XIX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (9 de Agosto 2015)

¿El pan del cielo de un hijo de carpintero?

 

Introducción

 

Por 54 veces en el Corán, judíos y cristianos son llamados pueblos del Libro y la palabra libro, en el sentido del texto que contiene las revelaciones de Alá, aparece 230 veces. No obstante, es una palabra ambigua porque a veces se refiere al libro de Moisés, otras, a los libros en que se habla de Abrahán y de su descendencia, de Juan, hijo de Zacarías, de Jesús y María, su madre; generalmente, por libro se entiende simplemente el Corán, como se puede ver desde la misma presentación: “¡Aquí está el libro!, guía segura –no hay duda de ello– para los que temen a Dios”.

 

Según una interpretación muy extendida entre los musulmanes, Dios envió a la tierra, en forma de dictado a sus profetas, varios libros que contienen su palabra: la Torá, el Evangelio, los Salmos y el Corán. Por tanto, no hay que sorprenderse al oír decir a un musulmán: “también yo creo en la Biblia.”

 

Más allá de las múltiples convergencias entre musulmanes y cristianos, no hay que pasar por alto una diferencia sustancial. Para los musulmanes, la revelación de Dios se ha encarnado en el Corán; la palabra de Alá se convirtió en el libro en la Meca. Para los cristianos, la palabra de Dios no se hizo libro, sino carne en Nazaret.

 

Un día el Señor mandó a Ezequiel: “Hijo de hombre, cómete este rollo, y vete a hablar a la casa de Israel” (Ez 3,1). Era una invitación a asimilar el mensaje contenido en un libro. La misma imagen fue utilizada por Jeremías “Cuando recibía tus palabras las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jer 15,16).

 

Como los profetas, como los musulmanes, también el cristiano tiene hambre de la sabiduría de Dios. La encuentra en un libro, sí, pero no es un libro, es una persona, Jesús de Nazaret, el pan de vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la Palabra de Dios hecha carne”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 1 Reyes 19,4-8

 

En aquellos días, 19,4: Elías continuó por el desierto una jornada de camino y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: –¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres! 19,5: Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel le tocó y le dijo: –¡Levántate, come! 19,6: Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. 19,7: Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: ¡Levántate, come! Que el camino es superior a tus fuerzas. 19,8: Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. – Palabra de Dios

 

 

La arqueología confirma que el reinado de Ajab (874-853 a.C.) fue uno de los más prósperos de Israel. Ajab era un hábil y astuto soberano, fortificó las ciudades de Meguido y Hazor dotándolas de puertas monumentales, murallas poderosas, amplios almacenes e impresionantes instalaciones para el suministro de agua, que aún se conservan en la actualidad. Favoreció el comercio, entró en alianzas con los pueblos vecinos, construyó lujosos palacios, decorados con marfil tallado al estilo del arte egipcio. Sin embargo, la Biblia pronuncia sobre él un juicio severo: “No hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba, empujado por su mujer, Jezabel. Procedió de manera abominable siguiendo a los ídolos” (1 Re 21,25-26).

 

Jezabel era la joven, tan fascinante como pérfida, hija del rey de Tiro. Había llegado a Samaria acompañada por un grupo de profetas de Baal y Astarté y, con halagos y encantos, había inducido a su marido a erigir un templo a estas deidades adoradas en Fenicia, consideradas como dispensadoras de fertilidad a campos y animales. Fue el comienzo de la corrupción religiosa en Israel, del libertinaje moral, de injusticias sociales que culminaron en crímenes como el asesinato de Nabot (cf. 1 Re 21) y de prácticas horrendas como los sacrificios humanos (cf. 1 Re 16,34).

 

Inesperadamente, aparece en escena un hombre valiente y resuelto que se atreve a desafiar a Jezabel, la reina que está en la cima del poder y que dispone a su placer del sello real. Es Elías, el profeta venido de Tisbe, una ciudad situada al este del Jordán. Sus palabras son mordaces, sus denuncias queman como el fuego (cf. Prov 48,1); amenaza, invoca castigos del cielo, realiza prodigios y, durante tres años, ordena a la lluvia de no regar la tierra; desafía a los profetas de Baal en el monte Carmelo y los derrota (cf. 1 Re 18), pero, al final, debe rendirse; Jezabel es demasiado fuerte y lo busca por todas partes para deshacerse de él. Se siente solo, abandonado por todos, está convencido de que todo el pueblo ha traicionado al Señor y seguido a Baal y Astarté.

 

No tiene escapatoria y no le queda más remedio que resignarse a la derrota. Primero, se esconde, después huye hacia el sur; quiere llegar al monte de Dios, el Horeb, donde Moisés, cuatrocientos años antes, se encontró con el Señor. Para no ceder a las lisonjas de Ajab y a las amenazas de Jezabel, necesita una fe sólida y, para robustecerla, decide recorrer el camino de Moisés.

 

Inicia la marcha, pero la travesía del desierto es difícil y las dificultades casi insuperables; resiste hasta que puede, después, presa del desaliento, tiene que rendirse. Es en este punto que comienza nuestra lectura.

 

Elías se sienta bajo un árbol e invoca a la muerte. Señor –suplica– ¡basta ya! Prefiero la muerte, no soy mejor que mis padres; si ellos fracasaron, no puedo hacerme la ilusión de cosechar yo algún éxito; mis palabras no tendrán nunca un impacto significativo sobre la realidad social y política y sobre las opciones religiosas de mi pueblo (v. 4).

 

Elías tiene necesidad de fuerzas y el ​​vigor lo da solamente el alimento, el pan; y el Señor se lo proporciona. Nótese bien: Dios no exime de la prueba a su profeta, no le quita la fatiga, no lo libra de la dura jornada, haciéndolo trasportar milagrosamente por un ángel. El desierto tiene que ser atravesado y las dificultades confrontadas. Le ofrece, eso sí, el alimento necesario, pero nada más.

 

El pasaje concluye: “Con la fuerza de aquel alimento, caminó Elías cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios” (v. 8). En este contexto, el número cuarenta recuerda los cuarenta años de Israel en el desierto y es el símbolo de una entera vida.

 

La historia de Elías es la nuestra. Hay momentos en que nos sentimos como el profeta, profundamente decepcionados y ni siquiera encontramos consuelo en Dios, en la fe, en los hermanos de la comunidad. Los conflictos, incoherencias, chismes, envidias, mezquindades son motivo de abatimiento, de ansiedad y, a veces, incluso de desesperación. Dios no se olvida de nosotros, está siempre a nuestro lado, nos acompaña como lo hizo con Elías. No nos exime de trabajo, no asume nuestra responsabilidad; cuando estamos cansados ​no nos carga sobre sus espaldas, pero nos muestra el camino a seguir y no nos deja nunca sin el pan que restaura la fuerza.

 

No pensemos inmediatamente en el pan eucarístico que vamos a discutir el próximo domingo. El alimento que en todas las circunstancias de la vida da fuerza e infunde coraje es la palabra de Dios. Cuando nos encontramos en dificultades, cuando nos desmoralizamos y abatimos por lo que sucede en el mundo y en la iglesia, tal vez nos desahogamos con algún amigo, o vamos a llorar sobre el hombro de alguien, convencidos de encontrar ayuda y consuelo. Nos olvidamos de que es el pan de la Palabra el que da luz, consuelo y esperanza.

 

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Segunda Lectura: Efesios 4,30–5:2

 

Hermanos: 4,30: No entristezcan al Espíritu de Dios, que los marcó con un sello para el día del rescate. 4,31: Eviten toda amargura, pasión, enojo, gritos, insultos y cualquier tipo de maldad. 4,32: Sean amables y compasivos unos con otros. Perdónense unos a otros, como Dios los ha perdonado en Cristo. 5,1: Como hijos queridos de Dios, traten de imitarlo. 5,2: Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo que los amó hasta entregarse por ustedes a Dios como ofrenda y sacrificio de aroma agradable. – Palabra de Dios

 

 

Para evitar que pudieran escaparse, se marcaba a fuego sobre la piel de los esclavos una cicatriz indeleble, signo de su definitiva pertenencia a un dueño.

 

Pablo usa esta imagen para definir la condición del cristiano. En el bautismo, el discípulo ha sido marcado, por el fuego del Espíritu Santo, con sello que demuestra su pertenencia a Dios (v. 30).

 

De esta nueva realidad se derivan consecuencias morales, formuladas por el autor de la Carta a los efesios, primero en forma negativa, después en forma positiva: hay vicios que evitar (v. 31) y virtudes que practicar (v. 32).

 

Los vicios enumerados son seis y llama la atención el hecho de que todos se refieran a la falta de control de la lengua. En el versículo que precede a nuestra lectura, se recomienda: “No salga de sus bocas ninguna palabra ofensiva, sino solo palabras buenas que ayuden a crecer a quien lo necesita y agraden a quien las escuche” (v. 29).

 

Vale la pena revisar brevemente estos vicios porque, frecuentemente, se crean tensiones en las comunidades cristianas y surgen escándalos, pecados éstos de cuya gravedad apenas si nos damos cuenta.

 

La agresividad se refiere a las palabras ofensivas de los que se consideran superiores a los demás y desfogan sobre los más débiles que están cerca de ellos el propio nerviosismo, las propias decepciones y frustraciones. Es un vicio que se manifiesta con frecuencia en las relaciones entre los miembros de familia.

 

El desdén es la reacción agresiva de quien se siente ofendido o privado de algo que le corresponde. Viéndose afectado en sus derechos, no sólo no controla sus palabras, sino que también pasa a los hechos.

 

La ira se manifiesta en expresiones ofensivas de quien cultiva en su corazón resentimiento y deseos de venganza y es incapaz de controlar sus impulsos primitivos y violentos.

 

Por gritos se entiende el vociferar en peleas, riñas, y discusiones.

 

La maledicencia se refiere al chismorreo, es decir, al placer morboso de divulgar el mal, los errores y las debilidades de los demás.

 

En la palabra maldad se incluyen todos los demás vicios que sería largo enumerar.

 

La parte positiva aclara cuál debe ser el comportamiento del cristiano: benevolente, humilde y, sobre todo, inspirado por sentimientos de misericordia, que es la primera de las características de Dios (cf. Ex 34,6).

 

El autor concluye sus recomendaciones instando a los cristianos a imitar a Dios, su padre, y a practicar el amor mutuo, siguiendo el ejemplo de Cristo que “les amó hasta entregarse por ustedes” (Ef 5,1-2). En Jesús, el amor del Padre se ha hecho visible y constituye, para todo hijo, una invitación a seguir sus pasos.


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Evangelio: Juan 6,41-51

 

6,41: En aquel tiempo, los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; 6,42: y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? 6,43: Jesús les dijo: No murmuren entre ustedes. 6,44: Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. 6,45: Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. 6,46: No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. 6,47: Les aseguro que quien cree tiene vida eterna. 6,48: Yo soy el pan de la vida. 6,49: Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. 6,50: Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. 6,51: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. Palabra del Señor.

 

 

En la última parte del pasaje del pasado domingo, escuchamos la declaración de Jesús: “Yo soy el pan de vida”. Él es “pan” en cuanto es sabiduría de Dios. Quién asimila su propuesta saciará su hambre y sed de felicidad y amor (cf. Jn 6,35).

 

Ante esta demanda sin precedentes, los judíos reaccionan con total resolución. Están convencidos de poseer ya el “pan” que sacia: la Torá, la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. El Eclesiástico ha indicado claramente la comida y la bebida ofrecida por Dios al justo: “Lo alimentará con el pan de la inteligencia y le dará a beber el agua de la sabiduría” (Eclo 15,3). Israel no necesita otro pan y no puede admitir que un hombre se proponga a sí mismo como el “pan de vida”.

 

Desconcertados, los judíos no se dirigen directamente a Jesús, sino que murmuraban entre sí: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?” (vv. 41-42).

 

Murmurar no significa expresar algunas reservas, sino contradecir, rechazar la afirmación provocadora y escandalosa que han oído. Es inaceptable que Jesús pretenda encarnar la sabiduría de Dios, que crea reproducir en la propia persona al Señor tres veces santo.

 

Aclararemos la identidad de estos interlocutores, designados por Juan como judíos, pero antes tenemos que entender bien el significado de su objeción. ¿Cómo puede ser Jesús el pan de la sabiduría de Dios venida del cielo?

 

“Nadie ha visto jamás a Dios” (Jn 1,18) porque no puede ser visto, refieren muchos textos de la Biblia (cf. Ex 33,20; 1 Tim 6:16); y, sin embargo, a lo largo de los siglos, los hombres han sentido siempre un ardiente deseo de encontrarlo, de conocer su voluntad y sus planes sobre el mundo cf. (Ex 33,18).

 

El hombre ha comenzado a vislumbrar algunos rasgos de su rostro cuando, alzando los ojos y contemplado “el fuego, el viento, el aire leve, las órbitas astrales, el agua impetuosa y las lumbreras celestes” (Sab 13,2), se ha quedado impresionado por su belleza y logrado descubrir a su autor. “Porque lo que se puede conocer de Dios lo tienen a la vista, ya que él mismo se lo ha dado a conocer. Lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad, se hacen reconocibles a la razón, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Rom 1,19-20).

 

Pero Dios no se la limitado a revelarse a sí mismo a través de la creación. En la plenitud de los tiempos se ha presentado al mundo. Ahora es posible verlo, tocarlo y escucharlo en un hombre, Jesús de Nazaret, que es el rostro humano de Dios; “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9-11).

 

Los judíos murmuran, es decir, se niegan a seguir este camino que conduce a Dios. Piensan que es inconcebible que un hombre pueda albergar la pretensión de hacer presente al Señor, les repugna la idea de un Dios que se hace hombre, convencidos como están de que el Todopoderoso tiene su trono en el cielo, que vive alejado del mundo y que manifiesta su majestad y su poder a través de intervenciones prodigiosas y voces arcanas. No conciben que se revele en un hombre débil y frágil, en el hijo de un carpintero.

 

Jesús reconoce que nadie ha visto al Padre (v. 46.), pero indica la manera de poderlo contemplar; asegura que se puede ver a Dios a través de él, observando lo que él hace, a quién frecuenta, a quién amonesta, a quién defiende, a quién se acerca, a quién acaricia, de quién se deja tocar, de quién se deja besar… porque sus gestos, sus opciones y sus decisiones y preferencias son las del Señor.

 

Para algunos, la humanidad de Cristo es el intermediario que conduce a Dios, para otros es un impedimento. Hoy, como en el pasado, las personas se posicionan frente a Jesús de Nazaret de muy distinta manera: desde la acogida entusiasta, a la indiferencia, al rechazo, a la oposición a ultranza.

 

Para captar el mensaje del texto, es importante identificar a los interlocutores de Jesús. El evangelista los llama judíos.

 

Estamos en Galilea y es verdaderamente extraño que Juan llame judíos a los habitantes de Cafarnaúm, que son galileos, gente que conoce bien el origen y la familia de Jesús.

 

En el Evangelio de Juan, el término judíos no tiene una connotación étnico-geográfica, sino teológica. Indica a todo aquel que asume una actitud hostil frente a Jesús y se niega a creer que él es la revelación plena y definitiva de Dios.

 

No es la reacción del pueblo judío de hace dos mil años lo que le interesa al evangelista; lo que verdaderamente le preocupa es hacer entender a sus lectores que, hoy, se enfrentan a una alternativa y que tienen que elegir entre la sabiduría del Evangelio, que es el pan de vida, y la astucia del mundo, que es veneno de muerte. Hoy sus lectores son invitados a creer que en Cristo está presente toda la sabiduría de Dios.

 

Por desgracia, también hoy como entonces, muchos se limitan a reconocer en Jesús a un hombre sabio que ha indicado caminos de justicia y paz; a uno de tantos profetas, tal vez el más grande de todos, sin embargo, aun estimándolo, lo consideran un simple hombre, “el hijo de José” y no se dan cuenta o se niegan a aceptar que él es el Unigénito del Padre (cf. Jn 1,14); no creen que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

 

¿Por qué sucede esto, cuál es la raíz de la incredulidad? A este enigma se responde en la segunda parte del pasaje de hoy (vv. 43-47).

 

Algunos se alimentan de la palabra de Cristo, pan de vida, otros dudan o son incapaces de comprenderla. La razón –dice Jesús– es que nadie puede ir a él, si no es atraído por Padre que lo envió (v. 44). El descubrimiento del “pan del cielo” no es un logro del hombre, sino un don gratuito del Padre.

 

¿Por qué este regalo no se ofrece en todos? ¿Favorece quizás, Dios, a algunos y no a otros? ¿Hace que algunos encuentren el “pan del cielo” y otros que no?

 

Dios da a todos la oportunidad de conocerlo: “Todos serán discípulos de Dios” (v. 45), responde Jesús, en referencia al oráculo del profeta Jeremías, quien anunció: “Miren que llegan días en que haré una alianza, meteré mi ley en su pecho, las escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo; ya no tendrán que enseñarse unos a otros…porque todos, grandes y pequeños, me conocerán” (Jer 31,34).

 

La instrucción que el Señor da a todos es su Espíritu, el impulso divino que actúa dentro de cada persona y la impulsa en los caminos de la vida. Lamentablemente, no siempre y no todos siguen sus instrucciones, no todos aprenden sus enseñanzas o son dóciles a sus impulsos; “sólo aquel que aprenda de él” acoge a Jesús (v. 45).

 

La pregunta, a plantearse, por tanto, es una sola: ¿me dejo instruir por el Espíritu de Cristo o, como los judíos de la época de Jesús, rechazo el “pan del cielo” y prefiero alimentos de muerte?

 

Hasta este punto de su discurso, Jesús no ha invitado a sus oyentes a “comer” el pan que ha bajado del cielo. Se ha limitado a identificarse a sí mismo como este pan. En la última parte (vv. 48-51) del texto declara por primera vez que, para poseer la vida, es necesario comer el pan que es su carne.

 

El maná que los israelitas degustaron en el desierto no comunicó la vida plena; de hecho, todos murieron. Sólo el que come el pan venido del cielo vivirá para siempre.

 

Para no malinterpretar el significado de la invitación de Jesús a comer “su carne” hay que tener en cuenta lo que significa en el Evangelio de Juan esta palabra. En la concepción semita, la carne no se identifica sin más con los músculos sino que hacía referencia a la parte débil, frágil, precaria de la persona, es decir, a todo el hombre en cuanto destinado a la muerte. Dios siente compasión de los hombres –dice el salmista– porque sabe que son “carne, un aliento que se va y no retorna” (Sal 78,39). Cuando en el prólogo de su Evangelio Juan dice: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), no se refiere al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido la semejanza exterior del hombre, sino que se ha hecho en todo semejante a nosotros, asumiendo incluso los aspectos más precarios de nuestra condición humana.

 

Comer este Dios hecho carne es reconocer que a través de “hijo del carpintero” pasa la revelación plena de Dios, significa aceptar la sabiduría venida del cielo aunque la contemplemos revestida de carne, es decir, de todos los aspectos caducos que caracterizan nuestra debilidad humana.

 

Repetimos: no se habla aún de la Eucaristía. Jesús se refiere siempre a su mensaje, a su evangelio, al que todos los hombres son invitados a asimilar como pan, hasta hacerlo vida propia. De la íntima relación entre esta acogida de la Palabra y el signo del pan eucarístico, hablaremos el próximo domingo.

 

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