Archivo mensual: junio 2015

XIV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (5 de Julio 2015)

El riesgo de quedarse en casa

 

Introducción

 

El político hábil maneja siempre sabiamente sus relaciones con la institución religiosa: no la combate, sino que la halaga, intenta convertirla en aliada porque sabe que el ciudadano religioso es el más fiable e incluso el más devoto, si se logra convencerlo de que el apoyo al orden establecido equivale a promover el reino de Dios. Quien detenta el poder, se opone a todo lo que pueda subvertir el equilibrio del “orden establecido” y de las instituciones; logra su objetivo cuando hace creer al cristiano que existe una igualdad entre lo que normalmente se piensa y el mensaje del Evangelio, entre los principios dictados por la moral corriente y los valores predicados por Cristo, entre las bienaventuranzas del mundo y las de la Montaña.

 

Es una estrategia sutil en la que, muy frecuentemente y de buena fe, muchos cristianos se ven envueltos, pero que lleva a desnaturalizar al evangelio. Se dejan seducir, a veces, las jerarquías eclesiásticas y también el pueblo, pero nunca el profeta, no por ser una persona inquieta e insatisfecha por naturaleza, sino por hacer recibido y asimilado los pensamientos del Señor; por eso renuncia a poner el sello de Dios en los diseños del hombre y denuncia las estructuras marcadas por el pecado. Sus palabras molestan, producen irritación, y el destino que le espera no es otro que el de la incomprensión y el rechazo.

 

Le ocurrió a Jeremías, amenazado por sus compatriotas: “No profetices en Nombre del Señor si no quieres morir en nuestras manos” (Jr 11,21) y advertido por Dios: “Tus hermanos y tu familia, también te son desleales” (Jr 12,6). Le pasó a Mahoma cuando, en la Meca, quiso sacar a sus conciudadanos de la indiferencia religiosa, del apego a las cosas de esta tierra y de la injusticia social.

 

En Nazaret también le sucedió a Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Solo si salgo de la casa construida por los hombres, puedo encontrar al Señor”.

 

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XIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (28 de Junio 2015)

Rescatados de la muerte por el Dios de la vida

 

Introducción

 

A pesar del sufrimiento que lleva consigo, el hombre ama la vida desesperadamente. Aquiles responde a Ulises que en el Hades intenta consolarlo: “¡No embellecerme la muerte, Oh Ulises! Yo preferiría, como esclavo,  servir a otro hombre en la tierra, en lugar de reinar sobre los muertos”. Diferente concepción era la de los egipcios para quienes la muerte significaba entrar la “vida perpetua” en un reino maravilloso, situado a occidente, iluminado por el Dios Sol, desde el amanecer hasta el atardecer, cuando hay oscuridad en la tierra.

 

En todos los pueblos antiguos se impuso muy pronto la convicción de la existencia de una vida  más allá de la tumba y, entre los griegos, de la inmortalidad del alma. Inexplicablemente, esto no ocurrió entre los judíos, ya que, desde que nacieron como pueblo en Egipto, pasaron más de mil años antes de que comenzaran a creer en una vida después de la  de la muerte.

 

Proclamaron, sí, al Señor  “Dios de la vida” (cf. Nm 27,16), pero siempre desde la perspectiva terrena. “En ti está la fuente de la vida”, cantó el salmista, pero por vida entendían “salud y bendición” (Eclo 34,17), una tierra fértil, abundantes cosechas, posteridad numerosa y, finalmente, morir anciano y colmado de años” (Gn 35,29), como gavillas maduras que se retiran del campo (cf. Job 5,26). En la Biblia hebrea ni siquiera aparece la palabra “inmortalidad”.

 

La lentitud de Israel en llegar a la afirmación explícita de una vida eterna, es preciosa e iluminadora: nos hace comprender que, antes de creer en la resurrección y en un mundo futuro, es necesario valorar y amar apasionadamente la vida en este mundo, tal como la aprecia y ama Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Del Señor, he aprendido a  amar la vida, toda manifestación de vida”.

 

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XII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (21 de Junio 2015)

Arrecia la tempestad y Jesús duerme

 

Introducción

 

¿Qué palabra hay que esperar de un cristiano que experimenta dramas personales y familiares en cadena? Las epidemias, los terremotos, los ciclones que afectan a las zonas del mundo ya devastadas por el hambre y la miseria, plantean serios interrogantes al creyente. Las guerras, la violencia, las injusticias, las traiciones, es cierto, se atribuyen al hombre, pero ¿por qué el hombre es tan malo?, ¿no podía Dios haberlo hecho un poco mejor?

 

En el pasado hemos resuelto el problema del mal echando todas las culpas al diablo, a las leyes naturales o recurriendo a la fórmula mágica: Dios no lo quiere, pero lo permite. Pero si el Señor puede intervenir en la historia humana, ¿por qué no lo hace?

 

El enigma del mal no se puede explicar con razonamientos, de lo contrario Jesús nos lo hubiera aclarado. Un día, cuando la historia del mundo llegará a su cumplimiento, entenderemos el significado, pero ahora la respuesta de Dios a las acusaciones que tenemos el derecho de dirigirle, gritando con los apóstoles: “¿No te importa que muramos?”, es una sola y, ciertamente, la que menos esperábamos. Jesús no ha entrado en discusiones acerca del problema del mal, sino simplemente se ha subido a nuestra misma barca; zarandeado por la tempestad, junto a nosotros, está también él. Con los pobres ha experimentado la pobreza, con los excluidos el rechazo y la marginación; con los desilusionados ha compartido la incomprensión y las lágrimas; con los traicionados la amargura de la soledad y del abandono; junto a los oprimidos ha soportado la injusticia y con los condenados a muerte ha probado la angustia y el miedo.

 

Sin embargo, seguimos teniendo la impresión de que él duerma. Con nuestro grito, que es oración, querríamos despertarlo y obligarlo a intervenir. Pero él está ya despierto; lo que ocurre es que tiene una visión diferente del peligro y de cómo confrontarlo y pide de nosotros una confianza incondicional. Estamos zarandeados, es cierto, por las olas del mar pero, aunque no nos demos cuenta, él nos acompaña.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Arrecia la tempestad, pero no temo: en mi barca también viaja él”.

 

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XI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (14 de Junio 2015)

Al despertar contemplaremos la espiga madura

 

Introducción

 

Tenemos la impresión de estar asistiendo a un rápido descenso de los valores cristianos: vemos al hombre que trata de liberarse de la idea de Dios,  poniéndose a sí mismo como punto de referencia absoluto, como la medida de todas las cosas, como el árbitro del bien y del mal, absolutizando las realidades de este mundo y creyendo que la fe es algo anticuado en la vida. Esto es el secularismo, un fenómeno que tiene raíces históricas remotas, pero que ha alcanzado su apogeo en nuestro tiempo. ¿Por qué?

 

En la búsqueda de las causas, hay quienes atribuyen la responsabilidad a los sacerdotes quienes, cada vez más timoratos, evitan recordar esas verdades que, en el pasado, cuando las iglesias estaban abarrotadas de fieles, fueron los temas recurrentes de la catequesis: el juicio de Dios, la condenación eterna, el diablo, los castigos.

 

La verdad es otra: hoy estamos pagando las consecuencias de una evangelización y de una catequesis que -sin querer atribuir la culpa a los voluntariosos predicadores y catequistas del pasado-  no estaban firmemente basadas en la palabra de Dios.

 

El futuro está en nuestras manos. La iglesia ha tomado conciencia del tesoro que el Maestro le ha consignado: la Palabra, la semilla que espera ser esparcida por todo el mundo en abundancia, para que la fe florezca sobre una nueva base y un fundamento seguro.

 

Quien hoy día, con esfuerzo e ilusión, está esparciendo en el mundo esta preciosa semilla, quizás no pueda contemplar las espigas maduras pero, al menos los tallos, esto sí, pueden pedir al Señor  poder verlos despuntar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el grano de trigo que desaparece en la tierra produce mucho fruto”.

 

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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Año B (7 de Junio 2015)

La Alianza: Es el Anillo de la Esposa

 

Introducción

 

En el Antiguo Testamento el término alianza aparece hasta 286 veces y esto da una idea de la importancia que Israel ha atribuido a esta institución. La utilizó  como imagen para exprimir su relación con el Señor. Pero ¿qué significa hacer una alianza con Dios?

 

Hablar de contrato bilateral es aproximativo y también engañoso. La primera alianza, estipulada con Noé y, por medio de él, con la humanidad entera y “con todos los animales que los acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca” (Gn 9,8-11), fue unilateral, sólo el Señor asumió los compromisos sin pretender nada a cambio; prometió que no habría más  diluvios, aunque sabía que el hombre seguiría siendo infiel, “porque el corazón del hombre se pervierte desde la juventud” (Gn 8,21).

 

Llamó a Abrahán de Mesopotamia para darle una tierra, aunque Abrahán no había hecho nada para merecer este regalo: sólo se le pidió creer en el amor gratuito. Para convencerlo, Dios hizo una alianza con él y la sancionó con un ritual (cf. Gn 15). El patriarca no debía tener miedo, entraría en posesión de la tierra, porque la alianza del Señor era inviolable: se basaba en su palabra, solemne, confirmada por un juramento.

 

La gratuidad y el compromiso unilateral caracterizan las alianzas de Dios. A lo largo de su turbulenta historia, Israel mantuvo la memoria de ellas y, aun en los momentos más dramáticos, nunca perdió la esperanza, consciente de que la predilección del Señor por ellos nunca vendría a menos. Podría también pecar lo que quisiera, pero el Señor nunca revocaría su alianza, ya que, sin pedir nada a cambio, había prometido bendecir a su pueblo. Las alianzas de Dios no tienen nada de contractual, son pura gracia.

 

Sin embargo, el Señor espera una respuesta por parte del hombre: no le pide que firme un acuerdo, sino que acepte su propuesta de mutua pertenencia, como sucede entre el esposo y la esposa.  La Eucaristía… es el intercambio de anillos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La celebración eucaristía es el banquete de bodas con el Señor”.

 

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