Archivo mensual: octubre 2015

Fiesta de Todos Los Santos, Año B (1 de Noviembre 2015)

La fiesta de nuestra familia

 

Introducción

 

En el pasado los santos gozaron de una enorme popularidad: las iglesias estaban llenas de sus estatuas y a menudo se recurría a ellos más que a Dios. Teníamos el santo patrono de los camioneros, de los estudiantes, el que nos ayudaba a encontrar los objetos perdidos, al que acudíamos por el mal de ojos, por el mal de la gula…. Eran considerados una especie de intermediarios que cumplían la función de “amortiguar” el impacto con un Dios considerado demasiado grande y lejano, un poco inaccesible y también ajeno a nuestros problemas.

 

Hoy, la tendencia de acudir a los santos como intermediarios para presentar a Dios nuestras peticiones se va extinguiendo. Nos dirigimos más al Señor directamente, con la fe de los hijos. Los santos—y María incluida—son considerados como nuestros hermanos y hermanas que, con su vida, nos indican un camino para seguir a Cristo y nos invitan a orar en todo momento, junto con ellos, al único Padre.

 

La palabra santo indica la presencia en esa persona de una fuerza divina y benéfica que permite distinguirse, distanciarse de aquello que es imperfecto, débil, efímero. Entendida de esta manera, solamente Cristo ha poseído en plenitud esta fuerza de bien y solamente él puede ser proclamado santo, como cantamos en el Gloria: “¡Tu solo eres santo!”

 

También nosotros podemos acercarnos a él y ser partícipes de su santidad. Él ha venido al mundo para acompañarnos hacia la santidad de Dios, hacia aquella meta inalcanzable que nos ha dado: “Sean perfectos como el Padre del cielo” (Mt 5,48).

 

Los primeros discípulos fueron identificados con distintos nombres. Se los llamaba “galileos”, “nazarenos” y, en Antioquía, “cristianos”. Se trataba de una designación despectiva: “galileos” era sinónimo de “revoltosos”; “nazarenos” se refería a una aldea despreciada de donde provenía su maestro; “cristianos” significaba “unidos”, seguidores de un disidente “junto al Señor” hasta el patíbulo.

 

Este no era el título que ellos utilizaban. Ellos se referían como “los hermanos”, “los creyentes”, “los discípulos del Señor”, “los perfectos”, “la gente del camino” y… “los santos”. Pablo dirigía sus cartas “a todos los santos que viven en Filipos…” (Fil 1,1); “a los santos que están en Éfeso…” (Ef 1,1); “a los santos y hermanos fieles que están en Colosas…” (Col 1,2); “a todos los santos de la entera Acaya…” (2 Cor 1,1); “a todos los que Dios amó y llamó a ser consagrados, que se encuentran en Roma…” (Rom 1,7). No escribe a los santos del cielo, sino a personas concretas que habitaban en Filipos, Éfeso, Corinto, Colosas, Roma. Estos eran los santos. Santos eran todos los discípulos: sea que se encontraran ya en el cielo con Cristo o que todavía peregrinasen en esta tierra.

 

En los templos ortodoxos los santos que están en el cielo están pintados en las paredes, a la altura del hombre, de pie, como los resucitados de quienes habla el Apocalipsis (Ap 7,9). Es la forma en que se quiere recordar a todos los participantes en la celebración que los santos del cielo, aunque solo se los pueda contemplar con la mirada de la fe, continúan viviendo cercanos a los santos de la tierra. Son parte de la comunidad convocada para dar gracias al Señor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tu familia es santa, Señor, en el cielo y en la tierra.”

 

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Conmemoración de todos los fieles difuntos – Año B (2 de Noviembre 2015)

Enséñanos Señor

a contar nuestros días

 

Introducción

 

Salimos del seno materno y entramos en este mundo; después de la infancia hacemos nuestro ingreso en la adolescencia; dejamos ésta por la juventud, la juventud por la edad madura y la vejez. Finalmente, viene el momento de partir de este mundo al que nos hemos afeccionado hasta tal punto de considerarlo morada definitiva y no quererlo abandonar más. Sin embargo, en esta tierra nuestra aspiración a la plenitud de la alegría y la vida viene continuamente frustrada.

 

Cuando consideramos con desencanto la realidad, constatamos por doquier signos de muerte—enfermedades, ignorancia, soledad, fragilidad, cansancio, dolor y traiciones—y concluimos: no, no puede ser éste el mundo definitivo, es demasiado reducido y demasiado marcado por el mal. Aflora entonces en nosotros el deseo de mirar más allá del horizonte estrecho en que nos movemos; soñamos incluso de ser secuestrados y conducidos hacia otros planetas, donde quizás se está libre de toda forma de muerte.

 

En el universo que conocemos, el mundo que anhelamos no existe. Para apagar el deseo infinito que Dios ha puesto en el corazón, es necesario dejar esta tierra y emprender un nuevo éxodo. Se nos pide una última salida, la última—la muerte—y esto nos aterra.

 

También los tres discípulos que en el monte de la transfiguración han oído a Jesús hablar de su “éxodo” de este mundo al Padre (cf. Lc 9,31) fueron presa del terror: “Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo!” (Mt 17,6-7).

 

A partir del tercer siglo aparecen en las catacumbas la figura del pastor con la oveja al hombro. Es Cristo que toma de la mano y estrecha entre sus brazos al hombre que tiene miedo de atravesar solo el valle oscuro de la muerte. Con él, el Resucitado, el discípulo abandona sereno esta vida con la seguridad de que el Pastor, a quien ha confiado la propia vida, lo conducirá “a verdes praderas y fuentes tranquilas” (Sal 23,2) donde encontrará reposo después del largo y fatigoso viaje a través del desierto árido y polvoriento de esta tierra.

 

Si la muerte es el momento del encuentro con Cristo y del ingreso en la sala del banquete de bodas, no puede ser un acontecimiento temible. Es espera. La exclamación de Pablo: “Para mí morir es una ganancia. Mi deseo es morir para estar con Cristo” (Fil 1,21.23), debería ser la exclamación favorita de todo creyente.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días”.

 

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XXX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (25 de Octubre 2015)

Abandona el manto

para poder ver mejor

 

Introducción

 

Homero veía, pero se le representa ciego. Era el símbolo de los hombres inspirados, de los que, al penetrar en las verdades profundas, ocultas al común de los mortales, tienen que cerrar los ojos a la realidad de este mundo. En la antigua Grecia, incluso los magos, los adivinos, los rapsodas eran considerados ciegos: tenían que abstraerse de las apariencias engañosas, ignorar las vanaglorias terrenas, para captar la luz y los pensamientos de los dioses.

 

Es encomiable su búsqueda apasionada de la verdad y su compromiso de educar a la sabiduría pero, ante los grandes enigmas del universo y del hombre, tuvieron que rendirse, caminaban a tientas en la oscuridad, continuaron siendo ciegos.

 

Los peripatéticos, endosando el manto, un símbolo de los que cultivan el amor a la sabiduría, disertaban sobre la verdad mientras paseaban alrededor de la Acrópolis de Atenas; los académicos, los epicúreos y estoicos reflexionaron sobre el dolor, la felicidad, el placer y el sentido de la vida. En Atenas, descrita por Cicerón como “la luz de toda Grecia”, todos, como ciegos, dirigían su mirada anhelando la luz. Pero no fue de esa ciudad de donde vendría la luz del mundo.

 

Reinaba Tiberio cuando, en las montañas de Galilea, un carpintero de Nazaret comenzó a proclamar la buena noticia. Fue entonces que “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4,16). Para los antiguos filósofos había llegado el momento de dejar sus mantos y alzar la vista: desde arriba había venido a visitar a los hombres “un sol naciente, para los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte” e indicar a los ciegos el camino de la paz (Lc 1,78-79).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Las propuestas del mundo me envuelven en la oscuridad, las del evangelio tienen luz”.

 

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XXIX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (18 de Octubre 2015)

¿Qué corona, qué diadema

es la que Dios elige?

 

Introducción

 

El primer cisma en la iglesia ha tenido lugar ante los mismísimos ojos de Jesús; dos de sus discípulos contra diez y diez contra los dos (cf. Mc 10,35-41). El motivo de la disputa no fue una discusión teológica o el rechazo de algún dogma, sino la ambición de poder, la lucha por los primeros puestos. Fue el comienzo de una dolorosa historia de división y conflictos eclesiales, siempre desencadenados por rivalidades mezquinas. Cuando alguien quiere dominar sobre los demás, el grupo se desmorona. Ni siquiera el sistema democrático elimina las disputas, porque éste no las cura de raíz, porque todo se reduce a un juego de equilibrios, a un intento de reconciliar egoísmos contrapuestos.

 

Jesús ha constituido los Doce para que sean el signo en el mundo de una nueva sociedad en la que sea abolida toda pretensión de dominio y se cultive una sola ambición: la de servir a los más pobres. Tarea difícil. La mentalidad de este mundo se ha infiltrado, ya desde sus comienzos, incluso en la misma Iglesia, haciendo que a lo largo de los siglos surgieran en el ella los criterios mundanos del dominar, de afán de poseer, de enseñorearse sobre los demás. La tiara, la célebre corona del Papa, era el símbolo de la autoridad y la jurisdicción universal del obispo de Roma. Su origen es incierto, pero en el siglo XIII consistía en una sola corona; un siglo más tarde le fue añadida otra más y una tercera a los pocos años, resultando en tres coronas superpuestas símbolos de los tres reinos en los que el Papa ejercía su jurisdicción: el Estado Pontificio, la Iglesia y la sociedad cristiana de entonces. Cuando Pablo VI fue elegido papa, realizó un gesto histórico: se puso la tiara en la cabeza e inmediatamente se la quitó, esta vez para siempre. Ser tres veces rey era un símbolo demasiado ambiguo, demasiado comprometido, incompatible con la única diadema gloriosa que había adornado la cabeza del Maestro, la corona de espinas.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grande es el que sirve”.

 

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