XXV Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (20 de Septiembre 2015)

Vale quien sirve, no el que prevalece

 

Introducción

 

Quién está enamorado está siempre “fuera de sí de la alegría”. Sale de sí mismo, se olvida de sí por un impulso irreprimible para ir al encuentro del otro. Incluso la experiencia mística del éxtasis, del verbo griego existánai, significa estar fuera de sí y raptado en Dios.

 

El que ama no puede permanecer en sí mismo, tiene que salir y entregarse a la persona amada. También le pasa a Dios, amor infinito y por lo tanto totalmente “fuera de sí”.

 

En Cristo ha revelado su éxtasis, dejó el cielo y vino a nosotros: “Salí del Padre –dice Jesús– y he venido al mundo” (Jn 16,28). Su destino es volver al Padre, pero no deja a los hombres a quienes está unido por un amor indisoluble: “Volveré para llevarlos conmigo –asegura– para que donde yo esté, estén también ustedes… ahora están tristes; pero los volveré a visitar y se llenarán de alegría y nadie les quitará su alegría” (Jn 14,3; 16,22).

 

El Señor que sale de sí mismo y se presenta ante nosotros es una invitación al éxtasis, a salir de nosotros mismos para ir hacia los hermanos. Encuentra a Dios el que deja de pensar en sí mismo, en sus ventajas, en la autoafirmación y se convierte, como el Señor, en el servidor de todos. “Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó… Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también debemos nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nunca lo ha visto nadie; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (1 Jn 4,9-12).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No el que prevalece, sino el que se hace siervo es grande a los ojos de Dios”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Sabiduría 2,12.17-20

 

2,12: Se dijeron los impíos: Tendamos trampas al justo, que nos resulta incómodo. Se opone a nuestras acciones, nos echa en cara las faltas contra la ley, nos reprende las faltas contra la educación que nos dieron. 2,17: Vamos a ver si es verdad lo que dice: comprobando cómo es su muerte; 2,18: si el justo ese es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo arrancará de las manos de sus enemigos. 2,19: Lo someteremos a tormentos despiadados, para apreciar su paciencia y comprobar su resistencia; 2,20: lo condenaremos a muerte deshonrosa, pues dice que hay alguien que cuida de él. – Palabra de Dios

 

 

“¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!” (cf. Is 22,13). Esta es la propuesta de los juerguistas de la época de Isaías, recuperada por los hedonistas de todos los tiempos, de aquellos que, olvidándose de Dios y de la vida futura, no pueden encontrar algo mejor que replegarse en la realidad de este mundo y abandonarse a los placeres fugaces. Gente como ésta siempre ha existido, pero hacia el final del siglo I a.C., en Alejandría, Egipto, este grupo era particularmente numeroso y agresivo.

 

Alejandría era la metrópoli de los Ptolomeos, sede de la famosa biblioteca que atrajo a estudiosos y hombres de letras de todo el mundo, opulenta ciudad en la que, durante tres siglos, se había establecido una gran colonia judía formada, de acuerdo con estimaciones recientes, de 180.000 personas.

 

En Alejandría, los israelitas tenían sus sinagogas donde se leía, en la traducción griega, las Sagradas Escrituras; estaban bajo la guía de sus ancianos y jefes, conservaban su identidad y podían seguir sus tradiciones, pero también sufrieron el irresistible encanto de la cultura helenística y algunos comenzaron a sucumbir a las tentaciones de la idolatría y a las seducciones de la vida pagana.

 

Es en este contexto histórico-cultural en que hay que colocar el Libro de la Sabiduría. Preocupado por el peligro de la apostasía que se cernía sobre sus correligionarios, el autor expone, en un discurso apasionado puesto en boca de los impíos, la propuesta de vida placentera contra la que el judío piadoso debía estar en guardia.

 

“Se dijeron, razonando equivocadamente: La vida es corta y triste… nacimos casualmente y luego pasaremos como quien no existió… Por eso, a disfrutar de los bienes presentes, a gozar de las cosas con ansia juvenil; a llenarnos del mejor vino y de perfumes, que no se nos escape la flor primaveral; coronémonos con capullos de rosas antes de que se marchiten… Atropellemos al justo que es pobre, no nos apiademos de la viuda, ni respetemos las canas venerables del anciano; que sea nuestra fuerza la norma de la justicia, porque está visto que la debilidad no sirve para nada” (Sab 2,1-11).

 

¿Quiénes eran estos malvados que promovían ideas y proyectos tan insensatos? Eran principalmente los ricos e influyentes en la ciudad, seguidos por los intelectuales quienes, considerándose los depositarios de una cultura superior, despreciaban a los israelitas y sus tradiciones religiosas, tachándolas de arcaicas, obsoletas, anticuadas y superadas ya por la nueva filosofía.

 

No eran éstos, sin embargo, los más temidos de entre el grupo de los impíos. Hubo algunos que, más que los demás, se ensañaban contra los judíos ofendiéndolos, calumniándoles y cometiendo contra ellos toda clase de abusos y fechorías. Estos fueron algunos israelitas que abandonaron la fe de sus padres y se unieron a los paganos en la persecución de sus hermanos en la fe.

 

Lo que a estos renegados más les molestaba era la vida ejemplar que, a pesar de la oposición, muchos israelitas piadosos siguieron practicando. Eso era una condena abierta y firme de su corrupción, su apostasía y sus injusticias.

 

Los malvados no pueden vivir mucho tiempo con los justos; éstos resultan a la larga demasiado incómodos, su tácito reproche pronto se vuelve insoportable y el rencor contra ellos, tarde o temprano, tiene que explotar. Si los justos no se dejan seducir, tienen que ser eliminados. El pasaje de hoy hace referencia a la resolución tomada por los impíos: “Tendamos trampas al justo…lo someteremos a tormentos despiadados, lo condenaremos a muerte vergonzosa”.

 

Estas amenazas pueden referirse no sólo con los israelitas en Alejandría, sino que se aplican directamente a Jesús. Él también fue perseguido por sus hermanos en la fe, no por ser un malvado, sino porque anunciaba un mensaje provocador a cualquier persona que se adecuase a los principios de los malvados.

 

La persecución es un evento inevitable en la vida de los justos, golpea siempre a las personas que eligen vivir según Dios. El predicador que no inquieta, que no ataca a las estructuras de pecado de la sociedad en que vive, que es aclamado y frecuentado por los poderosos, tal vez haya adoptado la mentalidad de los impíos.

 

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Segunda Lectura: Santiago 3,16–4,3

 

3,16: Queridos hermanos: Donde hay envidia y rivalidad, allí hay desorden y toda clase de maldad. 3,17: La sabiduría que procede del cielo es ante todo pura; además es pacífica, comprensiva, dócil, llena de piedad y buenos resultados, sin discriminación ni fingimiento. 3,18: Los que trabajan por la paz, siembran la paz y cosechan la justicia. 4.1: ¿De dónde nacen las peleas y las guerras, sino de los malos deseos que siempre están luchando en su interior? 4,2: Ustedes quieren algo y si no lo obtienen asesinan; envidian, y si no lo consiguen, pelean y luchan. No tienen porque no piden. 4,3: O, si piden, no lo obtienen porque piden mal, porque lo quieren para gastarlo en sus placeres. – Palabra de Dios

 

 

Dos instintos humanos no controlados—celos y rivalidad—se oponen a la sabiduría que viene de lo alto (v. 16). A partir de estos impulsos se originan toda clase de malas acciones.

 

A continuación, el autor explica las características de la sabiduría de Dios: Se manifiesta cuando hay comprensión, bondad, misericordia, paz, generosidad, donde no hay envidia ni hipocresía. Sólo aquellos que, guiados por esta sabiduría, se comprometen a establecer relaciones fraternas entre los hombres se convierten en constructores de paz (v. 18).

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 1-2) se identifican las causas de las discordias que estallan en el mundo, en la sociedad, e incluso dentro de la comunidad cristiana. La primera es el ansia de acumular bienes materiales, del que nace la envidia hacia quienes lograron este ansiado objetivo antes que los demás. Las guerras y desacuerdos estallan porque los hombres son egoístas, buscan el dominio sobre los demás en lugar del servicio mutuo, reclaman los primeros puestos, no los últimos como Jesús ha recomendado elegir.

 

Los cristianos que se adaptan a la “sabiduría que viene de lo alto” no deberían de ninguna manera involucrarse en tales disputas. Si realmente se comprometieran hacer sólo lo que es agradable a los hermanos eliminarían de raíz causas de los conflictos.

 

En la última parte de la lectura (v. 3) Santiago se refiere a la oración auténtica.

 

A veces, rezamos al Señor, no para que se cumpla en nosotros su voluntad, sino para que se realicen nuestros sueños, caprichos, egoísmos y pasiones. No tiene sentido pedirle al Señor su intervención para satisfacer nuestros placeres; de él debemos implorar la sabiduría, la capacidad de comprender sus planes y la fuerza para ponerlas en práctica.


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Evangelio: Marcos 9,30-37

 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y 9,30: fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiera. 9,31: A los discípulos les explicaba: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días, resucitará. 9,32: Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a preguntarle. 9,33: Llegaron a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó: ¿De qué hablaban por el camino? 9,34: Se quedaron callados, porque por el camino habían estado discutiendo quién era el más importante. 9,35: Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos. 9,36: Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: 9,37: Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quién recibe, sino al que me envió. Palabra del Señor

 

 

Hay muchas repeticiones en los Evangelios, pero no son casuales, siempre tienen alguna razón. La multiplicación de los panes, la disputa entre los discípulos sobre quién era el más grande, la réplica del Maestro a estas afirmaciones, el abrazo de Jesús a los niños son episodios que Marcos refiere dos veces. El anuncio de la pasión se repite incluso tres veces, siempre acompañado de una reacción reprochable por parte de los discípulos, incapaces de entender una propuesta de vida que, de acuerdo con los criterios de los hombres, parece totalmente insensata.

 

En la primera parte de la lectura de hoy, viene presentado el segundo de estos anuncios, “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días resucitará” (v. 31).

 

“Va a ser entregado”. ¿Por quién? –nos pregúntanos–. La respuesta parece obvia: por Judas. Sin embargo, estamos frente a lo que los teólogos llaman “pasivo divino”, es decir, un verbo en voz pasiva que en la Biblia se usa para atribuir a Dios una determinada acción. Es el Señor quien ofrece a su hijo, quien lo entrega en el poder de los hombres.

 

El enamorado no tiene otra manera de expresar todo su amor que abandonarse en los brazos de la persona amada. Esto es lo que Dios ha hecho: se entregó en manos de los hombres, sabiendo que harían con él lo que quisieran.

 

La respuesta a este inmenso amor ha sido dramática y está anunciada por Jesús en futuro: lo matarán. Aquí el crimen no se atribuye a los jefes de los sacerdotes y a los escribas, sino a los hombres. Si Dios hubiera permanecido en el cielo, podría haber sido olvidado o, a lo sumo, blasfemado, pero, desde que decidió bajar a la tierra y ponerse en manos de los hombres, se ha entregado a la muerte.

 

Los discípulos no están en grado de comprender este amor del Señor, sus pensamientos están demasiado lejos de los del cielo y tienen miedo de pedir a Jesús una aclaración (v. 32).

 

Es fácil ver la razón de su cerrazón. El destino que, según Jesús, espera el Hijo del hombre es incompatible con las creencias religiosas inculcadas por los rabinos, es lo opuesto a sus expectativas y no pueden aceptar la idea de que Dios abandone a su elegido en las manos de los malhechores. Concuerda con la objeción del sabio Elifaz dirigida a Job: “¿Recuerdas un inocente que haya perecido? ¿Dónde se ha visto un justo exterminado?” (Job 4,7) y con la declaración del salmista: “Fui joven, ya soy viejo: Nunca he visto un justo abandonado” (Sal 37,25).

 

¿Cómo conciliar la justicia de Dios con la derrota o incluso con la muerte del Hijo del hombre?

 

No es de extrañar que incluso después de escuchar por segunda vez el mismo anuncio, los discípulos no hayan entendido, es decir, no han podido aceptar el escándalo de la pasión del Mesías y ni siquiera sorprende la anotación del evangelista: no se atrevían a hacerle ninguna pregunta. Todavía se acordaban de su reacción, casi resentida, cuando Pedro había intentado disuadirlo de la trayectoria de la cruz. Se habían dado cuenta de que cuando se tocaba este punto, el Maestro reaccionaba con dureza, era intransigente, no quería que se le contradijese y no aceptaba consejos.

 

La falta de armonía con la mente de Cristo conduce inevitablemente a plegarse a las convicciones de los hombres. En la segunda parte de la lectura (vv. 33-35), el evangelista presenta un episodio que lo confirma.

 

Los discípulos no entienden o han cerrado deliberadamente los ojos y los oídos para no escuchar las palabras del Maestro y ni aceptar la meta propuesta por él para cada discípulo.

 

Continúan siguiéndolo hasta Jerusalén, pero, justo en el camino que conduce a la cruz, cultivan sueños opuestos a los de Jesús.

 

Llegados a Cafarnaúm, el Maestro les pregunta: “¿Qué estaban discutiendo por el camino?” (v. 33). No es una pregunta, sino una acusación. Está al corriente de la acalorada discusión a la que se han entregado durante el viaje.

 

Los discípulos callan, se sienten expuestos, avergonzados, se dan cuenta de que han cometido una insensatez y saben que el Maestro no deja de intervenir firmemente siempre que sale a relucir lo de buscar los primeros puestos. Jerarquías y precedencias eran temas muy debatidos entre los rabinos. Constantemente, ya fuera en la mesa, en las sinagogas, en la calle, en las asambleas, etc., siempre surgía la necesidad de asignar escrupulosamente los puestos de honor a quienes les correspondían. Se debatía incluso sobre las diferentes categorías de santos en el cielo y habían concluido que eran siete: cada uno según su rango, mayor o menor, en función de los méritos. Al igual que los santos en el cielo, con mayor razón tenían que ser catalogados los habitantes de este mundo; los justos, naturalmente, tenían aseguradas las posiciones de prestigio, mientras que las personas impuras, los pobres de la tierra estaban destinados a la más completa marginación..

 

Hay asuntos que Jesús no abordó directamente y sobre estos se puede discutir y e incluso tener opiniones diferentes, pero sobre jerarquías, títulos honoríficos, clases sociales, Jesús intervino en varias ocasiones y de forma explícita.

 

Marcos reconstruye con precisión la escena. Mientras los discípulos están avergonzados, silenciosos, Jesús se sienta, es decir asume la posición del rabino que se dispone a impartir una lección importante. Entonces llama a sus discípulos y les pide que se acerquen porque los ve distantes, siente que están muy lejos de él. Finalmente pronuncia su juicio solemne sobre la verdadera grandeza del hombre: “El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” (v. 35).

 

Es la síntesis de su propuesta de vida y es tan importante que los evangelistas la retoman, con diferentes matices, seis veces.

 

Marcos señala que la escena tuvo lugar en casa y esta casa es la comunidad cristiana. Toda comunidad debe considerar las palabras del Maestro como dirigidas a ella misma y evitar, de la manera más absoluta, pretextos y excusas para justificar que se den, dentro de la misma comunidad, situaciones de dominación y sometimiento, que están en marcado contraste con el evangelio. Debe estar en guardia, sobre todo, contra la tentación de tomar como punto de referencia las inclinaciones, agasajos y homenajes en uso en la sociedad civil. ¡“Ustedes –ha ordenado Jesús– no sean así!” (Lc 22,26).

 

En la comunidad cristiana, quien ocupa el primer puesto, debe dejar de lado toda manía de grandeza. La iglesia no es un trampolín para alcanzar posiciones de prestigio, para descollar, para conseguir el dominio sobre los demás. Es el lugar donde todo el mundo, de acuerdo con los dones que recibió de Dios, celebra la propia grandeza en el servicio humilde a los hermanos. A los ojos de Dios, el más grande es quien más se parece a Cristo que se hizo servidor de todos (cf. Lc 22,27).

 

Para inculcar mejor la lección, Jesús hace un gesto significativo, narrado en la tercera parte de la lectura (vv. 36-37). Llama a un niño, lo coloca en el medio, lo abraza y agrega: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.

 

En el siguiente capítulo Marcos recuerda otro episodio en el que se destaca el cariño y la ternura de Jesús hacia los niños. Algunas madres que llevaban a sus hijos para que los acariciara. Se creía, en efecto, que el contacto físico con un hombre de Dios comunicaba fuerza, bondad, mansedumbre y hasta su propio espíritu. A los discípulos no les gustó este exceso de familiaridad y confianza y se sintieron en el deber de regañar y alejar los intrusos. Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no estará en él. Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos” (Mc 10,13-16).

 

En este episodio, los niños se presentan como modelos a seguir y Jesús nos invita a ser como ellos, para entrar en el reino de Dios. En el pasaje de hoy, en cambio, los niños vienen presentados como símbolos del débil e indefenso que necesita protección y cuidado.

 

En tiempos de Jesús, como hoy, los niños eran amados, pero no se les daba importancia social, no contaban nada desde un punto de vista legal, e incluso eran considerados impuros porque transgredían los requisitos de la ley.

 

Si se tiene esto presente, es claro de inmediato el significado del gesto de Jesús. Él quiere que la comunidad de sus discípulos pongan en el centro de su atención y esfuerzos a los más pobres, a los que no cuentan, los marginados, las personas impuras.

 

Vivimos en una sociedad competitiva. El maestro se complace en el alumno más diligente y aventajado, el entrenador se enorgullece de su atleta más fuerte, pero la madre sigue diferentes criterios, se guía por el amor y dedica sus premuras y cuidados al más débil de sus hijos.

 

Discípulo de Cristo es aquel que, siguiendo el ejemplo del Maestro, abraza a los niños.

 

Niño es aquel que depende completamente de los demás, no produce, solo consume, necesita de todo, también puede crear problemas, no razona como un adulto.

 

No es fácil abrazar a quien, a los cuarenta años, todavía tiene que ser asistido como a un niño, habla demasiado, es grosero, travieso, interfiere en la vida ordenada de los demás, no coopera. Abrazarlo no significa consentirle sus caprichos o satisfacer todos sus deseos, pasar por alto su indolencia, sino educarlo, ayudarlo a crecer, convertirlo en adulto.

 

Hay, en todas nuestras comunidades, niños, personas impuras, es más, en cada uno de nosotros existe un niño. El abrazo es el gesto que expresa gozosa aceptación, confianza, estima, disponibilidad al servicio recíproco, por esto sentimos la necesidad de ser abrazados por los hermanos de nuestra comunidad.

 

El “beso santo” (cf. 2 Cor 13,12) que intercambiamos durante la celebración de la Eucaristía es el signo de esta aceptación mutua e incondicional.

 

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