Domingo de Pascua – Año B (5 Abril 2015)

Testigo es quien “ha visto” al Señor

 

Introducción

 

Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

 

Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo“Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11).

 

Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

 

Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

 

Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

 

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 10, 34a. 37-43

 

10,34: Pedro tomó la palabra y dijo: 10,37: Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. 10,38: Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él. 10,39: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén. Ellos le dieron muerte colgándolo de un madero. 10,40: Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, 10,41: no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección. 10,42: Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. 10,43: Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados. – Palabra de Dios

 

 

Esta lectura está tomada del quinto de los ocho discursos de Pedro que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La escena trascurre en Cesárea, en la casa del centurión Cornelio donde se ha reunido un grupo de paganos que está a punto de recibir el bautismo.

 

Es precioso este pasaje porque representa, en síntesis, la predicación que se hacía en las primeras comunidades cristianas. Poniéndola en boca de Pedro, el autor de los Hechos intenta conferir al discurso una autoridad y garantía oficial. Veamos cuáles son los puntos esenciales de esta predicación.

 

Ante todo, hace referencia a la vida de Jesús. Él ha pasado curando y haciendo el bien a todos aquellos que eran víctimas del mal, porque en él actuaba la fuerza de Dios (vv. 37-38). Viene indicado también el lugar y el tiempo del inicio de esta actividad: todo ha comenzado en Galilea después del bautismo predicado por Juan. Lo que ocurrió antes –su infancia y juventud trascurrida en Nazaret– interesa a nuestra curiosidad, pero no constituye un punto de referencia de nuestra fe.

 

Pedro se refiere a hechos concretos, verificables, conocidos de todos, porque la fe cristiana se basa no en elucubraciones (especulaciones) esotéricas ni tiene que ver con un personaje de la mitología; sino mas bien con un hombre concreto, que vivió en un lugar y en un tiempo bien precisos. Hubiéramos deseado que Pedro hiciera alguna alusión, al anuncio de la Buena Noticia, pero se limita solamente a resaltar la transformación concreta del mundo, realizada por Jesús. Esto es suficiente para probar que ha comenzado una nueva realidad.

 

El segundo punto de la predicación se refiere a lo han hecho los hombres: “ellos no han reconocido en Jesús al enviado de Dios y le dieron muerte colgándolo de un madero” (Hch 10,39).

 

Y Dios, ¿cómo ha reaccionado? Dios –dice Pedro– no podía abandonar a su “Siervo Fiel” prisionero de la muerte, por esto lo ha resucitado. Su obra se opone a la de los hombres quienes producen la muerte, llevan al sepulcro.

 

Dios es quien levanta y conduce a la vida. Este es el artículo fundamental de nuestra fe (v. 40).

 

Finalmente viene indicada la misión de los discípulos: ellos son los testigos de estos hechos (vv. 39.41) y han sido enviados a anunciar y a dar testimonio de que Jesús ha sido constituido juez de vivos y muertos (v. 42). Esta verdad forma parte del “Credo” y no se trata de una amenaza, sino que es un mensaje de alegría. Los apóstoles deben decir a todos, que Jesús no es un juez que condena, sino el modelo con el que Dios compara la vida de todo hombre, declarando que su vida ha sido un éxito o un fracaso. No existe una instancia superior. Los judíos no podrán apelar a su fe en Dios o a la observancia de la ley. El punto de referencia establecido por Dios no son las leyes, las tradiciones ni ningún otro criterio humano, sino Jesús y solo Jesús.

 

Los apóstoles son sus testigos porque han estado con él, han comido y bebido con él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por su vida ejemplar, sino por haber hecho una experiencia única y estar en grado de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón.

 

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Segunda Lectura: Colosenses 3,1-4

 

3,1: Por tanto, si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, 3,2: piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra. 3,3: Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios. 3,4: Cuando se manifieste Cristo, que es vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán con él, llenos de gloria.  – Palabra de Dios

 

 

Escribiendo a los cristianos de Colosas, Pablo les recuerda que, en el día del bautismo, ellos han nacido a una vida nueva, vida que tendrá su plena realización no en este mundo, sino en el mundo de Dios. La fe en esta vida nueva es lo que distingue a los creyentes de los ateos, quienes dicen estar convencidos de que el hombre puede alcanzar la salvación en este mundo, contando solamente con sus fuerzas.

 

Aunque se pudieran resolver todos los problemas materiales: comida y bienestar para todos, con dolor y enfermedad finalmente vencidos etc., todavía quedarían pendientes en el fondo del corazón del hombre preguntas sin respuesta, como: ¿por qué vivo y por qué muero? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Solo Cristo, muerto y resucitado, tiene una respuesta satisfactoria a estos interrogantes.

 

Pablo no dice que los cristianos no tengan que interesarse por las realidades de este mundo. Al contrario, ellos deben trabajar y comprometerse a fondo como el que más por un mundo mejor. La diferencia está en que el cristiano sabe que la plenitud de la vida no puede conseguirse aquí en la tierra (v. 2).

 

Las obras buenas no pueden faltar, dice la lectura, pues son una manifestación de la vida nueva, son signos de su presencia. Son como los frutos que pueden brotar y crecer solamente de un árbol vivo y frondoso.


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Evangelio: Juan 20,1-9

 

20,1: El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 20,2: Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. 20,3: Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 20,4: Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llego primero al sepulcro; 20,5: y, asomándose, vio las vendas en el suelo;pero no entró. 20,6: Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio la vendas en el suelo 20,7: y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. 20,8: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro;vio y creyó. 20,9: Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor

 

 

“Por la mañana temprano, el primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro. Todavía estaba oscuro …” (v. 1). En estas primeras palabras del Evangelio del día de Pascua se perciben, casi se pueden respirar los signos de la victoria de la muerte. Todo esta es silencio, nada se mueve, quietud, y una mujer, sola y asustada, se mueve en la oscuridad de la noche. La muerte parece dominarlo todo y el silencio y la oscuridad celebran el triunfo. El poder, el principio de la fuerza, la discriminación, la injusticia, la levadura de la astuzia parecen que finalmente han prevalecido sobre las fuerzas de la vida.

 

Veamos en cambio lo que sucede cuando Maria descubre la tumba vacía: la escena cambia, como por arte de magia. Sobrecogidos por una emoción repentina, todos los personajes son sacudidos de su letargo y comienzan a moverse rápidamente: “María Magdalena corre a buscar a Simón Pedro … que se precipita a salir afuera con el otro discípulo … Corren juntos, pero el otro discípulo corrió más velozmente… “(vv. 2-4). Tomando a todos por sorpresa, el día después del sábado, la vida explota con toda su fuerza. Dios intervino y abrió la tumba, pero María Magdalena aun no lo sabe, piensa que el cadáver ha sido robado. La suya es una reacción natural y espontánea, es el primer pensamiento que se cruza por la mente de cualquier persona que se encuentre ante una tumba vacía.

 

Uno se puede quedar inmóvil delante de esta primera constatación o buscar un sentido a lo que acaba de constatar. Ante la muerte nos podemos resignar y llorar o podemos abrir el corazón a la luz de llega de lo alto.

 

La Magdalena sale momentáneamente de escena y es como si pasara el testigo (tubo rigido en la carrera de relevos), en la carrera por la fe, a los otros dos discípulos. Uno es conocido, Pedro y el otro discipulo no tiene nombre. Generalmente se dice que se trata del evangelista Juan. Pero esta identificación se hizo mucho mas tarde, unos cien años después del fallecimiento del apóstol. Puede ser que él sea el discípulo a quien Jesús amaba, sin embargo, en el Evangelio de Juan, esta figura tiene sin duda también un carácter simbólico que se debe poner en evidencia.

 

Este discípulo cuyo nombre no se conoce está siempre vinculado de alguna manera a Pedro:

 

– entra en escena junto a Andrea. Los dos un día ven pasar a Jesús, le preguntan dónde vive, lo síguen y se quedan con él toda la noche. ¿Qué tiene que ver Pedro con esto? Tiene mucho que ver porque el discípulo sin nombre llega a Jesús antes que él (Jn 1,35-40);

 

– de este discípulo ya no se hablará ya más hasta la última cena cuando Jesús declara que entre los doce también hay un traidor. ¿Quién lo descubre? ¿Solo quién pueda reconocer a los que estan del lado de Jesús y a los que están en contra de él? No es ciertamente Pedro, sino el discípulo sin nombre que reclina su cabeza en el pecho del Señor (Jn 13,23-26);

 

– durante la pasión, mientras que Pedro se detiene y niega conocer al Maestro, el discípulo cuyo nombre no se conoce tiene el coraje de seguirlo, entra en la casa del sumo sacerdote y permanece cerca de Jesús durante el proceso (Jn 18,15-27);

 

– Pedro no se encuentra en el Calvario, ha huido. En cambio el discípulo a quien Jesús ama está con el Maestro, se encuentra al pie de la cruz con su madre (Jn 19,25-27);

 

– luego viene el pasaje evangelico de hoy dia en la que Pedro es nuevamente vencido ya sea en la carrera terrena que en la espiritual – como veremos en breve (Jn 20,3-10);

 

– en el Mar de Galilea también es este discípulo a reconocer a Cristo resucitado en el hombre que aparece en la orilla. Pedro se dará cuenta sólo más tarde (Jn 21,7);
– por último, cuando es invitado por Jesús a seguirlo, Pedro no tiene el coraje de hacerlo solo, siente la necesidad de tener a su lado, “al discípulo a quien Jesús amaba” (Jn 21,20-25).

 

¿Quién es entonces y a quién representa? ¿Por qué no tiene nombre?

 

Representa al verdadero discípulo, el autentico, aquel que cuando encuentra a Jesús no duda, lo sigue inmediatamente, quiere conocerlo y saber más de el, se olvida incluso de dormir sólo con tal de estar con él. Lo conoce lo suficiente como para saber de inmediato quienes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Lo sigue aún cuando sea necesario dar vida. No tiene nombre porque cada uno de nosotros es invitado a poner el propio nombre.

 

Vemos ahora a esta pareja de discípulos que corren a la tumba. El discípulo sin nombre llega primero, se inclina y ve las vendas en el suelo, pero no entra. Llega también Simón Pedro que entra, ve las vendas en el suelo y el sudario que se puso sobre la cabeza de Jesús, no estaba por tierra con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.

 

Nada milagroso, no hay aparición de ángeles, por doquier se ven sólo signos de la muerte. Tal vez los dos discípulos tienen una intuición, aquella formulada por Juan Crisóstomo: “Quienquiera que se hubiera llevado el cuerpo, no lo hubiera despojado de las vendas antes de llevárselo, ni se hubiera tomado la molestia de quitarle las vendan y de envolver el sudario para dejarlo in un lugar separado”. Por lo tanto el cuerpo fue no fue robado.

 

Pedro se detiene, aturdido y sorprendido. Constata pero no logra ir mas allá. Sus pensamientos están bloqueados ante la evidencia de la muerte. En cambio el discípulo anónimo logra dar un paso adelante: ve y empieza a creer (v.8). Es el punto culminante de su camino hacia la fe en el Señor resucitado. Ante los signos de muerte (la tumba, las vendas, el sudario…) el discípulo comienza a percibir la victoria de la vida.

 

La anotación que sigue auna a los dos discípulos: “Ellos aún no habían entendido la Escritura, donde se decía que Jesús debía resucitar de entre los muertos” (v.9). Parece ilógico, al menos en lo que respecta al discípulo sin nombre. Pero, en este punto, el evangelista Juan no está narrando una fría crónica de los acontecimientos, sino indicando a los cristianos de sus comunidades el itinerario por el se llega a la fe. Se parte de los signos –aquellos relatados en los evangelios (Jn 20,30-31)– pero que continúan siendo misteriosos e incomprensibles si no nos dejamos guiar por la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. Son estas las que abren de par en par la mente y el corazón e iluminan interiormente para reconocer al Resucitado. El verdadero discípulo no necesita de más pruebas, no necesita verificar como exigía Tomás.

 

Jesús dijo a sus discípulos: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. Quien aun no cree considera esto un absurdo y locura el regalo gratuito de la vida, porque detrás de este don solo puede ver signos de muerte. En cambio es a la luz de la Pascua que el discípulo autentico “comienza a comprender” que la vida donada por los hermanos nos introduce en las bienaventuranzas de Dios.

 

El versículo conclusivo del episodio –los dos discípulos “regresaron de nuevo a su casa” (v. 10)– casi da la impresión de que todo vuelve a ser como antes. Pero no es así. Los dos discípulos han conocido Jesús, han verificado los mismos hechos y visto los mismos signos. Reanudan la vida cotidiana, pero uno de ellos sigue desanimado y decepcionado, mientras el otro es guiado por una luz nueva, y sostenido por una esperanza nueva.

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