XXVI Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (27 de Septiembre 2015)

Se nos ha dado el Espíritu,

pero no en exclusiva

 

Introducción

 

No siempre es fácil distinguir amigos de enemigos, a veces uno es engañado: la persona más digna de confianza, la que elegimos como confidente, un día nos puede traicionar, mientras que la que teníamos bajo control porque la estimábamos peligrosa, con el tiempo puede llegar a ser el compañero más leal.

 

¿Cómo saber quién está con nosotros y quién contra nosotros?

 

El cristiano, a veces, tiene la impresión de andar solo a lo largo del camino recto trazado por Cristo y entra en ansiedad; pero, apenas alza la vista y mira a su alrededor, ve a tantos inesperados compañeros de viaje que son generosos, sinceros bien dispuestos que caminan a su lado, se sorprende y se preguntaba cómo no lo había notado antes.

 

No los había visto porque estaban ocultos tras el velo espeso de la presunción que cubría sus ojos de ser él el único verdadero discípulo. La envidia y los celos le impidieron reconocer el bien hecho por los que eran diferentes a él.

 

Los apóstoles se quedaron en silencio cuando Jesús les preguntó sobre las razones de su disputa en el camino; se avergonzaron porque el Maestro había desenmascarado sus ambiciones mezquinas (cf. Mc 8,34). Sin embargo, no sólo estaban dispuestos a admitir, sino que se sentían orgullosos de cultivar el orgullo del grupo, una presunción arrogante, que les llevaba a considerar enemigos de Cristo y a condenar a aquellos que no pensaban como ellos.

 

El orgullo del grupo es muy peligroso: es sutil pues considera ser santo celo lo que no es más que egoísmo camuflado, fanatismo e incapacidad de reconocer que el bien existe incluso fuera de la estructura religiosa a la que se pertenece.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Jesús nos enseña a alegrarnos del bien, sea quien sea el autor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Números 11,25-29

 

11,25: En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con él, y apartando parte del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta dirigentes del pueblo. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, una sola vez. 11,26: Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. 11,27: Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. 11,28: Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: Prohíbeselo tú, Moisés, señor mío. 11,29: Moisés le respondió: ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor! – Palabra de Dios

 

 

Moisés había dedicado toda su vida al servicio del pueblo, pero en los últimos años fue presa del desaliento. Las dificultades y los problemas se multiplicaban y los israelitas no hacían más que lamentarse, reclamar y rebelarse.

 

Un día le confió al Señor: “¿He concebido yo a todo este pueblo?… Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo porque supera mis fuerzas” (Nm 11,10-15). Dios entonces le sugirió: “Tráeme setenta dirigentes… apartaré una parte del espíritu que posees y se lo pasaré a ellos…” (Nm 11,16-17).

 

Es en este punto que comienza la lectura. Un día señalado, los setenta hombres se reunieron en la tienda donde Dios hablaba con Moisés, recibieron el espíritu y comenzaron a profetizar, es decir, entraron en un estado de frenesí y exaltación y hablaban en nombre de Dios (v. 25).

 

Había dos ancianos, Eldad y Medad, quienes, aun sin haber participado en la ceremonia oficial, habían recibido el mismo espíritu y se comportaban como profetas, exactamente como los otro setenta. Un acontecimiento sorprendente, inesperado para todos y también bastante desconcertante porque no había una explicación para el hecho de que dos desconocidos hubieran conseguido el mismo don de Dios, a pesar de encontrarse lejos del grupo de los elegidos.

 

¿Era esto un motivo de tristeza? No, sino de alegrarse de que el espíritu se hubiera también posado sobre los que no pertenecían a la institución. Algunos, sin embargo, se molestaron e indignaron y le pidieron a Moisés que interviniera para detenerlos. El mismo Josué, una figura destacada de entre los israelitas, se puso de parte de los que querían restaurar el orden y la jerarquía.

 

Moisés le respondió, “¿estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor” (v. 25). Los animadores de las comunidades cristianas pueden aprender un primer mensaje de este episodio: para no sentirse estresados y agotados como Moisés, no deben centralizar el poder, sino que es necesario compartir con todos los miembros de su comunidad las tareas y los servicios que hay que hacer.

 

La lección principal, sin embargo, se refiere a la condena del fanatismo. Fanático es aquel que ataca a cualquiera que no piense como él o no pertenezca a su grupo; es quien cierra los ojos al bien que hacen los demás, convencido de que los que no están con él o no comparten sus convicciones y proyectos son malos y hay que combatirlos. El fanático es peligroso porque, si no puede imponerse con la razón, recurre a la espada, como de hecho ocurrió con Josué.

 

El Espíritu no puede ser encerrado dentro de los límites de una institución. Dios es libre para romper el molde y para suscitar el bien en cualquier lugar. Donde existe el amor, la paz, la alegría, allí está ciertamente la obra del Espíritu de Dios.

 

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Segunda Lectura: Santiago 5,1-6

 

5,1: Ahora les toca a los ricos: lloren y griten por las desgracias que van a sufrir. 5,2: Su riqueza está podrida, sus ropas apolilladas, 5,3: su plata y su oro herrumbrado; y su herrumbre atestigua contra ustedes, y consumirá sus cuerpos como fuego. Ustedes han amontonado riquezas ahora que es el tiempo final. 5,4: El salario de los obreros, que no pagaron a los que trabajaron en sus campos, alza el grito; el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor Todopoderoso. 5,5: Ustedes llevaron en la tierra una vida de lujo y placeres; han engordado y se acerca el día de la matanza. 5,6: Han condenado y matado al inocente sin que él les opusiera resistencia. – Palabra de Dios

 

Los profetas a menudo recurrían a las amenazas contra los ricos, sin embargo, en ningún libro de la Biblia hay una condena tan violenta como la que encontramos en la lectura de hoy. Para no disminuir la carga de provocación, hay que señalar que Santiago no distingue, como ocurre a menudo, entre los ricos buenos y los ricos malos; se refiere a los ricos y punto.

 

Las invectivas de la primera parte de la lectura (vv. 1-3) son terribles: “Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir”. Todo lo que han acumulado, con tantos esfuerzos y sacrificios, será destruido, los productos de sus campos se pudrirán o serán pasto del fuego junto a los almacenes donde se apilan; sus magníficos vestidos serán comidos por la polilla y sus joyas preciosas se oxidarán.

 

¿Cómo se explica tanta desolación?

 

Santiago no se la toma con la riqueza, la cual es un bien en sí misma y no debe ser destruida sino, como hicieron los profetas e hizo Jesús, denuncia su mal uso y el peligro que representa cuando es adorada como un ídolo. El rico se olvida fácilmente que “pasará como a la flor de un prado. Al salir el sol calienta con fuerza, la hierba se seca, la flor se marchita y su belleza se pierde. Así se marchitará el rico en sus negocios” (Sant 1,10-11). La codicia es la raíz de todo pecado (cf. Sant 1,14-15) y es la causa de todos los desacuerdos y conflictos (cf. Sant 4,1-4).

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 4-6) Santiago denuncia, en forma apasionada, el origen de la riqueza. Se acumula, en su mayor parte, a través de la injusticia contra el más débil. Es el resultado de la intimidación, de maniobras corruptas, de la explotación de los trabajadores a quienes no se les recompensa por el fruto de su trabajo. Defraudar el sueldo de un trabajador es equivalente a matarlo.

 

Los pobres no tienen la capacidad de oponer resistencia porque el hombre rico tiene también la ley de su parte, la fuerza, el apoyo de los que detectan el poder. Frente a esta injusticia tan hábilmente estructurada, ¿qué puede hacer el indigente? Nada, no puede ofrecer ninguna resistencia, sólo le queda confiar en el Señor e invocar su intervención.

 

Ante la situación de impotencia a la que se ve reducido el pobre, Santiago da rienda suelta a las amenazas más duras que jamás se hayan proferido contra los ricos: “Ustedes llevaron en la tierra una vida de lujo y placeres; han engordado y se acerca el día de la matanza” (v. 5).

 

La gravedad de la denuncia viene justificada por el hecho de que la acumulación de riqueza es incompatible con la opción evangélica. Los bienes de este mundo son para todos y deben ser compartidos con los necesitados, y Jesús dijo, con toda claridad: “Quien no renuncie a sus bienes, no puede ser mi discípulo” (cf. Lc 14,33).


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Evangelio: Marcos 9,38-48

 

9,38: En aquel tiempo dijo Juan a Jesús: Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos sigue. 9,39: Jesús respondió: No se lo impidan. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. 9,40: Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor. 9,41: Quien les dé a beber un vaso de agua en atención a que ustedes son del Mesías les aseguro que no quedará sin recompensa. 9,42: Si alguien lleva a pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le atasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar. 9,43: Si tu mano te lleva a pecar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al infierno, al fuego inextinguible. 9,47: Si tu ojo te lleva a pecar, sácatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, 9,48: donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Palabra del Señor

 

 

 El evangelista Marcos trata, en el mismo capítulo y de forma deliberadamente provocativa, dos episodios. En el primero presenta a un hombre que se acerca a Jesús y le dice: “Maestro, he traído a mi hijo, poseído por un espíritu que lo deja mudo. Cada vez que lo ataca, lo tira al suelo; él echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran y no han podido” (Mc 9,17-18). En el segundo, el que viene propuesto en el Evangelio de hoy, introduce a un exorcista anónimo, quien usando el nombre de Jesús, obtiene, por el contrario, óptimos resultados contra las fuerzas del mal.

 

Reacción predecible e inmediata de los discípulos que corren a manifestarle a Jesús su sorpresa, decepción e irritación. ¿Cómo puede ser –se preguntan– que uno que no pertenece a nuestro grupo, realice las mismas maravillas o incluso mayores?

 

Esta pregunta nos lleva inmediatamente a otras y son justamente las que nos preguntamos nosotros mismos: si alguien ocupa, con éxito, el campo donde estamos llamados a llevar a cabo nuestra misión, ¿es para alegrarse o para preocuparse? ¿Quién está autorizado a utilizar el nombre de Jesús? ¿A quién legó en heredad su Espíritu, la fuerza que cura todas las enfermedades? El episodio narrado en la lectura de hoy responde a estas preguntas.

 

En la primera parte (vv. 38-40) se expone el hecho. Los curanderos de la antigüedad solían pronunciar, a lo largo del rito del exorcismo, nombres de ángeles, de demonios y de personajes famosos por sus poderes terapéuticos. Pensaban que esto ayudaría a mejorar la eficacia de sus intervenciones y lograr resultados prodigiosos. El nombre más invocado era el de Salomón, considerado el precursor y el protector de todos los que se dedicaban a explorar los misterios del conocimiento; el nombre de Jesús, que se había hecho famoso en toda Galilea, comenzaba a ser utilizado en los conjuros, junto al de otros exorcistas.

 

Un día Juan se dirige el Maestro y le dice: hemos encontrado que hay alrededor nuestro un rival peligroso; cura a la gente recurriendo a tu nombre, y se lo hemos prohibido, ya que no es de los nuestros, no nos sigue, no tiene nuestro permiso.

 

Queda clara la razón aducida: no nos sigue. No dice que no sigue a Jesús, sino que no los siguen a ellos, a los discípulos, revelando así que tenían ya arraigada la convicción de ser los únicos e indiscutibles depositarios del bien. Jesús les pertenecía sólo a ellos, y eran ellos el punto de referencia para todo el que quisiera invocar su nombre y se sentían molestos que alguien hiciera milagros sin pertenecer a su grupo.

 

Ninguno de nosotros nos sentiríamos mal si, durante la cosecha o la siega, un desconocido se ofreciera a darnos una mano en el viñedo o en el campo; sería ridículo y mezquino lamentarse de que el ayudante trabajase más y mejor que nosotros.

 

Hay, sin embargo quien se entristece cuando se entera de que un incrédulo hace gestos de amor, incluso heroicos, que los cristianos, sí, son capaces de realizar, pero no sólo ellos. La reacción suele ser la misma que la de los apóstoles. Fingir no ver, tratar de ignorar, minimizar; no se goza del bien realizado por otros, ya que cuesta admitir que, a pesar de ser creyentes de otras religiones, son mejores que nosotros. No aceptamos voluntariamente de nadie lecciones de honestidad, de lealtad, de no violencia, de hospitalidad, de tolerancia.

 

El principio de discernimiento sugerido por Jesús es claro: cualquier persona que actúa en favor del hombre es de los nuestros. El Espíritu no es monopolio de la estructura eclesial, es libre como el viento “que sopla hacia donde quiere: oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3,8), actúa en la Iglesia y fuera de ella.

 

En nuestra comunidad hay muchas personas que prestan un servicio a los hermanos y, en general, cumplen su deber con diligencia y generosidad; sin embargo, aparecen a menudo, aquí y allá, incluso celos y envidias. Son el síntoma inequívoco de que el cargo que se había asumido ha dejado de ser un servicio y se ha convertido en un expediente para tener éxito, para hacerse con espacio de poder, de que se mantiene alejado, como si fuera un intruso, quien proponga cambios u ofrezca su cooperación. Así, el ministerio eclesial ya no es considerado como la mies en la que se espera que el Señor envíe el mayor número posible de cosechadores (cf. Mt 9,37-38), sino un pastel a repartir entre los contendientes.

 

La segunda parte de la lectura (vv. 41-48) contiene una serie de dichos o afirmaciones del Señor. El primero se refiere al ofrecimiento de un vaso de agua. Se trata del gesto más sencillo y espontáneo del mundo, pero que no por eso hay que ignorar, ya que puede marcar el comienzo de una amistad. Ya un sabio del Antiguo Testamento había percibido su valor: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, y si tiene sed, dale de beber” (Pr 25,21). Había intuido que esta pequeña muestra de bienvenida podría ser la premisa de una reconciliación.

 

Incluso Jesús hace referencia a este gesto y –¡atención al detalle!– no lo atribuye a uno de sus discípulos, sino a un extraño. Es un desconocido que encuentra, tal vez por primera vez, a los mensajeros del Evangelio y les da “un vaso de agua”. Este acto de amor, aunque aparentemente trivial, no se quedará sin recompensa; establecerá una relación de confianza y marcará el inicio de un diálogo. Cada gesto que favorece el encuentro y la comunicación entre las personas es valioso y debe fomentarse.

 

A este primer “dicho”, siguen las amenazas contra los que escandalizan a los pequeños (v. 42). Por escándalo se entiende cualquier obstáculo que bloquee la senda del discipulado. Los pequeños a quienes no se debe escandalizar no son niños, sino los débiles en la fe, los que, apenas y con dificultad, dan sus primeros pasos en el seguimiento del Maestro. El que provoca este escándalo asume una responsabilidad enorme.

 

Para inculcar este mensaje, Jesús recurre a una imagen, la muerte por ahogamiento, considerada por los judíos como el suplicio más ignominioso, porque hacía imposible un entierro conveniente del cadáver.

 

Uno se pregunta cuál es el escándalo que hace perder a los pequeños una fe incipiente o lo poco que queda de ella.

 

El contexto en el que, deliberadamente, Marcos ha inserido el “dicho” del Señor, permite identificar la causa de este escándalo: la ambición (cf. cf. Mc 9,33-40).

 

Los conflictos, divisiones, cismas en la Iglesia siempre se derivan del orgullo, del frenesí del poder y del deseo de dominar a los demás. El escándalo que, incluso hoy en día, mantiene alejados de la iglesia a los “pequeños” sigue siendo el mismo: el espectáculo poco edificante de la competición y las intrigas para ocupar los primeros lugares y obtener privilegios.

 

La última parte de la lectura está dedicada a poner en guardia contra otra forma de escándalo: el que proviene del interior, el escándalo causado por la mano, el pie, los ojos (cf. vv. 43-48), órganos que, en el tiempo de Jesús, indicaban los impulsos hacia el mal, la lujuria, las inclinaciones que conducen lejos de Dios e inducen a opciones inmorales.

 

Jesús exige del discípulo el valor de hacer los cortes necesarios, aunque dolorosos, si uno se da cuenta de que ciertas acciones, algunos proyectos, algunos sentimientos son incompatibles con la opción evangélica.

 

La referencia más inmediata es el control de la sexualidad, pero no sólo eso. Hay otros cortes que hay que hacer si uno no quiere arruinar su vida y la de los demás.

 

Hay que eliminar el dedo señalador de la actitud del arrogante que, levantando la voz, siempre impone su voluntad, las manos que roban, la mirada altiva y aquellas que revelen la codicia del dinero, los pies que, por el rencor, corren ágiles hacia la venganza; son arrancados los ojos envidiosos y sospechosos que crean situaciones insostenibles en la comunidad cristiana, donde los hermanos llegan hasta incluso no dirigirse la palabra.

 

Quien no tiene el coraje de amputar, resueltamente, estas ocasiones de pecado, que satisfacen todos sus caprichos, quien no es estricto consigo mismo, quien no controla sus pasiones, corre el riesgo de caer en el infierno, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” (v. 44).

 

Gehena es el valle que se extiende al sur de Jerusalén. Era considerada impura porque en ella algún rey de Israel había sacrificado a sus hijos a Baal (cf. Jer 19,5-6); era también el lugar donde se habían excavado fosas para enterrar los cuerpos, y donde ardía un fuego perenne para quemar los residuos de la ciudad; salía de allí una cortina de humo maloliente y repugnante. Este valle era maldito y los rabinos lo habían tomado como símbolo de la ruina con que se enfrenta el pecador.

 

El fuego que no se apaga es otra imagen, derivada del oráculo con concluye el libro de Isaías y se refiere a los enemigos de Dios: “Su gusano no muere, su fuego no se apaga” (Is 66,24). El gusano que no muere indica el proceso perenne de putrefacción de aquellos que se comportan malvadamente. Es el anuncio del colapso, de la autodestrucción de los que no siguen los caminos de Dios.

 

A estas imágenes, bien conocidas en la época de Jesús, se recurría a menudo para amonestar, para sacudir la conciencia de aquellos que descuidan sus deberes para con Dios y el prójimo. Tergiversaría su significado quien las utilizara para sacar conclusiones sobre el castigo del infierno. En labios de Jesús son un llamamiento urgente y apasionado, dirigido a todas las personas para que no arruinen su propia vida y la de los demás. Quien malgasta la propia existencia en este mundo, ha perdido para siempre la oportunidad única que Dios le ha ofrecido; se arruina eternamente a sí mismo, porque nadie le va a devolver el tiempo que ha perdido. Pero esta oportuna insistencia sobre la seriedad de esta vida no debe ser mal entendida, no es un anuncio de la condenación eterna de los réprobos.

 

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