Archivo mensual: marzo 2015

Domingo de Ramos – Año B (29 Marzo, 2015)

Jesús, un hombre, no un superhombre

 

Introducción

 

La cruz era el instrumento más cruel y horrible de los suplicios, era la pena capital reservada a los bandidos, a los esclavos rebeldes, a los marginados de la sociedad, a los culpables de delitos execrables. Cicerón, el orador y escritor romano que vivió en el siglo I a.C., habla de la cruz como “un castigo cuyo mismo nombre deber se alejado no solo de la persona de los ciudadanos romanos, sino de sus pensamientos, de sus ojos, de sus oídos”.

 

¿Profesarse seguidores de un crucificado? ¡Una locura! Una vergüenza, una decisión contraria al sentido común. Pablo escribía a los corintios: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Cristo Crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos”  (1 Cor 1,22-23).

 

Desde el comienzo de su historia, los cristianos han escogido los símbolos de su fe. Todavía encontramos gravados en las tumbas de los primeros siglos: el ancla, el pez, el pescador, el pastor, pero no la cruz. Por largo tiempo han mostrado un cierto pudor, por así decir, a identificarse con la cruz. Solo en el siglo IV d.C., se convirtió en el símbolo por excelencia y se comenzó a fabricar cruces con los metales más preciosos, incrustándolas de perlas. Durante la semana santa, este símbolo vendrá propuesto a nuestra contemplación.

 

Venerar la cruz no significa inclinarse ante un objeto material, ni siquiera fijar nuestra atención en el dolor físico de la pasión de Jesús. La cruz indica una elección de vida, la del don de sí. Contemplarla significa tomarla como punto de referencia de todas nuestras decisiones.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Te seguiré a donde quiera que vayas, repite la esposa al amado”.

 

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5to. Domingo de Cuaresma – Año B (22 Marzo, 2015)

No es fácil vivir de acuerdo con Dios

 

Introducción

 

Si un padre se viera acusado por sus hijos de haberlos engañado, de no haber buscado su bien sino su ruina, se sentiría destruido, desconsolado, indignado, presa de la indignación o del rencor, o bien reducido a un triste silencio.

 

Esta acusación infamante, dirigida repetidamente a Moisés por los israelitas: “¿Por qué nos has sacado de Egipto? ¿Para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?” (Ex 17,3), un día también fue lanzada la pregunta al mismo Dios. En Qadesh-Barbea, los israelitas se encontraron con un pueblo de gigantes y tal fue el pánico que se apoderó de ellos que se consideraron como langostas frente a aquellos individuos. Pensaron que Dios los había engañado, que los había conducido a aquel desierto para hacerlos morir por la espada y se dijeron unos a otros: “nombraremos a un jefe y volveremos a Egipto” (Nm 14,1-4).

 

Nada podía ofender más al Señor que esta falta de confianza por parte de su pueblo. Con audaz antropomorfismo, el autor sagrado pone en boca de Dios esta reacción: “¿Hasta cuándo no me creerán con todos los signos que he hecho entre ellos? Voy a herirlo de peste y desheredarlo” (Nm 14,12). El lenguaje no puede ser más expresivo: muestra cuán herido se siente Dios cuando alguien sospecha que él desee la muerte y no la vida del hombre.

 

Los senderos indicados por el Señor parecen, es verdad, desembocar en la muerte, pero la meta última es la vida. Tendríamos todas las razones para no creerle si él mismo no hubiera recorrido en persona este camino y si no nos hubiera dado, junto a un corazón nuevo, el coraje de fiarnos de él y de seguirle.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Jesús, manso y humilde de corazón, danos un corazón como el tuyo”.

 

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