Archivo mensual: mayo 2015

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Año B (31 Mayo 2015)

La alegria de descubrir el arcano misterio

 

Introducción

 

No tenemos la exclusiva de la fe en Dios, pero la afirmación de que en el único Dios hay una paternidad, una filiación y un regalo de amor, es específico del cristianismo. Con una palabra abstracta, no bíblica y ciertamente inadecuada, nosotros llamamos a este misterio: Trinidad.

 

La rechazan los hebreos, quienes en la oración de la mañana y de la tarde, repiten: “El Señor es uno” (cf. Dt 6,4-5); no la aceptan los musulmanes para quienes sólo “Alá es grande y Mahoma es su profeta”.

 

Nosotros hablamos de misterio, no en el sentido de una realidad oscura, incomprensible y, si se entiende mal, incluso contraria a la razón, sino de riqueza de vida infinita del único Dios; trasciende toda comprensión y se revela progresivamente al hombre introducirlo en la plenitud de su gozo.

 

¿Será posible al hombre sondear este misterio inescrutable? Un sabio, que vivió en tiempos de Jesús, afirmó: “A duras penas adivinamos lo que hay en la tierra y con trabajo encontramos lo que está a nuestro alcance: ¿Quién podrá rastrear las cosas del cielo?” (Sab 9,16).

 

Para penetrar en el misterio de Dios, los musulmanes tienen el Corán del que derivan los noventa y nueve nombres de Alá; el nombre número cien, permanece innombrable porque el hombre no puede comprender todo de Dios. Los hebreos descubren al Señor a través de los acontecimientos de su historia de la salvación, meditada, reescrita y releída durante siglos, antes de ser finalmente consignada definitivamente al pueblo y, mucho más tarde, escrita en los libros sagrados. Para los cristianos, el libro que abre el camino hacia el descubrimiento de Dios es Jesucristo. Él es “el libro abierto a golpes de lanza” es el Hijo que, desde la cruz, revela que Dios es Padre y don del Amor, Vida, Espíritu.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Introdúceme, Señor, con la mente y el corazón, en tu vida que es amor.”

 

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Domingo de Pentecostés – Año B (24 Mayo 2015)

El Espiritu: la fantasia al poder

 

Introducción

 

Los fenómenos naturales que más impresionan la fantasía del hombre –el fuego, el relámpago, el huracán, el terremoto, los truenos (cf. Ex 19,16-19) son empleados en la Biblia para narrar las manifestaciones de Dios.

 

También para presentar la efusión del Espíritu del Señor, los autores sagrados recurren a estas imágenes. Han dicho que el Espíritu es soplo de vida (cf. Gn 2,7), lluvia que riega la tierra y transforma el desierto en un jardín (cf. Is 32,15; 44,3), fuerza que da vida (cf. Ez 37,1-14), trueno del cielo, viento huracanado, fragor, lenguas como de fuego (Hch 2,1-3). Imágenes vigorosas todas que sugieren la idea de una incontenible explosión de fuerza.

 

A donde llega el Espíritu, acontecen cambios y transformaciones radicales: se desploman barreras, se abren las puertas de par en par, tiemblan todas las torres construidas por manos humanas y proyectadas por la “sabiduría de este mundo”, desaparece el miedo, la pasividad, el quietismo, surgen iniciativas y se toman decisiones audaces.

 

Quien se siente insatisfecho y aspira a renovar el mundo y el hombre, puede contar con el Espíritu: nada resiste a su fuerza. Un día, el profeta Jeremías se ha preguntado en un momento de desconfianza: “¿Puede un etíope mudar de piel o una pantera de pelaje? ¿Podrán hacer el bien habituados como están a hacer el mal?” (Jer 13,23) Sí –se le puede responder– todo prodigio es posible allí donde irrumpe el Espíritu de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Espíritu del Señor llena el universo y renueva la faz de la tierra”.

 

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Solemnidad de la Ascensión del Señor – Año B (17 Mayo 2015)

Un modo diverso de estar cerca

 

Introducción

 

¿Ha cambiado algo en la tierra con la entrada de Jesús en la gloria del Padre? Exteriormente, nada. La vida de los hombres ha continuado a ser la misma de siempre: sembrar y cosechar, comerciar, construir casas, viajar, llorar, festejar, todo como antes. Tampoco los apóstoles se han beneficiado de ningún “descuento” respecto a los dramas y angustias experimentadas por los demás hombres. Sin embargo, algo increíblemente nuevo ha sucedido: una luz nueva ha sido proyectada sobre la existencia humana.

 

En un día de niebla, cuando el sol aparece de repente, las montañas, el mar, los campos, los árboles del bosque, los perfumes de las flores, el canto de los pájaros son los mismos, pero hay algo diferente en el modo de ver y percibir todo. Lo mismo ocurre a quien ha sido iluminado por la fe en Jesús ascendido al cielo: ve el mundo con ojos nuevos. Todo adquiere sentido, nada entristece, nada produce ya miedo. Por encima de las desventuras, las fatalidades, las miserias, los errores humanos, se vislumbra siempre al Señor que va construyendo su reino. Un ejemplo de esta perspectiva completamente nueva, podría ser el modo de considerar los años de la vida. Todos conocemos sin poder evitar a veces una sonrisa, a octogenarios que envidian a quienes tienen menos años que ellos, que se avergüenzan de su edad…es decir, que vuelven su mirada hacia el pasado en vez de hacia el futuro. La certeza de la Ascensión cambia totalmente esta perspectiva. Mientras transcurren los años, el cristiano tiene la satisfacción de ver acercarse el día del encuentro definitivo con Cristo. Está contento de haber vivido, no envidia a los jóvenes, los mira con ternura.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los sufrimientos del momento presente no son nada comparados con la gloria futura que será revelada en nosotros”.

 

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6to. Domingo de Pascua – Año B (10 de Mayo 2015)

Somos amados por eso amamos

 

Introducción

 

Baal, el gran dios adorado en todo el antiguo Medio Oriente, era el señor de la lluvia, el “caballero de las nubes” de quien dependía de la fertilidad de los campos y de los animales. Ante el quemaron incienso e doblaron las rodillas, tambien los israelitas, provocando el celo del Señor y el desprecio de los profetas. En la Biblia, su nombre aparece frecuentemente acompañado del nombre de una localidad –Safon Baal, Baal-peor, Baal-gad– correspondiente al monte en que surgía el santuario donde era venerado. También las otras divinidades de toda aquella área geográfica se identificaban con el nombre del lugar donde los devotos iban a rendirles culto.

 

En este ambiente cultural, sorprende que los israelitas concibieran su Dios como aquel que une el propio nombre no a un lugar, sino a personas: “Yo soy el Dios de tu padre –dijo a Moisés– el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3,6); “No temas, –repite frecuentemente a su pueblo– no te angusties, que yo soy tu Dios” (Is 41,10).

 

Israel había comprendido que el Señor unía su corazón al hombre, que cuidaba de su pueblo, sin embargo lo imaginaba también pronto a castigar: “castiga la culpa de los padres y los hijos, nietos y bisnietos” (Ex 34,7). Había contemplado la obra de sus manos, pero que aún no había visto la cara de Emmanuel –Dios con nosotros– y, sobre todo, aún no había descubierto su corazón.

 

El discípulo que, durante la cena reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor, nos ha revelado que Dios es amor, sólo amor y que todo el que ama ha nacido de él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando comprenda el Amor, aprenderé a amar”.

 

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