XIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (28 de Junio 2015)

Rescatados de la muerte por el Dios de la vida

 

Introducción

 

A pesar del sufrimiento que lleva consigo, el hombre ama la vida desesperadamente. Aquiles responde a Ulises que en el Hades intenta consolarlo: “¡No embellecerme la muerte, Oh Ulises! Yo preferiría, como esclavo,  servir a otro hombre en la tierra, en lugar de reinar sobre los muertos”. Diferente concepción era la de los egipcios para quienes la muerte significaba entrar la “vida perpetua” en un reino maravilloso, situado a occidente, iluminado por el Dios Sol, desde el amanecer hasta el atardecer, cuando hay oscuridad en la tierra.

 

En todos los pueblos antiguos se impuso muy pronto la convicción de la existencia de una vida  más allá de la tumba y, entre los griegos, de la inmortalidad del alma. Inexplicablemente, esto no ocurrió entre los judíos, ya que, desde que nacieron como pueblo en Egipto, pasaron más de mil años antes de que comenzaran a creer en una vida después de la  de la muerte.

 

Proclamaron, sí, al Señor  “Dios de la vida” (cf. Nm 27,16), pero siempre desde la perspectiva terrena. “En ti está la fuente de la vida”, cantó el salmista, pero por vida entendían “salud y bendición” (Eclo 34,17), una tierra fértil, abundantes cosechas, posteridad numerosa y, finalmente, morir anciano y colmado de años” (Gn 35,29), como gavillas maduras que se retiran del campo (cf. Job 5,26). En la Biblia hebrea ni siquiera aparece la palabra “inmortalidad”.

 

La lentitud de Israel en llegar a la afirmación explícita de una vida eterna, es preciosa e iluminadora: nos hace comprender que, antes de creer en la resurrección y en un mundo futuro, es necesario valorar y amar apasionadamente la vida en este mundo, tal como la aprecia y ama Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Del Señor, he aprendido a  amar la vida, toda manifestación de vida”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-24

 

1,13: Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. 1,14: Todo lo creó para que existiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte ni el Abismo impera en la tierra. 1,15: Porque la justicia es inmortal. 2,23: Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser; 2,24: pero la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo y sus seguidores tienen que sufrirla. – Palabra de Dios

 

 

Unos siglos antes de Cristo, Job dijo: “Así el hombre se acuesta y no se levanta; pasará el cielo y él no despertará ni se levantará de su sueño” (Job 14,12) y, después de él, el sabio Qohelet seguía convencido de que “el  hombre y los animales tienen la misma suerte: muere uno y muere el otro” (Eclo 3,19). Hasta  mitad del segundo siglo II a. C.,  todos en Israel creían que los muertos vivían un sueño permanente en el “país de las tinieblas y sombras, en la tierra de la oscuridad y el desorden, donde la misma claridad es sombra” (Job 10, 21-22).

 

En tiempos de Jesús, la mentalidad había cambiado profundamente. Los saduceos sostenían que la muerte marcaba el fin de todo, pero la mayoría del pueblo compartía la doctrina de los fariseos que creían en la resurrección de los muertos. Circulaba el dicho: “El día en que el hombre muere es mejor que el día en que nació”, de hecho, no se celebra el día en que se inicia un largo y peligroso viaje, nos regocijamos, más bien, cuando se concluye felizmente el viaje.

 

Esta  imagen de los rabinos es sugestiva, pero no respondía a la pregunta más inquietante: “¿Por qué se debe morir?”. Venimos de la nada, abrimos los ojos a la luz y nos enamoramos de la vida, entonces ésta transcurre en un suspiro (cf. Job 7,7), “pasa como los restos de una nube” (Sab 2,4); una fuerza inexorable  y despiadada nos agarra y nos arrastra de nuevo hacia la nada, hacia el polvo del que hemos sido formados. ¿Acaso nos ha creado Dios a su imagen y semejanza, comenzando un diálogo de amor con nosotros para hacernos víctimas, después, de esta broma cruel?

 

El autor del libro de la Sabiduría, que vivió en Alejandría, Egipto, en la época de Jesús, rechaza este punto de vista y, afirma categóricamente: “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que existiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte” (vv. 13-14). La vida del hombre no es comparable a las olas del mar que suben y desaparecen sin dejar rastro de su paso. Dios no puede bromear con el hombre como el viento juega con las aguas.

 

Si no de Dios ¿de dónde viene la muerte? “Ha entrado en el mundo por envidia del diablo”, responde nuestra lectura.

 

¡Afirmación desconcertante! ¿Quiere esto decir que no habría muerte si no hubiera habido pecado? La ciencia niega categóricamente esta afirmación. La muerte biológica siempre ha existido: el organismo humano, como el de cualquier otro ser viviente, se debilita con el correr de los años, se desgasta y termina su ciclo.

 

No es ésta la muerte que infundía terror al israelita piadoso del tiempo de Jesús. El justo sabía que estaba destinado a la vida; la muerte, en el libro de la Sabiduría, es definida como “salida”, “liberación”, “tránsito” hacia el reposo de Dios, “éxodo” de la esclavitud a la libertad, por eso no era temida. El paso a una vida mejor no podía ser considerado como un castigo.

 

¿Qué clase de muerte, pues, ha sido introducida por el pecado?

 

El versículo que precede a nuestro relato nos ayuda a comprender: “No busquen la muerte con una vida extraviada ni se atraigan la perdición con las obras de sus manos” (Sab 1,12).

 

Eso es lo que causa la muerte: el pecado. El que alimenta el odio, se venga, es violento; quien conduce una vida inmoral, aunque si goza de una óptima salud, ha destruido la parte mejor de sí mismo.

 

La lectura de hoy concluye: “Y sus seguidores tienen que sufrirla” (v 24). No se trata de la muerte biológica, ésta es un hecho natural, no un mal absoluto. La persona muere realmente cuando dejar de amar, cuando se repliega sobre sí misma y se hace egoísta, cuando se aleja de Dios  y de su sabiduría que “indica el camino de la vida” (Prov 13,14), que es “fuente de la  vida” (Prov 3,18)

 

Quien introduce en esta condición de muerte, es el diablo, es el poder maligno, presente en cada persona que se aleja del Señor.

 

El autor del libro de la Sabiduría parece haber asimilado bien el mensaje bíblico. En los libros santos de Israel se afirma continuamente que quienes optan por el pecado decretan su propia muerte: “Mira  –dice Moisés al pueblo– hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios,  que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, vivirás. Te pongo delante bendición y maldición. Elije la vida y vivirás tú y tu descendencia” (Dt 30,15-20).

 

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Segunda Lectura: 2 Corintios 8,7.9.13-15

 

Hermanos: 8,7: Como tienen abundancia de todo, de fe, elocuencia, conocimiento, fervor para todo, afecto a nosotros, tengan también abundancia de esta generosidad. 8,8: No lo digo como una orden, sino que, viendo el entusiasmo de otros, quiero comprobar si el amor de ustedes es genuino. 8,9: Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. 8,13: No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia sino de lograr la igualdad. 8,14: Que la abundancia de ustedes remedie por ahora la escasez de ellos, de modo que un día la abundancia de ellos remedie la escasez de ustedes. Así habrá igualdad. 8,15: Como está escrito: A quien recogía mucho no le sobraba, a quien recogía poco no le faltaba. – Palabra de Dios

 

 

Durante el reinado de Claudio (41–54 d.C.) se registraron varias carestías en  las provincias del Imperio Romano. También la región de Palestina, ya muy pobre de por sí, se vio seriamente afectada y las comunidades cristianas vivieron situaciones de verdadera emergencia.

 

En Jerusalén, al final de un animado debate con los apóstoles, Pablo se había solemnemente comprometido a ayudar a los pobres de su pueblo, recordando el deber de la solidaridad a los cristianos de las iglesias que fundó en territorio pagano (cf. Gal 2,10).

 

Fue en Corinto, donde, por primera vez y por sugerencia de los cristianos  de aquella ciudad, pensó hacer una colecta.

 

Como sucede a menudo con las bellas iniciativas, a las buenas intenciones iniciales pronto sigue un enfriamiento del entusiasmo, aparece después la apatía y la falta de interés y el proyecto primero se retrasa, luego se detiene por completo. Eso fue lo que ocurrió en Corinto.

 

Escribiendo a los cristianos de esa comunidad, Pablo les recuerda, en primer lugar, el compromiso que habían aceptado y, para estimularles, alude a la generosidad mostrada por los Tesalonicenses y Filipenses: “En su extrema pobreza derrocharon generosidad. Hicieron todo lo que podían, lo atestiguo, incluso más de lo que podían. Espontáneamente y con insistencia nos pedían el favor de participar en este servicio a los consagrados, superando mis esperanzas” (2 Cor 8,3-5). Suscitar un poco de celo y santa emulación, puede ser un óptimo expediente en ciertas circunstancias.

 

El Apóstol no consideró conveniente imponerse con drásticos mandatos,  ya que sus detractores habían hecho circular rumores maliciosos acerca de él. Se decía que, a través de la colecta, lo que de verdad intentaba era ganarse la benevolencia de su pueblo. Por eso, el Apóstol prefiere basar su exhortación a la generosidad, en dos razones teológicas.

 

La primera es el ejemplo de Cristo, quien: “siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (v. 9). La colecta no es un simple acto de generosidad, sino, sobre todo, es señal de que la comunidad ha asimilado los pensamientos y sentimientos de Cristo, es una prueba de la autenticidad de la fe, porque es una manifestación de amor gratuito, que constituye la perfección de la vida cristiana.

 

La segunda razón es la necesidad de crear condiciones de igualdad (vv. 13-14).  El compartir los bienes no es un aspecto marginal y opcional de la propuesta evangélica, sino un requisito esencial de la vocación cristiana.
 No se trata de reducirse a la miseria para ayudar a los pobres, sino mostrar que la fe en el Resucitado, nos ha hecho comprender el valor relativo  de los bienes de este mundo.

 

Pablo concluye con una referencia al Éxodo (v. 15). En el desierto, los israelitas habían recibido de Dios la orden de recoger sólo la cantidad de maná que podían consumir en un día; no tenía que sobrar nada.  Los que intentaron acaparar más de lo necesario, encontraron, a la mañana siguiente, esa porción extra podrida y llena de gusanos. Esta fue la lección que Dios quiso dar a su pueblo: los bienes necesarios para la vida no pueden ser acumulados, deben ser puestos a disposición de los necesitados, deben ser compartidos.


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Evangelio: Marcos 5,21-43

 

5,21: En aquel tiempo, Jesús cruzó, de nuevo en la barca, al otro lado del lago, y se reunió junto a él un gran gentío. Estando a la orilla 5,22: llegó un jefe de la sinagoga llamado Jairo, y al verlo se postró a sus pies 5,23: y le suplicó insistentemente: Mi hijita está agonizando. Ven e impón las manos sobre ella para que sane y conserve la vida. 5,24: Se fue con él. Le seguía un gran gentío que lo apretaba por todos lados. 5,25: Una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias, 5,26: que había sufrido mucho en manos de distintos médicos gastando todo lo que tenía, sin obtener mejora alguna, al contrario, peor se había puesto, 5,27: al escuchar hablar de Jesús, se mezcló en el gentío, y por detrás le tocó el manto. 5,28: Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, quedaré sana. 5,29: Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en su cuerpo que había quedado sana. 5,30: Jesús, consciente de que una fuerza había salido de él, se volvió a la gente y preguntó: ¿Quién me ha tocado el manto? 5,31: Los discípulos le decían: Ves que la gente te está apretujando, y preguntas ¿quién te ha tocado? 5,32: Él miraba alrededor para descubrir a la que lo había tocado. 5,33: La mujer, asustada y temblando, porque sabía lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. 5,34: Él le dijo: Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia. 5,35: Aún estaba hablando cuando llegaron algunos de la casa del jefe de la sinagoga y dijeron: Tu hija ha muerto. No sigas molestando al Maestro. 5,36: Jesús, sin hacer caso de lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga: No temas, basta que tengas fe. 5,37: Y no permitió que lo acompañara nadie, salvo Pedro, Santiago y su hermano Juan. 5,38: Llegaron a casa del jefe de la sinagoga, vio el alboroto y a los que lloraban y gritaban sin parar. 5,39: Entró y les dijo: ¿A qué viene este alboroto y esos llantos? La muchacha no está muerta, sino dormida. 5,40: Se reían de él. Pero él, echando afuera a todos, tomó al padre, a la madre y a sus compañeros y entró a donde estaba la muchacha. 5,41: Sujetando a la niña de la mano, le dijo: Talitha qum, que significa: Chiquilla, te lo digo a ti, ¡levántate! 5,42: Al instante la muchacha se levantó y se puso a caminar –tenía doce años–. Ellos quedaron fuera de sí del asombro. 5,43: Entonces les encargó encarecidamente que nadie se enterara de esto. Después dijo que le dieran de comer. Palabra del Señor

 

 

El relato propone dos milagros, uno incluido en el otro.  En los primeros versículos entra en escena Jairo, un jefe de la Sinagoga, que se dirige a Jesús para pedirle que vaya a imponer las manos sobre la hija que está a punto de morir (vv. 21-24). A continuación, se narra la curación de una mujer que, durante doce años, sufría pérdida de sangre (vv. 25-34), finalmente, retoma el relato de la enfermedad, de la muerte y  reanimación de la hija de Jairo (vv. 35-43).

 

Vamos a empezar por la curación de la mujer que sufre de hemorragia incurable (vv. 25-34). La enfermedad se describe en toda su gravedad: dura ya doce años, en vez de mejorar sigue empeorando; ningún médico ha logrado curarla, obligando a la enferma a dilapidar todos sus ahorros; la enfermedad es molesta y humillante, golpea a la mujer en su intimidad, en esa parte de su cuerpo que debe ser la fuente de la vida y, sobre todo, es causa de impureza religiosa. La sangre es el símbolo de la vida, pero cuando ésta sale del cuerpo, recuerda la muerte, provoca asco y miedo. La ley establece que la mujer que tenga pérdida de sangre no sea admitida a las fiestas y reuniones de la comunidad; debe ser evitada por todos, como si fuera una leprosa. Quién entraba en contacto, incluso superficial, con ella, estaba obligado a someterse a complicadas ceremonias antes de volver a la vida normal (Lev 15,25-27).

 

Como todas las personas  enfermas, marginadas o despreciadas (cf. Mc 6,56), esta mujer “impura” siente dentro de sí un impulso irresistible de acercarse a Jesús, de “tocarlo”: “porque pensaba: con solo tocar su manto quedaré sana”.

 

Dos obstáculos hacen imposible este encuentro: el temor a violar las estrictas disposiciones de la ley y la barrera formada por la enorme multitud que se arracima alrededor del Maestro. De ahí la decisión de actuar en secreto. Se acerca por detrás a Jesús, toca su manto y, como golpeada por una fuerza repentina de vida, se sintió curada.

 

Hasta aquí el hecho. Ahora examinemos los detalles que nos permiten captar “el signo” más allá del prodigio.

 

Nos encontramos frente a una mujer, sin nombre, impura desde hace doce años. Al evangelista le interesa hacer hincapié en el número doce, de hecho, lo retoma más adelante, cuando habla de la edad de la hija de Jairo: “Tenía doce años” (v 42). Doce es el símbolo del pueblo de Israel que  –como ya he señalado muchas veces– es un nombre femenino.

 

La impureza de la mujer y la falta de la vida de la niña indican, en el lenguaje simbólico del evangelista, la condición dramática de la “mujer-Israel”, cuyos líderes espirituales no sólo son incapaces de curar sus enfermedades,  sino que sienten repugnancia, se esconden ante sus miserias y no favorecen sino que obstaculizan  el encuentro con Aquel que es capaz de comunicar la salvación.

 

La enfermedad es, sin duda, una forma de muerte. El salmista la considera como un paso hacia el reino de ultratumba (cf. Sal 30,3-4). El contacto con una persona enferma e impura implicaba una disminución de vida. Todos tenían miedo.

 

Jesús toma una actitud totalmente opuesta: no evita de ninguna manera a aquellos que son considerados impuros, deja que se le acerquen, que le toquen y, ciertamente, no corre a hacer las purificaciones rituales prescritas en el libro del Levítico. Es consciente de estar en posesión de una fuerza de vida que no puede ser afectada por ninguna forma de muerte y quiere que esto sea conocido por todos, por eso llama a la mujer y la coloca en medio de la gente, no para humillarla, sino para que todos vean reflejada en la situación de la enferma, su propia condición de miseria y sufrimiento.

 

La mujer avanza “con temor y temblor”, como si el estar enferma, sentirse impura y haber sentido la necesidad de recurrir a Jesús, fuera una culpa.

 

No hay enfermedad, física o moral, que justifique el rechazo o que constituya un impedimento para acercarse a Dios. Ante el rostro del Señor, todos los hombres son impuros, pero se trasforman en puros  por el encuentro con su enviado, con Cristo. Sólo los hipócritas pueden considerarse santos y erigir barreras para evitar ser contaminados por los pecadores; no sienten la necesidad de “tocar” a Jesús, son unos ilusos  pensando  estar en perfecto estado de salud.

 

La actitud de Cristo frente a la mujer, es una invitación a no probar nunca malestar, a no huir de quien es considerado impuro. El cristiano no tiene miedo de perder su dignidad o su reputación por acercarse o dejarse tocar por aquellos que todos tratan  de evitar. Lo único que  debe interesarle, es encontrar el modo de restaurar la vida a un hermano. Si por esto tiene que aguantar las murmuraciones o incluso la maledicencia de las “buenas personas”,  no debe  preocuparse  en absoluto.

 

Permanentemente emana de Jesús una fuerza de  vida, pero no todos los que lo tocan físicamente la reciben. En el relato de hoy, vemos a su alrededor hay una gran multitud (v. 31). No se trata de enemigos, sino de discípulos, de personas que se encuentran muy cerca de él, que quizás lo están empujando y apretando y, sin embargo, Jesús declara que una sola persona lo ha “tocado”. Sólo la persona enferma le tocó “con fe”. “Hija, tu fe te ha sanado”, le dice, tú sola, en medio de tanta gente, has sido capaz de acoger el don de Dios.

 

La multitud representa a los cristianos de hoy que están cerca del Maestro, tienen la oportunidad de escuchar su palabra y de “tocarlo” en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Si sus vidas no se transforman, si sus “enfermedades” no se curan y  sus vicios y pecados siguen siendo los mismos, si no cambia el carácter intratable ni disminuyen las  palabras ofensivas, significa que siguen siendo “muchedumbre” que se arraciman junto a Cristo sin nunca “tocarlo” realmente; tienen un contacto superficial y externo con él,  su palabra es solamente un sonido que entra por los oídos, pero sin llegar al corazón.

 

Pasemos al segundo episodio,  el de la hija de Jairo (vv. 21-24.35-43).  El elemento que une  este milagro al anterior, es la fe que salva.

 

Aquí no estamos ante una enfermedad grave, sino ante una situación desesperada: la muerte.  La fuerza de vida que Jesús comunica a los enfermos ¿puede hacer algo en un caso extremo como este? Humanamente hablando, parece que ya no hay esperanza, sin embargo Jesús recomienda al jefe de la Sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”.

 

He aquí un  mensaje insólito: su poder de dar la vida no se detiene ni siquiera ante el mayor enemigo del hombre, la muerte.

 

Despertando a la niña del sueño de la muerte, Jesús muestra que la fe en él también puede conseguir esta victoria. No vence a la muerte  porque añada unos cuantos  años a la vida del hombre en este mundo. Si la fe en él sólo consiguiera este resultado, no se podría hablar de una victoria definitiva; al final, la muerte tendría la última palabra. Él ha derrotado a la muerte porque la ha trasformado en un renacer, porque la ha convertido en un tránsito hacia la vida que no tiene fin.

 

Jesús quiere decirnos, también, que no hay situaciones irrecuperables para quien tiene fe de en él. No resulta difícil admitir que la fe en Cristo puede dar excelentes resultados tratándose  de pequeños  defectos,  de errores veniales o de caídas a causa de la debilidad humana; pero cuando nos encontramos con personas que han arruinado por completo sus vidas, que son depravadas y están prácticamente “muertas”, casi todos perdemos la esperanza  y damos la razón  a aquellos que, como los amigos de Jairo, van repitiendo: “Olvídalo, no hay nada que hacer, no vale la pena  insistir, “no sigas molestando al Maestro”.

 

A  los que han perdido la esperanza de que los “malvados” puedan cambiar, Jesús les dice: “No temas, basta que tengas  fe”. Quien cree en Él verá, incluso hoy mismo, “resurgir”  a  nueva vida a aquellos considerados definitivamente “muertos”.

 

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