Tercer Domingo de Pascua – Año B (19 Abril 2015)

Dios nos pedirá que le mostremos

las manos

 

Introducción

 

 

Contemplamos las aves del cielo y los lirios del campo, pero la dulce emoción que sentimos queda velada por la tristeza que procede del destino que nos une a estas espléndidas criaturas. También el hombre es “como flor que se abre y se marchita” (Job 14,2) y sus días son como la hierba (cf. Sal 103,15). El grano muere para renacer de nuevo y “un árbol tiene esperanza: aunque lo corten vuelve a rebrotar y no deja de echar renuevos” (Job 14,7). ¿Cuál será el epílogo del dramático duelo entre la muerte y la vida en el que el hombre está también envuelto?

 

No hay duda, la última palabra la tendrá de la muerte. Tras miles de millones de años, la vida se apagará en el universo.

 

¿Qué sentido, entonces, habrá tenido nuestro paso por esta tierra? ¿Habrá sido como un meteorito que no dejará huellas? Tenemos la sensación de ser prisioneros, de estar encadenados en un mundo destinado a la muerte, del que no nos es permitido escapar.

 

Este es el gran enigma indescifrable al que los hombres han tratado desesperadamente de dar una respuesta.

 

La luz de la Pascua ha disuelto para siempre las tinieblas y las sombras de la muerte: este mundo no es una tumba, sino el seno en el que crecemos y nos preparamos para la vida sin límites, sin fronteras. La creación desembocará en nuevos cielos y una nueva tierra (cf. 2 Pe 3,13).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dios observará nuestras manos y nuestros pies para ver las marcas del amor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 3,13-19

 

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: 3,13: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que entregaron y rechazaron ante Pilato, que había sentenciado ponerlo en libertad. 3,14: Ustedes rechazaron al santo e inocente, y pidieron como una gracia la libertad de un homicida 3,15: mientras dieron muerte al Señor de la vida. Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello. 3,16: Porque ha creído en su Nombre, éste que ustedes conocen y están viendo ha recibido de ese Nombre vigor, y la fe que proviene de él le ha dado salud completa en presencia de todos ustedes. 3,17: Ahora bien, hermanos, sé que tanto ustedes como sus jefes lo hicieron por ignorancia. 3,18: Sólo que Dios ha cumplido así lo anunciado por todos los profetas, que su Mesías iba a padecer. 3,19: Ahora, arrepiéntanse y conviértanse para que todos sus pecados sean perdonados» – Palabra de Dios

 

 

Después de haber curado a un tullido que le pedía limosna junto a la puerta del templo, llamada “Hermosa” (cf. Hch 3,1-10), Pedro pronuncia el discurso del que está tomada la lectura de hoy.

 

El extraordinario prodigio llevado a cabo ha suscitado admiración y estupor entre los asistentes que se preguntan sobre lo sucedido: ¿Quiénes son los apóstoles? ¿Curanderos dotados de poderes misteriosos y extraordinarios?

 

Pedro aclara: “Israelitas ¿por qué se asombran y se quedan así mirándonos como si nosotros hubiéramos hecho caminar a éste con nuestro propio esfuerzo o santidad?” (v. 12). No es a nosotros a quien se debe atribuir la curación que se ha realizado, sino a la fe en Cristo. Es una señal evidente de que Jesús está vivo.

 

Es en este contexto en el que viene inserida nuestra lectura de hoy.

 

¿En qué sentido la curación de un tullido prueba que Jesús ha resucitado? ¿Quizás porque se trata de un milagro extraordinario que solamente lo puede hacer Dios? Si fuera así, quien no está en grado de realizar prodigios semejantes no puede ser testigo de la resurrección.

 

Pedro repite como un estribillo en sus discursos: “Nosotros somos testigos” (v.15). Los apóstoles se sienten testigos de la resurrección porque las obras que hacen prueban inequivocablemente que Cristo está vivo.

 

Jesús ha recorrido los caminos de Palestina anunciando el evangelio, curando a los enfermos, dando de comer a los que tenían hambre, recuperando a los perdidos. Si estas obras continúan a realizarse con la misma fuerza y poder, aunque no sucedan milagros, quiere decir que Jesús está vivo, que continua a actuar a través de sus discípulos y que su Espíritu está presente en el mundo.

 

Es así como todo discípulo está llamado a ser testigo de la resurrección. Quien anuncia el mensaje de salvación, quien se empeña en combatir el hambre, el dolor, la enfermedad, quien hace andar a los “tullidos” que no consiguen avanzar en el camino de la vida, quien, movido por el Espíritu, realiza las obras de Cristo, es testigo de que Él está vivo.

 

Hay en el discurso de Pedro otro detalle a tener en cuenta: los títulos atribuidos a Jesús “siervo fiel a Dios, santo, inocente, Señor de la vida” (vv. 13-15). No se trata de títulos honoríficos, sino de una síntesis de la fe de los primeros cristianos.

 

Toda la perspectiva de la vida cambia si se cree realmente que estos títulos pertenecen a Jesús, si estamos convencidos de que Él, el derrotado a los ojos del mundo, es, por el contrario, el hombre completo según Dios, el único santo y justo, y que el camino de la cruz por él propuesto, conduce a la vida.

 

Un tercer detalle se refiere a la contraposición dramática—entre muerte y vida, entre las obras de los hombres y la obra de Dios—presente en este discurso (vv. 13-15).

 

Por una parte, se pone en evidencia la acción de los hombres que matan al “autor de la vida” y que prefieren un asesino (Barrabás); por otra, viene resaltada la intervención de Dios que resucita y da la vida.

 

Es un mensaje de esperanza el que Pedro comunica: el amor de Dios termina siempre por prevalecer, sabe sacar el bien incluso de los errores de los hombres. Su proyecto no puede ser anulado por la ignorancia o la maldad; aun los acontecimientos más dramáticos, los gestos más insensatos (v. 17) serán siempre guiados por Él y llegarán a formar parte de su proyecto de salvación.

 

En la última parte del pasaje (vv. 17-19) Pedro les invita a la conversión. Los errores y pecados –que no van atribuidos a la maldad sino a la ignorancia– no tendrán nunca la última palabra; al final, siempre resonará el anuncio del perdón y la posibilidad de recuperación. La curación del “tullido” es prueba de ello: aun la persona más “deforme”, más “paralítica” será sanada por el poder del Espíritu del Resucitado.

 

Hoy, como entonces, es el mensaje que el autor de los Hechos dirige a los cristianos de sus comunidades: la curación del pecado pasa por dos etapas, la primera es la toma de conciencia del mal cometido, la admisión, sin excusas, de haber errado; la segunda es el cambio de vida.

 

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Segunda Lectura: 1 Juan 2,1-5

 

2,1: Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el Justo. 2,2: Él se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados y no sólo los nuestros, sino los de todo el mundo. 2,3: La señal de que lo conocemos es que cumplimos sus mandamientos. 2,4: Quien dice que lo conoce y no cumple sus mandamientos miente y no es sincero. 2,5: Pero quien cumple su palabra, ése ama perfectamente a Dios. En eso conocemos que estamos con él. – Palabra de Dios

 

 

Uno de los errores teológicos que se estaban difundiendo en las comunidades de Juan era una especie de optimismo absurdo, una insensata permisividad en el campo moral. Algunos grupos de discípulos sostenían que la sabiduría espiritual que habían adquirido y la iluminación recibida, les inmunizaba contra cualquier pecado.

 

Juan desenmascara y denuncia con severidad esta peligrosa ilusión: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de todo delito. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,8-10).

 

El cristiano es consciente de la propia fragilidad y reconoce que, incluso después de haber sido perdonado, sigue siendo débil y continúa a pecar. No obstante, posee una buena noticia: aunque peque, tiene ante el Padre a un abogado, Jesucristo el Justo (v. 1); no debe, pues, tener miedo alguno, sino la certeza de que la salvación no estará reservada a un pequeño grupo de creyentes, alcanzará a todos los hombres (v. 2).

 

La segunda parte de la lectura (vv. 3-5) se dirige a quien afirma conocer a Dios pero no practica sus mandamientos. La fe—declara Juan—no puede separarse de la vida; solo “Quien cumple su palabra, ese ama perfectamente a Dios” (v. 4). Quien se limita a profesar de palabra la propia adhesión a Cristo, es un mentiroso y se coloca fuera del proyecto de salvación (v. 4). Esto no significa que se encamina a la perdición eterna: una interpretación semejante estaría en contradicción con lo anteriormente afirmado. Se trata, más bien, de una seria invitación a tomar conciencia de que quien se aleja del Señor y de sus caminos, se separa de la fuente del amor, de la alegría y de la vida.


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Evangelio: Lucas 24,35-48

 

En aquel tiempo, 24,35: contaban los discípulos lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 24,36: Estaban hablando de esto, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz esté con ustedes. 24,37: Espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma. 24,38: Pero él les dijo: ¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas? 24,39: Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean, un fantasma no tiene carne y hueso, como ven que yo tengo. 24,40: Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 24,41: Era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer. Entonces les dijo: ¿Tienen aquí algo de comer? 24,42: Le ofrecieron un trozo de pescado asado. 24,43: Lo tomó y lo comió en su presencia. 24,44: Después les dijo: Esto es lo que les decía cuando todavía estaba con ustedes: que tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. 24,45: Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran la Escritura. 24,46: Y añadió: Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día; 24,47: que en su nombre se predicaría penitencia y perdón de pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. 24,48: Ustedes son testigos de todo esto. Palabra del Señor

 

 

La experiencia del Resucitado narrada en este pasaje evangélico, ha tenido lugar en Jerusalén en el día de Pascua, día que comenzó con la visita de las mujeres al sepulcro y con el anuncio de la resurrección que ellas recibieron de “dos hombres con vestidos brillantes” (Lc 24,1-8).

 

Bien entrada ya la noche, los Once y un grupo de discípulos se encontraban discutiendo acerca de las ‘manifestaciones del Resucitado de las que Simón y algunos otros habían sido testigos, cuando llegan, sin aliento, los dos de Emaús quienes refieren lo que les ha sucedido en el camino y cómo han reconocido al Señor al partir el pan.

 

En este momento de alegría desbordante, he aquí que aparece Jesús en persona en medio de ellos (vv. 35-36).

 

Era de esperar que los discípulos prorrumpieran en expresiones de gozo, como refiere Juan en su evangelio: “los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20). Lucas afirma, sin embargo, que se quedaron: “espantados y temblando de miedo, porque pensaban que era un fantasma y surgieron dudas en sus corazones” (vv. 35-36). Su reacción es difícil de explicar.

 

Es todavía más difícil de comprender la razón de sus dificultades para creer: “era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer” (v. 41). ¿Cómo reconciliar la alegría con las dudas?

 

Nos deja perplejos el hecho de que Jesús coma pescado ante sus discípulos (vv. 39-43). Pablo asegura que el cuerpo de los resucitados no es material como el que tenemos en este mundo (cf. 1 Cor 15,35-44), es un cuerpo “espiritual”, que pasa a través de puertas cerradas (cf. Jn 20,26) y, por tanto, no puede comer.

 

Hay quien piensa que sucedería algo semejante a lo que viene narrado en el libro de Tobías donde se dice que el Arcángel Rafael, en el momento en que se da a conocer, declara: “Aunque ustedes me veían comer, no comía, era pura apariencia” (Tob 12,19). Pero esta explicación no convence porque, en ese caso, la “prueba” dada por Jesús de su corporeidad estaría basada en una ilusión, en una alucinación.

 

Jerusalén, por otra parte, está bastante alejada del mar y no es probable que los discípulos pudieran ofrecer a Jesús, en tan poco tiempo, un plato de pescado a la brasa. El caso sería más verosímil en Cafarnaúm.

 

Estas dificultades, justamente resaltadas por los racionalistas, son preciosas porque nos hacen ir más allá del significado inmediato de lo narrado para captar su sentido más profundo. Lucas ha recurrido a un lenguaje concreto y a imágenes materiales para transmitir verdades inefables. ¿Qué significan, pues, el maravillarse, el miedo, las dudas de los discípulos o el hecho de que Jesús comiera ante ellos y después…ese extraño modo de reconocerlo a través de la observación de sus manos y de sus pies? A las personas se las reconoce por las facciones del rostro, no por las manos o por los pies.

 

Toda presencia de Dios narrada en la Biblia viene siempre acompañada por reacciones de temor por parte del hombre. Recordemos la exclamación de Isaías en el momento en que recibió su vocación: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor todopoderoso” (Is 6,5); pensemos en Zacarías y María quienes quedaron respectivamente asustado y desconcertada ante el anuncio del nacimiento de un hijo (cf. Lc 1,12.29), o bien a los apóstoles quienes, durante la transfiguración, “estaban llenos de miedo” (Mc 9,6).

 

No se trata del miedo ante un peligro, sino del estupor de quien recibe una revelación de Dios.

 

También en nuestro pasaje de hoy, el maravillarse y el temor son imágenes bíblicas. El evangelista se sirve de ellas para narrar las experiencias sobrenaturales e inefables de los discípulos que han sido inundados por una luz que no es de este mundo, sino que viene de Dios: han tenido un encuentro con el Resucitado.

 

El maravillarse y el miedo acompañan siempre, también hoy, a las manifestaciones del Señor “en medio” de sus comunidades. Maravilla y temor son imágenes de los cambios radicales que la aparición del Resucitado realiza en la vida del hombre. Con su fulgor, la luz de la Pascua revela la mezquindad de todo intento de replegarse en el mundo presente, y abre de par en par las mentes y los corazones a realidades absolutamente nuevas, al mundo de los resucitados, mundo que fascina y suscita maravilla y temor porque se trata del mundo de Dios.

 

Dejarse envolver por esta nueva dimensión no es simple ni ocurre de inmediato, lleva consigo dudas y perplejidades. Son las dudas a las que se refiere no solamente el evangelio de hoy (v. 38), sino todo relato de las experiencias del Resucitado.

 

Escepticismo, incredulidad, incerteza sobre la identidad aquel que se les aparecía, han caracterizado el camino lento y fatigoso que ha conducido a los apóstoles a la fe. Como les ocurrió a ellos, también a nosotros la realidad de la resurrección nos parece demasiado bella como para ser verdad. En algunas circunstancias, los apóstoles han tenido la sensación de contemplar a un fantasma; otras veces, como ocurrió en el lago de Tiberíades, no han reconocido en el Resucitado al Maestro que habían seguido a lo largo de los caminos de Palestina. Incluso después de la última manifestación sobre un monte de Galilea –refiere el evangelista Mateo– “algunos dudaron” (Mt 28:17).

 

Sus dudas, persistentes incluso después de tantas señales dadas por el Señor, prueban, ante todo, que los apóstoles no eran unos ingenuos; en segundo lugar, muestran que la fe no es un rendirse sin más ante la evidencia, sino que es la respuesta libre a una llamada. Existen siempre buenas razones para rechazarla y el hecho de que haya incrédulos prueba que Dios actúa de manera muy discreta, que no se impone a la libertad humana.

 

La insistencia de Lucas sobre la corporeidad del Resucitado nace de una preocupación pastoral: los cristianos a los que se dirigía, estaban imbuidos de las ideas filosóficas griegas, no negaban que después de la muerte se entrara en una nueva forma de vida, pero ésta la reducían a la supervivencia del componente espiritual del hombre. El cuerpo material era considerado como una prisión para el alma que aspiraba a desprenderse de la tierra y ascender al cielo. La resurrección corpórea era inconcebible y, cuando hablaban de apariciones de muertos, imaginaban siempre sombras, espíritus, fantasmas.

 

Para hacer aceptable la novedad de la concepción cristiana de la resurrección a quienes estaban ligados a la cultura griega, Lucas –el único entre los evangelistas– se vio obligado a recurrir a un lenguaje muy “corpóreo”. Los discípulos –asegura– han tocado al Resucitado, han comido con él, han sido invitados a mirar su carne y sus huesos.

 

Son afirmaciones de un realismo desconcertante.

 

Si no se tiene presente a los destinatarios de la obra de Lucas y cuál es el objetivo que ha llevado al evangelista a expresarse de esta manera, se corre el riesgo de equiparar la resurrección de Jesús a la reanimación de su cadáver, a un regreso a la forma de vida que tenía antes.

 

Lo resucitados no recuperan el cuerpo material, compuesto de átomos y moléculas, que tenían en este mundo. No tendría sentido ser despojados, en el momento de la muerte, de este cuerpo, para después recuperarlo en el día de la resurrección de los muertos. Dios no puede haber decretado la muerte del hombre para después darle la misma forma de vida. Si lo ha destinado a la muerte ha sido para introducirlo en una forma de vida nueva, completamente diferente de la actual, tan diferente como para no poder ser ni imaginada ni verificada. Nuestros sentidos no están en grado de captarla, puede ser percibida solamente a través de imágenes y signos y ser aceptada por la fe.

 

A este punto, tratemos de reformular el mensaje teológico del pasaje empleando un lenguaje más comprensible para nuestra cultura.

 

“El Resucitado” –asegura Lucas– no era un fantasma, sino el mismo Jesús que los discípulos habían tocado con sus manos y con el que habían comido. Había cambiado de aspecto, se había operado en él una sublime metamorfosis que lo hacia irreconocible; estaba transfigurado, pero no era otra persona; conservaba su cuerpo, su capacidad de manifestarse exteriormente, de relacionarse, de comunicar su amor, pero su cuerpo era diferente era –como enseña Pablo– un cuerpo “espiritual” (cf. 1 Cor 15,44).

 

Jesús tiene ahora un cuerpo que le permite continuar a comer y beber con nosotros, es decir, a tomar parte en nuestras esperanzas, desilusiones, alegrías y penas. No es inalcanzable, no es un espíritu irremediablemente alejado y distante de nuestra realidad. Incluso después de su regreso al Padre, Él sigue siendo plenamente hombre, uno de nosotros.

 

No es el único resucitado, es el primogénito de aquellos que resucitan de entre los muertos (cf. Col 1,18). Lo que ocurrió en él, se repite en cada discípulo. Al momento de la muerte, no habrá una separación del alma del cuerpo (esto es filosofía griega, no un concepto bíblico), sino que el hombre, en su integridad, entrara transfigurado en el mundo de Dios.

 

Ahora se entiende mejor la invitación del Resucitado a mirar sus manos y sus pies (v. 39). Mientras que a las personas se las identifica por el rostro, Jesús quiere ser reconocido por las manos y los pies. Se refiere a las heridas impresas por los clavos y a la cruz, ápice de una vida entregada por amor.

 

Incluso como resucitado, el cuerpo de Jesús conserva las marcas de la entrega total de sí mismo.

 

Dios no tiene otras manos que las de Cristo clavadas por amor. Sería una blasfemia imaginar que puedan hacer daño al hombre. No tiene otros pies que los de Cristo, clavados, y los muestra para decirnos que nunca podrá ya alejarse de nosotros.

 

Es contemplando estas manos y estos pies que el hombre descubre al verdadero, único Dios.

 

También el cristiano debe ser reconocido por las manos y los pies. Bienaventurados aquellos que podrán mostrar a Dios sus manos y sus pies marcados por actos de amor. Podrán gloriarse con Pablo: “Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6,17).

 

En la última parte del pasaje (vv. 44-48) viene indicado cómo experimentar hoy al Resucitado: es necesario abrir el corazón a la comprensión de las Escrituras. Es a través de ellas que Cristo continua a mostrar a sus discípulos “sus manos y sus pies”, es decir sus gestos de amor.

 

Inmediatamente después viene el gran anuncio, presente también en las otras dos lecturas: “En el nombre de Cristo serán proclamados a todas las gentes la conversión y el perdón de los pecados.”

 

Creer en la resurrección del Señor implica un cambio radical en la manera de pensar y de vivir. La noche de Pascua marcaba, para los primeros cristianos, el pasar de la muerte a la vida a través del sacramento del bautismo (cf. 1 Jn 3,14).

 

El anuncio de la resurrección de Cristo es eficaz y creíble sólo si los discípulos pueden, como el Maestro, mostrar a los hombres sus manos y sus pies marcados por obras de amor.

 

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