Archivo mensual: abril 2015

Quinto Domingo de Pascua – Año B (3 de Mayo 2015)

¿Quién pertenece a Cristo?

 

Introducción

 

“Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Es célebre esta declaración pronunciada en el siglo III por Cipriano, obispo de Cartago, y no siempre interpretada correctamente.

 

Muchos cristianos en el pasado han cometido el error de identificar el reino de Dios con la institución de la Iglesia a la que pertenecían, haciendo gala de certezas arrogantes, cultivando prejuicios contra las otras religiones y teniendo a sus seguidores como impuros y alejados. En los casos más aberrantes también han recurrido a la fuerza para forzarlos a la conversión y al bautismo.

 

Iglesia y Reino de Dios no son intercambiables. Hay zonas de sombra en la iglesia que se autoexcluyen del reino de Dios, porque en ellas se esconde el pecado, y hay enormes márgenes más allá de los confines de la iglesia en los que está presente el reino de Dios, porque allí actúa el Espíritu.

 

“Practicante” no equivale a estar “inserto en el Cuerpo de Cristo”. “Creyente” no es alguien que se limita a las prácticas religiosas: la misa, los sacramentos, oraciones, devociones, sino aquel que, a imitación de Cristo, práctica la justicia, la fraternidad, la comunión de bienes, la hospitalidad, la lealtad, la sinceridad, el rechazo de la violencia, el perdón de los enemigos, el compromiso con la paz.

 

La línea de demarcación entre los que pertenecen y los que no pertenecen a Cristo no pasa por el campo de lo sagrado, sino por el del amor al hombre y Dios acepta a “quien lo respeta y practica la justicia de cualquier nación (y religión) que sea” (Hch 10,35).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dondequiera que brote el amor, la alegría, la paz, el perdón, allí está el Espíritu del Resucitado”.

 

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Cuarto Domingo de Pascua – Año B (26 Abril 2015)

La Epifanía de Dios en el pastor que dona la vida

 

Introducción

 

No es de extrañar que, incluso en tiempos de crisis religiosa, la mayoría de la gente siga creyendo en Dios, pero, cuando se trata verificar su identidad, frecuentemente se trata de un dios (con minúscula) muy diferente del que se revela en Jesús. Es un dios que se adapta a la justicia del hombre, premia y castiga en base a los méritos, se complace en el culto, derrama bendiciones sobre sus devotos, prohíbe el adulterio, pero aprueba la acumulación de bienes y su libre gestión, es más, se convierte, a veces, en socio de los negocios de los hombres. Es un dios que permite matar en legítima defensa y se presenta, sobre todo, como grande, infinito, omnipotente, capaz de hacerse respetar.

 

Este dios, tan razonable, que ha encontrado aceptación también en algunos catecismos católicos, no es difícil de ser aceptado.

 

Un día, sin embargo, en Jesús, el verdadero Dios se ha presentado a los hombres completamente diferente: frecuentaba a los pecadores, se mezclaba con los excluidos, se ha dejado escupir en el rostro sin reaccionar, ha amado a quien lo clavaba en la cruz, no era ni omnipotente ni infinito.

 

Frente a este Dios débil, incapaz de defenderse, ha vacilado la fe de todos y cuando Pedro ha jurado no conocerlo (cf. Mc 14,71) ha hablado –creo– en nombre también de la gran mayoría de los cristianos.

 

Creer en un Dios así, es difícil: significa buscar la propia gloria en hacerse pequeños por amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tendré que pasar por valles oscuros, pero no temo. Me fio del pastor que me guía”.

 

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Tercer Domingo de Pascua – Año B (19 Abril 2015)

Dios nos pedirá que le mostremos

las manos

 

Introducción

 

 

Contemplamos las aves del cielo y los lirios del campo, pero la dulce emoción que sentimos queda velada por la tristeza que procede del destino que nos une a estas espléndidas criaturas. También el hombre es “como flor que se abre y se marchita” (Job 14,2) y sus días son como la hierba (cf. Sal 103,15). El grano muere para renacer de nuevo y “un árbol tiene esperanza: aunque lo corten vuelve a rebrotar y no deja de echar renuevos” (Job 14,7). ¿Cuál será el epílogo del dramático duelo entre la muerte y la vida en el que el hombre está también envuelto?

 

No hay duda, la última palabra la tendrá de la muerte. Tras miles de millones de años, la vida se apagará en el universo.

 

¿Qué sentido, entonces, habrá tenido nuestro paso por esta tierra? ¿Habrá sido como un meteorito que no dejará huellas? Tenemos la sensación de ser prisioneros, de estar encadenados en un mundo destinado a la muerte, del que no nos es permitido escapar.

 

Este es el gran enigma indescifrable al que los hombres han tratado desesperadamente de dar una respuesta.

 

La luz de la Pascua ha disuelto para siempre las tinieblas y las sombras de la muerte: este mundo no es una tumba, sino el seno en el que crecemos y nos preparamos para la vida sin límites, sin fronteras. La creación desembocará en nuevos cielos y una nueva tierra (cf. 2 Pe 3,13).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dios observará nuestras manos y nuestros pies para ver las marcas del amor”.

 

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Segundo Domingo de Pascua – Año B (12 Abril 2015)

Los signos de las realidades invisibles

 

Introducción

 

Según la Biblia, el hombre está hecho de tierra, está ligado a la tierra, a las plantas, a los animales, y esto es una buena cosa. No está encarcelado en un cuerpo, como retenía la filosofía griega, sino que se alegra de ser un cuerpo capaz de auto-conciencia, de libertad y de amor. Compuesto de materia, siente una profunda necesidad de estar en contacto, de forma concreta y tangible, incluso con las realidades espirituales y, a esta necesidad, la liturgia responde con los sacramentos constituidos por signos y símbolos que pueden, éstos sí, ser vistos y tocados.

 

Pedir al hombre una fe desencarnada es exigir lo imposible; pero también es un error pretender, como Tomás,  verificar lo que no puede ser percibido por los sentidos.

 

La condición en la que Jesús entró con su resurrección, aunque más real que la realidad misma en la que se posan nuestros ojos y tocan nuestras manos, escapa a cualquier verificación. Como el niño solamente puede contemplar el rostro de su madre después de haber nacido, así el hombre podrá ver al Resucitado solamente cuando deje este mundo. Ya, sin embargo, se le ofrecen signos concretos de las realidades invisibles en las que cree y espera.

 

Si en la tierra ha surgido una sociedad completamente  nueva, una comunidad en la que los grandes se convierten en pequeños, el rico se hace pobre, el enemigo es amado como a un hermano, y el que manda se considera siervo, entonces estamos frente a signos inequívocos: Jesús está vivo y su Espíritu actúa en el mundo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El mundo espera de tu Iglesia, Señor, las señales de que has resucitado”.

 

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Jueves Santo – Año A (2 Abril, 2015)

Misa “In Coena Domini”

 

Jesús: Pan partido, ofrecido como alimento

 

Introducción

 

Entre tantos nombres con los que se ha llamado a la Eucaristía, el que mejor exprime el sentido y la riqueza del sacramento es “la fracción del pan”. Los discípulos de Emaús reconocen al Señor “al partir el pan” (Lc 24,35), la Comunidad de Jerusalén participa asiduamente a la catequesis de los apóstoles y a la “fracción del pan”, en Tróade, el primer día de la semana “nos reuníamos para la fracción del pan” (Hch 20,7).

 

¿Por qué los primeros cristianos se sentían tan atraídos por esta expresión? ¿Qué recuerdos, que emociones despertaba en ellos? La comida de los israelitas piadosos comenzaba siempre con una bendición sobre el pan; el cabeza de familia lo tomaba entre las manos, lo partía y lo ofrecía a los comensales. No podía ser comido antes de ser partido y compartido por todos los presentes.

 

Desde niño, Jesús ha observado a José cumplir piadosamente todos los días este rito sagrado y, ya de adulto, él mismo lo ha repetido muchas veces tanto en Nazaret después de la muerte de su padre, como durante su vida pública cada vez que se sentaba a la mesa. Una tarde, en Jerusalén, ha dado al gesto un significado nuevo. Durante la última cena tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: esto soy yo. ¡Tomen, coman! Palabras arcanas, enigmáticas que los discípulos comprenderán solamente después de la Pascua.

 

Al término de su “jornada” en la tierra, el Maestro había resumido en este gesto toda su historia, toda su vida entregada. No había ofrecido cosa alguna, sino así mismo, su propia persona como alimento, como lo había venido haciendo en cada instante de su existencia para saciar el hambre del hombre: hambre de Dios y de su Palabra, hambre del sentido de la vida, hambre de felicidad y de amor.

 

Conmovido frente a las “ovejas sin pastor” se había sentado a enseñar muchas veces repartiendo a todos el pan de su Palabra (cf. Mc 6,33-34). A quien tenía hambre de perdón, le abría las puertas de la ternura de Dios. Nadie hubiera pensado en Jericó que Zaqueo tuviese hambre. Nadie había sospechado ni intuido su necesidad de compasión y aceptación. Nadie, a excepción de Jesús que vio, escondido entre las hojas de un Sicomoro, a aquel que se avergonzaba de ser visto en público. Entró en su casa y lo sació de amor y de alegría.

 

En cada “fracción del pan”, Jesús ofrece sobre la mesa eucarística toda su vida bajo el signo del pan y pide ser comido. En el mundo, en cambio, los hombres “se comen los unos a los otros”; luchan para imponerse y subyugar al prójimo. “Se devoran mutuamente” para acaparar los bienes y dominar. En esta competición despiadada por la “comida” vence el más fuerte.

 

Jesús ha revolucionado este mundo inhumano de relacionarse. En vez de “comerse” a los otros, de luchar por la conquista de los reinos de este mundo –como le había sugerido el maligno– se ha convertido, él mismo, en alimento, dando así origen a una nueva humanidad. El gesto de poner sobre la mesa, frente a una persona hambrienta, un pedazo de pan y una copa de vino es una clara invitación no a que mire y contemple, sino a que se siente, coma y beba. Sobre el altar, el pan eucarístico es una propuesta de vida: comerlo significa unirse a Jesús, aceptar de convertirse, como él, en pan y ofrecerse como alimento para el que tenga hambre.

 

“Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. “Sí, he participado en la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiano”. Pronunciadas por los mártires de Abitene, en el África proconsular, estas palabras revelan la pasión con que, en los primeros siglos, los cristianos participaban cada domingo a la fracción del pan. Era para ellos una exigencia irrenunciable pues habían comprendido que era el signo distintivo de los discípulos del Señor Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No podemos vivir sin la cena del Señor”.

 

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