XXIX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (18 de Octubre 2015)

¿Qué corona, qué diadema

es la que Dios elige?

 

Introducción

 

El primer cisma en la iglesia ha tenido lugar ante los mismísimos ojos de Jesús; dos de sus discípulos contra diez y diez contra los dos (cf. Mc 10,35-41). El motivo de la disputa no fue una discusión teológica o el rechazo de algún dogma, sino la ambición de poder, la lucha por los primeros puestos. Fue el comienzo de una dolorosa historia de división y conflictos eclesiales, siempre desencadenados por rivalidades mezquinas. Cuando alguien quiere dominar sobre los demás, el grupo se desmorona. Ni siquiera el sistema democrático elimina las disputas, porque éste no las cura de raíz, porque todo se reduce a un juego de equilibrios, a un intento de reconciliar egoísmos contrapuestos.

 

Jesús ha constituido los Doce para que sean el signo en el mundo de una nueva sociedad en la que sea abolida toda pretensión de dominio y se cultive una sola ambición: la de servir a los más pobres. Tarea difícil. La mentalidad de este mundo se ha infiltrado, ya desde sus comienzos, incluso en la misma Iglesia, haciendo que a lo largo de los siglos surgieran en el ella los criterios mundanos del dominar, de afán de poseer, de enseñorearse sobre los demás. La tiara, la célebre corona del Papa, era el símbolo de la autoridad y la jurisdicción universal del obispo de Roma. Su origen es incierto, pero en el siglo XIII consistía en una sola corona; un siglo más tarde le fue añadida otra más y una tercera a los pocos años, resultando en tres coronas superpuestas símbolos de los tres reinos en los que el Papa ejercía su jurisdicción: el Estado Pontificio, la Iglesia y la sociedad cristiana de entonces. Cuando Pablo VI fue elegido papa, realizó un gesto histórico: se puso la tiara en la cabeza e inmediatamente se la quitó, esta vez para siempre. Ser tres veces rey era un símbolo demasiado ambiguo, demasiado comprometido, incompatible con la única diadema gloriosa que había adornado la cabeza del Maestro, la corona de espinas.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grande es el que sirve”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 53,2a.3a.10-11

 

53,2ª: El Siervo del Señor creció en su presencia como brote. Como raíz en tierra árida. 53,3ª: Despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir, curtido en el dolor. 53,10: El Señor quería triturarlo con el sufrimiento: si entrega su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años y por su medio triunfará el plan del Señor. 53,11: Por los trabajos soportados verá la luz, se saciará de saber; mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes. – Palabra de Dios

 

 

La persona humana quiere vencer, no perder; busca dominar, no servir. Dios piensa lo contrario, y para educar a su pueblo a que acepte la lógica del don de la propia vida, ya desde el Antiguo Testamente ha propuesto un modelo: su Siervo fiel.

 

Ya hemos nos encontrado muchas veces a este misterioso personaje, hoy aparece de nuevo para prepararnos a comprender y aceptar el desafiante mensaje del evangelio.

 

En la primera parte de la lectura (vv. 2-3) se describe el aspecto humilde de este Siervo: brota como un pequeño arbusto del desierto, crece en una tierra sin agua, no posee ninguna de las características que atraen la atención de la gente: belleza, fuerza, riqueza; por el contrario, es débil, despreciado, un derrotado.

 

La segunda parte de la lectura (vv. 10-11) muestra el juicio opuesto de Dios. Lo que la gente considera fracaso, para el Señor es un triunfo.

 

Es a través del sacrificio, del sufrimiento, de la entrega de sí que Dios lleva a cabo sus planes de salvación. Precisamente porque es víctima del odio, la injusticia, la violencia, el Siervo libera a sus propios perseguidores de sus iniquidades. Él es la imagen perfecta de Jesús que ha salvado a la humanidad no a través del dominio, sino humillándose, arrodillándose ante los hombres para servirles, dando su vida por ellos.

 

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Segunda Lectura: Carta a los hebreos 4,14-16

 

4,14: Hermanos: Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un sumo sacerdote excelente que penetró en el cielo, mantengámonos firmes en nuestra confesión de fe. 4,15: El sumo sacerdote que tenemos no es insensible a nuestra debilidad, ya que, como nosotros, ha sido probado en todo excepto el pecado. 4,16: Por tanto, acerquémonos confiados al trono de nuestro Dios, para obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno. – Palabra de Dios

 

 

Los evangelios sinópticos nos dicen que Jesús, al comienzo de su vida pública, fue sometido a las tentaciones del diablo. Después, ya no se toca más del tema. Sólo Lucas sugiere que estas tentaciones continuaron después; se refiere, en efecto, a que “el diablo lo dejó para volver a la hora señalada” (Lc 4,13).

 

El pasaje de la Carta a los Hebreos que se lee hoy afronta con claridad esta cuestión. Cristo es capaz de entender nuestras debilidades porque él mismo fue tentado en todo como nosotros. La única diferencia es que, mientras que nosotros, con mucha frecuencia, somos infieles a Dios, él nunca cedió al pecado.

 

Esta afirmación es fuente de gran consuelo. Nos muestra a un Jesús muy cercano, sensible a nuestros problemas. No ha aparentado ser hombre, sino que lo es realmente; ha pasado por todas las dificultades que nosotros debemos afrontar y sabe lo difícil y costoso que es mantenerse fieles a Dios, sobre todo cuando uno es probado por el dolor.

 

Un poco más adelante en la misma carta, el autor, volviendo sobre el tema, añade: “Y aunque era el Hijo de Dios, aprendió sufriendo lo que es obedecer” (Heb 5:8) y aceptar la voluntad de Dios.


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Evangelio: Marcos 10,35-45

 

10,35: En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. 10,36: Les preguntó: ¿Qué quieren de mí? 10,37: Le respondieron: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. 10,38: Jesús replicó: No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo he de beber o recibir el bautismo que yo voy a recibir? 10,39: Ellos respondieron: Podemos. Jesús les dijo: La copa que yo voy a beber también la beberán ustedes, el bautismo que yo voy a recibir también lo recibirán ustedes; 10,40: pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado. 10,41: Cuando los otros lo oyeron, se enojaron con Santiago y Juan. 10,42: Pero Jesús los llamó y les dijo: Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad. 10,43: No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás; 10,44: y quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos. 10,45: Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. Palabra del Señor

 

 

Jesús va de camino a Jerusalén a paso decidido y ligero; sus discípulos caminan detrás temerosos y apesadumbrados porque ya en dos ocasiones el Maestro les ha dejado claro cuál será la meta del viaje. En los versículos inmediatamente anteriores a la lectura de hoy, les ha anunciado por tercera vez lo que le espera en la ciudad santa: será insultado, condenado a muerte, azotado y matado (vv. 32-34). La reacción que se esperaría de los discípulos es que éstos intentaran disuadirlo de continuar este viaje, esperando tiempos mejores. Nada de esto.

 

Sin embargo, parece imposible que, después de escuchar palabras tan claras sobre el destino de Jesús, sigan creyendo que éste se dirige a Jerusalén para comenzar el tiempo mesiánico, entendido como el reino de este mundo. Saben muy bien que su Maestro tiene que pasar por la humillación y la muerte, pero lo que, al parecer, les interesa es solamente lo que sucederá después. Es el colmo de la insensatez.

 

Sus sueños de gloria no se detienen ni siquiera ante la muerte de Jesús, que ya dan por descontada. Es el deseo de poder y de acaparar los puestos de honor lo que ocupa sus mentes. ¡Todo un símbolo de la condición humana!

 

Santiago y Juan, los dos hijos de Zebedeo, se presentan a Jesús y, delante de todos, sin un mínimo de discreción, le dicen: “¡Queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir!” (v. 35). No dicen “por favor”, sino que exigen, como quien reclama un derecho. Se acuerdan de que después del primer anuncio de la pasión (cf. Mc 8,31), Jesús habló del día en que “venga con la gloria de su Padre y acompañado de sus santos ángeles” (Mc 8,38). Han cancelado de la memoria todo el resto del discurso del Maestro, pero no la palabra gloria, usada por Jesús una sola vez; ésta, sí, se les ha quedado grabada, y la han conectado con la enseñanza de los rabinos quienes, refiriéndose al Mesías, aseguraban que “se sentará en el trono de la gloria” para juzgar y a su lado se sentarán los justos.

 

Santiago y Juan piden explícitamente ser elevados hasta el cielo, para poder mandar también allí. Es la más descarada y ciega de las arrogancias, que muestra hasta dónde puede conducir la voluntad de sobresalir, enraizada al corazón humano.

 

Cuando Marcos escribió este texto, las cosas habían cambiado radicalmente: Santiago ya había dado su vida por Cristo, muerto mártir en Jerusalén (cf. Hch 12,2) y Juan estaba entregado generosamente a la causa del Evangelio; ambos mostraron, al final, haber comprendido la enseñanza del Maestro, ganándose una inmensa veneración en la primitiva comunidad cristiana. Fue precisamente esta veneración lo que llevó a Lucas a no reportar el incidente y a Mateo a modificarlo, asegurando que fue la madre, y no ellos, la que se presentó a Jesús, utilizando palabras más corteses (cf. Mt 20,20-24). Todo sucedió, sin embargo, como nos lo cuenta Marcos.

 

Los dos hermanos no eran solamente discípulos, sino dos figuras prominentes de la iglesia primitiva y, sin embargo, frente a la propuesta central del mensaje cristiano también ellos mostraron durante mucho tiempo una incomprensión total. Habían aceptado, aunque con cierta dificultad y después de presentar sus objeciones, algunas de las exigencias morales del Maestro como la del matrimonio indisoluble, por ejemplo; han dejado todo para seguirle, pero cuando Jesús ha hablado de la renuncia al dominio, al poder… no lograron realmente entenderlo.

 

El objetivo de Marcos es hacer reflexionar a los cristianos de su comunidad. Incluso después de una persecución violenta, como la de Nerón, resurgía entre ellos la lucha por los primeros puestos.

 

Los cristianos más ejemplares, más comprometidos, más disponibles para el servicio de los demás, los que participan activamente en todas las iniciativas de la comunidad son a menudo los más tentados de imponerse a los demás y su deseo ingenuo de sobresalir siempre termina creando desacuerdos. No es sorprendente que se produzcan estas manifestaciones de debilidad, de la que han sido víctimas incluso los más destacados de entre los apóstoles.

 

Cuando surgen en sus discípulos pretensiones de honores, privilegios, deseos de los primeros puestos, Jesús nunca se muestra ciertamente tierno (cf. Mc 8,33; 9,33-36), porque toda ambición, por más inocente que parezca, pone en tela de juicio el punto central de su propuesta. Con Santiago y Juan ha sido duro y severo: “No saben lo que están pidiendo”. Entonces, para ayudarles a entender, recurre a dos imágenes: el cáliz y el bautismo.

 

La primera imagen se refiere a una práctica bien conocida en Israel: el padre o el que ocupaba el primer puesto en la mesa solía ofrecer, como gesto de estima y afecto, su misma copa para que bebiera de ella la persona de su complacencia. Esta imagen se repite a menudo en la Biblia, a veces en un sentido positivo: “El Señor es parte de mi herencia y de mi copa” (Sal 16,5), más a menudo de forma negativa: “Jerusalén, bebiste de la mano del Señor la copa de su ira” (Is 51,17).

 

El cáliz indica el destino, bueno o malo, de una persona. Jesús sabe que le espera un cáliz del dolor, un cáliz del que desearía librarse (cf. Mc 14,36), pero que tiene que ser bebido, para entrar en la gloria.

 

La imagen del bautismo tiene el mismo significado: indica el paso a través de las aguas de la muerte. Las angustias y sufrimientos a los que está sometido el justo son comparados frecuentemente en la Biblia a una inmersión en aguas profundas o al rugir de olas impetuosas (cf. Sal 69,2-3; 42,8).

 

¿Están dispuestos, Santiago y Juan, a beber la copa del Señor? ¿Están dispuestos a seguirlo por el camino del don de la vida? ¿Se animan a sumergirse con él en las aguas del sufrimiento y de la muerte? Los dos hermanos lo entendieron finalmente y, con tal de seguir a Jesús, están dispuestos también a aceptar el sufrimiento.

 

Jesús respeta su lentitud en la comprensión de los designios de Dios. Anuncia que, un día, ellos también compartirán su destino de sufrimiento y de muerte, beberán la misma copa, darán la propia vida. Después responde a su solicitud: el puesto en la gloria es un don gratuito del Padre, no es algo que se pueda obtener en un concurso de méritos. Santiago y Juan cometen el error de imaginar el reino de Dios según el modelo de los reinos de este mundo donde la gente pugna por subir a la cima. No logran entender que, ante Dios, no hay reclamaciones basadas en las buenas obras: de Él todo se recibe como regalo (v. 40).

 

La reacción indignada de los otros diez muestra cómo ellos también están lejos de haber asimilado el pensamiento del Maestro, y he aquí el cisma dentro del grupo.

 

En la comunidad de los discípulos se reproduce lo que había sucedido en Israel después de la muerte del rey Salomón. El frenesí del poder de Roboán había causado la división del reino: dos tribus se habían aliado contra las otras diez y las diez contra las dos (cf. 1 Re 12). La historia de su pueblo debería haber enseñado algo a sus discípulos.

 

Jesús toma la palabra nuevamente para aclarar la cuestión de jerarquías y del ejercicio del poder dentro de su comunidad (vv. 41-45). Lo hace después de llamar a sus discípulos, una expresión que en Marcos sirve para centrar la atención en un mensaje especialmente significativo.

 

“Saben que entre los paganos –dice Jesús– los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad” (v. 42).

 

En la expresión “los que son tenidos por gobernantes” brilla la sutil ironía del Maestro en contra de los detentores del poder, ironía que se vuelve más explícita en el pasaje paralelo de Lucas donde Jesús dice que “los reyes de los paganos los tienen sometidos y añade, y los que imponen su autoridad se hacen llamar benefactores” (Lc 22,25).

 

El análisis del modo como estos líderes cumplen su tarea, sirve a Jesús para definir la forma en que debe llevarse a cabo el ministerio de la presidencia dentro de la comunidad cristiana.

 

Los discípulos conocen por experiencia propia varios modelos de autoridad: la ejercida por los líderes políticos y religiosos, por los rabinos, escribas y sacerdotes del templo. Todos se comportan de la misma manera: dan órdenes, reclaman privilegios, exigen ser venerados como prescribe el ceremonial; hay que arrodillarse ante ellos, besarles la mano, dirigirse a ellos, después de cuidadosa selección, con los títulos correspondientes a la posición y prestigio de cada uno.

 

¿Es a estas autoridades a las que los discípulos deben inspirar?

 

¡Nada de dudas y medias tintas en este punto! A sus discípulos, Jesús les da una orden clara y contundente: “No será así entre ustedes” (v. 43). Ninguno de estos tipos de autoridad debe ser tomado como ejemplo.

 

El modelo a imitar –explica– es el esclavo, el que ocupa el nivel más bajo en la sociedad, la persona a quien todo el mundo tiene derecho a dar órdenes. Como el siervo está siempre atento, día y noche, a los deseos de su amo, así debe comportarse aquel a quien le ha sido encomendado el ministerio de la presidencia en la comunidad cristiana, considerando a los demás como superiores, sintiéndose el último y el siervo de todos.

 

Los discípulos de los rabinos seguían al maestro, aprendían sus enseñanzas, obedecían todas sus órdenes, iban a pie mientras el rabino cabalgaba un asno, se mantenían a una respetuosa distancia y se prestaban a asumir todos los servicios, incluso los más humildes, como limpiar su casa y lavar sus pies. Estaban dispuestos a rebajarse a fin de ser algún día ellos mismos rabinos y tener derecho a los mismos privilegios y a la misma alta posición social del maestro.

 

Jesús rechaza esta lógica, no quiere que nadie le sirva. Se coloca en medio a los suyos como el que sirve y recuerda a todos que “el hijo del hombre no vino para ser servido, sino a servir” (v. 45). No pide que le laven los pies, sino que es él mismo quien se inclina para lavar los pies de los discípulos.

 

Para completar el cuadro podemos recordar otras actitudes que han sido duramente condenadas por Jesús, actitudes ante las que todo cristiano debe probar un instintivo rechazo: dar espectáculo, llamar la atención (cf. Mt 23,5), endosar vestimentas o hábitos especiales para distinguirse de los demás (cf. Mc 12,38); aspirar a puestos de honor en las fiestas, a los primeros sitiales en las sinagogas, exigir ser llamados “rabí”, “maestro”, “padre” (cf. Mt 23,6-10).

 

El severo mensaje del Maestro va dirigido a los que han sido investidos de autoridad en la Iglesia, pero no solamente a ellos. Quien quiera seguir al Maestro debe considerarse el “siervo” de todos.

 

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