Archivo diario: septiembre 1, 2015

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (6 de Septiembre 2015)

Abre los oídos, para escuchar el corazón

 

Introducción

 

El verbo escuchar aparece 1159 veces en el Antiguo Testamento y con frecuencia se refiere a Dios quien –según Isaías– no es sordo (cf. Is 59,1). Pero a diferencia de los hombres, que a menudo cierran sus oídos al clamor de los pobres que mendigan ayuda e inmediatamente los abren cuando oyen alabanzas y elogios, el Señor está sólo atento a las oraciones, las lágrimas, los gemidos de su pueblo: “Si grita a mí –garantiza– yo le escucharé, porque soy compasivo” (cf. Ex 22,26). En ningún texto del Antiguo Testamento se dice que él escucha las alabanzas que se le dirigen.

 

Es una sensibilidad auditiva muy diferente.

 

En el libro de Deuteronomio y de la boca de los profetas se vuelve insistente la invitación: “Escucha, Israel” (Dt 6,4); “Escuchen la palabra del Señor” (Ez 2,4). La sordera a esta voz es el gran pecado.

 

Zacarías acusa gravemente a su pueblo: “Se taparon los oídos para no oír. Endurecieron su corazón, como el diamante” (Zac 7,11-12) y Jeremías define a Israel “pueblo necio y sin juicio, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye” (Jer 5,21). El Señor pide a su pueblo la docilidad y la adhesión a su palabra, pero la respuesta que recibe es decepcionante: “Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde –confiesa a Ezequiel– tienen oídos para oír y no oyen, porque son un pueblo rebelde” (Ez 12,2).

 

La sordera, en la Biblia, es la imagen del rechazo de la palabra de Dios; representa la condición del hombre seducido por las voces engañosas. Es una condición dramática, una enfermedad grave, pero el Señor ha prometido curarla.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Dame, Señor, un corazón que escuche tu palabra”.

 

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