XXI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (23 de Agosto 2015)

A veces Dios nos pide verdaderamente demasiado

 

Introducción

 

El resultado de un examen histológico, la respuesta de un ultrasonido, los resultados de la amniocéntesis, el diagnóstico de un médico pueden perturbar la vida de una persona, desbaratar los planes y los sueños de una pareja, colocados frente a decisiones dramáticas y la alternativa es siempre entre la sabiduría de este mundo y el de Cristo.

 

Hacer de la propia vida un don no es fácil ni cómodo; requiere sacrificio, renuncia, ascetismo. Requiere aceptar la voluntad de Dios y estar dispuesto a seguir “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), incluso cuando todo induciría a considerarla ilógica y sin sentido.

 

Es difícil escuchar al Espíritu, elevarse a Dios y centrarse en la vida que permanece para siempre. Más fácil, aunque sea decepcionante, es entrar por la puerta grande y elegir el camino espacioso (cf. Mt 7,13), replegándose en las perspectivas materiales, olvidando que “la apariencia de este mundo se está acabando” (1 Cor 7,31) y que de nada vale ganar todo el mundo si pierde su vida (cf. Mt 16,26). Tomar decisiones, “según la carne” parece razonable, aunque, interiormente, nos damos cuenta de que “toda carne es hierba y su belleza como flor campestre” (Is 40,6).

 

También el discípulo que ha “saboreado la Palabra buena de Dios y las maravillas del mundo venidero” (Heb 6,5) sigue estando sujeto a la tentación de dar la espalda a Cristo y “preferir el mundo presente” (cf. 2 Tim 4,9).

 

La Eucaristía es una propuesta. Los que deciden recibirla aceptan la Luz y rechazan la oscuridad. Esta es la opción que califica al cristiano.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando todas las razones estuvieran de un lado y Cristo del otro, elegiría a Cristo”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Josué 24,1-2a.15-17.18b

 

En aquellos días, 24,1: Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los jefes de familia, a los jueces y escribas, y se presentaron ante el Señor. 24,2: Josué habló al pueblo: 24,15: Y si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: a los dioses que sirvieron sus padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitan, que yo y mi familia serviremos al Señor. 24,16: El pueblo respondió: ¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! 24,17: Porque el Señor, nuestro Dios, es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto, quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios, nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos que atravesamos. 24,18: Por eso también nosotros serviremos al Señor: ¡él es nuestro Dios! – Palabra de Dios

 

 

“Después que murió Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun, asistente de Moisés: ‘Moisés, mi siervo, ha muerto. Ahora, levántate y pasa el Jordán con todo este pueblo, para ir al país que voy a darte. La tierra donde ustedes pongan la planta del pie yo se la doy, tal como prometí a Moisés. Su territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, desde el gran rio Éufrates hasta el Mediterráneo, al occidente’” (Jos 1,1-4). Así comienza el libro de Josué, un libro bastante embarazoso, porque habla de las guerras emprendidas en el nombre del Señor, de la violencia, ejecuciones en masa, decenas de reyes y pueblos vencidos, expulsados ​​de sus tierras para dar paso a los israelitas que venían de Egipto.

 

Esta historia de la conquista de la tierra prometida fue escrita muchos siglos después de los hechos y, al referirse a los acontecimientos en parte también confirmados por la arqueología, no debe ser considerado un texto de historia en el sentido moderno; es una interpretación teológica de lo que sucedió. Israel, convertido ya en pueblo sedentario, recordando la manera como habían logrado, a pesar de ser el más pequeño y más débil de los pueblos, tomar posesión de una tierra no suya, atribuye esta empresa no a la propia fuerza o habilidad, sino a la benevolencia de su Dios.

 

El texto de hoy se ha tomado de la última parte de este libro, el discurso de despedida de Josué a su pueblo (cf. Jos 22–24). “Yo ya soy viejo y de edad avanzada –dijo el gran líder– Ustedes han visto cómo ha tratado el Señor, su Dios, a todos esos pueblos ante ustedes; el Señor, su Dios, es quien peleó por ustedes” (Jos 23,2-3). No menciona ninguna de las gloriosas batallas, no se jacta de victorias, sólo recuerda lo que el Señor ha hecho por Israel.

 

Antes de considerar terminada su misión, pone a la gente frente a una elección decisiva. Quiere que el pueblo declare abierta y resueltamente a qué Dios tienen intención de servir; sólo más tarde, a la edad de ciento diez años, sereno, cerrará sus ojos en paz, en el monte de Efraín (Jos 24,29-30).

 

Reúne a las tribus de pastores en Siquén y expone su propuesta: elijan su Dios; ¿quieren servir a los dioses adorados por sus padres en Mesopotamia, antes de que Abrahán saliese de Ur de los caldeos o a los dioses de los amorreos en el país en el que vivimos ahora, o al Señor que nos ha liberado de la esclavitud? y de inmediato añade: “En cuanto a mí, mi familia y yo serviremos al Señor” (v. 15).

 

¡Es verdaderamente sorprendente esta exigencia de lealtad! Parece imposible que un pueblo que ha sido testigo de tantos milagros, que cruzaron las aguas del Mar Rojo, comieron el maná y bebieron agua de la Roca, que ha visto el colapso de los muros de Jericó y que ha recibido el don de una tierra que mana leche y miel, pueda abandonar al Dios que lo ha favorecido y protegido, de hecho, que lo hizo surgir de la nada.

 

Sin embargo, en todo esto no hay nada extraño, es nuestra historia. Llamados a la existencia por el amor de Dios, traídos en un mundo en el que estamos destinados a vivir como peregrinos, llenos de regalos para compartir con nuestros hermanos, podemos ser seducidos por las criaturas que encontramos y empezar a servir a los dioses adorados en esta tierra –el dinero, el poder, el placer– y olvidar a quien nos ha creado y, a través de Cristo, el nuevo Moisés, nos ha liberado de la esclavitud y la muerte.

 

La respuesta de Israel llegó de inmediato, sin dudarlo: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!”. (v. 16), queremos seguir unidos al que nos ha liberado de Egipto y protegido durante el éxodo en el desierto; estamos seguros de que de ningún otro vamos a recibir tantas expresiones de amor (cf. vv. 17-18).

 

La elección de adorar a un Dios –y todos necesitamos de un Dios– no se profesa de una vez para siempre; debe renovarse en cada momento, ya que, constantemente se presentan otros dioses que piden ser servidos, ídolos que seducen, engañan y que arruina a los que creen en ellos. Sólo el Señor, Dios de Israel, merece plena confianza y no traiciona.

 

Quien ha recibido la misión de guiar al pueblo, está llamado a proclamar él el primero, como lo hizo Josué, con palabras y con la vida, su adhesión al único Dios verdadero.

 

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Segunda Lectura: Efesios 5,21-32

 

Hermanos: 5,21: Sométanse los unos a los otros en atención a Cristo. 5,22: Las mujeres deben respetar a los maridos como al Señor; 5,23: porque el marido es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es su cuerpo. 5,24: Así, como la Iglesia se somete a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a los maridos. 5,25: Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, 5,26: para limpiarla con el baño del agua y la palabra, y consagrarla, 5,27: para presentar una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e irreprochable. 5,28: Así tienen los maridos que amar a sus mujeres, como a su cuerpo. Quien ama a su mujer se ama a sí mismo; 5,29: nadie aborrece a su propio cuerpo, más bien lo alimenta y cuida; así hace Cristo por la Iglesia, 5,30: por nosotros, que somos los miembros de su cuerpo. 5,31: Por eso abandonará el hombre a su padre y su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. 5,32: Ese símbolo es magnífico, y yo lo aplico a Cristo y la Iglesia. 5,33: Del mismo modo ustedes: ame cada uno a su mujer como a sí mismo y la mujer respete a su marido. – Palabra de Dios

 

 

La adhesión a Cristo implica un cambio radical también de las relaciones dentro de la familia y la última parte de la Carta a los Efesios dedica una sección a este tema (cf. Ef 5,21–6,9). Los conflictos, los desacuerdos, los malentendidos familiares surgen siempre del hecho de que alguien se impone, trata de dominar, quiere ser servido por los demás: el marido por su esposa y viceversa, los niños por los padres, los dueños por los esclavos.

 

El texto de hoy presenta un principio innovador al cual siempre hay que volver y sobre el que deben ser regulados los comportamientos recíprocos: Sean sumisos los unos de los otros. Ningún dominio de los fuertes sobre los débiles, de los ricos sobre los pobres, de los de arriba sobre los de abajo; sino sólo el sometimiento, la disposición a servir, en atención a Cristo (v. 21). El temor bíblico no indica el temor al castigo, sino la adhesión amorosa a una persona de la que uno de fía ciegamente. Los que temen a Dios son aquellos que actúan conforme a la palabra del Señor y no obran nunca en desacuerdo con sus instrucciones.

 

Cristo ofrece la opción de último lugar: “Quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; y quien quiera ser el primero, que se haga sirviente de los demás. Lo mismo que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,26-28).

 

Una vez establecido este principio, el autor hace algunas aplicaciones respecto a las relaciones familiares. Recomendado primero: “Las casadas deben respetar al marido como al Señor” (v. 22). “Que estén sumisas” es una añadidura que no aparece en el texto original y es mejor suprimirla, pues el significado estaba ya claro, y hay que evitar que se acentúe una disposición de por sí bastante embarazosa y, para las mujeres, incluso irritante.

 

La texto debe ser colocado en la mentalidad de la época. En la carta, de hecho, se nota de inmediato de que la sumisión sólo se recomienda para los más vulnerables, a las esposas, a los hijos, a los esclavos; incluso las exhortaciones: “Hijos, obedezcan a sus padres” (Ef 6,1) y “esclavos, obedezcan a sus amos” (Ef 6,5), están equilibradas por otras advertencias: “padres, no irriten a sus hijos” (Ef 6,4) y “amos, compórtense con sus siervos… dejando de lado las amenazas” (Ef 6,9).

 

El autor, por lo tanto, aplica especialmente a las mujeres, el principio que ha formulado. Si cada cristiano debe ser considerado como siervo de los demás, no debe provocar objeciones que se invite a las mujeres a permanecer sujetas a sus maridos. Ciertamente hiere nuestra sensibilidad moderna el que sean las mujeres, las primeras a quienes vaya dirigida esta recomendación de la cual, tal vez (probablemente), tienen más necesidad los maridos.

 

A continuación, se alega una razón teológica: también la iglesia está sujeta a Cristo, que es la cabeza y la fuente de vida de todo el cuerpo (vv. 22-23.). Su autoridad, sin embargo, no tiene nada que ver con el despotismo opresivo, sino que es sólo un servicio a la vida, y el sometimiento de la iglesia a Cristo es la disponibilidad para aceptar sus dones, los frutos de su sacrificio, de su inmolación por amor.

 

La conclusión, en lugar de desarrollar e implementar este maravilloso discurso, retoma el tema de la sumisión de la esposa a su marido, en toda situación (v. 24). Tal insistencia, excesiva para nosotros, es el peaje que el autor paga según la cultura de su tiempo. El principio innovador del servicio mutuo está por tanto establecido y constituirá una condena eterna, porque es divina, a toda arbitrariedad, abuso, a cualquier forma, incluso la más consolidada, de machismo.

En la segunda parte del pasaje (vv. 25-32), el autor de la carta se dirige a los esposos: “Amen a sus esposas como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella” (v. 25).

 

Habríamos esperado que también a los maridos se les recordara, ya que sería lo correcto, el deber de estar sumisos a sus esposas, en cambio, para ellos se utiliza otro verbo, amar, agapan. Agapan indica los sentimientos y las acciones de aquellos que, olvidándose por completo de sí mismos y de sus propios intereses, buscan de manera activa y apasionada sólo el bien del otro. Es la característica de la vida de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4,8). Para practicar el ágape, el esposo debe estar, en todo momento y en cada situación, al servicio y totalmente sumiso a su propia esposa.

 

El modelo propuesto de amor a los maridos es Cristo, quien “amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (v. 25). Con su amor creó una obra maestra: ha transformado a su esposa, purificándola con el agua y con la palabra y la ha convertido en una mujer espléndida, “gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e irreprochable” (vv. 26-27).

 

Este es el objetivo que, en el día de la boda, todo esposo cristiano busca alcanzar; de hecho, delante de toda la comunidad, declara asumir la responsabilidad de dar testimonio al mundo entero del inmenso e inquebrantable amor de Cristo por su Iglesia (vv. 28-32).

 

Por haber ordenado a las mujeres a permanecer sujetas a sus maridos, Pablo fue acusado de misoginia. Si se tiene en cuenta la compleja articulación de su pensamiento que, en este pasaje, fue transmitido por uno de sus discípulos, y también el hecho de que las recomendaciones dirigidas a los maridos son cuatro veces más respecto a las de sus esposas, se puede concluir que ciertas declaraciones estereotipadas sobre él son infundadas.


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Evangelio: Juan 6,60-69

 

6,60: En aquel tiempo, muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: Este discurso es bien duro: ¿quién podrá escucharlo? 6,61: Jesús, conociendo por dentro que los discípulos murmuraban, les dijo: ¿Esto los escandaliza? 6,62: ¿Qué será cuando vean al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? 6,63: El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. 6,64: Pero hay algunos de ustedes que no creen. Desde el comienzo sabía Jesús quiénes no creían y quién lo iba a traicionar. 6,65: Y añadió: Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede. 6,66: Desde entonces muchos de sus discípulos lo abandonaron y ya no andaban con él. 6,67: Así que Jesús dijo a los Doce: ¿También ustedes quieren abandonarme? 6,68: Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 6,69: Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios. Palabra del Señor

 

 

Estamos al final del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Los judíos, que lo han buscado como hacedor de milagros, vienen confrontados por un desconcertante requerimiento: acogerle a él, el pan que ha bajado del cielo. Tienen que hacer una elección donde hay mucho en juego: seguir viviendo como lo han hecho hasta el momento, adaptándose a la sabiduría de este mundo y contentándose con el pan material, o dar un salto cualitativo, aceptar su evangelio, que es el pan de vida.

 

Al principio del pasaje (v. 60), curiosamente, se han introducido nuevos interlocutores: no ya los judíos, sino los discípulos.

 

La razón de este cambio de personajes es de orden pastoral. El evangelista relata la reacción de la multitud, que han asistido materialmente al signo del pan, sólo porque ve reflejada en ella la crisis de todo discípulo ante los compromisos exigidos por el Maestro. Es a los cristianos de su comunidad a quienes el autor de la carta se dirige para invitarlos a decidir, con resolución, en quién o en qué cosa tienen la intención de creer.

 

La constatación es amarga: Muchos de los discípulos que vieron la señal y que escucharon el discurso no aceptaron la propuesta de Jesús. Es demasiado “dura”, dicen. No es que no lo hayan entendido. Al principio, es cierto, ha habido un malentendido; tal vez alguien haya pensado en una comida de caníbales, pero ya no más, ahora todo está claro, han comprendido muy bien lo que Jesús pretende, pero no están dispuestos a dar su asentimiento. Unir sus vidas a la suya, hacer la elección del don de sí, implica un riesgo demasiado grande.

 

Confiar o no confiar en él, esta es la alternativa.

 

La propuesta puede ser aceptada o rechazada, pero no negociada, modificada, hacerla más aceptable por la cancelación de algunas de sus exigencias, y la elección no es sólo con la mente y el corazón, sino también a través del gesto de acercarse a recibir el pan de la Eucaristía en el que Cristo está realmente presente y se ofrece al discípulo.

 

En este punto surge una cuestión preocupante. Si para recibir dignamente la Eucaristía debe ser uno tan audaz y tan radical en dar su vida junto con Cristo, ¿quién puede atreverse a recibir la comunión? Dejemos en suspenso, de momento, la respuesta a esta pregunta, y veamos cómo Jesús responde a la dificultad de los discípulos a adherirse a su propuesta.

 

No es de extrañar, ya que la incomprensión y el rechazo forman parte del misterio de la conciencia humana (v. 61). A continuación, en vez de mitigar su requerimiento, presenta un nuevo enigma, anuncia un momento dramático para la comunidad cristiana: su regreso al cielo del que ha descendido como pan.

 

La misteriosa afirmación: “¿Qué será cuando vean al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?” (v. 62) podría ser parafraseada así: si ahora que estoy entre ustedes tienen tantos problemas para aceptar mi propuesta, ¿qué sucederá cuando haya regresado al Padre? Cuando llegue esa hora, se les pedirá una fe todavía más pura, desligada de cualquier tipo de verificación, de cualquier visión, de cualquier contacto sensible, diverso del de los signos sacramentales.

 

Para dejarse llevar de esta fe pura, los discípulos son invitados a abandonar el mundo de la “carne” y entrar en el mundo del Espíritu. “La carne no ayuda para nada” a aquellos que quieren entender la propuesta del Evangelio (v. 63). La sabiduría meramente humana y terrenal es incapaz de introducir en los misterios de Dios: “El hombre puramente natural no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, porque le parece una locura; y tampoco puede entenderlo, porque para eso se necesita el criterio espiritual” (1 Cor 2,14). No debe sorprendernos, por tanto, que el evangelio no pueda ser aceptado por aquellos que se obstinan en reconciliarlo con el humano “sentido común”.

 

La conclusión es deprimente, pero previsible: “Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él” (v. 66).

 

Estos discípulos, también presentes en nuestras comunidades, no son malos, no deben ser considerados traidores, sólo son coherentes. Se han dado cuenta de que el Maestro les está exigiendo demasiado, no son capaces a dar su consentimiento, y se retiran. Jesús respeta su libertad, no les obliga a compartir su elección, no les obliga a “comer su carne”. Tal vez se arrepentirán y volverán a pensar en el ofrecimiento de Jesús, es más, seguramente revisarán su posición, sobre todo si aquellos que se acercan la Eucaristía todos los días sepan darles un testimonio de vida cristiana auténtica.

 

El pasaje no se cierra, sin embargo, con el rechazo de los judíos y con el anuncio de la traición de Judas, sino con la respuesta positiva de los Doce (vv. 67-69).

 

Jesús ha defraudado las expectativas de la mayoría de los que le han seguido, pero hay un grupo que, aunque aún sin comprender completamente lo que implica la adhesión a él, da su consentimiento.

 

La fe no se basa en pruebas ciertas e irrefutables, sino en la adhesión amorosa a una persona. No hay que maravillarse de que esta adhesión venga acompañada siempre de dudas y recelos y que muchos sigan, incluso por largo tiempo, vacilantes.

 

A la pregunta del Maestro: “¿También ustedes quieren abandonarme?” Pedro, hablando en plural, expresa la fe de todos y exclama: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Es la profesión de fe que hoy Cristo espera también de nosotros.

 

Ha quedado en suspenso un interrogante: “¿Quién puede sentirse digno de acercarse al banquete eucarístico? ¿Quién puede ser tan temerario como para comprometerse con Cristo, de una manera tan solemne, para dar su vida con él?”.

 

Si la Eucaristía fuese una recompensa para los justos, ciertamente nadie se atrevería a recibirla. Pero ésta no es pan de los ángeles, es el alimento que se ofrece a los hombres peregrinos en la tierra, a los pecadores, débiles, cansados, necesitados de ayuda.

 

En el relato de la institución de la Eucaristía, el evangelista Mateo, refiere las palabras de Jesús en el momento en que ofrece sus discípulos la copa de vino: “Beban todos de ella porque ésta es mi sangre de la alianza que se derrama por todos el perdón de los pecados” (Mt 26,27-28).

 

No es para celebrar la propia pureza y santidad que nos acercamos al banquete eucarístico, sino para obtener de Dios el perdón de los pecados. A quién recibe la comunión no se le exige la perfección moral, sino la disposición del pobre que reconoce la propia indignidad y miseria y se acerca al único que lo puede sanar. Para aquellos que la reciben con esta disposición de fe humilde y sincera, el pan eucarístico se convierte en una medicina, cura enfermedades morales, cualquier herida, vence todo pecado.

 

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