XI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (14 de Junio 2015)

Al despertar contemplaremos la espiga madura

 

Introducción

 

Tenemos la impresión de estar asistiendo a un rápido descenso de los valores cristianos: vemos al hombre que trata de liberarse de la idea de Dios,  poniéndose a sí mismo como punto de referencia absoluto, como la medida de todas las cosas, como el árbitro del bien y del mal, absolutizando las realidades de este mundo y creyendo que la fe es algo anticuado en la vida. Esto es el secularismo, un fenómeno que tiene raíces históricas remotas, pero que ha alcanzado su apogeo en nuestro tiempo. ¿Por qué?

 

En la búsqueda de las causas, hay quienes atribuyen la responsabilidad a los sacerdotes quienes, cada vez más timoratos, evitan recordar esas verdades que, en el pasado, cuando las iglesias estaban abarrotadas de fieles, fueron los temas recurrentes de la catequesis: el juicio de Dios, la condenación eterna, el diablo, los castigos.

 

La verdad es otra: hoy estamos pagando las consecuencias de una evangelización y de una catequesis que -sin querer atribuir la culpa a los voluntariosos predicadores y catequistas del pasado-  no estaban firmemente basadas en la palabra de Dios.

 

El futuro está en nuestras manos. La iglesia ha tomado conciencia del tesoro que el Maestro le ha consignado: la Palabra, la semilla que espera ser esparcida por todo el mundo en abundancia, para que la fe florezca sobre una nueva base y un fundamento seguro.

 

Quien hoy día, con esfuerzo e ilusión, está esparciendo en el mundo esta preciosa semilla, quizás no pueda contemplar las espigas maduras pero, al menos los tallos, esto sí, pueden pedir al Señor  poder verlos despuntar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el grano de trigo que desaparece en la tierra produce mucho fruto”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Éxodo 24,3-8

 

17,22: Así dice el Señor Dios: Tomaré la copa de un cedro del cedro alto y encumbrado; cortaré un brote de la más alta de sus ramas y yo lo plantaré en un monte elevado y señero, 17,23: lo plantaré en el monte encumbrado de Israel. Echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros, a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. 17,24: Y sabrán los árboles silvestres que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, seco el árbol verde y reverdezco el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo hago. – Palabra de Dios

 

 

Esta profecía fue pronunciada por Ezequiel en un momento particularmente dramático en la historia de Israel: Joaquín, el último vástago de la dinastía de David, había sido derrotado, hecho prisionero y deportado a Babilonia.

 

El desastre nacional había sacudido la fe de muchos israelitas que se preguntaban cómo había podido el Señor, quien había prometido a David una dinastía eterna, dejar que Joaquín fuera arrancado del trono de Jerusalén, como un árbol es arrancado  por el huracán  y arrastrado lejos por la corriente impetuosa de un río.  ¿Tal vez Dios se había olvidado de la fidelidad jurada a su elegido?

 

Ante esta pregunta angustiosa, Ezequiel, que se encuentra entre los exiliados en Babilonia, responde con una imagen. La familia de David –explica– es como un exuberante cedro que un leñador bárbaro y despiadado, Nabucodonosor, rey de Babilonia ha truncado y desmembrado.

 

Pero Dios no miente, nunca se retracta de sus promesas. Esto es lo que va a hacer: Irá a Babilonia y, del cedro abatido de la dinastía de David, recogerá el último retoño y lo trasplantará en un alto monte de la tierra de Israel (v. 22). Este tallo frágil y casi sin vida, crecerá hasta convertirse en un enorme cedro en el que anidarán todas las aves del cielo (v. 23).

 

Esta promesa es maravillosa. Con la imagen de los pájaros en el cielo, alude el profeta, de hecho, nada menos que a los reinos vasallos del inmenso Imperio Asirio (cf. Ez 31,6). Éstos –asegura– algún día van a pasar al control de Israel, le serán todos sometidos, como en la época de David.

 

Cuando pronunció esta profecía, Ezequiel probablemente soñaba con una rápida restauración de la monarquía davídica, pero los años pasaron y sus expectativas se desvanecieron.

 

En esta situación comenzó a tomar forma, cada vez más clara, la espera de un Mesías, un brote de la familia de David, destinado a realizar plenamente las promesas hechas por el Señor a su pueblo.

 

En el tiempo establecido, las profecías se cumplieron en Jesús, el brote del gran cedro que Dios ha plantado en la tierra. Él es el esperado descendiente de David. Las aves que encuentran descanso a la sombra de sus ramas, representan a todos los pueblos, anteriormente bajo el poder del mal que los esclavizaba. Las ramas, a su vez, podrían indicar los acogedores brazos de la comunidad cristiana.

 

Esta lectura es una invitación a confiar siempre en Dios,  pero especialmente cuando nuestras expectativas parecen vanas y las esperanzas frustradas, porque es Él quien dice “yo elevo al árbol humilde y reverdezco el árbol seco” (v. 24).

 

Las expresiones utilizadas por Ezequiel nos recuerdan el canto de María: “Él ha depuesto a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 1,52). Recordemos, en particular, la obra más grande de Dios, la resurrección de Cristo. De la tumba donde señoreaba la muerte, ha hecho surgir la vida. Si Dios ha obrado  semejante  prodigio, sabrá también transformar  en victoria toda derrota.

 

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Segunda Lectura: Hebreos 9,11-15

 

5,6: Hermanos: tenemos siempre confianza y sabemos que mientras el cuerpo sea nuestra patria, estaremos en el destierro, lejos del Señor. 5,7: Porque ahora no podemos verlo, sino que vivimos sostenidos por la fe. 5,8:Pero tenemos confianza, y preferiríamos salir de este cuerpo para residir junto al Señor. 5,9: En cualquier caso, en la patria o desterrados, nuestro único deseo es serle agradables. 5,10: Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el pago de lo que hicimos, el bien o el mal mientras estábamos en el cuerpo. – Palabra de Dios

 

 

Hemos ya comentado en los últimos domingos que Pablo,  entrado ya en años, comenzaba a sentirse cansado. El sufrimiento que había soportado, la persecución, la traición de los amigos, la incomprensión de tantos hermanos en la fe, había marcado su cuerpo y su espíritu.

 

En la primera parte del texto de hoy (vv. 6-8) compara su condición a la del exiliado: en este mundo se siente extranjero, viviendo lejos de su tierra, con el pensamiento siempre vuelto hacia la patria que le espera. Quiere estar siempre con Dios y con Cristo y sabe que para lograr esta vida plena y definitiva, debe pasar por la muerte, pero este pensamiento no le asusta.

 

En la segunda parte (v. 9) se da cuenta de que su deseo de dejar este mundo podría ser entendido como una huida frente a las dificultades, el sufrimiento,  su responsabilidad hacia las comunidades cristianas nacidas de su predicación. Entonces, concluye: el tiempo que el Señor me quiera dejar en este cuerpo, voy a dar lo mejor de mí mismo.

 

En el último versículo (v. 10) alude, utilizando la imagen tradicional del juicio de Dios, al valor y la importancia decisiva de la vida en este mundo. La vida futura no nacerá de la nada, brotará de lo que cada uno haya sembrado en esta vida. Nadie será rechazado por el Señor, pero la capacidad de acoger su infinito amor será diferente para cada uno, y dependerá de la mejor o peor “gestación” vivida en este mundo.

 


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Evangelio: Marcos 4,26-34

 

4,26: En aquel tiempo decía Jesús a la muchedumbre: El reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: 4,27: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. 4,28: La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. 4,29: En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la cosecha. 4,30: Dijo también: ¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? 4,31: Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; 4,32: después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra. 4,33: Con muchas parábolas como éstas les exponía la Palabra, conforme a lo que podían comprender. 4,34: Sin parábolas no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos les explicaba todo.  Palabra del Señor

 

 

¿Se puede acelerar el crecimiento del reino de Dios?

 

A esta pregunta, Jesús responde con una breve parábola, una pequeña joya, conservada solamente por Marcos, que se encuentra en la primera parte del Evangelio de hoy (vv. 26-29).

 

Está dividida en tres partes de diferente amplitud, que corresponden a los tres momentos en que se desarrolla el trabajo agrícola: la siembra (v. 26), el crecimiento de la semilla (vv. 27-28), la cosecha (v. 29)

 

La primera y la tercera, es decir, aquellas en que se describe el trabajo del agricultor, se reducen al mínimo, “Echa la semilla en la tierra” (v. 26) y “comienza a cosechar” (v. 29), nada más.

 

Mucho más desarrollada es la parte central que ocupa dos tercios de la parábola. El narrador claramente quiere dirigir  toda la atención de sus lectores al momento del crecimiento; por eso, forzando un poco el relato, no sólo pasa por alto la labor del agricultor, sino que ignora deliberadamente las otras actividades que éste normalmente desarrolla, incluso después de la siembra: protección, limpieza, riego de los campos. A Jesús le interesa poner de relieve solamente una cosa: la irresistible fuerza de la semilla que, una vez echada en tierra, crece por sí misma.

 

En la primera parte de la parábola (v. 26) destacamos un detalle: el evangelista no utiliza el término técnico sembrar, sino que habla de un hombre que arroja la semilla, haciéndonos casi  contemplar el amplio gesto de los brazos del agricultor que esparce por todas partes, con alegría y sin ahorrar, los preciosos granos. Es así que debe transmitirse el mensaje del Evangelio, con profusión y lanzado en la tierra, no en un campo definido y limitado, sino en todo el mundo. Es la invitación a superar cualquier exclusivismo; ningún pueblo puede apropiarse para sí las bendiciones de Dios.

 

Después de la temporada de la siembra, le llega al hombre el momento de finalizar el trabajo (vv. 27-28). Los días y las noches transcurren mientras que el agricultor duerme y vigila, sin poder intervenir en el crecimiento. Es inútil tratar de hacer algo, angustiarse o preocuparse, el proceso sigue su curso y ya no depende de él; si se agita, si entra en el campo, sólo causa problemas, pisotea y daña los brotes tiernos. Lo único que puede hacer es esperar. De hecho, en  silencio y casi imperceptiblemente, comienza el milagro: el brotar la semilla de la tierra.

 

La descripción del crecimiento es muy detallada: aparece primero el tallo verde y tierno, luego la espiga y después el grano maduro. Un desarrollo que asombra y deleita, pero que no puede ser forzado, requiere tiempo y paciencia.

 

La asimilación del mensaje evangélico no es inmediata; el trabajo de transformación interior de la persona lleva días y años. Sin embargo, una vez que ha penetrado en el corazón, la palabra de Cristo establece un dinamismo imparable, aunque lento. El que ha oído el mensaje no sigue siendo el mismo.

 

Una de las tentaciones más comunes de los apóstoles del Evangelio es el desánimo. A menudo se entristecen si no notan de inmediato algún resultado concreto de su predicación.

 

La enseñanza de la parábola está dirigida especialmente a ellos. Si se está seguro de haber anunciado el auténtico mensaje de Cristo, si no ha sido contaminado por la sabiduría de este mundo, ni debilitada o adulterada su fuerza explosiva con añadiduras humanas de sentido común, se debe tener la absoluta certeza de que los frutos serán abundantes.

 

La llegada de la estación y la abundancia de la cosecha no dependen de ellos, sino de la tierra, más o menos fecunda, en la que cayó la semilla de la palabra.

 

Modelo del predicador es Pablo que decía a los corintios: “Yo planté, Apolo regó, pero Dios es el que da el crecimiento” (1 Cor 3,6).

 

El proceso de maduración debe ser respetado. El que quiera acelerarlo corre el riesgo de dejarse llevar por el frenesí, de creer que puede sustituir su propia acción a la del Espíritu; si así interviene, puede fácilmente perder el control y recurrir también a métodos equivocados, hacer uso de la coacción, no respetar la libertad, provocar un chantaje psicológico.

 

Los que, desde el tiempo de san Agustín, han llegado a justificar el recurso a la espada para forzar la conversión, están demostrando a qué aberraciones pueda llevar la falta de respeto a los tiempos de crecimiento de la semilla.

 

La parábola desafía a todos, padres, educadores, líderes de la comunidad cristiana quienes, a pesar de las mejores intenciones, se dejan a veces llevar de la impaciencia, la prisa, del ansia de la eficiencia a toda costa, consiguiendo, como único resultado, aparecer irritantes, agresivos, intolerantes.

 

Gran parte de las recomendaciones de los maestros de la vida espiritual está constituida por llamamientos apremiantes al compromiso, a la actividad incansable, al trabajo febril. El Evangelio de hoy nos recuerda otro aspecto, igualmente importante. Hay momentos en los que es necesario “dormir”, es decir, saber esperar, mantener la calma y sentarse a contemplar asombrados la semilla que brota y crece por sí misma. Los frutos irán con certeza más allá de todas las expectativas. Quien no está convencido de ello, no tiene fe en la prodigiosa fuerza de la palabra de Cristo.

 

La segunda parábola (vv. 30-32) trata también de la experiencia de la vida del campo. El agricultor ve cada día cómo desaparecen pequeñas semillas en la tierra que después renacen para convertirse en tallos, arbustos e incluso árboles de gran tamaño.

 

Es el sorprendente contraste entre la pequeñez de los comienzos y la grandeza de los resultados lo que Jesús pretende dar a conocer con la parábola del grano de mostaza que, según la opinión popular, era la más pequeña de todas las semillas. La maravilla surgía de la constatación de que, de un grano casi invisible, brotaba y crecía, en una sola estación, un arbusto que, aún hoy día, a lo largo de las orillas del lago de Galilea puede alcanzar los tres metros de altura.

 

Con esta parábola, Jesús no pretende predecir futuros triunfos de la iglesia que, comenzada con algunos pobres pescadores, se convertiría en una institución sólida, influyente, capaz de inspirar temor y respeto, incluso a los detentores del poder político. El desarrollo del reino de Dios no se mide  por las estadísticas, ya que, como nos dice Lucas, no se puede ver ni cuantificar, se encuentra, de hecho, en lo más íntimo de toda persona (cf. Lc 17,21).

 

La semilla del reino de Dios permanece siempre pequeña y carente de la gloria de este mundo; los efectos que produce superan, sin embargo, todas las expectativas y en la parábola se presentan a través de imágenes tomadas del Antiguo Testamento.

 

El exuberante crecimiento del árbol evoca la exuberancia de la vida, la plenitud del éxito. Ezequiel compara  Asiria, llegada a la cima del poder, a un “cedro del Líbano, de magnífico ramaje, tupido y umbroso, de estatura gigante, cuya copa llega hasta las nubes. Así se empinó por encima de los árboles de la campiña” (Ez 31,3.5).

 

La sombra que defiende de los ardientes rayos del sol, es una metáfora de la protección ofrecida por el reino de Dios a aquellos que entran en él (cf. Sal 91,1).

 

Incluso la imagen de las aves que anidan se encuentra frecuentemente en el Antiguo Testamento (cf. Ez 31,6); representa a aquellos que, habiendo puesto toda su confianza en la palabra de Dios, construyen sus nidos en la casa del Señor (cf. Sal 84,4), es decir, viven en sintonía con los valores del Evangelio. Ellos experimentarán el gozo, la paz, la plenitud del amor, al reparo de la sombra ofrecida por el Altísimo (cf. Sal 91,1).

 

La parábola es una invitación a considerar la realidad con los ojos de Dios. Los hombres dan valor a lo que es grande y  visible, juzgan los éxitos y fracasos de las personas según el dinero acumulado, la posición de poder que ocupan,  de los títulos de honor, el prestigio y la fama. Jesús invirtió esta escala de valores: “El que se hace pequeño, será el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18,4).

 

Sólo aquellos que se hacen pequeños como un grano de mostaza serán “como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo, su fronda no se marchita” (Sal 1,3).

 

La parábola quiere infundir alegría y optimismo. Un día aparecerán delante de los hombres las maravillas obradas por Dios a través de los que, como su Hijo, se hicieron mansos y humildes servidores de todos.

 

De todo el mensaje cristiano, ésta es sin duda la parte más difícil de asimilar, por lo que no es  extraño que  muchos no lo entiendan.  Para la mayoría sigue siendo un enigma sin resolver, no porque ellos no entiendan el significado, sino porque es absurdo y humanamente inconcebible que haciéndonos pequeños, nos convirtamos en grandes a los ojos Dios.

 

El texto termina con un comentario  del evangelista: “En privado, Jesús explicó todo a sus discípulos” (v. 34). Es necesaria la reflexión, el silencio y la oración; hay que dedicar tiempo al diálogo con Cristo, hay que crear un clima espiritual adecuado si se quiere recibir del Espíritu la luz necesaria para asimilar y traducir en opciones de vida el mensaje de esta parábola.

 

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Categorías: Ciclo B | 1 comentario

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Un pensamiento en “XI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (14 de Junio 2015)

  1. esther muinde

    me ha gustado mucho el comentario de las lecturas. y solo el silencio y la oración nos hará más digno de comprender la palabra de Dios. De verdad me ha hecho pensar meditar y crecer. muchas gracias por todo y que Dios os bendiga . no canséis de sembrar el amor misericordioso de Dios,. nos toca a sembrar y dejar en las manos de señor. muchas gracias

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