XVII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (26 de Julio 2015)

El Pan: Causa de conflictos y signo de comunión

 

Introducción

 

Para infundir valentía a los hijos de Israel, llenos del pánico ante los cananeos, hombres de estatura imponente, Josué y Caleb exclamaron: “¡No les tengan miedo, son como pan para nosotros!” (Nm 14,9). Curiosa coincidencia: la raíz hebrea de la que se deriva la palabra pan está compuesta por la mismas consonantes del verbo, combatir, como para indicar que la lucha por la comida es la causa desencadenante de las guerras. Incluso los desacuerdos entre Israel y el Señor nacieron de la escasez de pan: “En Egipto…nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan en abundancia” (Ex 16,3).

 

Sólo cuando se comparte, el pan deja de ser una fuente de discordia y competencia y se convierte en un signo de amor y hermandad. Comer pan con alguien es considerarlo como un íntimo, como un amigo en quien se confía, un aliado del que no se espera ninguna traición (cf. Sal 41,10). Las tensiones más fuertes, los rencores más venenosos se producen en los silencios en la mesa y las discusiones más embarazosas son las que estallan entre comensales.

 

El banquete es, por su naturaleza, expresión de paz y reconciliación (cf. Gn 31,53-54), por eso Dios lo eligió como imagen de su reino. Él preparará un banquete en el que “los pobres comerán hasta saciarse” (Sal 22,27).

 

Este es su sueño: contemplar un día todos sus hijos “como brotes de olivo alrededor de su mesa” (Sal, 128,3).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los pobres comerán y se saciarán si tengo el valor de compartir mis bienes”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 2 Reyes 4,42-44

 

4,42: En aquellos días vino un hombre de Baal-Salisá a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo: Dáselos a la gente, que coman. 4,43: El criado replicó: ¿Qué hago yo con esto para cien personas? Eliseo insistió: –Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará. 4,44: Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor. – Palabra de Dios.

 

 

¿Qué soñaban los “pobres de la tierra” de Israel? No grandes cosas, solo tener pan en abundancia y, tal vez, comer tres veces al día al igual que los ricos. La abundancia de pan era un signo de la bendición de Dios (cf. Sal 37,25) y su escasez, un castigo por el pecado (cf. Ez 4,16-17).

 

La escena narrada en la lectura de hoy viene ambientada durante una terrible hambruna. La situación era tan desesperada que, para sobrevivir, la gente comía raíces, hojas y hierbas, incluso las venenosas (cf. 2 Re 4,38-41).

 

Si la palabra hambre aparece tantas veces en el Antiguo Testamento –134 veces– es porque el azote de la carestía y de la hambruna, debido entre otras razones a la falta de lluvias que periódicamente afectaba a las tierras del Medio Oriente, es una frecuente realidad.

 

Fue, pues, en una época de carestía, cuando un hombre de Baal-Salisá se presenta a Eliseo y le ofrece veinte panes de cebada (v. 42).

 

La cebada crece aun en suelos pobres y accidentados y tiene un valor inferior al trigo (cf. Ap 6,6). Su ciclo de maduración es más corto que el de otros cereales, por lo que es la primera en recolectarse; se cosechaba en primavera, alrededor de la Pascua. Los ricos preferían pan de trigo, las clases más pobres, en cambio, se contentaban con el de cebada que costaba menos. Nuestro hombre es claramente un campesino pobre quien, en un gesto de conmovedora generosidad, se priva del alimento precioso para entregarlo al profeta. No retiene para sí los primeros frutos de su campo sino que siente la necesidad de compartir con los demás el don recibido de Dios. El pan es un regalo de Dios y debe ser inmediatamente compartido con quienes no tienen: “El generoso será bendecido porque compartió su pan con el pobre” (Prov 22,9).

 

Eliseo, a su vez, se ve envuelto en esta dinámica del don gratuito, iniciada por el hombre de Baal Salisá. No guarda el pan en su bolsa para llevárselo a casa, sino que invita a su criado a distribuirlo a un centenar de personas hambrientas que estaban a su alrededor.

 

La reacción del criado era de esperar: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” (v. 43). Solo un milagro puede resolver el problema del hambre de tanta gente con tan pocos recursos. El profeta le invita a la confianza, asegurándole: “comerán y sobrará” (v. 43).

 

El prodigio es posible y ocurrirá, pero solo a condición de que se tenga el coraje de creer en la promesa del Señor y de seguir la indicación, aparentemente absurda y sin sentido, del profeta que ordena distribuir, compartir y poner en común.

 

La comida será suficiente para todos y sobrará, pero nadie debe acaparar más de lo que necesita para saciarse. Quién, desconfiando de la providencia del Señor o movido por la avaricia y la codicia, se queda con la parte de los hermanos para guardarla, esconderla y acapararla para sí, al día siguiente la encontrará como el maná, podrida y llena de gusanos (cf. Ex 16,20). Dios no multiplica el pan de la nada, ni lo hace llover del cielo para sustituir al hombre en la solución del problema del hambre. Realiza sus maravillas a través de los que confían en su palabra.

 

Ésta es la dinámica que condujo al milagro: primero ha sido el generoso gesto de un hombre de Baal Salisá que ofrece el fruto de su trabajo, luego viene la decisión de Eliseo de compartir el don recibido, finalmente acaece el prodigio: “Comieron y sobró, como había dicho el Señor” (v. 44).

 

Hoy día, sólo un milagro puede resolver el problema del hambre en el mundo y, sin embargo, es posible realizar este milagro, basta tener el coraje, contra toda lógica humana, de confiar en el evangelio y exclamar como Pedro cuando Jesús le invita a pescar a mediodía: “Pero ya que lo dices…” (Lc 5,5) y obrar en consecuencia.

 

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Segunda Lectura: Efesios 4,1-6

 

Hermanos: 4,1: Yo, el prisionero por el Señor, los exhorto a vivir de acuerdo con la vocación que han recibido. 4,2: Sean humildes y amables, tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor, 4,3: esfuércense por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. 4,4: Uno es el cuerpo, uno el Espíritu, como una es la esperanza a que han sido llamados, 4,5: un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, 4,6: uno es Dios, Padre de todos, que está sobre todos, entre todos, en todos. – Palabra de Dios

 

 

Con este pasaje comienza la parte de la Carta a los Efesios dedicada a exhortaciones morales; el primer tema que viene introducido es el de la unidad de la iglesia.

 

En los primeros versículos (vv. 1-3) son presentadas algunas de las características de la nueva vida de los bautizados. Se introducen con una referencia al Apóstol Pablo, prisionero en el Señor (v. 1). La autenticidad de su mensaje se hace patente por su disposición a dar la vida por el Evangelio.

 

La primera señal distintiva del discípulo es la humildad, entendida como opción por el último lugar, por la disponibilidad para servir, por abajarse para levantar al pobre. Luego vienen la mansedumbre, la paciencia y el aguante. El cristiano no es contencioso ni irascible, no pretende tener siempre la razón, sabe que los hombres tienen cualidades y límites, virtudes y defectos, grandeza y mezquindad. Siguiendo el ejemplo del Maestro, renuncia a toda forma de agresividad y violencia, y busca por todos los medios, la unidad, la reconciliación y la paz.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 4-6), el tema es retomado y motivado. Existen siete razones por las que debe reinar la unidad entre los cristianos: “Uno es el cuerpo, uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que han sido llamados, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, uno es Dios Padre de todos”. Es difícil de explicar la razón por la que ha sido omitida la referencia al único pan eucarístico.

 

La unidad de una comunidad no es fruto de simpatías o el resultado del cruce de intereses egoístas. Como todos, los cristianos tendrían mil razones para estar divididos y en desacuerdo. Existen entre ellos diferencias de raza, idioma, cultura, condiciones económicas, mentalidad, carácter… La misma religión, a veces, es un motivo de disensión, hay tantas profesiones de fe en el mismo Cristo. La diversidad, sin embargo, no debe generar envidia y crear antagonismo; constituye una riqueza y está destinada a promover la ayuda mutua, la cooperación, la complementariedad. Esta es la razón por la que, en los siguientes versículos (vv. 11-16), la carta a los Efesios describirá la comunidad cristiana como un cuerpo en el que cada miembro tiene su función y su tarea.


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Evangelio: Juan 6,1-15

 

6,1: En aquel tiempo, Jesús se marchó al otro lado del lago de Galilea –el Tiberíades–. 6,2: Le seguía un gran gentío, porque veían las señales que hacía con los enfermos. 6,3: Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos. 6,4: Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. 6,5: Levantando la vista y viendo el gentío que acudía a él, Jesús dice a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para darles de comer? 6,6: Lo decía para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. 6,7: Felipe le contestó: Doscientas monedas de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo. 6,8: Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice: 6,9: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es eso para tantos? 6,10: Jesús dijo: Hagan que la gente se siente. Había hierba abundante en el lugar. Se sentaron. Los hombres eran cinco mil. 6,11: Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: dándoles todo lo que quisieron. 6,12: Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos: Recojan las sobras para que no se desaproveche nada. 6,13: Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales, llenaron doce canastas. 6,14: Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron: Éste es el profeta que había de venir al mundo. 6,15: Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo. Palabra del Señor

 

 

Durante cinco domingos consecutivos se interrumpe la lectura del Evangelio de Marcos y viene propuesto el capítulo 6 del Evangelio de Juan. Comienza hoy mismo con el relato de la multiplicación de los panes y continúa, en las próximas semanas, con el célebre discurso del pan de vida, pronunciado por Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún.

 

En la interpretación de este capítulo, se puede cometer el error de asumir que trate, desde el principio hasta el fin, de la Eucaristía. Hay que evitarlo, para no perder la riqueza del mensaje de cada pasaje. El tema de la Eucaristía, es cierto, acompaña como trasfondo, todo el discurso pero de forma explícita, viene introducido solo al final.

 

De todos los signos obrados por Jesús, ninguno ha sido referido tantas veces como la multiplicación de los panes. Todos los evangelistas lo relatan al menos una vez, Mateo y Marcos incluso dos; en total, viene narrado seis veces.

 

¿Cómo es que en la iglesia primitiva se dio tanta importancia a este hecho?

 

Porque se trató de un caso clamoroso, sensacional, porque causó un fuerte impacto a un pueblo acostumbrado a comer una sola vez al día. Es cierto, el hambre crónica de los israelitas puede explicar en parte, pero no del todo, el interés por este episodio. Jesús realizó milagros más extraordinarios que se narran una sola vez. ¿Por qué se insiste tanto sobre los panes?

 

Hoy nos viene propuesta la versión del episodio narrada por Juan, diferente en muchos aspectos a de la de los otros evangelistas. No vamos a detenernos en estas diferencias ni trataremos de establecer lo que realmente sucedió; nos sumergiremos inmediatamente en el mensaje e intentaremos resaltar cada detalle significativo del relato.

 

Ante todo, una observación importante: en el texto no viene utilizada la palabra multiplicación; se suele usar, eso sí, como título de estos relatos evangélicos, pero ciertamente el título “multiplicación” no es inspirado; el evangelio sólo habla de panes y de peces puestos en común, de la distribución de los mismos, del resultado –todos recibieron lo que quisieron– y de la recogida de doce canastas, del pan que sobró, signo de un alimento destinado a no acabarse nunca. Esto es todo. El mensaje central del relato, no hay que buscarlo, pues, en la multiplicación sino en el compartir.

 

Nosotros tenemos la manía de multiplicar todo lo que es material: el dinero, la salud, los años de vida, las amistades, los éxitos y, cuando nos sentimos incapaces de multiplicarlos, recurrimos a Dios para que lo haga en nuestro lugar. La manía, sin embargo, de multiplicar es síndrome de muerte, nace del miedo a la muerte y al fracaso, es una señal de falta de fe.

 

El problema al que Jesús, con su gesto, quiere responder es el problema del hambre, del hambre material, no del espiritual. Ante el gran problema del hambre en el mundo, nos gustaría que el Señor lo resolviera con multiplicaciones; Jesús, sin embargo, sigue una lógica diferente, una lógica que no nos permite seguir siendo negligentes, una lógica que compromete y corresponsabiliza.

 

El relato comienza con una indicación cronológica: “Se acercaba la Pascua, la fiesta de los Judíos” (v. 4). No se trata de una mera información, sino de un marco teológico que sirve para poner de relieve el significado del episodio. Juan quiere que sea leído en la perspectiva de la gran fiesta de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.

 

El paralelismo entre la multiplicación de los panes y los acontecimientos del Éxodo es tan importante que el evangelista lo pone de relieve en repetidas ocasiones: Jesús, como Moisés, cruza el mar (v. 1) y, nótese, no aparece ninguna barca, justo como durante el Éxodo; como Moisés, Jesús está acompañado por un pueblo numeroso y se gana la confianza de las multitudes realizando grandes signos (v. 2). Dos veces (vv. 3.15) sube a la montaña y se sienta con sus discípulos, tal como Moisés que, a menudo, subía a la montaña e instruía a su pueblo. Durante el éxodo, Moisés proporcionó el maná y, como él, Jesús alimenta a aquellos que le siguen. Finalmente, en el v. 14 vemos a la multitud que lo aclama como “el profeta que había de venir al mundo”. Una referencia explícita a la profecía hecha por Dios a Moisés: “Suscitaré un profeta entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande” (Dt 18,18).

 

Todas estas referencias tienen como objetivo presentar a Jesús como el nuevo Moisés que inicia, con la humanidad, un nuevo éxodo, un paso de la esclavitud a la libertad, de una condición intolerable e inhumana, a la vida verdadera.

 

La meta del viaje de Moisés era la tierra de Canaán; la meta de Jesús es la verdadera tierra prometida, el reino de Dios, el reino en el que –como lo anunciaron los profetas– todos tendrán a disposición comida abundante y gratuita (cf. Is 25,6).

 

No se trata del paraíso, del más allá sino, ante todo, del aquí y ahora. Ciertamente, el reino de Dios tendrá su culminación al final de los tiempos; sin embargo, el signo realizado por Jesús indica que la sociedad nueva, en la que a todos les viene ofrecida la oportunidad de vivir según el proyecto del Creador, aquella en la que todos podemos disponer de medios suficientes para satisfacer las necesidades fundamentales, debe comenzar aquí y cuanto antes.

 

¿Es posible crear esta sociedad nueva? ¿Es posible pensar que los recursos de este mundo no sean suficientes para alimentar a toda la humanidad, y que sobre?

 

Las dudas expresadas con franqueza y lucidez por los apóstoles reflejan nuestras preocupaciones. En la Mishná está escrito que, para satisfacer las necesidades diarias de un pobre, se necesita 1/12 de un denario. Felipe hace un cálculo rápido: con 200 denarios se pueden preparar 4.800 medias raciones (v. 7). Pero, ¿dónde encontrar tanto dinero y tanto pan?

 

En el Evangelio de Lucas los Doce sugieren otra alternativa más realista y aceptable: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y campos de los alrededores y busquen hospedaje y comida” (Lc 9,12). En otras palabras: este es un problema que no tiene nada que ver con la fe; nosotros estamos para orar, meditar, predicar. En cuanto al pan, cada uno debe arreglárselas como pueda. Es la idea, extendida incluso hoy en día, de que existen dos ámbitos muy distintos y no comunicados entre sí: el reino de Dios, por un lado, y la vida material, por otro.

 

Intervine Andrés, hermano de Simón Pedro: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces” y, a continuación, como si se hubiera dado cuenta de haber insinuado algo carente de todo sentido práctico, añade: “Pero, ¿qué es esto para tantos?” (v. 9). La comida es poca y la multitud es inmensa. Frente a una situación doscientas veces menos complicada, el siervo de Eliseo había tenido la misma reacción: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?”

 

A través de un ingenioso diálogo, Jesús ha hecho salir a la luz las estrategias dictadas por la sabiduría de los hombres para resolver el problema del hambre en el mundo, estrategias que son las nuestras y que el evangelista ha colocado hábilmente en la boca de los apóstoles.

 

La conclusión a la que llegamos es ésta: no hay solución; son demasiadas las bocas que alimentar e insignificantes los recursos; esta conclusión nos lleva incluso a pensar que la creación no ha resultado tan perfecta. Lo máximo que se puede lograr en este mundo es una buena organización de asistencia social, pero es impensable que la miseria pueda ser derrotada.

 

Llegados a este punto, Jesús propone su solución: “Hagan que la gente se siente” (v. 10). Viene, por tanto, rechazada de plano la idea de que el reino de Dios se realice en una esfera separada de la realidad concreta. La palabra de Cristo está destinada a ser un fermento social, a transformar todo el mundo y a toda la persona.

 

La mesa sobre la que se prepara el banquete es original. Se pide a la multitud que se recueste en la hierba verde de un prado. “Había mucha hierba en aquel lugar” (v. 10) –anota el evangelista– y este detalle, aparentemente marginal y superfluo, es significativo porque hace referencia explícita a las palabras del salmo: “El Señor es mi pastor… en verdes praderas me hace reposar” (Sal 23,1-2). Si Jesús hace recostar a sus ovejas “sobre la hierba verde” significa que se presenta como el pastor anunciado por los profetas, lo cual quiere decir que ha sido inaugurado el banquete del reino de Dios (cf. Is 25,6), que ha surgido el mundo nuevo, el mundo en el que ya nadie tendrá que afanarse por la comida, porque habrá en abundancia para todos.

 

¿Cómo se construirá este mundo nuevo?

 

Jesús indica cuál es su propuesta haciendo un gesto: toma el pan que le ha sido ofrecido, lo distribuye y surge el prodigio, realizado por la fe en su palabra que es una invitación a compartir, a renunciar a poseer y acaparar para sí.

 

Juan es el único evangelista en señalar que quien ha puesto la poca comida que tenía a disposición de todos, era un niño y que su pan era de cebada (v. 9), el alimento de los pobres. El detalle del niño es poco realista, ya que, como sabemos, los niños son los primeros en consumir las provisiones, por lo que es poco probable que, entre tanta gente, justamente un niño, y solamente un niño, haya conservado la merienda. El valor simbólico del detalle es evidente: en el evangelio, el niño es el modelo del discípulo; los que quieran entrar en el reino de los cielos deben hacerse como niños (cf. Mc 10,15).

 

Ahora resulta claro el mensaje: el niño, pobre, es el discípulo llamado a poner a disposición de los hermanos todo lo que posee.

 

¡Esta es la gran propuesta, ésta es la clave del milagro!

 

Basta que los hombres dejen a parte su egoísmo, venzan el frenesí de poseer “que es la raíz de todo mal” (1 Tim 6,10), acepten la lógica del Reino y pongan a disposición de los hermanos, sin reservas, todo lo que tienen y el milagro ocurre: todos comen y… sobra.

 

He mencionado el hecho de que el capítulo 6 de Juan no hace referencia, desde el principio, a la Eucaristía. El pasaje de hoy tiene como tema el compartir los bienes y hay que evitar, por tanto, una interpretación espiritualista; no obstante, no se puede negar que el relato tiene connotaciones eucarísticas. La descripción de las acciones de Jesús –“Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió” (v. 11)– es una obvia referencia a las palabras de la institución de la Eucaristía (cf. Mc 14,22).

 

Es la manera como Juan recuerda sus comunidades de entonces y a las nuestras de hoy que el problema del pan material está estrechamente vinculado a la celebración de la Eucaristía. Sería un contrasentido partir juntos el pan eucarístico y no compartir el pan material.

 

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