XVIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (2 de Agosto 2015)

Hay un pan que da la vida eterna

 

Introducción

 

El sueño del hombre es, desde siempre, tener vida, una vida inmortal. Para obtenerla, Gilgamesh, el héroe de la literatura mesopotámica, había desafiado el monstruo Humbaba en el jardín de los cedros; después había descendido al abismo de los mares para tomar posesión de la hierba que se llama “El viejo se hace joven”, la había ya agarrado, pero una serpiente se la quitó. ¡Triste es el destino del hombre, nacido para morir! Desconsolado, también el salmista concluye: “Es tan caro el precio de la vida, que jamás podrán pagarlo” (Sal 49,9-10). Aunque la vida “se asemeja a un soplo” (Sal 144,4), es sagrada e inviolable.

 

En la lengua hebrea el verbo vivir nunca es aplicado a animales o plantas, sino sólo al hombre y se utiliza como sinónimo de curar, recuperar la salud, ser feliz. Sólo quien tiene una existencia serena, sin enfermedades, llena de alegría, vive realmente; llanto y dolor son signos de muerte.

 

El pan mantiene, pero no asegura para siempre la vida biológica, llamada a extinguirse; la mítica planta de la inmortalidad es una quimera. Pero Dios tiene un pan que comunica la vida eterna y lo ha dado al mundo, porque quiere que todos los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). “Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera” (Sab 18, 14), Él envió su palabra: “en ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cada día debo alimentarme de la palabra que sale de la boca de Dios”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Éxodo 16,2-4.12-15

 

16,2: En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, 16,3: diciendo: –¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad. 16,4: El Señor dijo a Moisés: Yo les haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no. 16,12: He oído las protestas de los israelitas. Diles: Hacia el atardecer comerán carne, por la mañana comerán pan hasta quedar satisfechos, para que sepan que yo soy el Señor, su Dios. 16,13: Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. 16,14: Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino parecido a la escarcha. 16,15: Al verlo, los israelitas preguntaron: ¿Qué es esto? Porque no sabían lo que era. Moisés les dijo: Es el pan que el Señor les da para comer. – Palabra de Dios

 

 

De acuerdo con criterios científicos actuales, algunas curaciones son inexplicables, por lo que, si se ha invocado a un santo, éstas se atribuyen a su intervención. Otras curaciones, las obtenidas por la administración de fármacos, son consideradas como un hecho natural y, por consiguiente, no atribuibles a intervención sobrenatural. Sin embargo, uno se pregunta si los que son curados por el médico deben estar menos agradecidos al Señor; ¿es, quizás, la segunda gracia inferior a la primera?

 

Para el creyente, todos los acontecimientos, incluso los más ordinarios, nos hablan de Dios. Una bella aurora, el perfume de los narcisos, la sonrisa de un pobre, las lágrimas de una madre o el dolor de un niño, son una invitación a elevar la mirada al cielo, son signos del amor del Señor y, a menudo, también motivos de preguntas legítimas acerca de su forma de gestionar la creación y de intervenir en la historia humana.

 

Israel es un pueblo que cree en el Señor y no necesita de intervenciones extraordinarias para experimentar su presencia. Yo soy el que está siempre cerca de ti, es el significado del nombre con que se reveló a Moisés (cf. Ex 3,14); durante el éxodo, su asistencia se hizo evidente en cada momento.

 

La lectura de hoy refiere dos hechos que Israel ha leído con los ojos de la fe: las codornices y el maná. Se trata de fenómenos naturales bien conocidos que se dan también hoy día. En primavera y otoño las codornices emigran en bandadas entre África, Arabia y los países mediterráneos. Cuando, exhaustas, se detienen en la península del Sinaí, se convierten en presa fácil de los beduinos. El maná, a su vez, no es sino la secreción de color blanquecino que brota de un arbusto que crece en el desierto del Sinaí; los botánicos lo conocen como Tamarix mannifera. Dios nutrió a su pueblo haciéndole encontrar estos alimentos a lo largo del camino; se convirtieron en el signo de su protección y de su amor. Codornices y maná fueron considerados por los creyentes como los regalos del cielo.

 

Nuestro texto comienza con las murmuraciones del pueblo que, después de los primeros días de entusiasmo por la aventura de la liberación, comienza a sentir nostalgia de Egipto (vv. 2-3). Es significativo el hecho de que la tierra de la esclavitud, de los trabajos forzados y los maltratos físicos sea ahora recordada, en un momento de alucinación colectiva, como un Edén donde se banqueteaba hasta la saciedad a base de carne y pan.

 

Es la imagen de lo que sucede a quien, abandonada la condición de pecado, la esclavitud de los vicios y pasiones ingobernables, ha comenzado el camino hacia la libertad. Después de los primeros momentos de serenidad y de paz que siempre acompañan las conversiones al Señor y las opciones evangélicas, es normal que haga aparición la nostalgia por la vida antigua, por las costumbres, por comportamientos que no eran motivo de orgullo pero que, por otra parte, ofrecían siempre ciertas ventajas y alguna gratificación.

 

Ante las murmuraciones del pueblo, era de esperar una dura reacción por parte de Dios, pero no, él no castiga, responde enviando el maná (v. 4). En los momentos de angustia, cuando uno se siente tentado a volver sobre sus pasos, no debemos olvidar que Dios no se enoja por la fragilidad humana ni se indigna por sus debilidades y recaídas. No sólo no castiga al que duda y se tambalea sino que lo acompaña más de cerca y, como lo hizo con Israel, le ofrece nuevos signos de su amor, nuevas pruebas de su presencia.

 

El don del maná, por un lado, fue una ayuda; por otro, una prueba para Israel, un estímulo para el crecimiento de su fe. El camino a través del desierto debía servir al pueblo como aprendizaje, como una escuela para habituarlo a controlar la codicia. Tenía que aprender a no acaparar una cantidad superior a la necesidad diaria, a conformarse con “pan de cada día”, mostrando así su total confianza en el amor providente de su Dios.

 

La lección de vida aprendida por Israel sigue siendo válida para el hombre de hoy, siempre tentado de dominar no sólo el presente sino también el futuro que, por el contrario, le pertenece sólo a Dios. En el Padre Nuestro, Jesús nos invita a pedir al Señor no la seguridad para el futuro, sino el pan “para el día de hoy”. Quien reza así, rechaza la acumulación de alimentos “para el día siguiente”, mientras que los hermanos pasan hambre “hoy”, libera el propio corazón del frenesí de poseer y de la angustia por el mañana (cf. Lc 12,22-34).

 

También los rabinos de la época de Jesús recomendaban no dejarse dominar por la inquietud y el afán por la comida. Rabí Eliezer enseñaba a sus discípulos: “Quién tiene la comida para hoy y se pregunta: ¿qué comeré mañana?, es un hombre de poca fe”.

 

La última parte del texto (vv. 13-15) deja claro que el maná no fue un regalo del Moisés al pueblo; él mismo ha comido hasta saciarse como los demás. Ha sido el Señor a dar este alimento. Moisés sólo ha sabido reconocer el origen del don, invitando al pueblo a mirar hacia arriba, hacia Dios (v. 15), a la espera de que el enviara del cielo su otro pan, el que comunica la vida que no perece (cf. Dt 8,2-3).

 

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Segunda Lectura: Efesios 4,17.20-24

 

Hermanos: 4,17: En nombre del Señor les digo y recomiendo que no procedan como los paganos: con sus inútiles pensamientos. 4,20: No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo; 4,21: si es que de veras oyeron hablar de él y de él aprendieron en qué consiste la verdad. 4,22: Despójense de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos; 4,23: renuévense en su espíritu y en su mente; 4,24: y revístanse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios con justicia y santidad auténticas. – Palabra de Dios

 

 

La segunda parte de la carta a los Efesios está dedicada a exhortaciones morales. En el texto de hoy, el autor les invita a sacar las consecuencias prácticas de la conversión al Señor.
 Sabe que los cristianos están siempre sujetos a la tentación de reintroducir en sus vidas las conductas y de razonamientos paganos, definidos como “privados de sentido”, búsqueda quimérica (v. 17).

 

Presenta, después, una imagen sombría del mundo pagano: “con sus inútiles pensamientos, con la razón oscurecida, alejados de la vida de Dios, por su ignorancia y dureza de corazón. Porque, endurecidos, se han entregado al desenfreno y practican sin medida toda clase de indecencias” (vv. 18-19). La acentuación de los rasgos negativos es evidente; los sólidos principios y valores de la ética estoica son completamente ignorados. El pastor de almas muestra su preocupación de que el cristiano, convertido en “nueva criatura”, recaiga en los vicios de antes, se abandone a la lujuria y se deje guiar por la avidez del dinero.

 

Después de presentar los diversos aspectos negativos, típicos de la vida pagana, el autor resume la moral de las personas que han conocido a Cristo con una expresión tan simple como efectiva: “¡No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo!” (vv.20-21). Luego continúa recurriendo a una imagen: el discípulo se ha despojado del hombre viejo y se ha revestido del hombre nuevo (vv. 22-24.). En el día del bautismo se ha efectuado en él una transformación radical; ha tirado a la basura, como se hace con un vestido desgastado y sucio, el libertinaje, las miserias morales, las pasiones engañosas y ha salido del agua del bautismo un hombre nuevo, revestido de Cristo (cf. Gal 3:27).


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Evangelio: Juan 6,24-35

 

6,24: En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron en los botes y se dirigieron a Cafarnaúm en busca de Jesús. 6,25: Lo encontraron a la otra orilla del lago y le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí? 6,26: Jesús les respondió: Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto, sino porque se han hartado de pan. 6,27: Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna; el que les dará el Hijo del Hombre. En él Dios Padre ha puesto su sello. 6,28: Le preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios? 6,29: Jesús les contestó: La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquel que él envió. 6,30: Le dijeron: ¿Qué señal haces para que veamos y creamos? ¿En qué trabajas? 6,31: Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. 6,32: Les respondió Jesús: Les aseguro, no fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. 6,33: El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. 6,34: Le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. 6,35: Jesús les contestó: Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed. Palabra del Señor

 

 

La escena final del evangelio del domingo pasado marcó la cima del éxito de Jesús, según criterios de los hombres. Una gran multitud lo aclamaba y, movida por un entusiasmo incontenible, trató de llevárselo para proclamarlo rey. Lo que parecía un triunfo fue, en cambio, el más decepcionante de los resultados para Jesús, la prueba de que no había logrado hacer que comprendieran el signo. Su gesto había sido malinterpretado: había propuesto compartir y ellos habían entendido una cómoda multiplicación del alimento.

 

Para reflexionar sobre la forma de hacer comprender a la multitud el gesto del pan, Jesús se retira a la montaña (cf. Jn 6,15), pero al día siguiente todos se ponen de camino siguiendo sus pasos y alcanzándolo en Cafarnaúm, le preguntan: “Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?” (vv. 24-25).

 

Jesús no responde a la pregunta que le ha sido puesta, sino a la verdadera, la que todos hubieran querido preguntarle: “¿Va a repetir hoy el milagro? ¿Nos asegurarás el pan para siempre?” y va derecho al núcleo del problema: “Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto sino porque se han hartado de pan. Trabajen no por un alimento que perece sino por un alimente que dura y da vida eterna” (vv. 26-27).

 

Se ha dado cuenta que lo buscan no porque tengan hambre de su palabra, porque quieran profundizar su mensaje y ser ayudados a comprender el gesto que ha cumplido; esperan solamente continuar teniendo pan en abundancia, gratuitamente, sin trabajar.

 

En la primera parte del texto (vv. 24-27) Jesús comienza por disipar la confusión que se ha creado. No ha venido a transformar, con la varita mágica, las piedras en pan, sino para enseñar que el amor y el compartir producen pan en abundancia; después, acompaña a sus oyentes a subir el primer peldaño de la fe, el de la admiración y gratitud por el pan recibido, y a continuación el siguiente, más alto, el de la comprensión del mensaje contenido en el don que ha dado.

 

En la incomprensión de la gente de Cafarnaúm, el evangelista intenta que todo cristiano, leyendo entre líneas, descubra su propia incomprensión. Se dirige, pues, al creyente y le invita a preguntarse por qué motivo busca al Señor, porqué reza y recurre a él, porqué es un cristiano practicante. Muchos, como los que han sido testigos del milagro de los panes, deberían admitir que les mueve la secreta esperanza de obtener de Jesús el alimento que perece: gracias especiales, milagros, salud, éxito, bienestar, protección contra las desventuras. La proliferación en ciertos sectores de la Iglesia de prácticas afines a la magia para conseguir curaciones y asegurarse el favor del Señor, prueba que el malentendido sobre el pan que Jesús ofrece es siempre actual. Tampoco la mujer samaritana entendía que el Maestro le ofrecía un agua diferente de la del pozo.

 

¿Cuál es entonces la comida “que dura para la vida eterna”?

 

En el Evangelio del domingo pasado se nos escapó un detalle: al principio del relato había panes y peces, después éstos últimos extrañamente desaparecen y toda la atención se concentra en el pan. Incluso al final, después de la recogida de las doce canastas del pan sobrante, era de esperarse una alusión a los peces, en vez nada, no han aparecido ni serán recordados en el largo discurso de Jesús.

 

El simbolismo de los cinco panes y los dos peces resulta inmediatamente claro para quienes conocen el lenguaje bíblico y recuerda las palabras de Moisés: “El hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3) y la invitación dirigida por la Sabiduría de Dios a los desviados: “Vengan a comer mi pan” (Pro 9,5); “¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no deja satisfecho?” (Is 55,1). He aquí el pan del Señor: su palabra, su enseñanza; pan de la vida son los cinco libros del Pentateuco, la Torá.

 

¿Y los dos peces? Son el acompañamiento del pan: representan las otras dos series de los libros sagrados de Israel, los Profetas y los otros Escritos, que servían de complemento a la Torá y que ayudaban a comprenderla y asimilarla mejor.

 

Ahora queda solamente el pan. En la barca –anota Marcos– los discípulos no tenían más que un pan (Mc 8,14), Jesús, en cuya palabra está presente todo el alimento que Dios ha dado a su pueblo. Quién tiene a Él no necesita otro pan, no tiene necesidad de otras revelaciones.

 

Jesús quiere hace comprender este simbolismo a sus oyentes quienes, por el contrario, se obstinan en pensar solamente en el alimento material.

 

¿Cómo se alimenta uno de este pan? ¿Qué debemos hacer? –piden a Jesús las multitudes de Cafarnaúm. La respuesta viene dada en la segunda parte del texto (vv. 28-33).

 

No muchas obras, sino una sola: creer en aquel a quien el Padre ha enviado. No se requiere otra cosa.

 

En el evangelio de Juan no se encuentra nunca la palabra fe, tan querida por Pablo, se utiliza siempre el verbo creer que indica el acto vital de quien confía, sin condiciones, en la palabra de Jesús, de quien acoge su evangelio y lo asimila como ocurre con el alimento. El evangelio ha sido escrito “para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y para que, creyendo, tengan vida por medio de él” (Jn 20,31). Quien cree de esta manera, tiene la vida eterna (cf. Jn 3,16; 6,40.47).

 

No es suficiente estar convencidos de que Jesús ha existido, de que fue un gran personaje, que ha predicado el amor y dictado normas sabias de vida. También los ateos están convencidos de todo esto. Cuando la novia declara creer en el propio esposo, intenta decir que se fía ciegamente de él, que comparte sus opciones, que está dispuesta a jugarse la vida con él, segura de que con ningún otro podría ser feliz.

 

Jesús pide esta confianza incondicional. Esa es la razón por la que los Judíos, antes de otorgársela, exigen de él una prueba concreta, un gran milagro (vv. 30-33). No es suficiente el hecho de los panes porque Moisés ha hecho mucho más, no dio el maná solo para una comida y solo para cinco mil hombres, sino que ha alimentado a todo un pueblo por cuarenta años.

 

Jesús aclara: no fue Moisés a dar el pan del cielo, sino que ha sido mi Padre, el mismo que da hoy al mundo no ya el maná, comida que alimenta una vida destinada a perecer, sino el verdadero pan del cielo, el que da la vida a la humanidad entera. El mana’ se deterioraba (cf. Ex 16,20), como se oxidan o son robados por ladrones los tesoros acumulados en este mundo; el pan de Cristo no perece, se recoge en canastas y conservado, viene redistribuido, siempre íntegro y sabroso, a cualquier persona con hambre.

 

¿Qué es este pan del cielo? ¿Por qué Jesús no lo da inmediatamente a todos? En la última parte del pasaje evangélico (vv. 34-35) se da la respuesta a estas preguntas.

 

“Danos siempre de ese pan” –le pide la multitud. Una frase similar fue pronunciada también por la samaritana: “Dame de esa agua” (Jn 4,15). La mujer no entendía cuál era el agua prometida por Jesús y seguía pensando en la del pozo. Hoy hay muchos que caen en la misma equivocación , no logran apartar su pensamiento del pan material.

 

Jesús aclara: “Yo soy el pan de vida, el que viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí nunca pasará sed”.

 

La Biblia a menudo usa imágenes de hambre y sed para indicar la necesidad de Dios “Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo”, cantaba el salmista (Sal 42,3) y Jeremías confesaba al Señor: “Cuando recibía tus palabras las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jer 15,16).

 

El hombre anhela la vida y todo lo que la favorece y alimenta. En esta búsqueda de alimento, por desgracia, frecuentemente se engaña porque como enseñaban los sabios: “para el hambriento hasta lo amargo es dulce” (Prov 27,7). El único pan que satisface la necesidad de felicidad es la palabra de Cristo. Su Evangelio, y no el maná del desierto, es el pan que ha bajado del cielo, pero para que pueda comunicar la vida no debe ser solamente un texto para ser leído y evaluado fríamente, como se hace con los dichos de los sabios del pasado, sino para asimilarlo como el pan que se convierte en vida de quien lo come.

 

Estas afirmaciones de Jesús no se refieren todavía a la Eucaristía. El pan es Él mismo en cuanto palabra de Dios.

 

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