Archivo mensual: julio 2015

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (2 de Agosto 2015)

Hay un pan que da la vida eterna

 

Introducción

 

El sueño del hombre es, desde siempre, tener vida, una vida inmortal. Para obtenerla, Gilgamesh, el héroe de la literatura mesopotámica, había desafiado el monstruo Humbaba en el jardín de los cedros; después había descendido al abismo de los mares para tomar posesión de la hierba que se llama “El viejo se hace joven”, la había ya agarrado, pero una serpiente se la quitó. ¡Triste es el destino del hombre, nacido para morir! Desconsolado, también el salmista concluye: “Es tan caro el precio de la vida, que jamás podrán pagarlo” (Sal 49,9-10). Aunque la vida “se asemeja a un soplo” (Sal 144,4), es sagrada e inviolable.

 

En la lengua hebrea el verbo vivir nunca es aplicado a animales o plantas, sino sólo al hombre y se utiliza como sinónimo de curar, recuperar la salud, ser feliz. Sólo quien tiene una existencia serena, sin enfermedades, llena de alegría, vive realmente; llanto y dolor son signos de muerte.

 

El pan mantiene, pero no asegura para siempre la vida biológica, llamada a extinguirse; la mítica planta de la inmortalidad es una quimera. Pero Dios tiene un pan que comunica la vida eterna y lo ha dado al mundo, porque quiere que todos los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). “Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera” (Sab 18, 14), Él envió su palabra: “en ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cada día debo alimentarme de la palabra que sale de la boca de Dios”.

 

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XVII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (26 de Julio 2015)

El Pan: Causa de conflictos y signo de comunión

 

Introducción

 

Para infundir valentía a los hijos de Israel, llenos del pánico ante los cananeos, hombres de estatura imponente, Josué y Caleb exclamaron: “¡No les tengan miedo, son como pan para nosotros!” (Nm 14,9). Curiosa coincidencia: la raíz hebrea de la que se deriva la palabra pan está compuesta por la mismas consonantes del verbo, combatir, como para indicar que la lucha por la comida es la causa desencadenante de las guerras. Incluso los desacuerdos entre Israel y el Señor nacieron de la escasez de pan: “En Egipto…nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan en abundancia” (Ex 16,3).

 

Sólo cuando se comparte, el pan deja de ser una fuente de discordia y competencia y se convierte en un signo de amor y hermandad. Comer pan con alguien es considerarlo como un íntimo, como un amigo en quien se confía, un aliado del que no se espera ninguna traición (cf. Sal 41,10). Las tensiones más fuertes, los rencores más venenosos se producen en los silencios en la mesa y las discusiones más embarazosas son las que estallan entre comensales.

 

El banquete es, por su naturaleza, expresión de paz y reconciliación (cf. Gn 31,53-54), por eso Dios lo eligió como imagen de su reino. Él preparará un banquete en el que “los pobres comerán hasta saciarse” (Sal 22,27).

 

Este es su sueño: contemplar un día todos sus hijos “como brotes de olivo alrededor de su mesa” (Sal, 128,3).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los pobres comerán y se saciarán si tengo el valor de compartir mis bienes”.

 

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XVI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (19 de Julio 2015)

Pastorear es dar comida, no órdenes

 

Introducción

 

Quien detenta el poder es llamado a prestar un servicio en favor de los hermanos, pero está también siempre expuesto a la tentación de abusar de su posición de prestigio y servirse de ella para imponerse, para favorecer sus propios intereses personales o familiares. El autor del libro de la Sabiduría amonesta: “A los poderosos los juzga el Señor implacablemente. A los más humildes los compadece y perdona, pero los poderosos serán examinados con rigor” (Sab 6,5-6).

 

El dominio sobre los demás está estrictamente prohibido en la comunidad cristiana (cf. Lc 22,25). Cristo no apela a un poder recibido de la alguna institución para pedir la adhesión de discípulos a su propuesta de vida. Va delante del rebaño, lo alimenta con su palabra y con su pan y lo atrae con su ejemplo.

 

En la iglesia, el que preside está llamado a reproducir el modelo del Maestro; Pedro, repetidas veces reprendido por el Señor por su manía de sobresalir, recomienda a los sacerdotes de su comunidad: “Apacienten el rebaño de Cristo que les han confiado, cuidando de él no a la fuerza sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino generosamente, no como tiranos de los que les han asignado, sino como modelos del rebaño” (1 Pe 5,1-2).

 

Parece como si tuviera presente esta recomendación del Apóstol quien escribió la siguiente recomendación para el “jefe scout”: “Recuerda, jefe scout, si vas más despacio, ellos se detienen; si cedes, ellos retroceden; si te sientas, ellos se acuestan; si dudas, ellos se desesperan; si criticas, ellos demuelen. Si tú caminas hacia adelante, ellos te superarán; si les das la mano, ellos te darán su piel; si tú rezas, ellos serán santos”.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo siguiendo al único verdadero Pastor, nada me faltará”.

 

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XV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (12 de Julio 2015)

Despojarse de todo, para ser libres y creíbles

 

Introducción

 

Fijando la mirada en el tullido que pedía limosna en la puerta del templo, llamada “Hermosa”, Pedro dijo: “Míranos”. El tullido se volvió hacia ellos, esperando recibir algo. Pero Pedro continuó: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el nazareno, levántate y camina” (Hch 3,1-10).

 

El tullido se esperaba todo menos eso. Su fortuna fue haber encontrado a dos discípulos quienes, fieles a las disposiciones del Maestro, no llevaban nada con ellos. Si hubieran tenido dinero, le hubieran dado una limosna y, después, se hubieran alejado, dejando al tullido en la misma situación. El prodigio ocurrió porque Pedro y Juan eran conscientes de ser portadores de un poder divino, de una palabra capaz de poner en pie a todo el que yace en tierra e, incapaz de controlar sus vidas, depende de la compasión de los demás.

 

Es encomiable que, allí donde nadie hace nada, la Iglesia ejerza una labor de suplencia en ámbitos que no le competen específicamente, pero lo que no puede aceptar es ser identificada con instituciones humanitarias. Tiene que permanecer alerta para no dejarse envolver ingenuamente en iniciativas espectaculares y lucrativas, para no entrar en concurrencia con las instituciones civiles a las que, a través del compromiso de los cristianos laicos, está llamada, sin embargo, a animar. La iglesia está en posesión de una palabra divina y es en esta palabra divina en la que confía, resistiendo a la tentación de recurrir a medios que los hombres consideran como los más eficaces. Cuando los emplea, puede también hacer el bien, pero se limitará a la limosna, a poner un parche nuevo en un vestido viejo, cuando su tarea es la de la de crear un hombre, una sociedad, un mundo completamente nuevos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La palabra de Dios es eficaz si viene anunciada a hombres libres por hombres libres”.

 

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