2do. Domingo de Cuaresma – Año B (1 Marzo, 2015)

También a Dios le gusta recibir regalos

 

 

Introducción

 

Es siempre difícil y delicada la elección de un regalo, no solo porque presupone el conocimiento de los deseos, de las expectativas y, a veces, de los gustos extraños de la persona a quien va destinado el regalo sino, sobre todo, porque inconscientemente percibimos que con el regalo entregamos una parte de nosotros mismos.

 

Los más apetecidos no son los regalos costosos, sino aquellos que revelan el mayor compromiso personal de quien lo ofrece. Para el cumpleaños de su mujer, Clara, el virtuoso pianista, Robert Schumann, compuso el célebre Sueño y lo acompañó con una dedicatoria: “La pieza no se adecua a tus cualidades, pero expresa todo mi amor”. Era el corazón lo que entregaba Schumann a su mujer a través de la música.

 

A la persona amada estamos dispuestos a entregarle lo que más queremos. Abrahán amaba al Señor hasta tal punto de que llegó incluso a pensar ofrecerle su primogénito, el hijo que amaba más que a la misma vida.

 

Navidad es la fiesta del regalo. Intercambiamos regalos porque hemos comprendido que “Tanto amó Dios al mundo que entregó a Hijo Único” (Jn 3,16), invitándonos, al mismo tiempo, a corresponder a su amor y convirtiéndonos a nosotros mismos en un don para nuestros hermanos. “Hemos conocido lo que es el amor en aquel que dio la vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3,16).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Señor espera de mi un regalo: el don de mi vida a los hermanos”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18

 

22,1: Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán, diciéndole:¡Abrahán! Respondió: Aquí me tienes. 22,2: Dios le dijo: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré. 22,9: Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña 22,10: Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; 22,11: pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:¡Abrahán, Abrahán! Él contestó: Aquí estoy. 22,12: Dios le ordenó:  No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ya he comprobado que respetas a Dios, porque no me has negado a tu hijo, tu único hijo.

 

22,13: Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en los matorrales. Abrahán se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. 22,15: Desde el cielo, el ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán: 22,16: —Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber obrado así, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, 22,17: te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. 22,18: Todos los pueblos del mundo se bendecirán nombrando a tu descendencia, porque me has obedecido. – Palabra de Dios

 

¿Cómo es posible que Dios haya pedido a un hombre sacrificar a su propio hijo? Es el interrogante que surge espontáneamente después de haber leído este relato.

 

Es necesario aclarar, ante todo, que las expresiones Dios dijo, Dios habló…que aparecen frecuentemente en la Biblia, no hay que entenderlas al pie de la letra; nunca el oído humano ha captado la voz del Señor. Esto no quiere decir que Dios no haya hablado realmente. Lo ha hecho y de muchas maneras: ha dejado impreso su mensaje en la creación, ha iluminado a Moisés, ha inspirado a los profetas y continúa a sugerir a cada hombre, en lo más íntimo de su conciencia, el camino hacia la vida.

 

Lo que la lectura de hoy presenta como una demanda hecha por Dios a Abrahán, no es otra cosa, en realidad,  que una idea errónea surgida en la mente del patriarca respecto a la voluntad del Señor, idea puesta después en boca del mismo Dios.

 

Para nosotros es inconcebible que un padre pueda imaginar a un Dios que exige, como prueba de fidelidad, el sacrificio de un hijo ofrecido para ser pasto de las llamas Y, sin embargo, en tiempos remotos ésta era una costumbre difundidísima. Era practicada no solamente por los Moabitas quienes, cuando se encontraban en una situación desesperada, sacrificaban sus primogénitos a su dios Chemosh (cf. 2 Re 3,26-27) y por los Amonitas que ofrecían sus hijos a Moloc (cf. Lev 18,21), sino también por los reyes hebreos Acaz (cf. 2 Re 16,3) y Manasés (cf. 2 Re 21,6). El valle de Ben-Hinón era considerado maldito por ser el lugar donde se habían sacrificado a niños (cf. 2 Re 23,10).

 

Educados por los profetas, los israelitas habían abandonado pronto los sacrificios humanos (cf. Mi 6,7), pero la costumbre siguió en otros pueblos.

 

En un mundo en que esta costumbre era normal, es comprensible que Abrahán, quizás en ocasión de una gran calamidad, haya pensado o un falso profeta le haya sugerido inmolar a Dios su hijo más querido.

 

Esclarecido lo que pude ser el origen del relato, vayamos al mensaje.

 

La primera enseñanza, la más evidente e inmediata, es que el Dios de Israel repudia, como un crimen abominable, el sacrificio de niños. Pretender sacrificios humanos ha sido siempre una de las características de los ídolos. El Dios de Israel, sin embargo, deteniendo el brazo de Abrahán que estaba a punto de golpear a su hijo, ha mostrado ser el Señor que ama la vida (cf. Sab 11,26), el que “da la vida y aliento a todos” (cf. Hch 17,25) y “no quiere la muerte de nadie” (cf. Ez 18,32).

 

Cualquier atentado contra la vida, aunque sea el perpetrado contra un criminal, no se puede enmascarar nunca como un acto de amor a Dios y su justicia. La muerte, toda forma de muerte, no está  nunca en sintonía con su voluntad, y si una religión impone practicas degradantes, si crea ansiedad y angustia, si quita la alegría de vivir, poniendo obstáculos a la libertad y al pleno desarrollo de la libertad humana, no rinde culto al verdadero Dios sino a un ídolo.

 

El mensaje central del relato es, sin embargo, otro y está en relación con la fidelidad de Abrahán. Él ha pensado de buena fe, aunque erróneamente, que Dios le exigía su hijo…y el patriarca estaba dispuesto también a ofrecer este sacrificio.

 

Había creído siempre ciegamente en el Señor: había salido de su tierra, había renunciado a la seguridad que le daba su casa paterna y la protección que le aseguraba la familia y la tribu’ a la que pertenecía (cf. Gen 12,1), había quemado los puentes que le unían al pasado, seguro de que Dios realizaría sus promesas, le daría una tierra, una bendición y, sobre todo, una numerosa descendencia.

 

Aun cuando, confrontado con el aparente absurdo de algunas situaciones que vivió, le había parecido que Dios se contradecía así mismo, Abrahán mantuvo inamovible su fe. En un cierto momento, le pareció que Dios quería privarle de todo: del pasado (tierra y casa paterna), del futuro (posteridad),  aún es esta dramática situación, continuó a creer en la fidelidad del Señor. Superó toda prueba.

 

Al principio de la Cuaresma su fe se propone como modelo a todo aquel que quiere entregar su vida en las manos del Señor.

 

Como Abrahán, todo creyente escuchará de Dios las promesas de alegría y paz, pero experimentará también las desilusiones y tendrá que afrontar momentos difíciles. Está llamado a mantener intacta la fe en situaciones que le parecerán absurdas, deberá siempre alimentar la convicción de que Dios no le defraudará.

 

El relato termina con una nueva, solemne referencia a las promesas del Señor (vv. 15-18). Después de la prueba, se repiten de nuevo a Abrahán para infundirle ánimo y acrecentar su fe.

 

Abrahán murió “sin haber recibido lo prometido, aunque viéndolo y saludándolo desde lejos” (Heb 11,13). Como él, también el verdadero creyente se fía del Señor aun cuando la espera de la realización de las promesas se prolongue más allá de todo límite y las apariencias parezcan demostrar lo contrario.

 

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Segunda Lectura: Romanos 8,31b-34

 

8,31: Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? 8,32: El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él? 8,33: ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve, 8,34: ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? – Palabra de Dios

 

A mitad de su carta, Pablo, después de haber considerado el proyecto que Dios quiere realizar, es decir, la salvación de todos los hombres, no puede menos que gritar toda su alegría: “Si Dios está de nuestra parte ¿quién estará en contra?” (v. 31b). Continúa después imaginando que los pecadores son conducidos ante el tribunal de Dios para dar cuenta de sus acciones. Saben que son culpables pero, llegado el momento del juicio, se encuentran con la gran sorpresa: nadie se presenta para acusarlos y ningún juez se levanta para condenarlos.

 

Jesús, por su parte, no puede pronunciar sentencia alguna contra los pecadores: han sido sus mejores amigos y por ellos ha sacrificado su vida (v. 34).

 

Esta breve lectura contiene una declaración incontestable: el amor de Padre es definitivo y gratuito y no puede ser cancelado por pecado alguno; no hay infidelidad humana que sea más fuerte que este amor.


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Evangelio: Marcos 9,2-10

 

9,2: Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: 9,3: su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. 9,4: Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. 9,5: Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías 9,6: –No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo–.9,7: Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo. 9,8: De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. 9,9: Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 9,10: Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos. – Palabra del Señor

 

Cada año, en el segundo domingo de cuaresma, nos viene propuesta la transfiguración del Señor. El mensaje de este pasaje no es claro ni fácil de captar a primera vista porque se nos transmite en un leguaje lleno de imágenes simbólicas que requieren una explicación.

 

La escena está ambientada en un lugar apartado, en un monte alto, a donde Jesús ha subido con tres de sus discípulos (v. 2), los mismos que serán testigos de su agonía en el Getsemaní (cf. Mc 14,33). Marcos subraya el hecho de que están solos.

 

Jesús se comporta como los rabinos quienes, cuando querían revelar su secreto o transmitir una enseñanza verdaderamente importante, se retiraban con sus discípulos a un lugar solitario, alejado de oídos indiscretos, para evitar ser escuchados por quienes no eran capaces de entender o hubieran podido malentender lo escuchado.

 

Tampoco en el monte Sinaí la palabra de Dios había se dirigió directamente a todo el pueblo. Moisés había subido hacia Dios, la primera vez, solo (cf. Ex 19,2ss), después había llevado consigo a tres personas: Aarón, Nadab y Abihú (cf. Ex 24,1). El lugar de las manifestaciones del Señor no era accesible a todos: para acercarse eran necesarias disposiciones particulares y una gran santidad.

 

El hecho de que Jesús haya reservado la revelación a algunos discípulos y que, al final, les haya recomendado no divulgarla, indica que los ha hecho partícipes de una experiencia muy significativa, pero todavía muy elevada como para ser comprendida por todos.

 

La revelación ha tenido lugar en un monte alto (v. 2) que la tradición cristiana ha identificado como el Tabor, la montaña cubierta de pinos, encinas y terebintos que surge, solitaria, en el centro de la extensa llanura de Esdrelón. Desde los tiempos más remotos, había en la cima un altar donde se ofrecían sacrificios a las divinidades paganas. Hoy el lugar invita al recogimiento, a la reflexión, a la oración y los peregrinos que lo visitan se sienten casi naturalmente impulsados a elevar la mirada al cielo y el pensamiento a Dios.

 

Por cuanto parezca sugestiva esta experiencia, hay que recordar que el texto evangélico no habla del Tabor, sino de un monte elevado y esta expresión tiene claras resonancias bíblicas. El monte en la Biblia es el lugar donde tienen lugar las manifestaciones del Señor y los grandes encuentros del hombre con Dios. Moisés (cf. Ex 24,15ss) y Elías (1 Re 19,8), los mismos personajes que aparecen durante la transfiguración, han recibido sus revelaciones en el monte. Más que un lugar material, el monte indica el momento en que la intimidad con Dios llega a su punto culminante. Se trata de esa experiencia sublime que los místicos llaman la unión del alma con Dios, aquella en que la persona, disolviéndose casi en su Señor, siente que se identifica con los divinos pensamientos, sentimientos, palabras y acciones.

 

Jesús se aleja de la llanura donde los hombres se dejan conducir por principios que frecuentemente van en contra a los de Dios y conduce hacia lo alto a algunos discípulos; los quiere ajenos a los razonamientos y convicciones de los hombres, para introducirlos en los pensamientos más recónditos del Padre, en sus inescrutables designios sobre el Mesías. Lucas es todavía más explícito  cuando refiere el tema del diálogo de Jesús con Moisés y Elías. Afirma que éstos, aparecidos en su gloria, hablaban con él, del don de la vida, que Jesús estaba para ofrecer (cf. Lc 9,31). Es ésta la revelación desconcertante que algunos discípulos, no todos, han recibido del cielo aquel día.

 

Las vestiduras blancas (v. 3) manifiestan exteriormente la identidad de Jesús. El color blanco era el símbolo del mundo de Dios, el signo de la fiesta y de la alegría. Se decía que en el reino de Dios los elegidos llevarían cándidas vestiduras que “emitirían destellos como rayos del sol”. La imagen viene retomada en el Apocalipsis: a los ojos del vidente los elegidos aparecen en el cielo llevando “vestiduras blancas” (cf. Ap 7,13).

 

Moisés y Elías son dos célebres personajes de la historia de Israel. El primero es el mediador de quien Dios se ha servido para liberar a su pueblo y darle la Torá, es decir la Ley. Viene introducido en la escena de la transfiguración para dar testimonio de que Jesús es el profeta anunciado por él cuando, antes de morir, ha prometido a los israelitas: “El Señor, tu Dios te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán” (Dt 18,15).

 

La invitación a escucharlo que se encuentra al final del relato, es una confirmación de ello. Elías, a su vez, es el primero de los profetas, es aquel que ha sido arrebatado al cielo (cf. 2 Re 2,11-12) y que se pensaba regresaría antes de la venida del mesías. En la escena de la transfiguración entra también él como testigo: declara, en nombre de todos los profetas, que Jesús es el esperado mesías.

 

También las tiendas (v. 5) que Pedro quiere construir tienen su significado simbólico.

 

Al final del año, al término de la estación de las cosechas, se celebraba en Israel la fiesta de las tiendas que duraba una entera semana. Eran construidas para recordar los años trascurridos en el desierto, para traer a la memoria las obras realizadas por el Señor en el pasado. Era una fiesta, sin embargo, que invitaba a mirar hacia el futuro. El profeta Zacarías había anunciado que a la venida del mesías, todos los pueblos se encontrarían en Jerusalén para celebrar juntos la fiesta de las tiendas (cf. Zac 14,16-19). Refiriéndose a este oráculo, los rabinos describían el tiempo del mesías como una perenne “fiesta de las tiendas”.

 

Pidiendo construir tres tiendas, Pedro se refiere a este significado simbólico. Está convencido de que ha llegado el reino de Dios, la época del reposo y de la fiesta perenne anunciada por los profetas; no ha entendido el verdadero significado de la escena a que está asistiendo. Continúa cultivando la ilusión de que sea posible entrar en el reino de los cielos sin haber pasado a través del don de la propia vida. Marcos anota: “No sabían lo que decían porque estaban llenos de miedo” (v. 6).

 

El miedo no indica temor ante un peligro; es, de hecho, difícil imaginar a los discípulos en éxtasis por la alegría (v. 5) y, al mismo tiempo, paralizados por el terror (v. 6). Cuando la Biblia habla de terror ante una manifestación del Señor, se refiera a la maravilla, al estupor que envuelve a quien entra en contacto con el mundo de Dios.

 

La nube y la sombra son imágenes que aparecen frecuentemente en el Antiguo Testamento y que sirven para indicar la presencia de Dios. El Señor se manifiesta a Moisés en “una nube espesa” (cf. Ex 19,9). Una nube acompaña a los israelitas a través del desierto (cf. Ex 40,34-39) y cubre la tienda donde Moisés se encuentra con el Señor (cf. Ex 33,9-11). Es el signo de la presencia de Dios.

 

At final de la escena de la transfiguración, de la nube sale una voz: es la interpretación que Dios da’ a todo el episodio (v. 7).

 

Después de haber explicado los diversos símbolos, hagamos una síntesis del mensaje que la extraordinaria experiencia de los apóstoles quiere comunicarnos.

 

El relato de la transfiguración ocupa exactamente el centro del evangelio de Marcos. Desde el comienzo, los discípulos se han estado preguntando sobre la identidad de Jesús (cf. Mc 1,27; 4,41; 6,2-3) y, a un cierto punto, han comenzado a intuir que era el mesías. Todavía, sin embargo, no tenían las ideas claras. Compartían la opinión difundida en el pueblo de que el mesías sería un rey capaz de instaurar, de manera prodigiosa e inmediata, el reino de Dios sobre la tierra.

 

Esta convicción se desprende de las palabras de Pedro que quiere construir tres tiendas: piensa que ha llegado el reino de Dios y que, para participar en él, no es necesario pasar a través de la muerte.

 

En un momento particularmente significativo de sus vidas, los tres privilegiados discípulos han sido introducidos por Jesús en los pensamientos de Dios; han gozado de una iluminación que les ha hecho comprender la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino: él no sería el rey glorioso que esperaban, sino un mesías ultrajado, perseguido y matado. No obstante, su destino último no sería el sepulcro sino la plenitud de la vida.

 

La transfiguración fue una experiencia espiritual extraordinaria en la que Jesús trató de convencerles de que solo quien entrega la vida por amor la realiza plenamente.

 

No es posible entrar en el reino de Dios a través de atajos como Pedro hubiera querido hacer. Es necesario que todo discípulo acepte animosamente la disposición del Maestro a donar su vida. ¿Ha sido suficiente la experiencia del monte para que los tres discípulos asimilaran esta verdad?

 

La observación conclusiva del evangelista: “ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos”, deja entender que salieron de la revelación recibida solamente trastornados, no convencidos. Es evidente que no fueron capaces de comprender que en Jesús, que se disponía a dar la vida, Dios estaba revelando toda su gloria, todo su amor por el hombre. Solo la luz de la Pascua y sus experiencias con el Resucitado abrieron de par en par sus ojos.

 

 

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