4to. Domingo de Cuaresma – Año B (15 Marzo, 2015)

Desde allí vendrá a juzgar

 

 

Introducción

 

Un día, Dios evaluará la vida de cada uno como un éxito o un fracaso. Desde allí vendrá a juzgar es uno de los artículos de la fe que profesamos, pero quizás no nos hayamos preguntado nunca qué significa desde allí, ¿dónde es ese desde allí? Seguramente no nos hayamos puesto esa pregunta porque la respuesta nos parecía obvia: regresará desde el cielo.

 

El Resucitado ha prometido a sus discípulos permanecer con ellos “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20), por tanto no hay que esperar ningún regreso y el trono en que está sentado para pronunciar su juicio no hay que colocarlo en el cielo, sino en la tierra. ¿Dónde? He aquí la sorpresa: es desde la cruz que él está juzgando al mundo.

 

Es Jesús, el crucificado el que, destruyendo las expectativas y valores de este mundo, juzga las derrotas como victorias, el servicio como poder, la pobreza como riqueza, la pérdida como ganancia, la humillación como triunfo, la muerte como nacimiento. Es con Jesús crucificado con quien cada uno se debe confrontar, porque solo él es quien nos dice la verdad sobre las decisiones que el hombre debe tomar, y solo su juicio debe ser “temido”, es decir, escuchado y puesto en práctica.

 

No infunde temor el juicio del crucificado. Constituye, eso sí, la condenación más severa de toda maldad, pero es motivo de alegría y esperanza para el pecador; de la boca del Crucificado, en realidad, solamente oímos estas palabras: “yo no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo” (Jn 12,47).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz que yo no tema los juicios de los hombres, sino que siga tus juicios, Oh Crucificado”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 2 Crónicas 36,14-16.19-23

 

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la Casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto, que ya no hubo remedio. Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del Profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años». En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la Palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. El me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!» – Palabra de Dios

 

Los israelitas creían que en el más allá, tanto al justo como al pecador, les estaba reservada la misma suerte: convertirse en “sombras” que vagan en un lugar de silencio, de tinieblas, privados de alegría (cf. Sal 88,13). Consideraban, por eso, el bien y el mal, los éxitos y las desgracias de esta vida como señales seguras de las bendiciones o castigos de Dios por las obras realizadas. También los autores de los libros de las Crónicas pensaban así y el pasaje de hoy es prueba de ello.

 

Estamos en el siglo IV a.C. y han pasado ya muchos años desde que Nabucodonosor ha destruido Jerusalén y deportado a Babilonia a los que se libraron de la espada (vv. 19-20); los exiliados han regresado a la tierra de sus padres y, sin embargo, no logran todavía encontrar una razón que explique la tragedia que se les vino encima. ¿Cómo ha sido posible –continúan preguntándose– que Dios haya permitido la destrucción del templo y de la ciudad santa?

 

La primera parte de la lectura intenta resolver este enigma (vv. 14-18): Israel ha sido golpeado a causa de sus infidelidades y de la insensatez de sus jefes y de sus sacerdotes. El Señor amaba a su pueblo, lo cuidaba, le mandaba profetas para que le indicara el camino de la vida, pero Israel despreció las palabras de los enviados de Dios, los llenaron de escarnio y los persiguieron. Fue entonces cuando el Señor, airado, castigó sin remedio al pueblo que fue derrotado y humillado por los babilonios.

 

La segunda parte de la lectura (v. 21) introduce un segundo ejemplo de castigo riguroso. Antes de la invasión de los babilonios, Israel había dejado de observar el año sabático, no había permitido reposar a la tierra cada seis años para permitir a los pobres y a los animales nutrirse de los frutos espontáneos del terreno (cf. Lv 26,34). Por eso Dios había hecho pagar a su pueblo esta infidelidad enviándolo al exilio por 70 años; así la tierra puedo reposar durante todo el tiempo que le habían “sustraído”.

 

La lógica del libro de las Crónicas nos sorprende y esto hay que aclararlo. Este Señor malhumorado y susceptible nos deja estupefactos.  ¿Qué Dios es éste –nos preguntamos– que se enfada como un hombre cualquiera, se comporta como un contable, toma nota de deudas y créditos, suma y resta fríamente y castiga con severidad incluyendo a los inocentes?

 

Este modo de concebir la retribución levanta dificultades insuperables. ¿Cómo explicar, por ejemplo, las desgracias que afligen a los justos y la prosperidad de la que gozan los malvados? En el colmo de su amargura, Job, desconsolado, se atrevía a decir: ni siquiera yo mismo sé si soy culpable o inocente. Lo único que sé es que detesto la vida porque me veo obligado a concluir que: “Dios trata igual a inocentes y culpables. Si una catástrofe siembra la muerte de improviso, él se burla de la desgracia del inocente; deja la tierra en poder de los malvados y venda los ojos a sus gobernantes: ¿Quién sino él lo hace?; el Qohelet añade: “En mi vida sin sentido he visto de todo: gente honrada que fracasa por su honradez, gente malvada que prospera por su maldad” (Eclo 7,15). Recorriendo la historia de Israel tenemos que admitir que, muchas veces, justamente cuando el pueblo era fiel al Señor caía derrotado a manos de los enemigos.

 

Indudablemente estamos ante un lenguaje arcaico que aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento y que, evidentemente, no es nuestro lenguaje de hoy: presenta como castigo de Dios lo que en realidad es solo una consecuencia de errores humanos. No Dios, sino el pecado es el que castiga a quien lo comete y, a veces, sus nefastas consecuencias repercuten: “en los hijos, nietos y biznietos” (Ex 34,7).

 

Esta era una verdad bien conocida por los sabios del Antiguo Testamente quienes repetían frecuentemente: quien peca contra Dios se daña a sí mismo; cuantos odian a Dios aman la muerte (cf. Prov 8,36); “No busquen la muerte con una vida extraviada ni se atraigan la perdición con las obras de sus manos. Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes” (Sab 1,12-13).

 

No ha sido, por tanto, el Señor quien ha enviado Israel al exilio ni, menos aún, a incitar a Nabucodonosor a desencadenar guerras y cometer crímines y violencias. Ha sido la insensatez del pueblo y de sus gobernantes las que provocaron la ruina. Cuatro siglos más tarde, Jerusalén repetirá el mismo error: rechazará el “camino de paz” propuesto por Jesús, no reconocerá “el tiempo en que Señor la ha visitado” y decretará la propia destrucción (cf. Lc 19,41-44).

 

La lectura concluye (vv. 22-23) con el relato del regreso de los deportados. Después de largos años de exilio, Dios eligió a Ciro, rey de Persia, quien promulgó un edicto concediendo a todos la libertad.

 

Es la imagen viva de la conclusión de toda historia entre Dios y el hombre: la última palabra la tendrá siempre su amor.

 

Al igual que los israelitas rebeldes, quien se aleja de Dios se convierte en esclavo de sus propios ídolos, pero Dios nunca lo abandonará. No existe prisión por más profunda y tenebrosa que sea, que él no visite si allí se encuentra un hijo suyo; no hay situación por más complicada que sea, que él no la resuelva, ni cadenas del vicio que él no esté dispuesto a romper, ni odios atávicos que no quiera y no sepa hacer desaparecer.

 

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Segunda Lectura: Efesios 2,4-10

 

Hermanos: Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó: estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él determinó practicásemos. – Palabra de Dios

 

Hay que colocar este pasaje en el contexto en que se encuentra en la Carta a los Efesios, que comienza presentando en términos dramáticos la situación del hombre alejado de Dios y de la salvación. Quien arrastra una vida corrompida, quien es esclavo de sus vicios, no está construyendo la propia vida sino poniendo fin a su existencia, está ya muerto.

 

Pablo se incluye a sí mismo entre aquellos que se encontraban en esta situación desesperada: “Lo mismo que ellos, también nosotros seguíamos los impulsos de los bajos deseos, obedecíamos los caprichos y pensamientos de nuestras bajas inclinaciones y naturalmente estábamos destinados al castigo como los demás” (Ef 2,1-3).

 

Es en este punto donde comienza nuestra lectura: Dios, rico en amor y misericordia, ha intervenido para liberar al hombre y lo ha hecho resucitar, con Cristo, a una nueva vida (vv. 4-5).

 

Esta salvación no es el premio por nuestras buenas obras, sino un don completamente gratuito del Padre, por lo que nadie debe gloriarse del bien que encuentra en sí ni, mucho menos, despreciar a quien, por desgracia, no ha abierto todavía el corazón a tanta gracia de Dios. (vv. 9-10).

 

Si es verdad que no es el hombre quien tiene que salvarse por sus buenas obras, es igualmente cierto que éstas constituyen la respuesta necesaria al amor de Dios: son la prueba y señal de que la gracia de Dios ha sido acogida y que está comenzando a dar fruto (v. 10).

 


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Evangelio: Juan 3,14-21

 

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desiertos así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. Palabra del Señor

 

Solo el evangelista Juan habla de Nicodemo, personaje importante entre los fariseos, quizás miembro del gran Sanedrín, quien aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche salió al encuentro de Jesús. Parece que lo estamos viendo, un hombre ya entrado en años, moviéndose en la obscuridad, pegado a los muros de la ciudad de Jerusalén para no ser reconocido por algunos de sus colegas. Va en busca de la luz y ha intuido quién se la puede dar: el joven rabino de Nazaret, el hombre “venido de parte de Dios para enseñar” (Jn 32,2). Entra en escena de noche y en la noche se pierde, de nuevo, sin que el evangelista nos diga en qué terminó su diálogo con Jesús.

 

Más adelante lo encontraremos entre los sumos sacerdotes de Jerusalén empeñados en una animada discusión acerca de cómo deshacerse de Jesús. Él les escuchará en silencio para después lanzarles una frase provocadora: “¿Acaso nuestra ley condena a alguien sin haberlo escuchado antes para saber lo que dijo? Recibirá una respuesta sarcástica: ¡Estudia y verás que de Galilea no salen profetas!” (Jn 7,51-52). ¡Pobre Nicodemo, demasiado leal como para encontrase entre aquella banda de rufianes! Aparecerá, por última vez, junto a José de Arimatea, en el Calvario para envolver en vendas el cuerpo de Jesús y llevarlo al sepulcro (cf. Jn 19,39-40).

 

El pasaje de hoy es la última parte de aquel diálogo nocturno.

 

En la primera parte (13-15), Jesús le recuerda un episodio acaecido durante el Éxodo que él, “maestro de Israel” (Jn 3,10), debe saber bien. En el desierto, muchos israelitas habían sucumbido víctimas de mordeduras de serpientes venenosas; Moisés se dirigió al Señor quien le mandó construir una serpiente de bronce e izarla sobre un palo. Quien, después de ser mordido, levantara los ojos hacia aquella serpiente, salvaría la vida (cf. Nm 21,4-9).

 

El hecho es bastante singular y hay que relacionarlo con ciertas prácticas mágicas e idólatras de la antigüedad. En el templo de Jerusalén se conservaba una serpiente de bronce que se decía era la que mandó hacer Moisés.

 

Es difícil establecer lo que realmente sucedió durante el éxodo. El mensaje del episodio es claro y ya los rabinos lo habían intuido: los israelitas no sanaban por mirar a la serpiente, sino porque elevaban el corazón a Dios; era el Señor el que salvaba y no la serpiente de bronce. El libro de la Sabiduría comenta así el hecho: “El que se volvía hacia ella (la serpiente de bronce) sanaba no en virtud de lo que veía, sino gracias a ti, Salvador de todos” (Sab 16,7).

 

Jesús se refiere a este hecho y lo interpreta como un símbolo de lo que está a punto de sucederle a él: será levantado en la cruz y todos los que le contemplen salvarán sus vidas.

 

Nicodemo, que había entendido poco o nada, de cuanto Jesús le había dicho de la necesidad de “nacer desde arriba”, ha entendido todavía menos sobre la exaltación del Hijo del hombre. Seguramente se quedaría perplejo, desconcertado, incluso un poco desilusionado. Ha escuchado en silencio, incapaz de hacer más preguntas. No podía entender porque le faltaba la luz del Resucitado y las afirmaciones de Jesús, por consiguiente, permanecían envueltas en el aura del misterio. No es ésta hoy muestra situación, pues a la luz de los acontecimientos de Pascua estamos en grado de entender: mirar a Jesús “exaltado” en la cruz, significa “creer en él” (v.15), tener los ojos puestos en el amor que ha manifestado.

 

La cruz no es un amuleto para colgárselo al cuello ni un símbolo de conquista de un territorio o la sacralización de un espacio concreto. Es el punto de referencia de toda mirada del creyente que ve sintetizada en la cruz la propuesta de vida que nos presenta el Maestro. Solo los esclavos eran ejecutados en la cruz, solamente los esclavos. Desde lo alto de la cruz Jesús proclama que la persona que ha logrado vivir una vida plena es aquella que se ha hecho voluntariamente esclava por amor, sierva de los propios hermanos hasta consumar la vida por ellos.

 

Hoy, las serpientes que hieren, que envenenan la existencia y acaban con la vida de las personas, son el orgullo, la envidia, los resentimientos, las pasiones desenfrenadas. Solamente la mirada dirigida hacia Aquel que ha sido exaltado puede curar del veneno de la muerte que inoculan en el corazón de cada hombre. Un día, sin embargo, todos –asegura el evangelio– “mirarán al que ellos mismos atravesaron” (Jn 19,37) y serán salvados.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 16-21) tenemos una meditación teológica sobre sobre la misión del Hijo del hombre: Dios no lo ha enviado “para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por medio de él”.

 

A diferencia de Mateo quien, para llamar la atención sobre la importancia y las consecuencias eternas de las decisiones hechas hoy, recurre a la imagen del juicio final, Juan emplea un lenguaje diferente, más en consonancia con la mentalidad de hoy: excluye incluso que Dios juzgue al mundo y habla de un juicio que se realiza en el presente y que es solo salvación.

 

Las posiciones teológicas de Mateo y Juan parecen contradictorias; en realidad, a pesar de emplear un lenguaje e imágenes diferentes, los dos evangelistas proponen la misma verdad. El juicio de Dios no viene pronunciado al final de los tiempos, sino hoy. Frente a cada opción que el hombre está llamado a tomar, el Señor hace oír su parecer: indica lo que es conforme a la sabiduría del cielo y pone en guardia ante las decisiones de muerte.

 

No se afirma que, al final, Dios rechazará a quien haya errado, a quien haya seguido otros criterios, otros juicios. Dios no abandonará a nadie, pues él “quiere que todos los hombres se salven(1 Tim 2,4). El absurdo de una condena es presentada por Pablo con una serie de preguntas retóricas: “Si Dios está de nuestra parte ¿quién estará en contra? ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? (Rom 8,31-34). La conclusión es clara: “Ninguna criatura nos podrá separar del amor manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8,39).

 

No obstante, al final de la vida, cuando el fuego probará la calidad de la obra de cada uno(1 Cor 3,13), quedará en evidencia la conformidad o disconformidad de nuestras acciones con la persona de Cristo. Dios acogerá ciertamente a todos entre su brazos, pero más de uno se verá obligado a admitir lo mal que ha administrado su vida o haber irremediablemente desaprovechado la oportunidad única que se le había ofrecido. Como amonesta Pablo: “Si la obra que construyó se quema, será castigado, aunque se salvará como quien escapa del fuego(1 Cor 3,13-15).

 

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