XXIV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (13 de Septiembre 2015)

Pedro seguía a Jesús,

pero había equivocado la meta

 

Introducción

 

La primera pregunta que inmediatamente hacemos al que nos pide que le sigamos es: “¿A dónde me quieres llevar?”.

 

Los discípulos se olvidaron de hacer esa pregunta a Jesús cuando, en la orilla del mar de Galilea, oyeron su invitación: “¡Sígueme!” (Mc 1,17). Fascinados por su palabra y por su mirada, abandonaron sus redes, a su padre, a los jornaleros, y se fueron con él, sin dudar, sin hacer preguntas y terminaron por verse envueltos en un equívoco. Convencidos de haber elegido como guía un hombre de éxito, se encontraron frente a un ajusticiado, incapaz de bajarse de la cruz.

 

La decisión de aceptar la propuesta de un viaje depende de la meta que viene propuesta, de las fuerzas que tenemos, de los recursos financieros con que podemos contar, de los intereses que cultivamos. Son preguntas que se deben hacer y también Jesús las sugiere a quienes quieren ir con él: “Si uno de ustedes quiere construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?” (Lc 14,28).

 

En el camino hacia Roma, donde sería arrojado a la arena y derramaría su sangre para ser testigo de su fe, Ignacio de Antioquía escribió en 110 d.C. a los cristianos de la capital del imperio: “Ahora comienzo a ser un discípulo”. Había dedicado muchos años de su vida animando, como obispo, las iglesias de Siria, sin embargo, sólo en ese momento, a lo largo del camino que lo llevó al martirio, empezó a sentirse discípulo. Estaba seguro de no equivocarse: iba, con el Maestro, a la Pascua.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo cuando sigo las huellas de Cristo, camino seguro”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 50,5-9ª

 

50,5: El Señor me abrió el oído: yo no me resistí ni me eché atrás: 50,6: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que me arrancaban la barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos. 50,7: El Señor me ayuda, por eso no me acobardaba; por eso endurecí el rostro como piedra, sabiendo que no quedaría defraudado. 50,8: Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. 50,9: Miren, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará? – Palabra de Dios

 

 

Cuando comparamos nuestros juicios con los de Dios nos damos cuenta inmediatamente de la inmensa distancia que separan unos de otros. ¿Cómo corregir nuestros juicios que podrían ponernos en el riesgo de impulsarnos hacia la vida de lo efímero? ¿Cómo conformarlos con los del Señor?

 

En el Antiguo Testamento Dios comenzó pronto a educar a su pueblo a una nueva lógica. Mostró que sus preferencias no están con los grandes, sino con los más pequeños. Él escogió a Israel entre todos los demás pueblos, no porque fuera poderoso, sino porque era el más insignificante (cf. Dt 7,7); eligió a David, el menor de los hijos de Jesé (cf. 1 Sam 16,7). En ninguna parte de la Escritura, sin embargo, Dios ha hablado tan claramente sobre este tema como en los famosos pasajes del Siervo del Señor que se encuentran en el libro de Isaías.

 

Sobre este Siervo ya hemos hablado en la fiesta del Bautismo del Señor. Hoy esta misteriosa figura se nos presenta nuevamente. Es un hombre humillado, insultado, derrotado (vv. 5-6), a quien Dios, sin embargo, no lo ha abandonado en las manos de los enemigos, sino que lo ha glorificado, haciendo de a su misión un éxito total y mostrando a todos que era un justo (cf. vv. 8-9).

 

Es difícil afirmar si el profeta se refería a un hombre concreto o si estaba hablando de manera simbólica del pueblo de Israel destruido por la violencia de los enemigos. Lo cierto es que los primeros cristianos vieron en este personaje la imagen de su Maestro, Jesús de Nazaret, rechazado por sus contemporáneos, confrontado y derrotado por los líderes religiosos y políticos de su tiempo, pero reconocido por Dios a través de la resurrección, como el verdadero triunfador.

 

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Segunda Lectura: Santiago 2,14-18

 

2,14: Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá salvarlo la fe? 2,15: Supongan que un hermano o hermana andan medio desnudos, o sin el alimento necesario, 2,16: y uno de ustedes le dice: vayan en paz, abríguense y coman todo lo que quieran; pero no les da lo que sus cuerpos necesitan, ¿de qué sirve? 2,17: Lo mismo pasa con la fe que no va acompañada de obras, está muerta del todo. 2,18: Uno dirá: tú tienes fe, yo tengo obras: muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré por las obras mi fe. – Palabra de Dios

 

 

No son los frutos que dan vida al árbol, sin embargo el árbol que no produce fruto es como si estuviera muerto. También la fe que no fructifica en obras –dice Santiago– está muerta.

 

Las obras a las que se refiere, no son las prácticas rituales, el culto, las liturgias solemnes del templo. Ha afirmado ya que la religión “pura y sin mancha” consiste en ayudar a los huérfanos, asistir a las viudas en sus tribulaciones (cf. Sant 1,27), en el respeto a los pobres y en el cumplimiento de obras de misericordia (cf. Sant 2,1-13). Hoy retoma el tema con un ejemplo particularmente concreto. Si un hermano tiene hambre o no tiene con qué vestirse, es inútil consolarlo con palabrerías; hay que ofrecerle ayuda, de lo contrario la fe pensamos tener, es pura ilusión.

 

Si el acto de fe se redujera a la adhesión de afirmaciones teológicas o a la profesión de ciertas verdades reveladas, ciertamente se podría afirmar que no tienen fe muchas personas quienes, sin conocer a Cristo, llevan una vida ejemplar, están atentas al pobre, ayudan al necesitado. El Espíritu del Señor Jesús, sin embargo, no se deja encerrar dentro de los confines de la estructura de la Iglesia, sino que actúa de un modo libre, anima incluso a los paganos, mueve interiormente a cada persona urgiéndola a dar su propia vida. El que se deja guiar dócilmente por su impulso, aunque no sea consciente de ello, ha tomado el camino de la fe, está siguiendo los pasos de Cristo.


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Evangelio: Marcos 8,27-35

 

8,27: En aquel tiempo, Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? 8,28: Le respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas. 8,29: Él les preguntó a ellos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Mesías. 8,30: Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto. 8,31: Y empezó a explicarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar. 8,32: Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. 8,33: Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: ¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios. 8,34: Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo: El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. 8,35: El que quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. Palabra del Señor

 

 

En el Evangelio de Marcos Jesús está siempre en movimiento y detrás de él caminan sus discípulos quienes, desde el principio, se dieron cuenta de estar siguiendo un personaje extraordinario. Prestaron siempre mucha atención a lo que la gente decía de él, eran sensibles a los elogios, se regocijaban en las señales de aprobación que recibía, porque el éxito de Jesús también los involucraba a ellos. Y sin embargo, incluso después de meses de comunión de vida con el Maestro, no habían logrado captar su verdadera identidad.

 

Varias veces, en los primeros capítulos de este evangelio, leemos que las multitudes y los discípulos mismos se han hecho esta pregunta: “¿Quién es éste? Tiene el poder de expulsar los demonios” (Mc 1,27), “hace prodigios, manda a las olas del mar, y estas le obedecen” (Mc 4,41). ¿Quién será?

 

Con la lectura de hoy comienza la parte central del Evangelio de Marcos, en la que Jesús revela el misterio, responde a la pregunta que está en la mente de todos, muestra su verdadero rostro.

 

El episodio está ambientado en las cercanías de Cesarea de Felipe (vv. 27-30), la ciudad que uno de los hijos de Herodes el Grande, fundó en el extremo norte de Israel y erigió como capital de su reino. Está habitada en su mayoría por los paganos y esto es quizás la razón que empuja a Jesús a dejar las ciudades y pueblos a lo largo del Mar de Galilea y comienza un viaje hacia esa región. Demuestra que quiere llevar la salvación a todos los hijos de su pueblo, incluso a los más lejanos.

 

Estamos en la mitad del evangelio y es lógico pensar que Jesús esté también llegando a la mitad del programa de la formación de sus discípulos.

 

En el camino les hace dos preguntas; muy simple la primera: ¿Quién dice la gente que soy yo?, y más comprometida la segunda: ¿Quién soy yo para ustedes?

 

El elenco de opiniones sobre Jesús que circulaban entre la gente, ha sido reportado por Marcos en términos más generales: “El rey Herodes se enteró de Jesús porque su fama se había hecho célebre. Algunos decían que Juan Bautista había resucitado de entre los muertos y por eso tenía poderes milagrosos. Pero otros decían que are Elías y otros que era un profeta como los antiguos profetas. Sim embargo Herodes decía: Juan, a quien yo hice decapitar, ha resucitado” (Mc 6,14-16).

 

Estas eran las opiniones de la gente, pero lo que de verdad importaba a Jesús era saber lo que sus discípulos habían entendido. ¿Habían vislumbrado algo más o compartían las opiniones de todos?

 

Unos días antes les había dado una severa reprimenda: “¿Tienen acaso la mente cerrada? Tienen ojos ¿y no ven?; tienen oídos ¿y no oyen?” (Mc 8,17-18). Eran incapaces de intuir su identidad.

 

Ahora llega la sorpresa: después de referir lo que se corre entre la gente, Pedro parece haber comprendido todo y, en nombre de los demás, proclama: “Tú eres el Cristo”, el mesías, el salvador de quien han hablado los profetas y que toda la gente espera.

 

Difícil de encontrar una respuesta más apropiada.

 

En el Evangelio de Mateo encontramos incluso la respuesta complaciente del Maestro: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo” (Mt 16,17).

 

A la respuesta de Pedro sigue la imposición estricta de silencio. Jesús no quiere que se corra la voz acerca de su identidad mesiánica (vv. 27-30), y la razón por la que debería mantenerse en secreto es clara: Pedro dio una definición exacta sólo en la forma, en realidad la idea que tiene en mente es totalmente distorsionada. Continúa estando convencido de que el Maestro pronto comenzará el reino de Dios en la tierra y piensa que esto se llevará a cabo a través de una ostentación de fuerza, a través de prodigios y señales que llamará la atención de todos. Está seguro de que Jesús va a cosechar un éxito rotundo y es ésta también la opinión de los otros discípulos quienes, a pesar de haber comprendido algo más de lo captado por la gente, permanecen prisioneros de la mentalidad corriente que valora la plenitud de una vida en base a los éxitos logrados. Todavía no se han dado cuenta que, desde el principio, el Maestro ha considerado diabólica la propuesta de tomar el poder y de presentarse como príncipe de este mundo (Mt 4,8-10).

 

La incomprensión es total y para Jesús es el momento oportuno de corregir este peligroso equívoco. Debe dejar muy claro cuál es la meta de su viaje, explicando cómo el Padre realizará en él su obra de salvación.

 

Marcos dirige su evangelio a los cristianos de Roma con el fin de invitarlos a examinar las razones que les llevaron a creer en Cristo. El malentendido en que han caído Pedro y los otros once, de hecho, se cierne siempre sobre todas las comunidades cristianas. Las profesiones de fe pueden ser impecables, pero la pregunta sigue siendo: ¿qué imagen de Dios y qué concepción de la vida se encuentran detrás de estas fórmulas tan exactas?

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 31-33), Jesús comienza a enseñar a sus discípulos que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, que no está destinado al éxito, sino al fracaso, que no triunfará sobre los que se oponen a su proyecto y que será derrotado. No va a Jerusalén con el fin de poner en fuga a sus enemigos, sino para entregarles su vida.

 

Comienza a enseñar. Esta afirmación del evangelista es un tanto embarazosa, deja entrever la decepción que podría causar un profesor quien, a mitad del año escolar y después de haber explicado una y otra vez una lección, se da cuenta de que tiene que empezar de cero porque sus alumnos no han entendido nada.

 

Los discípulos no pueden ni entender ni aceptar la propuesta de donar vida. No es esa la razón por la que dejaron la casa, el barco, la familia para seguir al Maestro. ¿Dónde los quiere llevar, a la ruina, a la derrota?

 

Jesús no retira ni una palabra, es más, repite lo dicho dos veces más: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte” (Mc 9,31); “Miren, estamos subiendo a Jerusalén: el Hijo del Hombre será condenado a muerte… se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte” (Mc 10,33-34). Este último anuncio es especialmente dramático porque detalla con insistencia, las seis acciones que constituyen la respuesta humana al Señor que viene a su encuentro para ofrecer la salvación. Seguirá una séptima: “Luego de tres días resucitará” (Mc 10,34), pero ésta será la acción de Dios.

 

La lógica humana no puede menos de quedare muda desorientada frente a semejante perspectiva y de hecho Pedro, en nombre de todos, reacciona (vv. 32-33), no por miedo a posibles sacrificios y sufrimientos, sabemos que él estaría dispuesto a arriesgar su vidas si fuera necesario (cf. Jn 18,10), pero para vencer, no para perder. No le atrae lo más mínimo comprometerse con un proyecto absurdo, le repugna emprender un camino que conduce al fracaso, por eso intenta que el Maestro cambie de idea.

 

La respuesta de Jesús a Pedro que quiere desviarlo de su camino es dura: “¡Aléjate de mi vista, Satanás”. No tiene la intención de alejar a Pedro de él, sino que vuelva al camino correcto. Sus palabras no significan: “¡Vete!”, sino: “Vente detrás”, “Quédate conmigo mientras yo doy mi vida”.

 

Pedro cometió el error de colocarse delante del Maestro. Movido por sus creencias religiosas, se sintió obligado a mostrarle el camino. Jesús le invita a volver a su puesto, detrás, y a seguir sus pasos. Lo llama satanás porque, habiendo asimilado los pensamientos de los hombres, que los hacen ciegos e incapaces de entender la voluntad de Dios (cf. Sab 2,21-22), acaba de sugerir al Maestro, sin ni siquiera darse cuenta, opciones opuestas a las del Señor.

 

Después de reprender a Pedro, Jesús llama a la multitud (vv. 34-35). Sorprende que a lo largo de la carretera que conduce a Cesarea de Felipe, aparezca, inesperadamente, una multitud a la que, previamente, no había hecho ninguna referencia. Marcos la hace entrar en escena por una razón teológica: en esta multitud ve reflejada a muchos cristianos de su comunidad. Quiere ponerlos frente a las estrictas condiciones impuestas por Jesús a todos los que deseen seguirlo. Se trata de exigencias que no pueden ser mitigadas ni domesticadas para hacerlas más aceptables; sólo pueden ser aceptadas o rechazadas, pero no son negociables.

 

La radicalidad de esta elección que no permite descuentos, subterfugios o reconsideraciones se proclama con tres imperativos: “Niégate a ti mismo, toma la cruz y sígueme”.

 

Negarse a sí mismo significa: ¡deja de pensar en ti mismo!

 

Es el desmantelamiento de la lógica de este mundo. El hombre lleva arraigada profundamente en su corazón la tendencia a “pensar en sí mismo”, a ser el centro de interés, a buscar en todo su propia ventaja y a desinteresarse de los demás. El que decide seguir a Cristo está llamado, en primer lugar, a rechazar este replegarse egoísta sobre sí mismo, a renunciar a tomar decisiones en vista del propio interés.

 

Al discípulo que ha “dejado de pensar en sí mismo” no le importa lo más mínimo el posible provecho o beneficio que sus mismas buenas obras puedan acarrearle. Ni siquiera piensa en la gloria que le será reservada en el cielo. Ama gratuitamente, sin esperar nada, como lo hace Dios.

 

El segundo imperativo, que cargue con su cruz, no se refiere a la necesidad de soportar pacientemente las grandes y pequeñas tribulaciones de la vida o, menos aún, es una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento, sino el amor.

 

La cruz era el castigo reservado a los esclavos, a aquellos que no se pertenecían a sí mismos, sino a otro, al dueño. Abrazarla significa tomar la decisión de convertirse en siervos de los demás, y Jesús lo fue, como lo canta el famoso himno de la Carta a los Filipenses: “Se vació de sí y tomó la condición de esclavo… se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz” (Flp 2,7-8).

 

En Jesús, Dios ha demostrado que no se pertenece a sí mismo, sino que es esclavo del hombre.

 

La cruz es el signo del amor de Dios y el don supremo de sí mismo. Llevarla siguiendo a Jesús significa unirse a él estando disponibles para los demás, incluso hasta el martirio.

 

El tercer imperativo, sígueme, no significa tómame como un modelo, sino comparte mi elección, haz tuyo mi proyecto, juega tu vida por amor a los demás, junto conmigo. Irás al encuentro de la incomprensión y la renuncia, verás desvanecerse tus sueños y cuestionados todos tus proyectos humanos; te sentirás morir, pero tu destino no será la ruina; no quiero conducirte a la muerte, sino a la vida verdadera; sin embargo, para llegar a ella, es necesario que pases a través de la muerte (v. 31).

 

En la última parte de la lectura (v. 35) Jesús desarrolla su propuesta recurriendo a un razonamiento sapiencial.

 

¿De qué le sirve a un hombre conseguir el dominio de todos los reinos de este mundo, afirmarse en el campo del saber, tener éxito el mundo del dinero y del poder, saborear toda la gloria y todos los placeres, si se hace daño a sí mismo, si arruina su existencia? Todas sus conquistas, todos sus éxitos son efímeros porque carecen de consistencia, porque sobre ellos revolotea la muerte: “Los sabios mueren… aunque hayan dado su nombre a países… y dejan sus riquezas a extraños” (Sal 49,11-12).

 

Sólo quien hace de su propia vida un don construye obra duradera.

 

Cuando Dios, en el juicio final, valore la vida de cada uno, el que no se unió a Cristo, abrazando su cruz y su destino, se verá obligado a aceptar su propio fracaso, se dará cuenta de haber desperdiciado la oportunidad única que le fue ofrecida.

 

Los debates sobre la identidad de Jesús continúan también hoy. Nadie niega que, más que cualquier otro hombre, ha marcado la historia del mundo. Pero no es suficiente cultivar esta creencia para ser considerado discípulo suyo. Admirar a Cristo no equivale a ser sus discípulos.

 

Los apóstoles recibieron de Jesús la orden estricta de no revelar su identidad. Si nosotros no verificamos, a la luz de las palabras contenidas en el Evangelio de hoy, las razones por las que nos proclamamos cristianos, Jesús podría imponer también a muchos de nosotros un estricto silencio.

 

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