XIV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (5 de Julio 2015)

El riesgo de quedarse en casa

 

Introducción

 

El político hábil maneja siempre sabiamente sus relaciones con la institución religiosa: no la combate, sino que la halaga, intenta convertirla en aliada porque sabe que el ciudadano religioso es el más fiable e incluso el más devoto, si se logra convencerlo de que el apoyo al orden establecido equivale a promover el reino de Dios. Quien detenta el poder, se opone a todo lo que pueda subvertir el equilibrio del “orden establecido” y de las instituciones; logra su objetivo cuando hace creer al cristiano que existe una igualdad entre lo que normalmente se piensa y el mensaje del Evangelio, entre los principios dictados por la moral corriente y los valores predicados por Cristo, entre las bienaventuranzas del mundo y las de la Montaña.

 

Es una estrategia sutil en la que, muy frecuentemente y de buena fe, muchos cristianos se ven envueltos, pero que lleva a desnaturalizar al evangelio. Se dejan seducir, a veces, las jerarquías eclesiásticas y también el pueblo, pero nunca el profeta, no por ser una persona inquieta e insatisfecha por naturaleza, sino por hacer recibido y asimilado los pensamientos del Señor; por eso renuncia a poner el sello de Dios en los diseños del hombre y denuncia las estructuras marcadas por el pecado. Sus palabras molestan, producen irritación, y el destino que le espera no es otro que el de la incomprensión y el rechazo.

 

Le ocurrió a Jeremías, amenazado por sus compatriotas: “No profetices en Nombre del Señor si no quieres morir en nuestras manos” (Jr 11,21) y advertido por Dios: “Tus hermanos y tu familia, también te son desleales” (Jr 12,6). Le pasó a Mahoma cuando, en la Meca, quiso sacar a sus conciudadanos de la indiferencia religiosa, del apego a las cosas de esta tierra y de la injusticia social.

 

En Nazaret también le sucedió a Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Solo si salgo de la casa construida por los hombres, puedo encontrar al Señor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Ezequiel 2,2-5

 

2,2: En aquellos días penetró en mí el espíritu y me levantó poniéndome de pie, y oí al que me hablaba. 2,3: Me decía: Hijo de hombre, yo te envío a Israel, pueblo rebelde: se rebelaron contra mí ellos y sus padres, se sublevaron contra mí hasta el día de hoy. 2,4: A hijos duros de rostro y de corazón empedernido te envío. Les dirás: Esto dice el Señor; 2,5: te escuchen o no te escuchen, porque son un pueblo rebelde, y sabrán que hay un profeta en medio de ellos. – Palabra de Dios.

 

 

Ezequiel tendría alrededor de treinta años cuando, en 597 a.C., fue deportado a Babilonia, junto al último rey de la dinastía de David y a los hombres válidos como carpinteros, herreros y personas instruidas. Conquistada Jerusalén, Nabucodonosor había dejado en el país solamente a la gente pobre, a todos los demás se los habían llevado con él (cf. 2 Re 24).

 

Cuatro años después, Ezequiel fue enviado por Dios a estos exiliados para anunciarles un mensaje duro y desagradable. Ellos anhelaban el regreso inmediato a la tierra de sus padres y el profeta se encargó de disipar estas ilusiones y convencerlos a que organizaran sus vidas en tierra extranjera. Desde Jerusalén, también Jeremías les exhortaba: “Construyan casas y habítenlas, planten huertos y coman sus frutos, tomen esposas para sus hijos y casen a sus hijas. Pidan por la prosperidad de la ciudad a la que yo los desterré, porque su prosperidad será la de ustedes” (Jr 29,5-7).

 

El envío de un profeta es señal de que el Señor, como un padre, continúa amando y cuidándose de su pueblo. No lo abandona e, incluso cuando peca y es responsable de su propia desgracia, no lo deja sin su palabra de salvación.

 

En el pasaje de hoy tenemos una de las mejores descripciones de la vocación y misión profética.

 

Mientras permanece postrado en tierra, Ezequiel oye una voz que le dice: “Levántate, quiero hablarte” (Ez 3,1). Inmediatamente siente un espíritu, una fuerza nueva y ​​misteriosa que le penetra y lo levanta. La voz continúa: “Hijo de hombre, yo te envío a Israel, pueblo rebelde y de corazón empedernido. Les dirás: Así dice el Señor” (vv. 2-4).

 

Hijo del hombre es una expresión que significa simplemente hombre, ser frágil, común mortal. Ezequiel era hijo de Busi, un sacerdote del templo de Jerusalén y estaba orgulloso de pertenecer a una familia noble; el Señor se dirige a él con un nombre nuevo, hijo de hombre, para recordarle su humilde condición, ligada a la tierra.

 

El profeta no es un ángel, no es un personaje con habilidades misteriosas y poderes arcanos, sino un simple hombre, con todos los defectos, debilidades y también limitaciones psíquicas y mentales de las que ningún mortal está exento. Ezequiel tenía una sensibilidad enfermiza: se alternaban en él momentos de euforia y momentos de abatimiento, era propenso a la depresión y se encerraba, a veces, en prolongados mutismos. Después de la llamada del Señor –dice él mismo– “me quedé siete días aturdido en medio de los deportados” (Ez 3,15). Hablaba bien, esto sí, y la gente corría a escucharlo, porque: “eres para ellos como un cantante de amor, tienes buena voz y tocas armoniosamente” (Ez 33,32).

 

Pero no son los dones extraordinarios los que confieren a un profeta la autoridad de hablar en nombre de Dios, sino el hecho de ser llamado, de haber recibido una vocación.

 

Elegido por el Señor, a Ezequiel le ha sido encomendada una misión. No se le pide predecir acontecimientos lejanos y nebulosos, de ejecutar gestos y prodigios extraordinarios sino de llevar a cabo un servicio: trasmitir a los deportados de Babilonia la palabra de Dios.

 

Todos los pueblos han conocido técnicas y formas de adivinación; han confiado en magos, astrólogos y hechiceros para conocer los secretos y planes de los dioses. Las “sibilas” que pronunciaban oráculos eran comunes en todo el Mediterráneo, y venían asociadas generalmente a rocas y fuentes sagradas. Israel rechazó todos estos sustitutos de profecía porque comprendió que el único instrumento elegido por Dios para comunicarse con los hombres, es el profeta, el hombre capaz de comprender los pensamientos y la voluntad del Señor y de transmitirlos fielmente a sus hermanos.

 

Con razón los profetas suelen introducir su mensaje con la fórmula solemne: “Así dice el Señor…” (v. 4), porque son conscientes de que lo que van a referir no pertenece a ellos, sino a Dios.

 

¿A quién es enviado Ezequiel? A la gente de su pueblo, “un pueblo rebelde” (v. 5). Los deportados a Babilonia, no eran más pecadores que los otros; simplemente se dejaban seducir por los que alimentaban falsas esperanzas, por quienes les ofrecían opciones fáciles y atractivas, pero que no conducían a la vida.

 

Es el destino de todos los profetas: inquietan las conciencias, molestan, sugieren opciones comprometidas y, por esto, son rechazados. No deben, sin embargo, desanimarse: “Te escuchen o no te escuchen, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”, dice Dios a Ezequiel (v. 5). Aunque aparentemente la misión de este profeta fue un fracaso, un objetivo ciertamente lo logró: reveló la bondad de Dios por su pueblo, mostró que el Señor no lo olvida nunca y que ni siquiera el pecado más grande puede hacer que se rompa la alianza que ha establecido con el hombre.

 

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Segunda Lectura: 2 Corintios 12,7-10

 

12,7: Hermanos: para que no me envanezca, me han clavado en las carnes una espina, verdadero delegado de Satanás que me abofetea. 12,8: A causa de ello rogué tres veces al Señor que lo apartara de mí. 12,9: Y me contestó: ¡te basta mi gracia!; la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me gloriaré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo. 12,10: Por eso estoy contento con las debilidades, insolencias, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. – Palabra de Dios

 

 

El relato se ha tomado de una carta polémica en la que Pablo, para demostrar que no es inferior a aquellos que, en la comunidad de Corinto, trataban de difamarlo, enumera los sacrificios soportados por la causa del evangelio (cf. 2 Cor 11,22-29) y las experiencias más o menos extraordinarias que vivió. Afirma haber recibido, de parte del Señor, revelaciones extraordinarias, de haber oído “palabras inefables que ningún hombre puede pronunciar” (2 Cor 12,4). No fue seguramente una visión, sino una especie de rapto al mundo de Dios, de un momento de intimidad con el Señor, de un éxtasis en el que percibió verdades sublimes.

 

Podría jactarse, frente a sus adversarios, de estas experiencias extraordinarias, pero no lo hace. Se jacta, por el contrario, de otra cosa: de sus debilidades, adversidades, angustias, porque Dios suele llevar a cabo sus intervenciones salvíficas sirviéndose de instrumentos faltos de valor.

 

En el presente pasaje, el Apóstol hace alusión a una dificultad que le hace sufrir y que le humilla. Se trata de una tribulación muy dolorosa, comparable a una espina clavada en la carne, a un enviado de satanás encargado abofetearlo para que no se hinche de orgullo (v. 7).

 

Se han escrito muchas páginas que intentar explicar el significado de esta “espina en la carne”. La mayoría de los estudiosos de la Biblia, creen que Pablo se refiere a una enfermedad porque, escribiendo a los Gálatas, alude a una grave dolencia que le ha golpeado y que podría provocar repugnancia a los que se le acercaran (cf. Gál 4:14). Es posible, sin embargo, que esta “espina” haga referencia a otro sufrimiento más íntimo: la hostilidad de que es objeto por parte de los miembros de su pueblo, a quienes en la Carta a los romanos, los llama “mis hermanos, los de mi linaje” (Rom 9,3). En cada ciudad a la que se dirigía para predicar el evangelio, siempre encontró obstáculos a su predicación por parte de ellos. Varias veces en sus escritos ha admitido la pesadumbre que le provoca tal oposición que le ha llevado al borde mismo del desaliento.

 

Ha orado con insistencia al Señor para ser librado de esta espina, pero Dios no se la ha quitado, no ha resuelto milagrosamente la dificultad, sino que le ha dado la fuerza para superarla (v. 9). Dios no suele librar a sus profetas de las fragilidades ligadas a la condición humana, de las enfermedades, del cansancio, de los defectos; quiere que a través de la debilidad de los instrumentos, se manifieste su poder.

 


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Evangelio: Marcos 6,1-6

 

6,1: En aquel tiempo fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. 6,2: Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos al escucharlo comentaban asombrados: ¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado? Y, ¿qué hay de los grandes milagros que realiza con sus manos? 6,3: ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y esto era para ellos un obstáculo. 6,4: Jesús les decía: A un profeta sólo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa. 6,5: Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos. 6,6: Y se asombraba de su incredulidad. Después recorría los pueblos vecinos enseñando. Palabra del Señor

 

 

Varios detalles de este relato no resultan inmediatamente claros. Los habitantes de Nazaret se quedan estupefactos ante los milagros realizados por Jesús (v. 2), pero siguen “escandalizados” (v. 3). ¿Cómo conciliar dos reacciones aparentemente tan contradictorias? Escandalizarse no significa probar un leve disentimiento, sino un total desacuerdo. Sus compaisanos se han sentido tan escandalizados por sus palabras, que las han considerado como un obstáculo insuperable para su fe. Ciertamente Jesús debe haber dicho o hecho algo particularmente provocativo.

 

No se entiende, por otra parte, por qué no haya podido realizar milagros a causa de su falta de fe (v. 5) y sorprende también su asombro ante la incredulidad de sus compaisanos. Acaba de afirmar que: “a un profeta solo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa” (v. 4), por tanto no le debería resultar extraño el rechazo.

 

Presentemos un último detalle: Jesús en Cafarnaúm se vio envuelto en dramáticos conflictos con las autoridades políticas y religiosas, atacó el formalismo de los escribas y fariseos de los que denunció su hipocresía y dureza de corazón, pero nunca tuvo problemas con gente sencilla. Ahora, sin embargo, es el pueblo, son los campesinos de su aldea nativa los que no entienden y lo rechazan; no hay, de hecho, ninguna alusión a la presencia de líderes religiosos. ¿Cómo se explica esta reacción inaudita?

 

Después de pasar unos meses en Cafarnaúm y visitar las aldeas de Galilea predicando el evangelio y sanando a los enfermos, Jesús vuelve a su aldea natal (v. 1).

 

Algún tiempo antes, sus familiares trataron de persuadirlo a que regresara con su familia y reanudara su digno trabajo de carpintero, pero él no hizo caso, sino que, dirigiendo la mirada a los que estaban a su alrededor escuchando su palabra, exclamó: “¡Miren, éstos son mi madre y mis hermanos! El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,31-35).

 

Ahora regresa a Nazaret, por propia iniciativa, y no va solo, sino acompañado por un grupo de discípulos. La suya, no es una visita de cortesía a su madre, a sus hermanos, hermanas, amigos, sino un gesto de significado inequívoco para quienes, hasta ahora, le han acompañado y participado en sus opciones de vida. Regresa a Nazaret para presentar a su antigua familia, su nueva familia, compuesta por los que han respondido a su llamada, los que han dejado las redes y al padre en la barca con sus ayudantes (cf. Mc 1,16-20) o han abandonado la mesa de los impuestos (cf. Mc 2,13) y lo han seguido a lo largo del camino que él había emprendido.

 

La falta de comprensión hacia Jesús no se manifiesta inmediatamente después de su llegada a la aldea. Del relato de Marcos se deduce que pasó unos días en su casa, sin incidentes; el rechazo se desencadena cuando “llegó el sábado, y se puso a enseñar en la sinagoga” (v. 2).

 

Hay que resaltar este hecho porque es significativo. Mientras permanece tranquilo en la casa en que creció, es decir, como un aldeano más dentro de los esquemas tradicionales, mientras muestre aprecio por las convicciones religiosas transmitidas por los rabinos y compartidas por todos, nadie tiene nada que decir sobre él. Los problemas surgen en cuanto sale de su casa y hace pública la decisión de crear una nueva casa, una nueva familia.

 

La reacción de los compaisanos es doble: por un lado se sorprenden de sus palabras y admiran las obras que hace; por otro, se ven asediados por muchos interrogantes. Educados en la fe de sus padres, creen en el Señor que estableció una alianza con su pueblo y reserva sus bendiciones a los hijos de Abrahán, a aquellos que pertenecen a la casa de Israel y se sientan a los pies de los rabinos para escuchar la Torá.

 

Para los habitantes de Nazaret, Jesús es un enigma indescifrable: se crio, como ellos, en una familia con principios religiosos sólidos, pertenece al pueblo elegido, el que viene llamado en la Biblia, nada menos que 119 veces: la Casa de Israel. Ahora parece que Jesús ya no se siente cómodo en esta casa, parece que la considera demasiado estrecha y quiere abrirla a todos.

 

Sus compaisanos saben muy bien que, en Cafarnaúm, expresó su admiración por el gesto de los cuatro hombres que abrieron el techo de una casa para introducir en ella a un paralítico (cf. Mc 2,4) porque era señal de que la Casa de Israel debía ser accesible también a los excluidos. Sus compaisanos saben que ha acogido en su casa a los pecadores y ha querido que participaran con él en el banquete, símbolo del reino de Dios (cf. Mc 2,15-17), que ha acariciado a los leprosos y los ha hecho puros e idóneos de pertenecer a su nueva familia (cf. Mc 1,41), a condición de que permanezcan sentados a su alrededor, escuchen su palabra y la pongan en práctica.

 

La puerta de la Casa de Israel ha sido abierta de par en par a todos. Este es el escándalo de la gente de Nazaret.

 

Con su mensaje y sus gestos, Jesús ha roto el equilibrio, está demoliendo la casa en la que ellos han puesto todas sus esperanzas. Se sienten interpelados, perciben en sus palabras y en su elección, la llamada a abandonar la seguridad ofrecida por la religión de sus padres, y abrazar los riesgos del reino y para entrar en su casa, en su nueva familia, formada por los discípulos que han creído en él.

 

La serie de preguntas que se ponen son significativas (vv. 2-3). ¿Qué garantías puede ofrecer “el carpintero, el hijo de María,” que durante más de treinta años no ha hecho otra cosa que arreglar puertas y ventanas, construir azadas y arados, y de quien conocemos a sus hermanos y hermanas? ¿De dónde le viene el mensaje que expone? ¿Quién le da la fuerza para hacer tales prodigios?

 

El problema que más les intriga no se refiere, sin embargo, al contenido de su enseñanza, sino el origen de esta nueva doctrina. No cuestionan la bondad de sus obras, sino su origen. Se preguntan: ¿son realizadas en nombre de Dios o, como han insinuado los escribas venidos de Jerusalén, (cf. Mc 3,22), provienen del maligno? Llegan a la conclusión de que es mejor no fiarse de este hombre que propone novedades tan peligrosas.

 

Nótese que no se refieren a él por el nombre, sino que lo identifican por la profesión que ha ejercido y, por extraño que parezca, por su madre, tal vez para resaltar más su juicio negativo. No lo relacionan con José quien, como padre, representa en Israel el vínculo con la tradición de la que este hijo de carpintero se ha separado. Prefieren no arriesgarse, se aferran a sus costumbres y hábitos antiguos, no quieren renunciar a la vieja casa y a las seguridades que les proporciona la antigua familia.

 

Se produce así la ruptura, dolorosa pero inevitable, entre Jesús y sus familiares, vecinos y amigos. Es el destino de todo profeta que es solamente despreciado en su propia patria, en su misma casa y por sus mismos parientes (v. 4). La actitud adoptada por los habitantes de Nazaret se repite también hoy.

 

Jesús se presenta de nuevo a aquellos que están convencidos de conocerlo y de pertenecer a su familia, y les lanza su propuesta. Les pide, como hizo Dios a Abrahán, dejar todo lo que casa, familia y patria representan; les invita a reconsiderar las convicciones religiosas, asimiladas durante la infancia y nunca tratadas en profundidad, impidiendo así que evolucionen; les exige que se distancien de los principios de la moral corriente, de los ideales y valores propuestos por la sociedad en que vivimos. La respuesta que Jesús recibe, en la mayoría de los casos, es la misma que recibió de sus compaisanos: primero la incomprensión, después el rechazo.

 

Esta incredulidad, sin embargo, tiene siempre consecuencias dramáticas. Jesús, reducido a la impotencia, no puede realizar aquellos prodigios que su palabra y el contacto con su persona se producen por doquier. Él ofrece su salvación, pero no puede imponerla, porque ama y el amor respeta la libertad.

 

Si en el mundo de hoy no ocurren acontecimientos milagrosos, si las condiciones de vida no son objeto de transformaciones radicales, si no se establece la paz, la justicia y la reconciliación entre los pueblos, la razón es siempre la misma: los hombres no tienen el coraje de otorgar plena confianza a Cristo y a su palabra.

 

Como ocurrió en Nazaret con la curación de algunos enfermos leves, también hoy pueden registrarse, sí, pequeños cambios: un poco más de limosna, menos palabras ofensivas y pequeñas cosas por el estilo, pero las grandes maravillas, los signos sorprendentes de la presencia del reino de Dios en el mundo, no pueden producirse donde la fe es insuficiente o está totalmente ausente.

 

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