XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (4 de Octubre 2015)

La indisolubilidad: una exigencia

del amor, no un precepto

 

Introducción

 

Hay situaciones en las que ambos cónyuges se preguntan, con razón, si es que todavía vale la pena insistir en tratar de arreglar una relación que ha nacido mal y que se está demostrando irreparablemente rota. Ya no se aman, hay incompatibilidad de caracteres, hay faltas de respeto, si se hablan es para ofenderse y hasta los niños se ven envueltos en el fracaso de los padres. ¿Qué sentido tiene seguir juntos? ¿Puede Dios exigir que continúe una convivencia que es un suplicio? ¿No es mejor que cada uno siga su camino y reconstruya su vida?

 

A estas preguntas la lógica de los hombres responde sin vacilar: lo mejor el divorcio. Si tantas parejas se separan después de pocos años de matrimonio, ¿no es preferible dejar el matrimonio a un lado y simplemente vivir juntos? Si las cosas no funcionan, cada uno se va sin demasiados problemas.

 

En ningún otro campo, como en el de la ética sexual, las personas están tentadas de darse a sí mismas una moral, y así la sal de la propuesta evangélica frecuentemente se vuelve insípida a fuerza de tantos: pero, si, sin embargo, depende.

 

Se necesita “ser como niños” para entrar en el reino de los cielos, a fin de comprender la difícil, exigente propuesta de Cristo. Sólo aquellos que se sienten pequeños, los que creen en el amor del Padre y confían en él, se encuentran dispuestos a dar la bienvenida a los pensamientos de Dios. No todos lo pueden entender, sino “solo aquellos a quienes se les es dado” (Mt 19,11), no a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños (cf. Mt 11,25).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el camino angosto que propone Jesús lleva a la vida”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Génesis 2,18-24

 

2,18: El Señor Dios se dijo: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada. 2,19: Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. 2,20: Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes. Pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada. 2,21: Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y el hombre se durmió. Luego le sacó una costilla y llenó con carne el lugar vacío. 2,22: De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. 2,23: El hombre exclamó: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque la han sacado del Hombre. 2,24: Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne. – Palabra de Dios

 

Después de la creación “vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gn 1,31). Todo era maravilloso, y, sin embargo, el Señor se dio cuenta de que, en el jardín donde brotaban de la tierra “toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer” (Gn 2,9), el hombre no era feliz. Intuyó la razón y decidió llenar el vacío: “No está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada” (v. 18).

 

Adán disfrutaba de la intimidad con Dios quien, aprovechando la brisa del atardecer, bajaba a caminar con él; tenía trabajo, una tierra que cultivar, amar y el respetar; estaba protegido y tenía comida. Nada de esto, sin embargo, le satisfacía porque estaba solo. Necesitaba alguien con quien hablar, a quien dar y de quien recibir amor.

 

La soledad es una derrota. ¿Cómo remediarla?

 

El Señor creó los animales, los plasmó con la arcilla del suelo, como lo había hecho con el hombre y les dio una vida similar a la del hombre, y luego los entregó al hombre que, agradecido, los recibió como sus ayudantes y compañeros (vv. 19-20).

 

Utilizando el lenguaje del mito, el autor sagrado reconoce y bendice el profundo vínculo que une el mundo animal al del hombre. Éste proviene originariamente de la tierra  y, por tanto, está emparentado con los animales, con los que establece una relación de coexistencia y cooperación; los animales tienen la tarea de custodiar, proteger e, incluso, salvar al hombre.

 

Adán ya no está solo. Cultiva la tierra, es propietario de rebaños, pero todavía no está satisfecho. Al hombre no le bastan las criaturas o el éxito profesional, y ni siquiera Dios le basta; para llenar su soledad necesita de alguien semejante a él.

 

“No tengo a nadie; no pertenezco a nadie” es el más apasionado de los lamentos. El Señor, que quiere la alegría del hombre, se pone manos a la obra y crea a la mujer.

 

El objetivo de la enseñanza bíblica no es enseñar de dónde viene la mujer, sino  responder a preguntas existenciales: ¿Quién es la mujer? ¿Por qué existe la bipolaridad sexual? ¿A qué se debe que el hombre y la mujer sienten tan fuerte el atractivo sexual? ¿Es la mujer inferior y la sirvienta del hombre?

 

En el campo de la sexualidad, donde el instinto fácilmente nubla al intelecto y conduce a decisiones que, aunque dictadas por el sentido común, demuestran ser deshumanizantes, es importante descubrir el plan de Dios.

 

* El primer mensaje que nos envía a través de esta historia, es la desmitificación de la sexualidad. La sexualidad no tiene nada de sagrado y arcano, como creían los antiguos; es un instinto natural, una pasión “cuyos dardos son dardos de fuego” (cf. Cant 8,6) y es querida por Dios para impulsar al hombre a salir por sí mismo e abrirse al otro. El hombre existe (del latín: ex-sistere = estar fuera) sólo cuando favorece este impulso divino y, olvidándose de sí mismo, se ofrece como regalo al otro.

 

* La sexualidad es buena. El dualismo y maniqueísmo que, desde los primeros siglos, se han infiltrado en la iglesia, están en contra de la visión bíblica de la creación (cf. Col 2,20-22). El placer sexual es bendecido por Dios.

 

* La sexualidad ha sido querida para inducir al encuentro, al diálogo con el otro, por eso el autoerotismo constituye una desviación. Una sana pedagogía, sin embargo, toma en cuenta el progresivo desarrollo de la personalidad y está atenta a no crear, especialmente en niños y adolescentes, miedos, ansiedades y fobias.

 

* La bipolaridad sexual es una parte constitutiva de la persona humana; el asexual no existe y la diversidad de género debe ser mantenida y valorada.

 

* La mujer es semejante al hombre y le es dada como ayuda. Semejante y ayuda son los dos términos más significativos de todo el texto: revelan quién es la mujer para Dios. Para captar el verdadero sentido hay que ir al texto hebreo.

 

La palabra ke‑negdò, traducida como semejante a él, en realidad significa frente a él. La mujer es puesta por Dios frente el hombre no para ser dominada, sino para establecer con él un diálogo fecundo, un enfrentamiento comprometido y a veces duro, que comporta tensiones inevitables, porque el objetivo es la humanización gradual de ambos. La mujer y el hombre se convierten, en esta perspectiva, en mutua ayuda.

 

A la mujer se le asigna la tarea de ser ayuda para el hombre. Esta tarea se considera a veces, erróneamente, como una confirmación por parte de Dios de la inferioridad de la mujer. Los estudiosos de la Biblia han demostrado, sin embargo, un hecho significativo: la palabra hebrea ‘ezer, ayuda, se usa en la Biblia prácticamente sólo en referencia a Dios. “Mi Dios, tú eres mi ayuda”, exclama con confianza del salmista (Sal 70,6). Solo Dios es capaz de rescatar al hombre cuando se encuentra en situaciones en que está en juego su propia vida.

 

Referido a la mujer, este título no es, por tanto, para indicar inferioridad, sino que define su tarea sublime: está llamada a hacer presente al Dios-ayuda, junto al hombre, a dar continuidad a la obra del Señor, ofreciendo al hombre la ayuda necesaria para su plena realización. Sin ella, el hombre quedaría incompleto.

 

La imagen del Dios-alfarero, que recurre con frecuencia en la Biblia, nos ayuda a comprender la misión de la mujer.

 

El salmista dirige al Señor esta conmovedora oración: “Nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos todos obras de tus manos” (Is 64,7). El hombre es arcilla a modelar y Dios ha decidido no trabajar solo, quería a alguien que le ayudara a llevar a cumplimiento la más extraordinaria de sus obras: el hombre. Para ello creó a la mujer y se la confió al hombre como un recipiente de arcilla para forjar, plasmar y embellecer. De ella se espera que, al final de la vida, la entrega sea una obra maestra.

 

* Se creía que el propósito principal del encuentro sexual era la procreación. El relato bíblico de hoy habla más bien de una ausencia (la costilla sustraída), de un vacío que debe ser llenado, de una herida que necesita ser curada, de una necesidad de salir de la soledad que pide ser satisfecha.

 

Es indispensable, sin embargo, tomar conciencia del hecho de que sólo el uso adecuado de la sexualidad logra este objetivo. Cuando en la relación entre hombre y mujer se infiltra el egoísmo, reaparece la soledad, incluso si se está casado y se vive bajo el mismo techo.

 

Cuando entre los cónyuges se establece una relación persona-cosa y uno considera al otro como un objeto de disfrute; cuando cada uno vive por su cuenta, cultivando sus propias amistades, sus propios intereses, su propio entretenimiento; cuando no se hablan entre sí para tratar del proyecto de interés común; cuando no toman juntos las decisiones; cuando en la relación uno daña, cancela o aniquila al otro, entonces ambos, marido y mujer caen de nuevo en la soledad y vuelven a estar tristes e infelices.

 

* El amor entre el hombre y la mujer, contraído “en el Señor” (cf. 1 Cor 7,39), es indisoluble (v. 24). No se trata de una ley, porque el recurso a preceptos es siempre la confesión de una derrota del amor, sino del descubrimiento de la realidad íntima y profunda de amor que, por su misma naturaleza, no puede morir, porque “el amor es fuerte como la muerte… Sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor, ni extinguirlo los ríos” (Cant 8,6-7), porque es una participación en el amor de Dios.

 

Y es monógamo. La poligamia, que la Biblia atribuye a un hijo de Caín (cf. Gn 4,19ff.), es consecuencia del pecado y de la deviación del plan de Dios sobre la sexualidad.

 

Se desvían del proyecto divino: la aventura extramarital –una traición al amor que empobrece a los protagonistas– o la simple convivencia y las relaciones pre-matrimoniales, porque en ambos casos falta el compromiso pleno y definitivo, claramente expresado en el texto sagrado: “El hombre…se junta a su mujer y se hacen una sola carne” (v. 24).

 

* La sexualidad no es un juego, no es una diversión. Construir el amor es un arduo  compromiso, por lo que se debe evitar la impaciencia, la prisa, el desordenado darse el uno al otro, que provocan siempre dramas interiores, confusión, situaciones insostenibles, aunque ambos alardeen de una aparente felicidad.

 

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Segunda Lectura: Hebreos 2,9-11

 

2,9: Hermanos: Vemos a Jesús, que por la pasión y muerte fue algo inferior a los ángeles, coronado de gloria y honor. Así, por la gracia de Dios, padeció la muerte por todos. 2,10: En efecto, convenía que Dios, por quien y para quien todo existe, queriendo conducir a la gloria a muchos hijos, llevara a la perfección por el sufrimiento al jefe y salvador de todos ellos. 2,11: El que consagra y los consagrados tienen todos un mismo origen por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos. – Palabra de Dios

 

Hoy comienza la Carta a los Hebreos que estará con nosotros hasta el fin del año litúrgico. Los dos primeros capítulos están dedicados a la presentación de algunos aspectos de la persona de Jesús.

 

Después de haber afirmado, en el primer capítulo, la superioridad de Cristo sobre todas las criaturas, incluyendo a los ángeles, el autor responde a una pregunta: Jesús, tan elevado en comparación con nosotros, ¿no estará demasiado lejos de nuestra condición, de nuestras experiencias?

 

A esta objeción el autor responde en el segundo capítulo, del que se toma la lectura actual. “Convenía” (v. 10), explica, que el Padre eligiese para su Hijo el camino del sufrimiento y de la cruz. Lo destinaba, por tanto, a ser el líder que introduce a los hombres en la gloria de Dios. Sólo un guía que ha pasado por todas las experiencias humanas, incluyendo la soledad, la traición, el abandono y la muerte, inspira confianza.

 

La última afirmación de la lectura es conmovedora: Jesús no se avergüenza de llamar hermanos a los hombres que vino a salvar (v. 11). Él siente solidaridad con ellos, entiende sus miserias y debilidades, porque, como se dirá más adelante en la carta, ha aprendido a través de tanto sufrimiento, lo difícil que es seguir el camino trazado por el Padre (cf. Heb 5,7-9).


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Evangelio: Marcos 10,2-16

 

9,38: En aquel tiempo dijo Juan a Jesús: Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos sigue. 9,39: Jesús respondió: No se lo impidan. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. 9,40: Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor. 9,41: Quien les dé a beber un vaso de agua en atención a que ustedes son del Mesías les aseguro que no quedará sin recompensa. 9,42: Si alguien lleva a pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le atasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar. 9,43: Si tu mano te lleva a pecar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al infierno, al fuego inextinguible. 9,47: Si tu ojo te lleva a pecar, sácatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno, 9,48: donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Palabra del Señor

 

Es extraño que los fariseos pregunten a Jesús: “¿Puede un hombre separarse de su mujer?”. Al igual que todos los hijos de Israel sin excepción, los miembros de esta secta no tenían dudas acerca de la legalidad del divorcio, ya que el Antiguo Testamento contempla la posibilidad de un segundo matrimonio. Es probable que quisieran llevar la discusión sobre las razones que justificarían un divorcio.

El tema de la indisolubilidad lo introduce Marcos en la parte central de su evangelio, junto con otras cuestiones morales, como el diálogo con quien no cree, el amor a los hermanos, el escándalo, las relaciones con los más débiles, la propiedad, la riqueza. Viene colocado en este contexto porque la exigencia de la fidelidad conyugal absoluta e incondicional nos deja consternados y perplejos y no puede ser entendida si no viene encuadrada en la lógica del amor de Cristo y del don de la vida.

 

Respondiendo a la pregunta que se le ha hecho, Jesús deja claro, en primer lugar, el verdadero significado de la ley de Moisés, ley que él no tiene la intención de abolir, sino de explicarla y llevarla a su cumplimiento.

 

El libro de Deuteronomio parece permitir el divorcio: “Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribirá el acta de divorcio, se la entregará y la echará de casa” (Dt 24,1). Algunos rabinos, los más severos, enseñaban que el marido podía divorciar a su esposa sólo si le había sido infiel; pero otros, más tolerantes y abiertos a componendas, sostenían que era suficiente que la mujer no hubiese cocinado la cena, o incluso que el marido hubiera encontrado otra mujer más atractiva.

 

Antes de pronunciarse sobre el tema, Jesús aclara el significado del texto bíblico. No ha sido Moisés –explica– el que introdujo el divorcio. Esta institución existió mucho antes que él y siempre fue aceptada por todos como legítima; él solamente ha tratado de disciplinarla, poniendo fin a los abusos. No ha pretendido de los israelitas, demasiado duros de corazón, un comportamiento moral más alto que el de los otros pueblos; simplemente dicta una norma que proteja a la mujer. Ha establecido que el marido escriba un documento de divorcio para que la mujer pueda volver a casarse.

 

Esta disposición era particularmente oportuna porque muchos echaban a su esposa de casa, y si ésta se unía a otro la acusaban de adulterio, lo que implicaba la pena de muerte. El precepto de Moisés tenía como objetivo defender a las mujeres de este abuso; el documento de repudio la declaraba libre.

 

Algunas de estas actas de repudio han llegado hasta nosotros, firmadas por dos testigos; una de ellas dice: “Puedes irte, te puedes casar con quien quieras, eres libre”.
Jesús reconoce el valor de la norma establecida en el Deuteronomio y la considera vinculante. Si alguien quiere divorciarse –afirma– que ¡al menos respete los derechos de la mujer! La tolerancia de Moisés, sin embargo, no es la expresión ideal del plan original de Dios.

 

Una vez aclarado el sentido de la disposición del Antiguo Testamento, Jesús nos invita a ir más allá de la norma y considerar la sexualidad a la luz, no de razonamientos insensatos y conductas degradantes introducidas por los hombres, sino del plan de Dios, revelado desde los primeros capítulos del Génesis: “Al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer, y los dos se hacen una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (vv. 6-9).

 

Esta última afirmación, añadida por Jesús a la cita el Génesis, no podía menos de dejar atónitos a sus interlocutores quienes pensaban que el divorcio, en ciertas situaciones, no sólo es un derecho sino un deber.

 

Los rabinos enseñaban que el primer mandamiento dado por Dios es la de la procreación: “Sean fecundos, multiplíquense” (Gn 1,28) y era para ellos un deber tan fundamental que si un matrimonio no tenía hijos, el marido debía dejar a su propia esposa para poder tener hijos de otra mujer.

 

Jesús toma una posición que rompe con la concepción tradicional de su pueblo y dice, en los términos más enérgicos posibles, que ningún divorcio es parte del plan de Dios. El repudio ha sido introducido por los hombres y es un atentado destructor de la obra del Señor que ha unido al hombre y la mujer en una sola carne.

 

Con Jesús ha venido al mundo el Reino de Dios, se han cumplido las profecías: “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26; cf. Jer 31,31-34). Es hora de decir basta a las componendas, a la mezquindad, a los subterfugios y tender hacia ideal indicado “al principio” por el Creador.

 

Sólo el matrimonio monógamo e indisoluble respeta el plan de Dios y logra el objetivo por el que los hombres han sido creados “varón y mujer”. Todas las otras formas de convivencia, aunque sean muy antiguas y culturalmente explicables, no respetan la dignidad del hombre y de la mujer.

 

Frente a la posición dura e intransigente del Maestro, no sólo los fariseos, sino también los discípulos se quedan perplejos, casi consternados y, de vuelta a casa, le preguntan de nuevo sobre el tema. Pero Jesús reafirma: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera”, y agrega: “Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio” (vv. 11-12). Esta afirmación establece un fenómeno inaudito hasta entonces: la perfecta igualdad de los derechos y deberes del hombre y de la mujer.

 

¿Cómo interpretarla? Cristo no ha impuesto una nueva ley, más rigurosa que la de Moisés, sino simplemente les ha recordado el plan original de Dios que no incluye el repudio.

 

La meta es altísima y los pasos de los hombres son a menudo inciertos. Y como solo Dios conoce la fragilidad de cada uno, nadie tiene el derecho de erigirse en juez de sus  hermanos, de evaluar las culpas o pronunciar condenas. A cada caso concreto hay que acercarse con prudencia, con compresión para el hermano, necesitado de acompañamiento y ayuda a fin de que pueda dar lo mejor de sí mismo.

 

Mostrarse comprensivos y pacientes no significa suavizar las exigencias del Evangelio o adaptarse a la moralidad corriente, sino mostrar la sabiduría pastoral.

 

En la última parte del evangelio de hoy (vv. 13-16), Jesús retoma la imagen de los niños e invita a los discípulos a recibir el reino de Dios como ellos. Quien se considera ya “adulto”, quien confía en su propia sabiduría o se ha anquilosado en sus propias convicciones y no acepta ser cuestionado por la palabra de Cristo, no entrará nunca en el reino de Dios.

 

Para entender la indisolubilidad del matrimonio es necesario volverse como niños y  fiarse de la sabiduría del Padre.

 

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