5to. Domingo de Cuaresma – Año B (22 Marzo, 2015)

No es fácil vivir de acuerdo con Dios

 

Introducción

 

Si un padre se viera acusado por sus hijos de haberlos engañado, de no haber buscado su bien sino su ruina, se sentiría destruido, desconsolado, indignado, presa de la indignación o del rencor, o bien reducido a un triste silencio.

 

Esta acusación infamante, dirigida repetidamente a Moisés por los israelitas: “¿Por qué nos has sacado de Egipto? ¿Para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?” (Ex 17,3), un día también fue lanzada la pregunta al mismo Dios. En Qadesh-Barbea, los israelitas se encontraron con un pueblo de gigantes y tal fue el pánico que se apoderó de ellos que se consideraron como langostas frente a aquellos individuos. Pensaron que Dios los había engañado, que los había conducido a aquel desierto para hacerlos morir por la espada y se dijeron unos a otros: “nombraremos a un jefe y volveremos a Egipto” (Nm 14,1-4).

 

Nada podía ofender más al Señor que esta falta de confianza por parte de su pueblo. Con audaz antropomorfismo, el autor sagrado pone en boca de Dios esta reacción: “¿Hasta cuándo no me creerán con todos los signos que he hecho entre ellos? Voy a herirlo de peste y desheredarlo” (Nm 14,12). El lenguaje no puede ser más expresivo: muestra cuán herido se siente Dios cuando alguien sospecha que él desee la muerte y no la vida del hombre.

 

Los senderos indicados por el Señor parecen, es verdad, desembocar en la muerte, pero la meta última es la vida. Tendríamos todas las razones para no creerle si él mismo no hubiera recorrido en persona este camino y si no nos hubiera dado, junto a un corazón nuevo, el coraje de fiarnos de él y de seguirle.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Jesús, manso y humilde de corazón, danos un corazón como el tuyo”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jeremías 31,31-34

 

31,31: Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. 31, 32: No como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: Ellos, aunque yo era su Señor, quebrantaron mi alianza; oráculo del Señor. 31, 33: Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos diás —oráculo del Señor: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. 31,34: Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: Reconoce al Señor. Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande—oráculo del Señor—cuando perdone sus crímenes, y no recuerde sus pecados.  – Palabra de Dios

 

Una breve introducción histórica nos ayudará a comprender este oráculo, uno de los más famosos del todo el Antiguo Testamento.

 

Fue pronunciado por Jeremías durante el reino del piadoso Josías, uno de los pocos reyes elogiados en la Biblia. Era nieto de Manasés, el más impío de los soberanos, aquel quien durante sus cincuenta años de reinado había introducido la corrupción religiosa y la decadencia moral en Israel.

 

Josías tenía solamente ocho años cuando accedió al trono pero, educado por sabios tutores, creció como un hombre dulce de carácter, atento a los pobres, respetuoso con la ley del Señor; cuando estuvo capacitado para gobernar, puso en práctica profundas reformas religiosas, sociales y políticas. Hizo despertar las adormecidas esperanzas de un renacimiento espiritual, de la restauración de los gloriosos reinos de David y Salomón y reconquista de las tierras del norte ocupadas por los asirios.

 

Jeremías seguía atentamente las decisiones políticas del joven soberano y, sin declararse abiertamente partidario suyo, aprobaba las reformas.

 

Fue durante estos años que aparecieron los oráculos de consolación contenidos en los capítulos 30–33, de los que está tomada, la lectura de hoy.

 

A un pueblo que había soportado durante largos años toda suerte de desventuras, el profeta le dirige esta invitación afectuosa: “Reprime tus sollozos, enjuga tus lagrimasoráculo del Seño, tu trabajo será pagado, volverán del país enemigo” (Jr 31,16). Es el anuncio del regreso de los israelitas deportados a Nínive por los asirios en el 722 a.C.

 

En la primera parte del pasaje (vv. 31-32) viene denunciado el error cometido que causó el exilio y se anuncia la sorprendente respuesta del Señor al pecado de su pueblo.

 

Junto al monte Sinaí los israelitas habían pactado una alianza. Los tomó de la mano” (v. 32) el Señor les había hecho salir de Egipto, se había comprometido a protegerles y colmarles de bendiciones, les había asegurado una vida próspera y feliz, a condición de que siguieran sus consejos y escucharan sus palabras.

 

Israel se había comprometido solemnemente a mantenerse fiel a la alianza pero, por desgracia, su historia fue un sucederse de traiciones cuyas consecuencias habían sido catastróficas. No se trataba de castigos de un Dios resentido por los pecados de su pueblo. La verdad es que el pecado lleva siempre consigo gérmenes de muerte que provocan la ruina de quienes los cometen (cf. Prov 13,6).

 

¿Puede el Señor resignarse a la infidelidad de su pueblo considerándola irremediable?

 

A esta pregunta responde Dios mismo: “¿Cómo podré dejarte, Efraín: entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. Yo soy Dios y no hombre” (Os 11,8-9). Estipulará con Israel una nueva alianza, distinta de las precedentes que se han demostrado falibles.

 

La segunda parte del pasaje (vv. 33-34) explica en detalle cómo hará el Señor para comprometer a su pueblo en una respuesta de amor fiel.

 

En el Sinaí Dios había escrito sus diez palabras en piedra: indicaban a Israel el camino de la vida, como las señales de las carreteras muestran la dirección a seguir. Las señales, sin embargo, no comunican la energía para llegar a la meta.

 

La antigua alianza, aun basada en leyes justas y santas, estaba destinada al fracaso, porque el hombre no tenía la fuerza para mantenerse fiel. Con expresión incisiva, Jeremías exclama: “Ya lo sé, Señor, que el hombre no es dueño de sus caminos, que nadie puede establecer su propio curso” (Jr 10,23).

 

Dios ha pensado, por esto, en una nueva alianza, no la reedición de la del Sinaí, sino a una cualitativamente diversa. El cambio radical está en la novedad de la ley: no más un conjunto de preceptos y prohibiciones que hay que observar, sino un discernimiento interior. En el Sinaí, el Señor había grabado sus palabras en tablas de piedra, ahora las esculpirá en el corazón del hombre. Para un hebreo el corazón era la sede de la voluntad, de las pasiones y del coraje, del conocimiento y de la memoria. Todos los sentidos del cuerpo tienen en el corazón su punto de referencia: “Mi corazón ha visto mucho”, afirma el Qohelet (Eclo 1,16); Da a tu siervo un corazón que escuche” es la súplica de Salomón al Señor (1 Re 3,9).

 

Es el corazón de piedra que vuelve a Israel insensible e incapaz de adherirse a la palabra del Señor (cf. Ez 36,26); “doblez de corazón” (Sal 1,3) es la expresión usada para expresar la insinceridad de una persona. También Jesús pensaba que todas las decisiones humanas salen del corazón (cf. Mc 7,21-22).

 

Si Dios quería un pueblo fiel, no podía limitarse a dar disposiciones y a sugerir comportamientos. Todo habría sido inútil hasta que no hubieran penetrado directamente en el corazón. Y ésta fue, entonces, su promesa: les daré un corazón nuevo (Ez 36,26) y, por boca de Jeremías: “Les daré un corazón para que reconozcan que yo soy el Señor” (Jr 24,7).

 

En el pasaje de hoy nos viene trasmitido el mismo mensaje a través de la imagen de la ley del Señor grabada en el alma, escrita en el corazón (v. 33). No más una imposición externa sino una necesidad íntima de portarse bien, un impulso divino que lleva a pensar y obrar de acuerdo con Dios.

 

Los mandamientos y preceptos se volverán superfluos porque todos los hombres, desde los más pequeños hasta los más grandes, movidos por el Espíritu de Dios, se adherirán espontáneamente a la voluntad del Señor.

 

¿Cuándo se realizará esta profecía? Es la pregunta que nos ponemos. ¿Quién se siente libre de toda debilidad y fragilidad e íntimamente impulsado a ser fiel a Dios? ¿Quién está inmune de la tristeza que nos producen nuestras miserias morales?

 

Nadie que sea hijo de Dios comete pecado, porque permanece en él la semilla de Dios; y no puede pecar porque ha sido engendrado por Dios(1 Jn 3,9). Pero, ¿quién, incluso entre los cristianos que han aceptado en la eucaristía el pacto de la nueva y eterna alianza, puede afirmar haber hecho esta experiencia?

 

Lo que vemos en nosotros y en los demás pude llevarnos al pesimismo. A muchos les parece que todo continúa como en tiempos de la ley de Dios escrita en piedra y que el mundo de hoy parece igual a aquel anterior al diluvio, cuando en la tierra crecía la maldad del hombre y toda su actitud era siempre perversa” (Gn 6,5).

 

Y sin embargo, la promesa de Dios ha comenzado ya a realizarse, aunque no hay que esperar un cambio prodigioso e inmediato en el corazón humano “que se pervierte desde la juventud” (Gn 8,21). La ley de Dios viene grabada en el corazón del hombre progresivamente y colocada en lo más íntimo como una semilla que, lenta pero irresistiblemente, se desarrolla y da frutos abundantes. Quien ha recibido la semilla divina del Espíritu es como un niño recién nacido (cf. 1 Pe 2,1-3), es frágil y necesita ayuda, pero ya tiene en sí el principio de vida que le hará crecer y llegar a ser espiritualmente adulto.

 

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Segunda Lectura: Hebreos 5,7-9

 

Cristo, 5,7: en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. 5,8: Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, 5,9: a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.  – Palabra de Dios

 

Sería arduo seguir el camino propuesto por Cristo si él se hubiera limitado a indicarlo y exhortar a recorrerlo. La Carta a los Hebreos responde a nuestras incertidumbres y perplejidades recordándonos una verdad que olvidamos fácilmente. En este camino no estamos solos, nos acompaña Jesús que ha vivido nuestras mismas experiencias y ha pasado a través de todas nuestras tentaciones (cf. Heb 2,17; 4,15).

 

El pasaje de hoy se concentra, sobre todo, en su reacción ante el dolor y la muerte. Jesús ha probado lo que todo hombre prueba en semejantes situaciones: se ha dirigido al Padre pidiéndole ayuda y, si hubiera sido posible, que le librara de los sufrimientos y de la muerte (v. 7). Ha rezado, ha invocado al Padre para que le revelara su voluntad y el sentido de cuanto estaba sucediendo.

 

La lectura continua: “Y aunque era hijo de Dios, aprendió sufriendo lo que es obedecer” (v. 8). Pocos versículos antes, el autor había declarado: Puede ser indulgente con ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a la debilidad humana” (v. 2). Son afirmaciones conmovedoras. Jesús no se ha comportado como aquellos que dan disposiciones, imparten órdenes, evitando con cuidado no verse implicado en los dramas y angustias de quienes deben obedecerlas; no se ha quedado en el cielo a observar, impasible, los sufrimientos de los hombres. Se ha hecho, por el contrario, compañero de viaje, ha sido el primero en recorrer el camino de la humillación y de la muerte. Es por esto por lo que podemos fiarnos de él cuando nos invita a seguirle.

 


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Evangelio: Juan 12,20-33

 

12,20: En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; 12,21: éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 12,22: Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 12,23: Jesús les contestó:—Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. 12,24: Les aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 12,25: El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 12,26: El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. 12,27: Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. 12,28: Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo:—Lo he glorificado y volveré a glorificarlo. 12,29: La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 12,30: Jesús tomó la palabra y dijo:—Esta voz no ha venido por mi, sino por ustedes. 12,31: Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 12,32: Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. 12,33: Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. Palabra del Señor

 

Entre los peregrinos llegados a Jerusalén para la Pascua se encontraban algunos griegos quienes, habiendo oído hablar de Jesús, manifestaron a Felipe el deseo de verle. Felipe habló con Andrés y ambos refirieron al Maestro la petición (vv. 20-22).

 

El hecho en sí parece banal, pero si el evangelista lo refiere es que tiene un mensaje importante que comunicarnos.

 

¿Quiénes son estos griegos? Con este término se indicaba a los paganos que simpatizaban con la religión judía o que se habían convertido al judaísmo. A pesar de no ser hijos de Abrahán, eran estimados y queridos por los israelitas que veían en ellos las primicias de aquellos pueblos y de aquellas naciones que, según las profecías, un día llegarían a Jerusalén para ser instruidos en los caminos del Señor (cf. Is 2,3).

 

Jesús se refería ellos cuando, poco antes, había afirmado: “Tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a éstas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10,16-17). He aquí ahora a las otras ovejas que se acercan a él para recibir su evangelio.

 

Habían subido a Jerusalén (v. 20), habían recorrido, por tanto, un buen trecho del camino espiritual antes de conocer a Jesús. De sus padres habían aprendido a adorar a los ídolos pero, apenas descubrieron al Dios de Israel, habían abrazado la religión judía, deseosos de participar de las bendiciones prometidas a Abrahán. Habían subido a Jerusalén para celebrar su nueva fe, pero quizás también para descubrir cuál era el siguiente paso a dar que Dios esperaba de ellos; en lo íntimo de sus corazones percibían, seguramente, no haber llegado todavía a la meta última a la cual les llamaba el Señor.

 

Su inquietud espiritual se hacía patente en la necesidad de ver a Jesús.

 

No se trata de una curiosidad banal ni del deseo frívolo de encontrar a la estrella del momento, de conocer a quien todos buscaban porque había reanimado a Lázaro (cf. Jn 12,9). En el evangelio de Juan, el término ver significa penetrar en lo más íntimo de una persona. Es éste el significado desde el prólogo de su evangelio. Cuando Juan declara: nosotros hemos visto su gloria” (Jn 1,14), quiere afirmar su pertenencia al grupo de aquellos que habían comprendido quién era Jesús.

 

A estos griegos no les interesaba qué rasgos tenía Jesús, cómo se vestía o comportaba; lo que querían era descubrir su identidad y saber si él podía dar un nuevo horizonte a sus vidas.

 

Los griegos no van directamente a Jesús, pasan a través de sus discípulos porque éste es el único camino: es solamente pasando a través de la comunidad cristiana que se puede llegar a Cristo. Y no recurren a uno cualquiera de los apóstoles sino que se dirigen a Felipe y Andrés, los únicos entre los doce que tienen un nombre griego y que, quizás por esto, piensan que son los que mejor pueden hacer de mediadores.

 

Andrés ha aparecido ya al principio del evangelio. Era uno de los dos discípulos que seguían al Bautista y que habían oído de Jesús la invitación: “vengan y vean” (Jn 1,39). Se fueron con él, vieron e inmediatamente sintieron el impuso de hablar de él a los otros; por esto están capacitados para acompañar a quien quiera ver a Jesús.

 

Ahora comienza a quedar claro el significado del pasaje evangélico. Los griegos que querían ver a Jesús representan a los paganos; su camino espiritual es el mismo que debe recorrer toda persona que desea ser discípulo del Maestro.

 

No sabemos si, al final, los griegos fueron llevados a presencia de Jesús o no; Juan los hace salir de escena, como ha hecho con Nicodemo. Su presencia le ha servido para preparar el terreno al tema que quiere desarrollar.

 

El objetivo del evangelista es hacer ver Jesús a sus lectores. Es por esto que, en vez de concluir el relato, introduce un discurso en que Jesús se hace realmente ver (vv. 22-23), en el que manifiesta su rostro.

 

Comienza con una imagen tomada del mundo agrícola: para que en el campo puedan brotar las preciosas espigas, es necesario que los granos de trigo desaparezcan en la tierra; solo de su muerte puede surgir una vida centuplicada.

 

La aplicación es dramática: lo puesto en juego es la vida y se trata de escoger sobre qué valores orientarla. Jesús lanza una propuesta desconcertante, absurda: la única vida que merece la pena ser vivida, es aquella que se consuma por amor. Él es el primero en ofrecer la suya y ésta es su gloria, la revelación de la gloria de su Padre. Estamos en los antípodas de las concepciones griegas (y ahora comprendemos la razón por la que Juan ha puesto en escena a los griegos).

 

En Grecia había sido acuñado el término aristoi para indicar a los mejores, las personas de éxito, los “aristócratas”. Eran aristoi los que lograban alcanzar una posición social de relieve, los que obtenían aquello que proporciona prestigio, fama imperecedera y honores.

 

Jesús piensa que este ideal de vida es una propuesta insensata, una sugerencia diabólica que –recuerdan los evangelistas– que le ha sido propuesta también a él: “lo llevó el diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le dijo: todo esto te lo daré si te postras para adorarme” (Mt 4,8-9).

 

Jesús explica a los griegos en qué consiste la gloria verdadera: caer en tierra y morir para producir mucho fruto.

 

Ha llegado el momento crucial de su misión y siente la tentación de huir, de pedir al Padre ser salvado de aquella hora, pero sabe que, solamente a través de su muerte, el Padre podrá revelar al mundo su inmenso amor por el hombre. La respuesta le llega del cielo: en Jesús que se da a sí mismo, el Padre declara sentirse perfectamente reflejado, de manifestar plenamente su gloria.

 

No es necesario haber conocido materialmente a Jesús para poderlo ver. Todos pueden contemplar su verdadero rostro, el que él muestra a través del evangelio de hoy, un rostro tan “desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano” (Is 52,13); “despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir, curtido en el dolor; al verlo se tapaban la cara; despreciado, lo tuvimos por nada” (Is 53,3).

 

Frente a esta propuesta, la tentación más sutil no es la del rechazo, sino la de replegarse sobre una prácticas religiosas que substituyan a la auténtica adhesión a Jesús por la fe. ¿Recitación de oraciones y participación a ritos y celebraciones?: sí, parecen decir algunos; ¿don de la propia vida?…lo menos posible, y solo tras muchas perplejidades y dudas.

 

El rostro que Jesús muestra a todos los griegos requiere un compromiso total. Su propuesta es “escándalo para los judíos y locura para los griegos” (1 Cor 1,22) y, sin embargo, solamente quien, como él, muere por los hermanos es un hombre que ha vivido su vida plenamente según Dios.

 

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