que tendrán que lidiar con las mismas bestias: los poderes económicos que explotan y obligan a vivir en la miseria a pueblos enteros, las ideologías insensatas que inducen a cometer locuras y crímenes, los fanatismos, los fundamentalismos religiosos, el racismo.

 

También los ángeles, como las fieras vienen identificados por sus referencias bíblicas. El termino ángel no designa necesariamente un ser espiritual como es creencia común; indica “todo mediador” de la salvación de Dios y se aplica a quien se convierta en instrumento en las manos de Dios a favor del hombre. Moisés que ha guidado a Israel en el desierto es llamado “ángel” (cf. Ex 23,20.23), el Bautista viene presentado por Marcos como un ángel (cf. Mc 1,2). Ángeles del Señor son todos aquellos que colaboran con el plan de Dios, que se empeñan en llevar adelante el mundo nuevo iniciado por Cristo.

 

Durante “sus cuarenta días” Jesús ha encontrado fieras, pero también muchos ángeles en su camino. Ángeles que le han cuidado como como sus padres, las mujeres que lo han asistido durante su vida pública, los que han compartido con él los valores que propuso lo mismo que sus elecciones, los que se han puesto de su lado –lo han “servido”– colaborando a su obra de salvación.

 

Son muchos, también hoy, los ángeles que en su providencia el Señor hace aparecer, especialmente en momentos difíciles, junto a cada discípulo suyo. Es un ángel quien logra restablecer la paz en la vida de un matrimonio, quien consuela a los afligidos de corazón, quien indica el camino del Señor, quien comunica alegría e infunde esperanza. Existe, sin embargo, también para el discípulo, el peligro de transformarse, quizás de buena fe, en satanás, en fiera. Le ha sucedió a Pedro cuando, rechazando ir detrás de Cristo, quiso ponerse delante del Maestro para enseñarle “otro” camino, el suyo (cf. Mc 8,33); puede sucedernos también a nosotros cuando olvidamos los principios evangélicos y nos adecuamos al “magisterio” de este mundo que predica violencia, prepotencia, hedonismo, rechazo del sacrificio.

 

En la segunda parte del pasaje bíblico, Marcos indica el lugar donde Jesús ha comenzado su anuncio, Galilea; después ofrece una síntesis de su mensaje: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (vv. 14-15).

 

El lugar escogido para inaugurar la misión reviste un significado teológico. Jesús no se ha detenido en el desierto donde había desarrollado su obra el Bautista, no ha pretendido, como éste, que la gente fuera a buscarlo; ha dejado que cada uno permaneciera en su casa y en su ambiente y ha sido él quien ha buscado a los que tenían necesidad de su comprensión y de su ayuda.

 

No se ha dirigido a Jerusalén, la capital religiosa donde residían los judíos puros y donde los sacerdotes ejecutaban sus ceremonias litúrgicas de modo impecable. Se ha dirigido hacia la región mas despreciada, la Galilea de los paganos. A lo largo de la orilla del lago ha encontrado a los pescadores que repasaban las redes; junto a la aduana de Cafarnaúm ha encontrado a Leví, sentado en el banquillo de los impuestos y lo ha llamado; ha entrado en las casas de los publicanos donde lo esperaban los pecadores y se ha sentado a la mesa con ellos. Ha tenido para todos los marginados un mensaje de alegría de parte del Señor: el tiempo de la preparación ha terminado, ha comenzado la época nueva de la historia, el reino de Dios está cerca.

 

El reino de Dios. ¡Cuántas emociones suscitaba en los israelitas esta expresión! Para la mayoría del pueblo significaba la restauración de la monarquía davídica y la venida del mesías para derrotar y humillar las naciones paganas; para los fariseos era el tiempo en que se observaría fielmente las prescripciones de la Ley. Por el contrario, los detentores del poder político, religioso y, sobre todo, económico, no deseaban ningún reino nuevo y preferían perpetuar el existente.

 

Anunciando la cercanía del reino de Dios, Jesús ha despertado en muchos, antiguas y adormecidas esperanzas, en otros, desconfianzas; en los detentores del poder abierta hostilidad. Anunciaba una sociedad radicalmente nueva fundada sobre principios opuestos a aquellos que, hasta entonces, habían caracterizado las relaciones entre los hombres. No más el dominio, sino el servicio; no la acumulación egoísta de bienes, la búsqueda del propio interés y la carrera a los primeros puestos, sino la decisión de compartir todo hasta eliminar la pobreza; no la venganza y la injusticia implacable de los hombres sino el perdón sin condiciones y el amor al enemigo.

 

¿Ilusiones de un soñador? No, propuesta concreta, aunque aparentemente difícil de realizar, porque contraria a las inclinaciones del hombre que, por instinto, es llevado a replegarse sobre su propio interés. “¡Crean al evangelio!” –recomendaba Jesús– y confíen en la Buena Noticia, acojan la propuesta de Dios y el reino de los cielos, que está “cerca” será vuestro, constituirá la parte más intima de vuestro ser. No es una utopía irrealizable sino posible; es más, lo nuevo ha ya surgido (cf. 2 Cor 5,17).

 

 

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