XVI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (19 de Julio 2015)

Pastorear es dar comida, no órdenes

 

Introducción

 

Quien detenta el poder es llamado a prestar un servicio en favor de los hermanos, pero está también siempre expuesto a la tentación de abusar de su posición de prestigio y servirse de ella para imponerse, para favorecer sus propios intereses personales o familiares. El autor del libro de la Sabiduría amonesta: “A los poderosos los juzga el Señor implacablemente. A los más humildes los compadece y perdona, pero los poderosos serán examinados con rigor” (Sab 6,5-6).

 

El dominio sobre los demás está estrictamente prohibido en la comunidad cristiana (cf. Lc 22,25). Cristo no apela a un poder recibido de la alguna institución para pedir la adhesión de discípulos a su propuesta de vida. Va delante del rebaño, lo alimenta con su palabra y con su pan y lo atrae con su ejemplo.

 

En la iglesia, el que preside está llamado a reproducir el modelo del Maestro; Pedro, repetidas veces reprendido por el Señor por su manía de sobresalir, recomienda a los sacerdotes de su comunidad: “Apacienten el rebaño de Cristo que les han confiado, cuidando de él no a la fuerza sino de buena gana, como Dios quiere; no por ambición de dinero, sino generosamente, no como tiranos de los que les han asignado, sino como modelos del rebaño” (1 Pe 5,1-2).

 

Parece como si tuviera presente esta recomendación del Apóstol quien escribió la siguiente recomendación para el “jefe scout”: “Recuerda, jefe scout, si vas más despacio, ellos se detienen; si cedes, ellos retroceden; si te sientas, ellos se acuestan; si dudas, ellos se desesperan; si criticas, ellos demuelen. Si tú caminas hacia adelante, ellos te superarán; si les das la mano, ellos te darán su piel; si tú rezas, ellos serán santos”.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo siguiendo al único verdadero Pastor, nada me faltará”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jeremías 23,1-6

 

23,1: Ay de los pastores que dispersan y extravían las ovejas de mi rebaño! –oráculo del Señor–. 23,2: Por eso, así dice el Señor, Dios de Israel, a los pastores que pastorean a mi pueblo: Ustedes dispersaron a mis ovejas, las expulsaron, no se ocuparon de ellas; yo, en cambio, me ocuparé de ustedes y castigaré sus malas acciones –oráculo del Señor–. 23,3: Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas en todos los países adonde las expulsé, las volveré a traer a sus pastos, para que crezcan y se multipliquen. 23,4: Les daré pastores que las pastoreen: no temerán, ni se espantarán, ni se perderán –oráculo del Señor–. 23,5: Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que daré a David un retoño legítimo. Reinará como rey prudente, y administrará la justicia y el derecho en el país; 23,6: en sus días se salvará Judá, Israel habitará en paz, y le darán el título Señor, justicia nuestra. – Palabra de Dios

 

 

Es en un momento social y político muy difícil cuando, hacia el final del siglo VII a.C., Jeremías pronuncia este oráculo. El profeta había puesto grandes esperanzas en el joven rey Josías que parecía haber sido elegido por el Señor para reunir a las tribus dispersas de Israel. Pero, en una infausta batalla en la llanura de Meguido, este rey piadoso y sabio muere trágicamente. Sube al trono su hijo, Joaquín, un débil, un corrupto amante del lujo, que no se preocupa por los pobres sino que solo piensa en construirse espléndidos palacios, no paga a los trabajadores, comete abusos y permite que en los tribunales sean castigados los inocentes y absueltos los culpables.

 

Es políticamente un inepto: hace alianza con Egipto y comete la insensatez de desafiar al imperio babilónico que está en la cúspide de su poder. Nabucodonosor se enfrenta a él y lo desbarata. Después de unos meses, Joaquín muere, probablemente asesinado por sus adversarios políticos. Le sucede su hijo, quien es inmediatamente hecho prisionero por Nabucodonosor y substituido por otro hijo de Josías, Matatías, a quien se le impuso el nombre de Sedecías.

 

La situación no mejora porque Sedecías no tiene personalidad y está rodeado de asesores descerebrados que le incitan a retomar las armas contra Babilonia. Es la ruina. Jerusalén es reducida a un montón de escombros y el pueblo es deportado a tierra extranjera. Es en este contexto histórico en que viene colocado el oráculo que nos propone la lectura de hoy.

 

El exordio (v. 1) está constituido por una condena inapelable por parte del Señor, contra los dirigentes políticos quienes, a excepción del piadoso Josías, se han mostrado infieles a Dios e insensibles a las palabras de los profetas. Se asemejan a pastores que, en vez de preocuparse y estar atentos a las necesidades del rebaño a ellos confiado, lo están conduciendo a la ruina.

 

No es la primera vez que el profeta emplea esta imagen; ya lo ha hecho otras veces y siempre para deplorar las acciones de los guías del pueblo “Los pastores están embrutecidos, no consultan al Señor y los rebaños se desperdigan” (Jr 10:21). Ahora que la situación se ha vuelto más dramática, el Señor recurre a las amenazas: “¡Ay de los pastores que dispersan y extravían a las ovejas de mi rebaño!” (vv. 1-2).

 

Después de esta sentencia de condena contra de los líderes, el profeta se dirige al pueblo, desalentado, sin guía, e intenta darle ánimos. Hay una razón para la esperanza: Israel no pertenece a ningún rey humano, aunque los gobernantes indignos se hayan comportado como amos; el rebaño es de Dios, él personalmente cuidará de sus ovejas y las traerá de vuelta a su tierra, a los pastos de los que han sido arrancadas violentamente (vv. 3-4).

 

Para consolar a Israel, Jeremías no se refiere solamente a un futuro inmediato, anuncia lo que el Señor va a hacer en tiempos aún más distantes: suscitará en la familia de David un retoño justo, un rey sabio que ejercerá el juicio y la justicia en toda la tierra (vv. 5-6).

 

Jeremías espera, probablemente, en la aparición providencial de un nuevo soberano, capaz de restaurar el reino al esplendor que tuvo en la época de David y Salomón. Anuncia incluso el nombre. Se llamará Señor-nuestra justicia, en hebreo Ja Sidqénu, una evidente alusión a Sidqíja, Sedecías, el inepto soberano reinante que no ha garantizado la justicia ni protegido a su pueblo.

 

La profecía se ha cumplido, pero no de acuerdo a las expectativas humanas; Dios ha superado toda esperanza. El pastor prometido no ha restaurado un reino de este mundo, no ha concedido la prosperidad solamente a una nación y no ha sometido a los hombres con la fuerza de las armas.

 

Al pastor, al prometido hijo de David, lo podemos identificar hoy: es Jesús de Nazaret, él es el Ja Sidqénu, el Señor-nuestra justicia, porque ha dado inicio a un reino de paz y de justicia, no imponiéndose con la fuerza de las armas, sino cambiando los corazones. Su reino, aparentemente sin futuro, porque desprovisto de los apoyos en que los hombre ponen toda sus esperanzas de éxito, está destinado, sin embargo, a extenderse por toda la tierra y durar para siempre.

 

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Segunda Lectura: Efesios 2,13-18

 

Hermanos: 2,13: gracias a Cristo Jesús los que un tiempo estaban lejos, ahora están cerca, por la sangre de Cristo. 2,14: Porque Cristo es nuestra paz, el que de dos pueblos hizo uno solo, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad; 2,15: anulando la ley con sus preceptos y cláusulas, reunió los dos pueblos en su persona, creando de los dos una nueva humanidad; restableciendo la paz. 2,16: Y los reconcilió con Dios en un solo cuerpo por medio de la cruz, dando muerte en su persona a la hostilidad. 2,17: Vino y anunció la paz a ustedes, los que estaban lejos y la paz a aquellos que estaban cerca. 2,18: Porque por medio de Cristo, todos tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu. – Palabra de Dios.

 

 

En el Imperio Romano, los judíos eran conocidos por su aislamiento; Tácito los etiqueta con el título de “enemigos de la humanidad”. Un muro de metro y medio de altura rodeaba el área santa del templo en Jerusalén y, sobre él, trece losas de mármol llevaban grabadas en griego y en latín, la prohibición a los paganos de entrar en el recinto sagrado, bajo pena de muerte. Era una señal de la separación entre los dos pueblos que Israel creía querida por Dios: de una parte los elegidos, los únicos herederos de las bendiciones prometidas a Abrahán y sus descendientes, de la otra parte, los extranjeros, los excluidos de la salvación.

 

Dirigiéndose a estos últimos, el autor de la Carta a los efesios proclama, el fin de esta contraposición establecida por los hombres, no por Dios. Cristo ha reconciliado para siempre a los dos pueblos: “Los que un tiempo estaban lejos, ahora están cerca, por la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz, el que de los dos pueblos hizo uno solo, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad” (vv.13-14). Después explica la forma en que, de los dos, él ha hecho un solo pueblo.

 

Él es nuestra paz, el “Príncipe de Paz” anunciado por Isaías (cf. Is 9,6), el “Señor de la paz” prometido por Miqueas (cf. Miq 5,4), enviado para abatir las vallas y los muros que separan, para poner fin a toda división entre los hombres, porque todos son igualmente amados por Dios (v. 14).

 

Ha conseguido este objetivo abrogando la ley judía que, para preservar al pueblo de la impureza de los paganos, sancionaba y bendecía esta separación (v. 15), y ha reconciliado a los dos pueblos. Y no solamente esto, sino que, con su encarnación, ha suprimido también la distancia entre Dios y el hombre, ha unido el cielo y la tierra, anunciando la paz, paz a los que estaban lejos y paz a los que estaban cerca (vv. 16- 17).

 

De estas dulces expresiones se hace eco la profecía de Isaías: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva” (Is 52,7).

 

El pasaje termina con una imagen grandiosa, derivada de ceremonial de la corte. Unidos por el mismo Espíritu, infundido en todos por Cristo, judíos y paganos, cercanos y alejados, se presentan juntos al Padre, en una procesión solemne (v. 18).

 

Animado por este Espíritu, el cristiano no puede menos de convertirse en un constructor de paz. Como Cristo, se ha comprometido a demoler todos los muros que todavía impiden a las personas encontrarse unas con otras; no se deja involucrar en discursos que ponen de relieve lo que divide, las injusticias recibidas, malentendidos pasados; repudia los prejuicios, la discriminación y todo tipo de casta; cree en el diálogo entre los pueblos, culturas, razas, religiones.


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Evangelio: Marcos 6,30-34

 

6,30: En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 6,31: Él les dijo: Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato. Porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer. 6,32: Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado. 6,33: Pero muchos los vieron marcharse y se dieron cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron. 6,34: Al desembarcar, vio un gran gentío y se compadeció, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas. Palabra del Señor

 

 

Quien trabaja tiene necesidad de tomarse algún momento de reposo y la actividad apostólica, como dice Pablo quien durante muchos años se ha dedicado a ella, es un “trabajo duro” (cf. 2 Cor 11,23). Es por eso que, al regreso de su misión, los apóstoles son invitados por Jesús para descansar un poco. El incidente en sí puede parecer bastante trivial, pero el evangelista lo narra porque contiene mensajes importantes para los discípulos de Cristo.

 

En la primera parte (vv. 30-32) vienen presentados a los apóstoles que regresan satisfechos de su misión, se reúnen en torno al Maestro y le dan cuenta de cuanto han hecho y enseñado. Después de escucharlos, les invita a retirarse con él, aparte, a un lugar desierto, lejos de las multitudes.

 

La escena de Jesús con los discípulos que se aparta con sus discípulos se repite a menudo en el Evangelio de Marcos, y siempre prepara una revelación importante. Después de haber narrado las parábolas a la gente, Jesús, en privado, explica cada detalle a los discípulos (cf. Mc 4,34); “Lejos de las multitudes, aparte”, cura al sordomudo de Betsaida (cf. Mc 7,33); lleva a Pedro, Santiago y Juan aparte, solamente ellos, al monte de la Transfiguración (cf. Mc 9,2); es en privado que responde a los discípulos que piden explicaciones sobre el fin del mundo (cf. Mc 13,3) y la razón por la que no pudieron expulsar a un demonio (cf. Mc 9,28).

 

En nuestro texto, la expresión aparte se repite dos veces y viene acentuada por el hecho de que Jesús y los Doce se encuentran solos en una barca que, lenta y silenciosamente se adentra en el lago.

 

El primer mensaje, el más simple y directo, Marcos quiere dirigirlo aquellos que, en las comunidades cristianas, tienen la responsabilidad de la presidencia y del anuncio de la palabra de Dios. Quiere que comparen su celo apostólico con el de los Doce y aprendan a servir a los hermanos con tanta dedicación y tanto amor como para no tener tiempo ni siquiera para comer.

 

El mensaje principal es, sin embargo, otro y hay que captarlo en la expresión aparte, que da el tono a todo el texto. El servicio a la comunidad requiere muchos esfuerzos y una gran generosidad, pero hay que estar atentos porque, fácilmente, puede convertirse en una actividad frenética, valorada según los criterios de la productividad empresarial; entonces, se corre el riesgo, incluso entre los misioneros más generosos, de perder el contacto con el dador de trabajo, con Cristo y su palabra.

 

Los apóstoles que se reúnen alrededor del Maestro y evalúan juntos lo que han hecho y enseñado, muestran lo que debe ser el punto de referencia de toda actividad apostólica. Antes de llevar a cabo cualquier proyecto, es necesaria una sincera confrontación con el Maestro, para recibir las instrucciones sobre la tarea a realizar y sentirse enviados por Él. No se pueden desarrollar programas sin una referencia constante al Evangelio. Las opciones e iniciativas que no nacen de la oración, de la meditación y de la reflexión comunitaria de la Palabra de Dios, corren el riesgo de ser dictadas por criterios humanos. Detrás de la pantalla de instituciones benéficas y caritativas, se ocultan, a veces, objetivos menos nobles, ambiciones, intereses personales, voluntad de competir, de imponerse, de hacer proselitismo.

 

Es cierto que toda la vida es oración, que Dios se encuentra en los pobres, que en el servicio al prójimo se realiza en el nombre de Cristo, sin embargo, si no nos reservamos espacios y momentos de silencio en los que permanecer a solas con el Señor, si no nos separamos de las gentes y de las actividades que nos absorben todo el tiempo y todas las energías, terminaremos por atrofiarnos.

 

Incluso durante la realización de los programas apostólicos, debemos, en todo momento, dejarnos interpelar por Cristo; nunca puede faltar la referencia a su palabra y, terminado el trabajo, retirarnos aparte, para evaluar con él, como hicieron los Doce, la labor realizada. Sólo quien procede así, puede estar seguro de no encontrarse en el “riesgo de correr o haber corrido en vano” (cf. Gal 2,2). El descanso de Jesús y los apóstoles no duró mucho, sólo el tiempo de la travesía del lago.

 

En la segunda parte del pasaje evangélico (vv. 33-34), ya los vemos de nuevo en medio a la gente que, llegada de todas partes, los esperaban en la orilla.

 

Los ocupantes de la barca representan a la comunidad cristiana que, después de haberse tomado un buen momento para reflexionar sobre sí misma y de estar con el Maestro, ahora vuelve al servicio de los demás. Su “apartarse” no ha sido una fuga, sino un momento de recarga espiritual. Cuando son portadores de una palabra divina que infunde esperanza y comunica la salvación, los discípulos son siempre esperados con impaciencia y acogidos con alegría.

 

El encuentro con la gente suscita en Jesús una reacción emocional tan fuerte que, para describirla, el evangelista utiliza el verbo griego splagknízomai, que exprime un sentimiento de compasión tan intenso y profundo que solamente puede ser experimentado por Dios. En la Biblia indica el gesto tierno y amoroso del Señor que se inclina sobre el hombre para vendarle las heridas.

 

Marcos ya ha destacado en Jesús este sentimiento cuando un leproso, de rodillas, (cf. Mc 1,40-41) le pidió la curación y, de nuevo, lo detectará en el encuentro con las multitudes hambrientas: “Me compadezco de esta gente, ya que llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer” (Mc 8,2). La reacción de Jesús revela la ternura de Dios ante de dolor del hombre.

 

Cuando las miserias, los males, el dolor son causados por nuestros propios pecados, la reacción espontánea y natural es aceptar las consecuencias que se esperaban, pero si se trata de los pecados de los otros, podemos llegar incluso a invocar el castigo divino, como aceptada expresión de justicia perfecta. En la emoción de Jesús, la comunidad cristiana descubre el único sentimiento que también ella debe mostrar: siempre y sólo la misericordia.

 

El evangelista completa la escena con una imagen de belleza y dulzura incomparables: “Se compadeció porque eran ovejas sin pastor” (v.34). La imagen alude a varios textos del Antiguo Testamento. La primera referencia es a la oración, que a la conclusión de la salida de Egipto, Moisés dirigió al Señor. Preocupado por el temor de que, después de su muerte, Israel pudiera quedarse sin un guía, imploró esta gracia: “Que el Señor, Dios de los espíritus de todos los vivientes, nombre un jefe para la comunidad; uno que salga y entre al frente de ellos, que los lleve en sus entradas y salidas. Que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor” (Nm 16,17).

 

La imagen hace referencia también a las acusaciones de los profetas contra los guías que llevaron al pueblo a la ruina: “Al no tener pastor, mis ovejas se dispersaron y fueron pasto de las fieras salvajes…y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; se dispersaron por toda la tierra sin que nadie las buscase siguiendo su rastro” (Ez 34,5-6) y al famoso salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 23,1).

 

Retomando la imagen del pastor, Marcos muestra en Jesús al guía enviado por Dios en respuesta a la oración de Moisés y como el cumplimiento de las promesas hechas por boca de los profetas. En Israel había en tiempos de Jesús quienes se presentaban como pastores: los escribas, los fariseos, los rabinos, los líderes políticos, el rey Herodes; pero éstos se solamente se apacentaban a sí mismos, no al pueblo.

 

Jesús es el verdadero pastor porque revela un corazón sensible a las necesidades de las personas, un corazón que inmediatamente percibe de qué alimento tienen hambre y de qué agua tienen sed. Tiene en mente las palabras del profeta: “Miren que llegan días, oráculo del Señor, en que enviré hambre al país: no hambre de pan y sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor; irán errantes de este a oeste, vagando de norte a sur, buscando la Palabra del Señor y no la encontrarán” (Am 8,11-12).

 

Los dirigentes del pueblo no fueron capaces de satisfacer esta hambre y esta sed, es más, con sus falsas doctrinas, habían conducido al pueblo a la desbandada. Jesús, entonces, comenzó a distribuir su pan, el doble pan: la enseñanza que nutre la mente y el corazón y la comida que alimenta el cuerpo.

 

El texto de hoy concluye señalando que Jesús “se puso a enseñarles muchas cosas” (v. 34). No se ha desanimado, no ha arremetido contra los responsables de la penosa condición a que habían reducido al pueblo; se ha puesto a enseñar porque es sobre todo éste, el pan que el hombre necesita.

 

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