XV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (12 de Julio 2015)

Despojarse de todo, para ser libres y creíbles

 

Introducción

 

Fijando la mirada en el tullido que pedía limosna en la puerta del templo, llamada “Hermosa”, Pedro dijo: “Míranos”. El tullido se volvió hacia ellos, esperando recibir algo. Pero Pedro continuó: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el nazareno, levántate y camina” (Hch 3,1-10).

 

El tullido se esperaba todo menos eso. Su fortuna fue haber encontrado a dos discípulos quienes, fieles a las disposiciones del Maestro, no llevaban nada con ellos. Si hubieran tenido dinero, le hubieran dado una limosna y, después, se hubieran alejado, dejando al tullido en la misma situación. El prodigio ocurrió porque Pedro y Juan eran conscientes de ser portadores de un poder divino, de una palabra capaz de poner en pie a todo el que yace en tierra e, incapaz de controlar sus vidas, depende de la compasión de los demás.

 

Es encomiable que, allí donde nadie hace nada, la Iglesia ejerza una labor de suplencia en ámbitos que no le competen específicamente, pero lo que no puede aceptar es ser identificada con instituciones humanitarias. Tiene que permanecer alerta para no dejarse envolver ingenuamente en iniciativas espectaculares y lucrativas, para no entrar en concurrencia con las instituciones civiles a las que, a través del compromiso de los cristianos laicos, está llamada, sin embargo, a animar. La iglesia está en posesión de una palabra divina y es en esta palabra divina en la que confía, resistiendo a la tentación de recurrir a medios que los hombres consideran como los más eficaces. Cuando los emplea, puede también hacer el bien, pero se limitará a la limosna, a poner un parche nuevo en un vestido viejo, cuando su tarea es la de la de crear un hombre, una sociedad, un mundo completamente nuevos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La palabra de Dios es eficaz si viene anunciada a hombres libres por hombres libres”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Amós 7,12-15

 

7,12: En aquellos días Amasías, ordenó a Amós: Vidente, vete, escapa al territorio de Judá; allí te ganarás la vida, allí profetizarás; 7,13: pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el templo real, es el santuario nacional. 7,14: Respondió Amós a Amasías: Yo no era profeta ni discípulo de profeta; era pastor y cultivaba higueras. 7,15: Pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar a su pueblo, Israel.  – Palabra de Dios

 

 

Tenemos que remontarnos a la época de Salomón para encontrar un período de tanta prosperidad como el que tuvo lugar en los días de Jeroboán II (siglo VIII a.C.)

 

Los enemigos habían sido derrotados y las tierras más allá de Jordán, reconquistadas; las fronteras de su reino se extendían “desde el Paso de Jamat hasta el mar muerto” (2 Re 14,25) y, para aumentar la sensación de seguridad y tranquilidad, en cada ciudad se construyeron fortalezas que guardaban los tesoros provenientes del intenso comercio con Fenicia, con Arabia y a lo largo de las rutas del mar Rojo. Se introdujeron nuevas técnicas agrícolas, aumentando así la producción. La industria textil y la tintorería prosperaban; las minas de cobre de Arabia operan a pleno rendimiento; surgían por doquier edificios espléndidos y lujosos y, como consecuencia de todo ello, hubo en el país una verdadera explosión demográfica.

 

Hay que reconocer que el país está en la cima de su poder y el crédito hay que atribuirlo a la capacidad del soberano.

 

¿Y la religión? Nunca ha sido tan practicada y favorecida. Los santuarios rebosan de peregrinos que vienen a ofrecer sacrificios, cumplir sus votos y participar en las festividades.

 

A su manera, incluso Jeroboán II, fue un hombre profundamente religioso: paga los salarios de los sacerdotes y se hace cargo de los gastos de los templos que los quiere adornados con magnificencia.

 

Es cierto que en muchos santuarios el culto se mezcla con prácticas paganas, como los ritos de fertilidad y la prostitución sagrada pero, todo considerado, hay que bendecir al Señor y dar gracias al rey por el bienestar del que disfruta el país.

 

Un día llega a Betel, donde se encuentra el más importante de estos templos, un hombre se aspecto rudo. Tiene la cara quemada por el sol por vivir casi siempre al aire libre pastoreando su ganado y cultivando sus tierras. Es Amós, el ganadero de Teocoa, una ciudad de Judea, situada en los confines del desierto, a unos diez kilómetros al sur de Belén.

 

En vez de alegrarse por la prosperidad y la paz que reinan en todas partes, comienza a lanzar invectivas contra el rey; ataca la práctica religiosa, las clases dominantes, los terratenientes y comerciantes. El bienestar –afirma– solo llega a unos cuantos privilegiados y es pagado a un alto precio por los pobres del país. Los ricos alardean del lujo más descarado, poseen “palacios para el verano y palacios para el invierno”, “casas de marfil”, mansiones con innumerables habitaciones (cf. Am 3,9.15), se pasan la vida de banquete en banquete y de fiesta en fiesta (cf. Am 6,1-7).

 

¿De dónde les viene la riqueza que derrochan en juergas? Es fruto de la explotación y del abuso contra jornaleros y campesinos, débiles e indefensos. Oprimen y explotan (cf. Am 4,1), recurren a ardides legalizados, falsifican las balanzas, fijan los precios de los productos a su antojo (cf. Am 8,5) y venden al pobre por un par de sandalias (cf. Am 8,6).

 

Ni siquiera las mujeres escapan a la crítica del profeta, “las grandes señoras” que se abandonan a las juergas (cf. Am 4,1-4), ni los jueces que “convierten el juicio en veneno… y arrastran por el suelo el derecho y detestan al que testifica con verdad, pisoteando al pobre y exigiéndole un tributo desproporcionado sobre la cosecha de trigo” (cf. Am 5,7.10-12).

 

¿En qué queda la ferviente práctica religiosa? Es todo una mentira, es sólo apariencia y exterioridad. A Dios le repugnan las oraciones, el culto, el incienso y los holocaustos si no se pone fin a las desigualdades escandalosas, a los robos y a la violencia (cf. Am 5,21-24).

 

Es en este contexto social y político que se debe colocar el pasaje de la lectura de hoy. Frente a las denuncias de Amós, el sumo sacerdote del templo de Betel, Amasias, se estremece y se preocupa, teme la reacción de Jeroboán II a quien, por supuesto, alguno le irá a contar lo que está ocurriendo.

 

Para silenciar al pastor de Tecoa, Amasias, en primer lugar, lo denuncia ante el rey (cf. Am 7,10) y, a continuación, se enfrenta a él directamente: “Vidente, vete, escapa al territorio de Judá…no vuelvas a profetizar en Betel porque es el templo real, el santuario nacional” (v. 12).

 

Ofendido, Amós replica: no soy un profeta ni pertenezco a la categoría de “aquellos capellanes de corte” que, como tú, viven a costa del soberano. No defiendo intereses personales y para ganarme la vida, no necesito complacer ni adular a nadie. Soy ganadero y recojo sicomoros y sé bastarme a mí mismo (vv. 14-15). En cuanto al rey, el primer responsable de esta sociedad corrupta, he aquí el destino que le espera: “A espada morirá e Israel marchará de su país al destierro” (v. 11).

 

Pasaron unos años y Samaria, la capital, cayó bajo la furia del ejército asirio. Así terminó, como había predicho Amós, “la orgía de los libertinos” (Am 6,7).

 

El profeta es el intermediario de quien se sirve Dios para comunicar su palabra (cf. Ex 7,1; 4,10-16; Jr 1,9). Para cumplir adecuadamente su misión, tiene que vivir en unión íntima con el Señor y asimilar sus pensamientos y su voluntad. Por lo tanto, está llamado a desprenderse de todo aquello que pueda manchar o disturbar esta armonía espiritual, como: los intereses personales, las convicciones religiosas y morales que provengan del modo de pensar de la sociedad en que vive. Se le pide renunciar a todo lo que pueda comprometer su libertad de palabra: las amistades, los regalos, la dependencia económica, los compromisos con los poderosos de este mundo quienes, aunque parezcan, como Jeroboán, favorecer la causa de la fe, afectan siempre negativamente a la credibilidad del mensaje.

 

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Segunda Lectura: Efesios 1,3-14

 

1,3: ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo!, quien por medio de Cristo nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales del cielo. 1,4: Por él, antes de la creación del mundo, nos eligió para que por el amor fuéramos consagrados e irreprochables en su presencia. 1,5: Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad 1,6: para alabanza de la gloriosa gracia que nos otorgó por medio de su Hijo muy querido. 1,7: Por él, por medio de su sangre, obtenemos el rescate, el perdón de los pecados. Según la riqueza de su gracia 1,8: derrochó en nosotros toda clase de sabiduría y prudencia, 1,9: dándonos a conocer el misterio de su voluntad, establecido de antemano por decisión suya, 1,10: que se realizaría en Cristo en la plenitud de los tiempos: que el universo, lo celeste y lo terrestre, alcanzaran su unidad en Cristo. 1,11: Por medio de él y tal como lo había establecido el que ejecuta todo según su libre decisión, nos había predestinado a ser herederos 1,12: de modo que nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, fuéramos la alabanza de su gloria. 1,13: Por él, también ustedes, al escuchar el mensaje de la verdad, la Buena Noticia de la salvación, creyeron en él y fueron marcados con el sello del Espíritu Santo prometido, 1,14: quien es garantía de nuestra herencia, y prepara la redención del pueblo que Dios adoptó: para alabanza de su gloria. – Palabra de Dios

 

 

Durante ocho domingos consecutivos leeremos textos de la Carta a los efesios, un escrito atribuido a Pablo, pero que ha sido compuesto hacia los años 90 d.C., por un discípulo del mismo Pablo.

 

Las comunidades de Asia Menor, que reconocieron en él al fiel guardián del pensamiento y espíritu del maestro, consideraron la Carta como escrita por el mismo Pablo. De este modo, haciendo referencia a su autoridad y permaneciendo fiel a la tradición apostólica, dieron una respuesta adecuada a los problemas teológicos surgidos en su tiempo.

 

La carta empieza con un largo himno de alabanza a Dios por las maravillas que ha realizado en favor de los hombres.

 

La bendición es la más característica de las oraciones judías. En cualquier momento del día, el israelita piadoso piensa en las intervenciones de Dios en favor de su pueblo, recuerda los beneficios otorgados y le da gracias pronunciando bendiciones. La bendición de la Carta a los efesios, es un himno conmovedor surgido del el corazón de un cristiano de Asia Menor, era cantado durante las celebraciones litúrgicas y fue conservado para nosotros por el autor de la carta.

 

Comienza con una alabanza al Señor, que ya no es llamado el “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”, sino que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo (v. 3). Se le bendice porque, habiéndonos incorporado a Cristo, nos ha hecho partícipes de toda bendición espiritual.

 

Las bendiciones prometidas a los patriarcas eran materiales, Dios se mostraba benévolo con su pueblo cuando otorgaba cosechas abundantes, multiplicaba rebaños y ganado, hacía crecer a los hijos como retoños de olivo y convertía a hrmosas hijas en “columnas esculpidas” (Sal144,12).

 

Quien, mediante bautismo, ha entrado a formar parte de Cristo, ha sido colmado de bendiciones espirituales, que no se contraponen a las materiales, sino que constituyen una nueva realidad, una oferta de bienes imperecederos, de una vida que va más allá de los horizontes de este mundo.

 

Después de esta exclamación gozosa, el himno presenta, en la primera estrofa, el proyecto de amor ideado por Dios (vv. 4-6). Ya antes de la creación del mundo, Él había planeado la salvación de todos; deseaba que se convirtieran en una única persona en Cristo, que participaran de su vida y entraran a formar parte de su familia. Éste es el destino que le espera a la humanidad entera: no la ruina, sino la alegría sin fin, “para alabanza de su gloria”. La gratitud del hombre se dirige hacia Aquel que no premia conforme a los méritos, sino que lo da todo gratuitamente, otorga sus bienes a los pobres y se los ofrece a quienes no pueden mostrar ninguna buena obra.

 

En la siguiente estrofa (vv. 7-12), el himno canta la condición nueva de los creyentes en Cristo. Éstos son redimidos, rescatados gratuitamente de sus pecados a costa de la sangre de Cristo (v. 7); han sido introducidos en el conocimiento del proyecto de Dios, no sólo porque les ha sido revelada la voluntad salvífica del Señor, sino porque, en realidad, esta salvación ha comenzado ya a realizarse de una manera verdaderamente irresistible (vv. 8-10.); se han convertido en herederos de los mismos bienes que el Padre da a su Hijo Unigénito (vv. 11-12).

 

La imagen de la herencia, nos recuerda una vez más la gratuidad de los dones de Dios. Todo en Él es gracia y benevolencia y quiere que entre nosotros circule siempre este amor gratuito. Nosotros “los que ya esperábamos en Cristo”, declara el autor del himno, colocándose a sí mismo entre los judíos, hemos sido los primeros en adherirnos inmediatamente a la fe (v. 12).

 

En la estrofa final (vv. 13-14), con un “ustedes”, el autor se dirige a los paganos quienes, después de él, han escuchado “la palabra de la verdad, el evangelio de la salvación”. Ahora, por la gracia del Señor, ellos también se han convertido, junto con los hijos de Abrahán según la carne, en herederos de las promesas hechas a los patriarcas y a sus descendientes.

 

La alegría que impregna todo el himno nace de la certeza de que la bondad de Dios hacia el hombre es incondicional, no depende de la bondad del hombre, es pura gracia.

 

Cuando, en la historia del mundo o en la vida personal, el mal parece que impone su dominio, este himno recuerda al creyente que la victoria final pertenecerá al amor de Dios. Él se encargará de llevar a cabo el diseño que ha ideado “antes de la creación del mundo” (v. 4).


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Evangelio: Marcos 6,7-13

 

6,7: En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. 6,8: Les encargó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, 6,9: que calzaran sandalias pero que no llevaran dos túnicas. 6,10: Les decía: Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen. 6,11: Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos. 6,12: Se fueron y predicaban que se arrepintieran; 6,13: expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban. Palabra del Señor

 

 

En la primera lectura nos hemos encontrado con dos personajes significativos y contrapuestos: Amasías, el sacerdote bien integrado en la estructura religiosa, lleno de méritos y privilegios y Amós, el pastor rudo que, de improviso, ha comenzado a actuar como profeta.

 

El primero es el hombre de éxito, aclamado y respetado porque, al ser amigo del poder de turno, ha alcanzado una posición de prestigio. No es de envidiar: lo tiene todo, pero no es libre; en cualquier momento puede ser chantajeado por el soberano que le da el pan, pero también puede quitárselo de arriba; se ve obligado a mostrar deferencia y respeto incondicional, a estar siempre listo para halagar, para secundar los juegos políticos de su protector y hacer la vista gorda a sus fechorías.

 

Amós es pobre, pero independiente, puede decir lo que piensa, no tiene nada que perder, nada que defender, no debe nada a nadie.

 

Pobre para ser libre podría ser el lema que resume las condiciones establecidas por Jesús en el Evangelio de hoy para aquellos que son llamados a anunciar su palabra.

 

Deben parecerse a Amós, no a Amasías.

 

El texto comienza con el envío de los doce (v. 7). Todos son enviados, ninguno es excluido, indicando que el anuncio del evangelio no es una tarea reservada a algunos miembros de la comunidad. El discípulo que no siente la necesidad de compartir con los demás el don recibido, probablemente aún no está convencido de que, descubriendo a Cristo, ha encontrado el más precioso de los tesoros.

 

Los apóstoles son enviados de dos en dos, no para hacerse compañía, sino por una razón teológica. A diferencia del hinduismo, del budismo y de todas las religiones que proponen como ideal el alcanzar la propia perfección espiritual, el propio equilibrio interior y la propia purificación –estos objetivos se pueden alcanzar incluso en la soledad y el aislamiento más completos– el cristianismo no puede ser vivido sino en comunidad y, para constituir una comunidad, es necesario ser por lo menos dos. Es por esto que, incluso la evangelización, nunca es el trabajo de individuos que predican las propias intuiciones o inspiraciones personales. El que anuncia el Evangelio debe estar en plena armonía y comunión con la Iglesia.

 

Hay otra importante innovación introducida por Jesús. Los rabinos no iban a buscar a los discípulos, eran los alumnos los que buscaban a los rabinos para aprender la Torá. Jesús, en cambio, ordena a sus apóstoles que vayan a ofrecer el mensaje del Evangelio a los hombres en sus casas, en los ambientes en que viven; no tienen que esperar a que alguien les busque.

 

Por último, a los apóstoles se les confiere un poder. Puede sorprender que Jesús no les otorgara la autoridad de mandar, de emitir disposiciones coercitivas. El único poder que los apóstoles reciben es el mismo que ha ejercitado Jesús: dar órdenes a los “espíritus inmundos”. Por “espíritus inmundos” se entiende todos los poderes que alejan de Dios y de la vida, que suscitan malos sentimientos y causan opresión, violencia e injusticias. Frente a estas fuerzas negativas que dominan el mundo, la comunidad cristiana saldrá, ciertamente victoriosa, puesto que el Maestro le ha otorgado un poder irresistible, su mismo Espíritu.

 

En la segunda parte del relato (vv. 8-9) se dan instrucciones sobre el equipaje que los mensajeros del Evangelio pueden llevar con ellos. Debe de ser muy ligero: una túnica, un par de sandalias, un bastón y nada más; el resto es un equipaje que pesa y estorba. Los medios materiales deben ser reducidos a lo esencial.

 

Comencemos por el bastón. Era el arma del pobres, por esto en el Evangelio de Mateo, Jesús lo prohíbe (cf. Mt 10,10). Los discípulos de Cristo son constructores de paz, por lo tanto, repudian todos los instrumentos que recuerdan el uso de la violencia.

 

En el pasaje de hoy, sin embargo, se les permite a los apóstoles. La razón es que, en la Biblia, el bastón también tiene un significado simbólico. Moisés y Aarón, en pareja (“de dos en dos”, como recomienda también Jesús) han luchado contra las fuerzas opresoras del faraón, han llevado a cabo la obra de la liberación de su pueblo sirviéndose de un bastón, signo de la potencia de Dios. Con el bastón, Moisés ha hecho maravillas ante el faraón (cf. Ex 7,9-12), extendió su mano sobre la tierra de Egipto y llegó la langosta (cf. Ex 10,13), dividió el Mar Rojo (cf. Ex 14,16), hizo surgir agua de la roca (cf. Ex 17,5-6).

 

También los discípulos de Cristo, para liberar al hombre de los “espíritus inmundos”, solamente tienen a mano un bastón, es decir, deben confiar en un solo poder, el que les ha sido entregado por Jesús: su palabra.

 

A continuación, viene indicado lo que no deben llevar: ni pan, ni alforja, ni dinero… (vv. 8-9). Es evidente que Jesús utiliza aquí el lenguaje de la paradoja, pero hay que estar atentos a no dar interpretaciones reductivas a sus palabras, a no restar vigor al mensaje privándolo de su contenido provocador. Es una insensatez pensar que si Jesús viniera hoy, no se mostraría tan severo y se adaptaría a las exigencias de la vida moderna. En su tiempo, no tenía donde reclinar su cabeza (cf. Lc 9,58); hoy, sin embargo, cambiaría de estilo y no dudaría en invertir sabiamente el dinero de las limosnas, para combatir a los hijos de las tinieblas con sus propias armas.

 

Los tiempos han cambiado, es cierto, y no hay que tomar las palabras de Jesús literalmente, sin embargo, se desprende nítidamente de ellas la preocupación de que se infiltre en los discípulos la levadura de este mundo o la convicción de que la eficacia de la misión dependa de la cantidad de medios materiales que se tengan a disposición.

 

Jesús nunca despreció los medios materiales, nunca ha presentado la miseria como ideal de vida, sin embargo, ha advertido a sus discípulos contra el peligro de estar condicionados por la riqueza. No es libre de decir la verdad y expresar lo que piensa, el que tenga que complacer a alguien, el que, como Amasías, es un asalariado y debe manifestar su agradecimiento.

 

A través de los siglos, la Iglesia ha pagado un alto precio por los acuerdos y alianzas con los poderosos de este mundo, por los compromisos con los que ofrecen privilegios, favores y garantías. Ha pagado con la pérdida de la libertad y de la autonomía.

 

Hay otra razón, más importante aún, que impulsa a Jesús a exigir de sus mensajeros que se presenten sin dinero y completamente despojados de toda forma de poder. Quién hace alarde de superioridad, inevitablemente genera dudas y provoca rechazos; quien muestra deseos de imponerse, de conseguir victorias ideológicas, provoca irritación y rechazo. La gente se fía solamente de los que no inspiran miedo, de los que no humillan; por lo tanto, el modo más eficaz de ganar la confianza es entregar la propia vida en las manos de aquellos a quienes se ofrece el evangelio, mostrando que se depende de ellos, incluso para el propio sustento.

 

No es permitida la mochila, simplemente porque no es necesaria, porque es una carga, una molestia inútil. Al discípulo no se le consiente almacenar provisiones para el día siguiente; el pan que pide al Padre es el de hoy, y si recibe más y sobra, inmediatamente hay que ofrecerlo al necesitado.

 

El desprendimiento completo requerido por el Maestro no sólo implica la renuncia a los bienes materiales, sino también el rechazo a las ideas preconcebidas, a las convicciones retrógradas a las que nos aferramos por motivos emocionales o irracionales. Constituyen cargas pesadas: ciertos usos, hábitos, prácticas devocionales, costumbres religiosas, ligadas a un contexto histórico y cultural ya superado, pero ingenuamente confundidas y equiparadas por algunos al evangelio.

 

En la tercera parte (vv. 10-11) Jesús trata de la acogida reservada a sus enviados: algunos serán recibidos con alegría y gratitud, otros rechazados con desdén y desprecio. ¿Cómo reaccionar?

 

“Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen” (v. 10). A primera vista, esta recomendación parece una invitación a visitar una sola familia, abandonando a las otras; en realidad, Jesús llama la atención sobre un error grave que podría comprometer el trabajo de sus misioneros: quien anuncia el evangelio, encontrará siempre a personas buenas y generosas que lo hospedarán en sus casas, como es fácil imaginar; sin embargo, el primer alojamiento no será de los mejores, sino un arreglo improvisado, más bien precario; es en éste donde hay que permanecer y adaptarse a vivir. Más tarde, sin embargo, los misioneros encontrarán, ciertamente, a gente bien dispuesta hacia ellos, quienes les ofrecerán un alojamiento más cómodo; después, otro aún mejor y así hasta tener palacios como alojamiento.

 

Jesús recomienda: quédense en la primera casa. A los discípulos les pide un testimonio de vida austero, sobrio y desprovisto de cualquier lujo ostentoso. Está en juego la credibilidad misma de la misión.

 

¿Y cuando sean expulsados? “sacudan el polvo de los pies”, les dice. Este era el gesto que todo israelita hacía cuando, dejada atrás la tierra de paganos, entraba en la tierra santa. Expresaba así su convicción de que “la tierra participa del carácter de sus habitantes” (cf. Nm 5:17) y que, para alejarse de los impíos, también era necesario deshacerse hasta de su mismo polvo.

 

Jesús sugiere a los discípulos que hagan este gesto, no como signo de rechazo y desprecio, sino como “testimonio para ellos”. Nótese la diferencia: para ellos, no contra ellos.

 

Este requerimiento de Jesús es una expresión de respeto, es una invitación a no insistir más de lo debido, a no ser pesados, a fin de no producir el efecto contrario, el de fastidiar a la gente y alejarla definitivamente de la fe.

 

Los auténticos apóstoles están siempre atentos a no violar la libertad de los demás, a no convertirse en predicadores fanáticos e intolerantes. Son conscientes de ser enviados a llevar una propuesta, no a meterse en batallas teológicas. Su tarea no es conseguir muchas conversiones, sino anunciar fielmente la palabra de Cristo. La adhesión o el rechazo, los frutos más o menos abundantes no dependen de ellos, sino de la clase de terreno sobre el que habrán esparcido, en abundancia pero con gentileza y respeto, la semilla.

 

El último versículo (v. 12) narra al éxito de la misión de los apóstoles. Con el poder conferido por el Maestro, ellos llevan a cabo la obra de salvación para la que fueron enviados. Señal de esta salvación es la derrota de toda forma del mal, el mal físico (las enfermedades) y el mal moral (la expulsión de los demonios).

 

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