XX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (16 de Agosto 2015)

Y el Verbo se hizo pan eucarístico

 

Introducción

 

Un gesto afectuoso es una manera de decirle al otro: tú eres mi confidente y me alegro de tener tu confianza. Pero si la otra persona se retrae, uno se siente rechazado o mal entendido. El apretón de manos, las flores, la lámpara encendida al santo patrono expresan sentimientos, emociones, estados de ánimo que ninguna palabra está en grado de expresar. El soplar las velas, seguido del aplauso de amigos y tarjetas de felicitación, marca el clímax de la celebración del cumpleaños. Los gestos solo aparentemente están faltos de lógica. El rito, aunque diferente del razonamiento positivista, está lleno de significados y mensajes.

 

¿Cómo pueden los amigos manifestar su alegría por nuestro nacimiento si no estaban allí cuando emitimos el primer grito? Ese día, ya lejano, no puede ser alcanzado, pero se puede reproducira través del rito. El soplo que apaga la pequeña vela, cancela nuestros años, nos lleva de nuevo al momento del nacimiento, reproduce nuestro primer aliento y ofrece la oportunidad de festejar nuestra llegada al mundo. No tendría sentido consumir solos el pastel de cumpleaños.

 

El hombre viene de la tierra, está estrechamente ligado a otros seres vivos y a las criaturas materiales con las que está llamado a construir una armonía creciente, experimentando al mismo tiempo una profunda necesidad de concretizar, hacer perceptible a los sentidos, incluso las realidades invisibles y divinas.

 

Los sacramentos son la respuesta de Dios a esta necesidad.

 

En la Última Cena, Jesús instituyó el rito con el que hacer presente su acto supremo de amor, el don total de la vida. La Palabra de Dios, el pan del cielo, ahora realmente se puede asimilar, no sólo con la mente y el corazón, sino también a través del sacramento. Y de este signo sensible, tendremos siempre hambre mientras peregrinemos por este mundo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El hombre no vive solamente de la Palabra, sino también de la Palabra hecha pan”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Proverbios 9,1-6

 

9,1: La Sabiduría se ha edificado una casa, ha labrado siete columnas, 9,2: ha matado los animales, mezclado el vino y puesto la mesa, 9,3: ha despachado a sus criadas a proclamarlo en los puntos que dominan la ciudad. 9,4: El que sea inexperto, venga acá; al falto de juicio le quiero hablar: 9,5: Vengan a comer de mis manjares y a beber el vino que he mezclado. 9,6: Dejen la inexperiencia y vivirán, sigan derecho el camino de la inteligencia. – Palabra de Dios.

 

 

Entre los pueblos del antiguo Medio Oriente, más que a los ricos y que a los conquistadores de imperios, se estimaban sabios (Prov 24,5), a los que con “la experiencia que es corona de los ancianos” (Eclo 25,6) estaban en grado de sugerir buenos consejos, citar proverbios, proponer adivinanzas o resolver enigmas; eran admirados los que contaban historias destinadas a educar a los jóvenes y enseñar correctos comportamientos sociales y religiosos. Sabios eran principalmente los expertos en la ley del Señor, porque ésta “desborda sabiduría” (Eclo 24,25) y conduce a la felicidad.

 

El autor del libro de los Proverbios se presenta como padre sabio que se dirige tiernamente a su hijo y le insta a seguir el consejo de la sabiduría, asegurándole: “Serán hermosa diadema en tu cabeza y collar en tu garganta” (Prov 1,9). Los nueve primeros capítulos del libro constituyen la introducción a toda la colección de dichos sapienciales, fruto de varios siglos de reflexión de los sabios de Israel.

 

El pasaje de hoy se ha tomado del último de estos capítulos. Aquí entran en escena dos mujeres, una princesa y una prostituta, que representan: una la señora Sabiduría, la otra la señora Necedad. Están en competición, han preparado dos banquetes opuestos, ambas se dirigen a los descerebrados, a los faltos de juicio (v. 4.16) para atraerlos a su celebración. La lectura nos hace contemplar solamente la primera de las escenas del díptico, en la que actúa la Sabiduría, pero para hacer resaltar el mensaje, nos referiremos también al comportamiento de la Necedad (Prov 9,13-18).

 

Entra en escena la sabiduría que se construye una hermosa casa, con siete columnas (v. 1). La columna es un símbolo de estabilidad y el número siete de la perfección.

 

La sabiduría de Dios es el único arquitecto del cual se puede uno fiar porque siempre diseña edificios sólidos, indestructibles; las otras sabidurías se demuestran frágiles. Una ideología es pronto desmentida por otra que le sigue y a un sistema filosófico siempre le sucede otro; sólo la sabiduría de Dios no se desgasta con el tiempo ni es sacudida por terremotos ideológicos; los vientos de la moda y la aparición de nuevas doctrinas no le afectan. El que construye la propia vida sobre ésta, no va a encontrar sorpresas, no tendrá que temer el juicio de Dios, “se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7,24-25).

 

Construido su propio palacio, la Sabiduría envía sus doncellas a puntos estratégicos de la ciudad para invitar a todos a la mesa por ella preparada (v. 3). Ofrece gratis pan que sacia y vino que da alegría.

 

Para el cristiano, la premura y solicitud de la Sabiduría recuerdan la preocupación apostólica de Cristo, que ha enviado sus discípulos al mundo entero y les ha instado a no perder ni siquiera un momento en el camino (cf. Lc 10,4).

 

La Necedad no construye nada, “está sentada a puerta de su casa”, indolente y desganada (v. 14), no se molesta en ir en busca de los invitados, sabe que pueden ser fácilmente seducidos por su engañoso encanto, los espera y coloca trampas a todos aquellos “que van derecho por el camino” (v. 15). Con palabras melosas los excita a lo prohibido: “El agua robada es más dulce, el pan comido a escondidas es más sabroso” (v. 17).

 

Lo suyo es la lisonja del placer inmediato que, como sabemos, captura a muchos con facilidad, pero conduce a la ruina. Quien queda cautivado no sabe que en la casa de la Necedad, “están los difuntos, son ahora sombras en el reino de la muerte” (v. 18).

 

Pero el destino del que escucha a la Sabiduría es la vida (v. 6).

 

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Segunda Lectura: Efesios 5,15-20

 

Hermanos: 5,15: Cuiden mucho su comportamiento, no obren como necios, sino como personas sensatas, 5,16: que saben aprovechar bien el momento presente porque corren tiempos malos. 5,17: Por eso no sean imprudentes, antes bien, procuren entender cuál es la voluntad del Señor. 5,18: No se embriaguen con vino, que engendra lujuria, más bien llénense de Espíritu. 5,19: Entre ustedes entonen salmos, himnos y cantos inspirados, cantando y celebrando al Señor de todo corazón, 5,20: dando gracias siempre y por cualquier motivo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo. – Palabra de Dios.

 

 

No es para quejarse del presente o para refugiarse en la nostalgia del pasado que el autor de la carta a los Efesios recuerda a los cristianos de su tiempo: “Corren tiempos malos” (v. 16). Quiere más bien ponerlos en guardia contra los vicios que acaba de enumerar –amargura, pasión, enojo, gritos, insultos y todo tipo de maldad (Ef 4,31)– y que caracterizan el comportamiento de los paganos y amenazan con difundirse incluso entre los bautizados. Para evitar este peligro, sugiere: “Sepan aprovechar bien el tiempo presente… no sean imprudentes… procuren entender cuál es la voluntad del Señor” (v. 16-17).

 

La situación del mundo presente es perversa –ha escrito Pablo a los gálatas (cf. Gál 1,4)– pero la persona sabia no se adapta a la moralidad corriente; reconoce que el mal existe, pero sabe “aprovechar bien el momento presente” (v. 16) para hacer el bien.

 

La exhortación continúa con una nueva invitación a la sabiduría: “Por eso no sean imprudentes” (v. 17) y con una referencia a la templanza: los excesos en el uso del vino generan libertinaje moral (v. 18). Los iniciados en el culto de Dionisio alcanzaban el éxtasis recurriendo a bebidas alcohólicas, tenían convulsiones y se comportaban como poseídos; el cristiano no tiene nada que ver con esas prácticas; está lleno del Espíritu Santo recibido en el bautismo, es sobrio y rechaza todas las formas de corrupción.

 

La última recomendación se refiere a la oración (vv. 19-20). Los hermanos de la comunidad se reúnen para orar, cantar, meditar juntos la palabra de Dios. Es así como evitan la insensatez y adquieren la sabiduría que lleva a la vida.


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Evangelio: Juan 6,51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. 6,52: Los judíos se pusieron a discutir: ¿Cómo puede éste darnos de comer su carne? 6,53: Les contestó Jesús: Les aseguro que si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes. 6,54: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. 6,55: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 6,56: Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 6,57: Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Palabra del Señor

 

 

El evangelio de hoy repite el último versículo del domingo pasado, que es importante porque marca la transición, en el discurso de Jesús, del “pan del cielo”, entendido como palabra, como la sabiduría de Dios, al tema de la Eucaristía.

 

Los judíos han entendido que cuando hablaba de el pan del cielo, Jesús se refería a su evangelio, el mensaje divino que trajo a esta tierra y, frente a esta inaudita pretensión, han reaccionado con duda y perplejidad. La afirmación con que comienza la lectura de hoy es aún más desconcertante: el pan a comer no es sólo su doctrina, sino su propia carne.

 

Ya explicamos el domingo pasado que un semita no entiende por carne los músculos, sino “toda la persona” considerada en sus aspectos débiles y frágiles. El hombre es carne porque es una creatura efímera y vulnerable, destinada a la muerte. Resulta, pues, claro a los oyentes que Jesús no está proponiendo ninguna forma de canibalismo; sin embargo, el aspecto escandaloso de sus palabras es inevitable y la reacción de los presentes es comprensible y justificada. Y por eso comienzan a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v. 52). Ellos perciben que Jesús ya no sólo se refiere a la asimilación espiritual de la revelación de Dios, sino también de un manjar concreto, no metafórico. Esperan una explicación.

 

Jesús no se preocupa por su turbación y en vez de suavizar sus palabras, reafirma lo que ya ha dicho, añadiendo una exigencia todavía más cruda, repetida insistentemente: también deben beber su sangre (vv. 53-56).

 

Esto es algo repugnante para un judío. Muchos textos bíblicos prohíben severamente esta práctica (cf. Lv 7,26-27) “porque la vida de la carne está en la sangre” (cf. Lv 17,10-11), y la vida no pertenece al hombre, sino a Dios. Incluso hoy, cuando matan a un animal para comer, los judíos lo desangran con mucha precisión, para no apropiarse de su vida; la sangre es derramada en la tierra para restituirla a Dios.

 

La creencia de que en la sangre se encuentra la fuerza vital, explica el uso que se hacía en el Antiguo Testamento, en los ritos de consagración y purificación. Es significativa, sobre todo, la forma en que se había celebrado, con sangre, la alianza entre Dios y el pueblo al pie del Sinaí. Fue un solemne sacrificio de comunión, después Moisés tomó la sangre de las víctimas y vertió la mitad sobre el altar, símbolo del Señor, y la otra mitad sobre el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre del pacto que el Señor hace con ustedes” (Ex 24,6-8). Con este gesto fue creada la comunión de vida entre Dios e Israel y sellada su pertenencia mutua. Era como si entre Dios y el pueblo se hubiesen establecido relaciones de consanguinidad.

 

Es de acuerdo con esta mentalidad que Jesús introduce en su discurso la necesidad de comer su carne y beber su sangre, para entrar en comunión de vida con él y con el Padre.

 

En la transición de la primera a la segunda parte de su discurso, encontramos una cierta incongruencia. Él ha prometido: “El que cree tiene vida eterna” (v. 47). Y ahora dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (v. 54). Si para obtener la vida eterna, es suficiente la fe en su Palabra, la adhesión a su propuesta, a su evangelio, ¿qué necesidad hay de acercarse también al sacramento de la Eucaristía?

 

Hoy, en el mundo, por falta de sacerdotes, la mayoría de las comunidades cristianas no tienen a su disposición, en el día del Señor, el pan eucarístico sino solo el pan de la Palabra y estamos seguros de que, con este alimento solamente, consiguen abundancia de vida. ¿Por qué entonces la Eucaristía? ¿No es suficiente solo la Palabra?

 

Precisemos que este sacramento –que hace a Cristo presente realmente– no reemplaza la fe en su evangelio. Ésta es fundamental e indispensable. La comunión no es un ritual mágico, como lo eran los ritos realizados por los iniciados en los misterios paganos, y no es una medicina que actúa automáticamente y consigue la curación de los enfermos, incluso si están inconscientes. No es correcto pensar que, para recibir la gracia del Señor sea suficiente recibir muchas comuniones. Jesús no ha recomendado hacer muchas comuniones, sino a “comer su carne y beber su sangre”.

 

La Eucaristía no produce ningún efecto si no se recibe con fe, es decir, si no es expresión de la decisión interna de acoger a Cristo y de permitirle animar toda la vida. Antes de recibir el pan eucarístico, es siempre necesario leer y meditar un pasaje de la palabra de Dios. Quien acepta convertirse en una persona con Cristo en el sacramento, debe conocer primeros su propuesta de vida. No se firma un contrato sin haber leído y considerado cuidadosamente todas las cláusulas.

 

Hemos introducido el tema de este domingo con la referencia al significado del rito. Ahora lo retomamos para una mejor comprensión del discurso sobre la Eucaristía.

 

Inmediatamente después de la Pascua, los cristianos han sentido la necesidad de celebrar el acontecimiento fundante de su fe, la muerte y la resurrección de Cristo, y no han tenido que inventar un ritual para reproducir el evento, porque Jesús mismo lo había establecido. Antes de su pasión, mientras estaba sentado a la mesa con sus discípulos, tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

 

Fiel a esta orden del Señor, el primer día de cada semana, los cristianos comenzaron a reunirse para celebrar la Eucaristía. Es conmovedor al respecto el testimonio, libre de toda sospecha, de Plinio quien, desde Bitinia, escribió al emperador Trajano: los cristianos “tienen la costumbre de reunirse en un día fijo antes de la salida del sol, y cantar alternativamente un himno a Cristo como a un dios y de comprometerse con juramento a no cometer crímenes, ni robos, ni bandolerismo, ni adulterios, a guardar la palabra dada, a no negar una deuda exigida con justicia; concluidos estos ritos, tienen la costumbre de separarse y volver a reunirse para tomar su alimento que, digan lo que digan, es normal e inofensivo” (Plinio, Ep. X).

 

Una característica del rito es la de ser repetitivo, la de seguir un esquema fijo. ¡Ay de nosotros si para saludarnos, en lugar de “buenos días” y el apretón de manos, tuviésemos que inventar cada vez fórmulas y gestos siempre nuevos! Los ritos son repetitivos, pero no inútiles, ya que crean lo que significan. El saludo no sólo indica que existe acuerdo entre dos personas, sino que produce y aumenta la armonía mutua. El regalo de una rosa hace florecer una relación de amor, lo manifiesta y lo alimenta. Los coros de los hinchas manifiestan la simpatía por su equipo de futbol y mantienen viva la pasión deportiva. El desfile militar celebra el patriotismo y lo inculca.

 

Esta es la fuerza, esta es la eficacia del rito.

 

Los primeros cristianos tenían una sola celebración eucarística semanal; hoy podemos asistir a misa todos los días. Si se repite con fe, este sacramento que significa la unión con el Señor de la vida, hace que sea cada vez más sólida y más profunda esta unión.

 

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