XII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (21 de Junio 2015)

Arrecia la tempestad y Jesús duerme

 

Introducción

 

¿Qué palabra hay que esperar de un cristiano que experimenta dramas personales y familiares en cadena? Las epidemias, los terremotos, los ciclones que afectan a las zonas del mundo ya devastadas por el hambre y la miseria, plantean serios interrogantes al creyente. Las guerras, la violencia, las injusticias, las traiciones, es cierto, se atribuyen al hombre, pero ¿por qué el hombre es tan malo?, ¿no podía Dios haberlo hecho un poco mejor?

 

En el pasado hemos resuelto el problema del mal echando todas las culpas al diablo, a las leyes naturales o recurriendo a la fórmula mágica: Dios no lo quiere, pero lo permite. Pero si el Señor puede intervenir en la historia humana, ¿por qué no lo hace?

 

El enigma del mal no se puede explicar con razonamientos, de lo contrario Jesús nos lo hubiera aclarado. Un día, cuando la historia del mundo llegará a su cumplimiento, entenderemos el significado, pero ahora la respuesta de Dios a las acusaciones que tenemos el derecho de dirigirle, gritando con los apóstoles: “¿No te importa que muramos?”, es una sola y, ciertamente, la que menos esperábamos. Jesús no ha entrado en discusiones acerca del problema del mal, sino simplemente se ha subido a nuestra misma barca; zarandeado por la tempestad, junto a nosotros, está también él. Con los pobres ha experimentado la pobreza, con los excluidos el rechazo y la marginación; con los desilusionados ha compartido la incomprensión y las lágrimas; con los traicionados la amargura de la soledad y del abandono; junto a los oprimidos ha soportado la injusticia y con los condenados a muerte ha probado la angustia y el miedo.

 

Sin embargo, seguimos teniendo la impresión de que él duerma. Con nuestro grito, que es oración, querríamos despertarlo y obligarlo a intervenir. Pero él está ya despierto; lo que ocurre es que tiene una visión diferente del peligro y de cómo confrontarlo y pide de nosotros una confianza incondicional. Estamos zarandeados, es cierto, por las olas del mar pero, aunque no nos demos cuenta, él nos acompaña.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Arrecia la tempestad, pero no temo: en mi barca también viaja él”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Job 38,1.8-11

 

38,1: El Señor habló a Job desde la tormenta: 38,8: ¿Quién cerró el mar con una puerta cuando salía impetuoso del seno materno, 38,9: cuando le puse nubes por vestido y niebla por pañales, 38,10: cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos y le dije: 38,11: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí acabará la arrogancia de tus olas?” – Palabra de Dios

 

 

En todos los mitos de la creación del antiguo Oriente Medio se cuenta el dramático conflicto entre Dios, promotor del orden y de la vida, y el Yam, el mar, monstruo aterrador que, desencadenando su poder abrumador, trataba de mantener en el mundo el caos y la muerte. El mar se convierte así en símbolo de las fuerzas negativas, contrarias a la vida, enemigas de la humanidad.

 

No es de extrañar que la Biblia, nacida en este ambiente cultural, haya conservado en algunas de sus páginas el recuerdo de este mito. Ya en el primer capítulo del Génesis se habla de una masa informe y deshabitada, de un abismo envuelto en tinieblas (cf. Gn 1,2) sobre el cual Dios interviene para poner orden, separando la luz de las tinieblas, el agua de la tierra firme y las aguas dulces de las saladas.

 

En contraste con los dioses que aparecen en los relatos de los pueblos de Mesopotamia, el Dios bíblico, mantiene sin embargo un comportamiento totalmente original. Nunca se involucra en un combate obstinado contra el dragón marino, sino que se impone sin esfuerzo, actúa recurriendo a su palabra: “Él lo dijo, y existió, Él lo mandó, y surgió” (Sal 33,9).

 

Estupefacto ante esta increíble victoria, el salmista canta: “cubriste la tierra con el océano como un manto, y las aguas persistían sobre los montes. Pero ante tu bramido huyeron, ante tu voz tonante se precipitaron…trazaste una frontera infranqueable, para que nunca más aneguen la tierra” (Sal 104,5-9).

 

El dominio de Dios sobre la creación se revela total y perfecto, “porque doblegas la soberbia del mar y acallas tu oleaje embravecido” (Sal 89,10). Su poder indiscutido aparece especialmente durante la noche de la liberación de Egipto, cuando “hizo retirarse al mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche, el mar se quedó seco y las aguas se dividieron en dos, y los israelitas pasaron por el mar a pie mientras las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda” (Ex 14,21.29).

 

Sobre este tema, la lectura de hoy nos propone un texto memorable, sacado de la respuesta de Dios a Job, quien le exigía una explicación al gran enigma del dolor.

 

“¿Dónde estabas –le responde el Señor– cuando cimenté la tierra? Dime, si es que tú sabes tanto” (Job 38,4). Es una invitación a tomar conciencia de la propia condición de criatura, limitada en el tiempo y en el espacio, incapaz de penetrar en los grandes misterios del universo.

 

Después, siempre dirigiéndose a Job, Dios continua recordando cómo, casi por diversión, asume el control total de las aguas primordiales que amenazaban con sobreponerse a los otros elementos. Coloqué –dice– el mar en su lugar, le puse límites infranqueables, cerré sus puertas con cerrojos de modo que no pudiera más salir y causar desordenes; lo privé de toda su monstruosa energía de muerte, lo inmovilicé rodeándolo de nubes como un manto y lo envolví, como si se tratara de un recién nacido, con fajas de tupida niebla (v. 9); entonces le di una orden perentoria: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí acabará la arrogancia de tus olas” (v. 11).

 

Son imágenes sugestivas, salidas de la mente y del corazón de un poeta incomparable; comunican nítidamente, la sensación del perfecto, indiscutible dominio Dios sobre todo lo que amenaza el orden de la creación y la vida de los hombres. Son imágenes que nos permiten comprender la razón del estupor de los discípulos, cuando se dieron cuenta que Jesús dominaba incluso a las olas del mar y éstas le obedecían.

 

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Segunda Lectura: 2 Corintios 5,14-17

 

Hermanos: 5,14: El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos murieron. 5,15: Y murió por todos para que los que viven no vivan para sí, sino para quien por ellos murió y resucitó. 5,16: De modo que nosotros de ahora en adelante no consideramos a nadie con criterios humanos; 5,17: y si un tiempo consideramos a Cristo con criterios humanos, ahora ya no lo hacemos. Si uno es cristiano, es una criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. – Palabra de Dios

 

 

Pablo siempre ha vivido de manera coherente con el mensaje que anunciaba; no obstante, se ha mostrado, a veces, bastante duro e intransigente y este límite de su carácter le ha alienado las simpatías de muchos hermanos en la fe. En Corinto, sobre todo, algunos cristianos no lo soportaban, criticaban su compromiso apostólico, desacreditaban su doctrina y, para conquistarse la confianza de la comunidad, ostentaban experiencias místicas, raptos extáticos, visiones, convencidos de poder probar así, de modo irrefutable, que su predicación y su vida tenían la aprobación de Dios.

 

Pablo podría haber respondido, como lo había hecho en otras ocasiones (cf. 2 Cor 12,1-6), que, en cuanto a experiencias espirituales elevadas, no se sentía inferior a ninguno pero que, sin embargo, no aceptaba ninguna confrontación sobre este asunto. No son los fenómenos extraordinarios los que identifican al verdadero discípulo y demuestran la autenticidad del mensaje. Lo que califica al cristiano es la dedicación desinteresada al servicio comunitario, a imitación del Maestro, quien no ha vivido para sí mismo, sino que ha donado su vida por todos (vv. 14-15). En esta imitación, Pablo sabe que no tiene rival, por eso, con cierta audacia, recomienda los corintios: “Sean imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1; 4,16).

 

Antes de la conversión –reconoce– he conocido a Jesús “según la carne”, es decir, lo he juzgado según los criterios humanos, aprendidos de los rabinos y teniéndolo como “maldito de Dios”, por haber sido condenado por las legítimas autoridades de mi pueblo (cf. Gal 3,13). Ahora, después de recibir, en el camino a Damasco, una luz del cielo, no lo conozco más así (v. 16); he comprendido que él “nos rescató de la maldición de la ley, sometiéndose él mismo a la maldición por nosotros” (Gal 3,13).

 

Desde aquel Viernes Santo todo ha cambiado, ha surgido un nuevo mundo en el que entra quien renuncia a pensar en sí mismo y se abre al amor desinteresado por los demás. Así, “si uno es cristiano, es una criatura nueva; lo antiguo pasó; ha llegado lo nuevo” (v. 17).


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Evangelio: Marcos 4,35-41

 

4,35: Un día al atardecer dijo Jesús a sus discípulos: Pasemos a la otra orilla. 4,36: Ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca tal como estaba; otras barcas lo acompañaban. 4,37: Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca que se estaba llenando de agua. 4,38: Él dormía en la popa sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: Maestro, ¿no te importa que naufraguemos? 4,39: Él se levantó, increpó al viento y ordenó al lago: ¡Calla, enmudece! El viento cesó y sobrevino una gran calma. Y les dijo: 4,40: ¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe? 4,41: Llenos de miedo se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?  Palabra del Señor

 

 

Algunos prodigios narrados en los evangelios causan perplejidad: una higuera que Jesús hizo secar porque no producía frutos, a pesar de no ser la estación de producirlos (cf. Mc 11,13), quinientos o seiscientos litros de agua transformados en vino (cf. Juan 2,1-11), Jesús que camina sobre las aguas y Pedro que intenta imitarlo (cf. Mt 14,22-33); Pedro que paga el tributo del templo con una moneda de plata encontrada en la boca de un pez (cf. Mt 17,24-27). Se tratan de relatos que hay que leer con mucha cautela porque, para componerlos, los evangelistas han recurrido a imágenes e introducido referencias bíblicas que no siempre son fáciles de captar.

 

La tempestad calmada, propuesta en el Evangelio de hoy, entra en esta categoría de milagros un poco extraños; hay que evitar, por tanto, el error de considerarla como acontecimiento de crónica, exacto hasta en sus más mínimos detalles. Algunas rarezas inmediatamente llaman la atención, por ejemplo: durante la peligrosa travesía Jesús duerme mientras los discípulos tratan, solos, desesperadamente, de luchar contra las olas del mar; es inverosímil que Jesús logre reposar tranquilo en una pequeña barca, llena de agua, a merced de las olas. Además, es de noche, Jesús y sus discípulos están cansados ​​y era ya hora de regresar a casa, a Cafarnaúm; no se entiende qué buscaban en la otra parte del lago, donde parece que no tenían amigos; del episodio siguiente, de hecho, resulta claro que, en aquella región, no conocían a nadie (cf. Mc 5,17). Los discípulos se dirigen al Señor para que los salve, lo que demuestra que creen en él, sin embargo son reprendidos por no tener fe. Finalmente, después que el viento ha cesado y restablecida la calma, los apóstoles, en vez de alegrarse, “están llenos de miedo”.

 

Estos y otros particulares constituyen una tácita invitación a ir más allá del simple dato de crónica y buscar más en profundidad, con el fin de descubrir el verdadero mensaje del texto. Estamos frente a una página de teología que contiene numerosas referencias bíblicas y el objetivo de Marcos no es mostrar que Jesús es capaz de realizar prodigios extraordinarios, sino desvelarnos gradualmente su identidad. El evangelista quiere responder a la pregunta que, desde el comienzo de su vida pública, todos se han puesto: ¿Quién es éste?

 

Comencemos con decodificar el lenguaje utilizado por Marcos. La barca, el lugar hacia el que ésta se dirige, las otras barcas que acompañan a la de los discípulos, las olas del mar, la oscuridad de la noche, el sueño de Jesús, el viento, la tempestad y el temor que se apodera de los apóstoles son imágenes bien conocidas por los lectores del Evangelio, porque aparecen frecuentemente en la Biblia. Tratemos de identificar su significado.

 

El relato comienza con dos detalles significativos: el tiempo en que sucede el acontecimiento y la meta del viaje.

 

Es tarde. La jornada en que Jesús ha anunciado el reino de Dios ha terminado, los discípulos entran en la barca con el Maestro y se dirigen a la otra orilla. ¿A dónde van?

 

A continuación, (cf. Mc 5,1) viene indicada la meta: la tierra de los gerasenos, territorio de paganos. Criadores de cerdos, los gerasenos sólo podían ser paganos, pues los judíos no comían animales inmundos.

 

En la literatura antigua, la imagen de la barca indica una comunidad o una asociación. En nuestro relato representa a la comunidad cristiana que, al final de la jornada, es decir, al final de la vida terrena de Jesús, es invitada por el Maestro a dirigirse hacia “la otra orilla”, es decir, dirigirse hacia las naciones paganas. La barca debe llevar Cristo también a ellas, pero, durante la travesía, se desencadena una furiosa tempestad que hace imposible continuar el viaje, es más, que pone en peligro la misma barca y la vida de los que van a bordo.

 

Las otras barcas que acompañan a la que lleva a Jesús con los Doce, son introducidas para indicar que, en tiempos de Marcos, eran muchas las comunidades cristianas envueltas en esta travesía misionera, siguiendo el ejemplo de los apóstoles.

 

La dificultad de la tarea viene señalada por otro detalle, la oscuridad de la noche. En la Biblia la oscuridad densa tiene siempre una connotación negativa. Al principio del mundo, antes de que Dios sometiera al mar, todo estaba envuelto en la oscuridad (cf. Gn 1,2).

 

Justamente durante la noche, cuando la oscuridad y las fuerzas del mal y de la muerte parecían dominar indiscutidas, suele intervenir Dios para hacer surgir la vida. Sucedió en la noche de la liberación de Egipto, como canta el autor del libro de la Sabiduría: “un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche en su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos” (Sab 18,14-15). En una noche todavía más oscura, la de la tumba, Dios manifestó su fuerza de salvación y de vida (Mt 28,2-6).

 

La escena que sigue (vv. 37-38) refleja expresamente la de Jonás, el profeta enviado a Nínive para llevar el mensaje del Señor a los paganos. Durante la tempestad también Jonás se había acostado en el fondo de la nave y dormía profundamente (cf. Jon 1,5).

 

En nuestro relato es Jesús quien duerme y, anota el evangelista, se encontraba a popa, o sea, en el puesto del timonel. Un piloto que, en una situación de extremo peligro, se adormenta y se desinteresa de lo que ocurre a su alrededor, merece una severa reprimenda y esto es lo que intentan hacer los apóstoles cuando le reprochan: “¿No te importa que perezcamos?”. La frase es más densa de lo que parece. Los discípulos separan su condición de la del Maestro: ellos pueden perecer, Él no; es más, parece que se encuentre en una condición en la que ya no se puede perecer, y no se interesa de cuanto sucede.

 

Todavía dos detalles. El primero se refiere al sueño que, en la Biblia, viene frecuentemente utilizado para indicar la muerte (cf. Job 14,12; Eclo 46,19). También Jesús lo toma en sentido figurado: “Nuestro amigo Lázaro está dormido” (Jn 11,11); “La muchacha no está muerta, sino dormida” (Mc 5,39-40). El segundo se refiere a la almohadilla, que en medio de aquella baraúnda, permanece bajo la cabeza de Jesús. La presencia del cojín (o almohada) deja de sorprender si se tiene presente que la palabra griega, proskephalaion con que es llamado, indica también la almohadilla que se pone bajo la cabeza de un difunto.

 

Ahora resulta claro que el significado del sueño de Jesús se refiere a su muerte, entendiéndose también el valor teológico de toda la escena.

 

Los que son zarandeados por las olas –que representan los dramas de la vida, las persecuciones, las tensiones y desacuerdos al interno de la comunidad eclesial– son los discípulos. El Maestro ha concluido su jornada en este mundo; acompaña a los discípulos, pero nunca interviene directamente en la historia, da la sensación de que quiere dejar que todo se desarrolle como si él no estuviera presente.

 

Los cristianos pueden, en ciertos momentos, sentirse solos frente a los problemas, las adversidades, los fracasos y preguntarse: “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está Cristo? ¿Por qué no manifiesta su poder?”. Lo sienten distante e incluso ausente, su silencio los desconcierta y les infunde temor. Querrían gritar, con el salmista: “Despierta, Señor, ¿por qué duermes?” (Sal 44,24).

 

El equívoco nace del hecho de que quisiéramos tener a nuestra disposición a un Dios que interviene, bajo mandato nuestro, para alterar las relaciones de fuerza que existen en el mundo, a un Dios que se ponga de parte de los que sufren injusticias, para derrotar y humillar a quienes las cometen.

 

Jesús nos revela a un Dios que “duerme”, que deja las cosas como son, que no tiene nada que temer frente al desencadenarse de la violencia del mal, no tiene miedo a perder el control de la situación. Él es un Dios que deja hacer, permite que la envidia, las rivalidades, las mentiras, las injusticias se desencadenen y que los acontecimientos sigan su curso. Después, cuando el mal parece haber dicho la última palabra, descubre sus cartas y muestra que es él quien ha ganado la partida. Se ha servido de las mismas fuerzas del mal para poner en marcha su plan de salvación y de amor. Nosotros clamamos a él para mezclarlo en nuestras angustias, él nos responde introduciéndonos en su paz.

 

Es desde esta óptica que hay que entender el reproche de Jesús a los discípulos. Cometieron el error de acordarse de él solamente cuando se encontraban en una situación desesperada. Quién tiene fe, vive en constante diálogo con Cristo y su palabra; no lo llama solamente cuando las cosas van mal. Los apóstoles han pensado que se podían bastar a sí mismos para controlar la situación, no han comprendido que Jesús estaba junto a ellos, siempre, como lo había prometido (cf. Mt 28,20). Navegaba con ellos, pero de una manera diferente, porque se había adormecido… en el sueño de la muerte.

 

He dejado para el final la enseñanza más importante del pasaje evangélico de hoy. Al término del relato, Marcos anota que los discípulos “estaban llenos de miedo y se decían unos a otros: ¿Quién es éste que hasta el viento y el lago le obedecen?” (v. 41).

 

Los discípulos tienen buenas razones para hacerse esta pregunta porque en las Sagradas Escrituras, han aprendido que sólo Dios tiene el poder de imponerse a las olas del mar. Si Jesús posee esta autoridad divina, significa que él es el Señor. He aquí la razón por la que, como Moisés y como todos aquellos que han tenido un encuentro con Dios, también los discípulos se sientan sobrecogidos por el temor. No es el miedo que se apodera de quienes se enfrentan a un peligro, sino el asombro de quienes han reconocido en Jesús, al Señor capaz de dominar todos los poderes que amenazan la vida.

 

Después de que ha sido descifrado el lenguaje bíblico de que está empapado, el texto revela su género literario. No se trata del relato de un milagro, sino de una teofanía, una manifestación en Jesús de la fuerza, del poder salvador de Dios y, al mismo tiempo, una profesión de fe de Marcos y de las comunidades primitivas, en la divinidad de Cristo.

 

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