XXX Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (25 de Octubre 2015)

Abandona el manto

para poder ver mejor

 

Introducción

 

Homero veía, pero se le representa ciego. Era el símbolo de los hombres inspirados, de los que, al penetrar en las verdades profundas, ocultas al común de los mortales, tienen que cerrar los ojos a la realidad de este mundo. En la antigua Grecia, incluso los magos, los adivinos, los rapsodas eran considerados ciegos: tenían que abstraerse de las apariencias engañosas, ignorar las vanaglorias terrenas, para captar la luz y los pensamientos de los dioses.

 

Es encomiable su búsqueda apasionada de la verdad y su compromiso de educar a la sabiduría pero, ante los grandes enigmas del universo y del hombre, tuvieron que rendirse, caminaban a tientas en la oscuridad, continuaron siendo ciegos.

 

Los peripatéticos, endosando el manto, un símbolo de los que cultivan el amor a la sabiduría, disertaban sobre la verdad mientras paseaban alrededor de la Acrópolis de Atenas; los académicos, los epicúreos y estoicos reflexionaron sobre el dolor, la felicidad, el placer y el sentido de la vida. En Atenas, descrita por Cicerón como “la luz de toda Grecia”, todos, como ciegos, dirigían su mirada anhelando la luz. Pero no fue de esa ciudad de donde vendría la luz del mundo.

 

Reinaba Tiberio cuando, en las montañas de Galilea, un carpintero de Nazaret comenzó a proclamar la buena noticia. Fue entonces que “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4,16). Para los antiguos filósofos había llegado el momento de dejar sus mantos y alzar la vista: desde arriba había venido a visitar a los hombres “un sol naciente, para los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte” e indicar a los ciegos el camino de la paz (Lc 1,78-79).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Las propuestas del mundo me envuelven en la oscuridad, las del evangelio tienen luz”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jeremías 31,7-9

 

31,7: Así dice el Señor: Griten jubilosos por Jacob, regocíjense por el primero de los pueblos, háganse oír, alaben y digan: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. 31,8: Yo los traeré del país del norte, los reuniré desde los rincones del mundo. Qué gran multitud retorna; entre ellos hay ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y a punto de dar a luz; 31,9: si marcharon llorando, los conduciré entre consuelos, los guiaré hacia corrientes de agua, por camino llano y sin tropiezos. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito. – Palabra de Dios

 

 

En el diccionario, la palabra jeremiadas se describe como discurso extenso y quejumbroso. Jeremías es el profeta célebre por sus anuncios de desventuras y por las continuas amenazas de desastres. Sin embargo, hubo un período de su vida en el que también él se deshizo en pronósticos optimistas y pronunció oráculos alegres. Sucedió cuando el piadoso rey Josías comenzó una profunda reforma religiosa y emprendió la reconquista de Samaria, arrebatada a Israel por los asirios cien años antes. Estos oráculos, reunidos en cuatro capítulos llamados por los estudiosos bíblicos Libro de la Consolación (c. 30–33), son un sucederse de invitaciones a la alegría y la fiesta, porque el Señor todavía ama a Israel (cf. Jer 31,3.15-20) y está a punto de cumplir una intervención prodigiosa en su favor: reconducirá a la patria a los exiliados deportados a Nínive. La lectura de hoy pertenece a esta sección del libro de Jeremías.

 

Después de la invitación a alabar al Señor, cantar alabanzas a su nombre y regocijarse (v. 7), el profeta ya parece contemplar el grupo de exiliados que regresan a su tierra natal. Los observa y descubre a ciegos, cojos, las mujeres embarazadas y las mujeres parturientas (v. 8).

 

Una comitiva verdaderamente única. Nadie atreve a apostar por el éxito del viaje: con gente así no se va muy lejos, no se camina rápido. Su condición es desesperada: son ciegos, incapaces de orientarse, tullidos que no pueden moverse, mujeres agobiadas por el embarazo o afligidas por dolores de parto. Sólo un milagro del Señor puede llevar a la meta a un grupo de gente en esas condiciones.

 

Sin embargo, son estas personas reducidas a este estado las que atraen los ojos del Señor y le mueven a la compasión. Él ama a todos, pero tiene atención y cuidados especiales para quienes están necesitados y es sobre éstos, como sobre los deportados de Nínive por los que se inclina para traerlos a la vida.

 

Estos salvados de la deportación, llamados a rehacer el camino que los condujo lejos de su patria, representan a quienes, después de haberse alejado el Señor, se han convertido en prisioneros de los vicios, de los malos hábitos, del pecado; ya no tienen fuerzas para volver a Dios y, tal vez, ni siquiera lo desean. Si la liberación dependiese solamente de ellos, si tuvieran que depender solamente de sus fuerzas morales, tendrían toda la razón para resignarse a la esclavitud.

 

También los deportados se consideraban un resto de los fracasados, pero fue a partir de ellos que Dios comenzó nuevamente la historia de Israel.

 

En la última parte de la lectura (v. 9) Jeremías describe, recurriendo a imágenes de la salida de Egipto, el regreso de estos deportados. Cruzan el desierto sin encontrar ninguna dificultad, no sufren hambre o sed, como les había sucedido a sus padres durante la fuga de la esclavitud del Faraón. El Señor les hace encontrar ríos de agua y traza un camino recto, cómodo y sin tropiezos.

 

Las palabras consoladoras del profeta se proponen hoy para hacernos caer en la cuenta de que la historia de estos exiliados es la nuestra. Quien se aparta de Dios hace la experiencia del “llanto” (v. 9), pero el camino de regreso, aunque comprometido y difícil, también está sembrado de satisfacciones que, como fuentes de agua borbotando en  el desierto, nos anuncian que el Señor viene a nuestro encuentro.

 

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Segunda Lectura: Carta a los hebreos 5,1-6

 

5,1: Hermanos: Todo sumo sacerdote es elegido entre los hombres y nombrado su representante ante Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. 5,2: Puede ser indulgente con ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a la debilidad humana, 5,3: y a causa de ella tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, lo mismo que por los del pueblo. 5,4: Y nadie puede tomar tal dignidad para sí mismo si no es llamado por Dios, como Aarón. 5,5: Del mismo modo Cristo no se atribuyó el honor de ser sumo sacerdote, sino que lo recibió del que le dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy; 5,6: y en otro pasaje: tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. – Palabra de Dios

 

 

La Carta a los Hebreos fue escrita para los cristianos de origen judío que habían creído en Cristo, pero seguían sintiendo nostalgia por el templo de Jerusalén y por las ceremonias solemnes que allí se habían celebrado. Sentían la tentación de volver a las prácticas tranquilizadoras de la antigua religión.

 

El autor de la carta –un cristiano muy educado en las Escrituras y las tradiciones del pueblo de Israel– aclara esta dificultad explicando a sus hermanos en la fe que Cristo es un sacerdote infinitamente superior a los de la Antigua Alianza.

 

En el pasaje de hoy hace referencia en primer lugar a las características de los sacerdotes que ofrecían sacrificios en el templo. Debían ser escogidos por Dios; no podían atribuirse este honor sin haber sido llamados por el Señor, como lo fue Aarón. Por otra parte, tenían que ser hombres, no ángeles, de hecho, sólo quien experimenta en carne propia la debilidad humana es capaz de comprender la fragilidad y los pecados de los hermanos y sabe ser solidarios con ellos (vv. 1-4).

 

Jesús posee ambas características.

 

No se ha atribuido la gloria de ser el sumo sacerdote, pero se le ha sido concedida por el Padre (vv. 5-6). Además es plenamente hombre: ha experimentado el dolor y la tentación y, por lo tanto, es capaz de compadecerse de nuestras equivocaciones (vv. 7-10.).

 

Esta lectura tiene un mensaje de consuelo no sólo para los judíos nostálgicos de su religión, sino también para algunos cristianos de hoy que quizás añoren los antiguos ritos, las tradiciones, los viejos catecismos tan claros y precisos, las devociones tan tranquilizadoras. Hoy la iglesia les da a Cristo en las Escrituras y en el Pan eucarístico y este doble alimento es sabroso e inmensamente más sólido que cualquier otro alimento del pasado.


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Evangelio: Marcos 10,46-52

 

10,46: En aquel tiempo, llegaron a Jericó. Y cuando salía de allí con sus discípulos y un gentío considerable, Bartimeo, hijo de Timeo, un mendigo ciego, estaba sentado al costado del camino. 10,47: Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, compadécete de mí! 10,48: Muchos lo reprendían para que se callase. Pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, compadécete de mí! 10,49: Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Llamaron al ciego diciéndole: ¡Ánimo, levántate, que te llama! 10,50: Él dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús. 10,51: Jesús le preguntó: ¿Qué quieres de mí? Contestó el ciego: Maestro, que recobre la vista. 10,52: Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Al instante recobró la vista y lo seguía por el camino. Palabra del Señor

 

 

Con esta lectura se cierra la parte central del Evangelio de Marcos en la que Jesús deja claro cuál es la meta de su viaje y expone los requisitos morales que deben asumir los que quieren seguir sus pasos: el amor gratuito, sin condiciones y sin límites, renuncia a los bienes y a toda ambición, servicio desinteresado a los demás.

 

Jesús ya ha cubierto una buena parte de su viaje: partió de Galilea, pasó a lo largo del Jordán y ahora se encuentra en Jericó. Le faltan sólo 27 km para llegar a la meta. Está a punto de comenzar el ascenso a la santa ciudad, y con él van los discípulos y una gran multitud (v. 46).

 

Desde el punto de vista histórico, la presencia de una gran multitud junto a Jesús es verosímil porque, con ocasión de la Pascua, hay muchas caravanas de peregrinos que van de camino a Jerusalén pero, desde el punto de vista teológico, es sorprendente. No se comprende que tantas personas todavía sigan a Jesús después que, claramente, haya anunciado el destino que le espera, el cáliz amargo que tiene que beber, las aguas impetuosas del odio, de la persecución y del martirio en que debe sumergirse (cf. Mc 10,38).

 

Sólo hay una explicación: quienes lo acompañaban no han entendido o no han querido entender el significado de sus palabras. Ni siquiera los discípulos se han liberado todavía de la idea distorsionada que tienen sobre el como el Mesías. En sus corazones, continúan engañándose a sí mismos, con la esperanza de que las predicciones hechas por Jesús hayan sido pronunciadas en un momento de amargura y decepción, y están convencidos de que al final todo va a terminar con un triunfo.

 

Su condición espiritual es similar a la de los ciegos, tienen ojos impenetrables a cualquier rayo de luz, insensibles a los colores más intensos. El Maestro les ha reprendido antes, pero fue en vano: “¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen ojos y no ven?” (Mc 8,17-18), y a continuación, ha comenzado a curar su ceguera, con dificultad, interviniendo en varias ocasiones, como lo hizo con el ciego de Betsaida (cf. Mc 8,22-26). La parte central del Evangelio de Marcos está dedicada por completo a estos intentos.

 

Ahora está en Jericó y, antes de iniciar el ascenso a Jerusalén, hace un último signo: cura a otro ciego.

 

Con motivo de la Pascua, los judíos se mostraban particularmente generosos en sus limosnas: se sentían obligados a hacer participar a las personas desfavorecidas de la alegría de la fiesta. Para los mendigos, la salida de la ciudad de Jericó, donde el camino comienza a subir hacia Jerusalén, era el lugar ideal para colocarse y pedir ayuda a los peregrinos bien dispuestos.

 

Entre estos mendigos sentados en el borde del camino, se encontraba en el momento del paso de Jesús con el grupo de discípulos, un ciego, identificado por su apellido, Bartimeo.

 

El relato de su encuentro con Jesús, viene narrado por los tres sinópticos y va más allá que una página de crónica. En la intención del evangelista Marcos es también una parábola, una alegoría del hombre iluminado por Cristo.

 

Bartimeo es la imagen del discípulo que finalmente abre los ojos a la luz del Maestro y decide seguirlo a lo largo del camino. Consideremos las etapas que le han conducido a la curación.

 

La primera escena nos lo muestra sentado en el camino (v. 46) Vivir es moverse, proyectarse, construir, cultivar ideales. Bartimeo en cambio, más que vivir sobrevive, está inmóvil como un robot repitiendo los mismos gestos y las mismas palabras, se hace acompañar todos los días a los mismos ambientes; parece resignado a la condición lamentable que un nefasto destino le ha asignado.

 

Representa a la persona que aún no ha sido iluminada por el Evangelio y por la luz de la Pascua: no camina hacia una meta, va a tientas, envuelto en el perenne y misterioso sucederse de nacer, vivir y morir.

 

Pide limosna (v. 46). No es autosuficiente, debe mendigar todo, incluso el afecto, depende de los demás, de las cosas, de los acontecimientos.

 

El primer paso hacia la recuperación es tomar conciencia de su situación (v. 47). Sólo aquel que se da cuenta que está llevando una vida sin sentido, inaceptable, decide buscar una salida. Hay quienes se adaptan a su condición, se apegan a la enfermedad que le permite vivir de limosna sin hacer nada, se complacen en su situación. Bartimeo no se resigna a la oscuridad en la que está inmerso.

 

Un día se da cuenta de que algo está a punto de cambiar. Oye hablar de Jesús (vv. 47-48) e intuye que se le va a presentar la oportunidad de su vida: puede encontrar al “Hijo de David”, escuchar su voz curativa, abrir los ojos. Supera sus dudas y temores, la vergüenza y el qué dirán.  Grita, pide ayuda, ya no quiere quedarse en su estado actual.

 

También la curación de la ceguera espiritual comienza a partir de una profunda inquietud interior, por rechazo a una vida carente de valores e ideales, insatisfacción íntima que estimula a buscar propuestas alternativas, nos hace atentos a nuevas propuestas, a modelos de vida diferentes de los que la sociedad y la moral corriente proponen.

 

El encuentro con los que siguen al Maestro es el primer paso hacia la luz (v. 47). Antes de llegar a Cristo hay que encontrar a los discípulos y existen dificultades que hay que superar.

 

El que reflexiona y comienza a preguntarse si lo que está haciendo tiene sentido, se da cuenta rápidamente se estar moviéndose contra corriente, se siente inmediatamente confrontado en su esfuerzo por alcanzar la luz del cielo. Colegas de juerga, socios en asuntos ambiguos e incluso amigos, tal vez de buena fe, le ponen trabas, le invitan a callarse, a dejar a un lado los temas evanescentes de la fe, sonríen sobre los tormentos del alma, sostienen que estas preocupaciones corresponden a personas psicológicamente inestables.

 

Frente a esta oposición el ciego no se desanima, continúa invocando la luz, no se avergüenza de su condición, no oculta su angustia; a gritos pide ayuda a quien puede abrirle los ojos.

 

Incluso los que acompañan a Jesús pueden ser un impedimento para aquellos que buscan acercarse a la luz del evangelio. Parece imposible que quienes han seguido al Maestro de Galilea, escuchado su palabra y pertenecen al grupo de los discípulos, puedan estar todavía espiritualmente ciegos (Mc 8,18) y ser un obstáculo para quien quiere encontrar a Cristo.

 

Sin embargo esto es lo que sucedió en Jericó, donde “muchos reprendieron a Bartimeo para que se callara”, y sigue ocurriendo hoy.

 

Para revisar y ver si estamos realmente iluminados por Cristo o si lo seguimos sólo de palabra es bastante simple. Lo revela la sensibilidad que tenemos frente al grito del pobre que pide ayuda. Quien se molesta, finge ignorarlo o intenta silenciarlo, quien está ocupado en proyectos más importantes, más devotos, más sublimes y no tiene tiempo de  echar una mano a quien se tambalea en tinieblas, el que cree que hay algo más importante que detenerse, escuchar, comprender y ayudar a quien desea encontrarse con el Señor, éste,   incluso si cumple a la perfección todas las prácticas religiosas, sigue estando ciego.

 

Jesús escucha el grito de Bartimeo (v. 49) y exige que se le traiga a su presencia. Su llamada no se dirige directamente al ciego, sino a los que están encargados de transmitirla.

 

Estos mediadores representan a los verdaderos seguidores de Cristo, sensibles al clamor de quienes buscan la luz. Son los que dedican gran parte de su tiempo a escuchar los problemas de los hermanos en dificultad, que siempre tienen palabras de aliento, que indican a los ciegos el camino que conduce al Maestro.

 

En las palabras que dirigen a aquellos que han pasado toda una vida en las tinieblas del error, no hay ningún reproche, sino sólo invitaciones a la alegría y la esperanza: “¡Ánimo! Levántate, que te llama” (v. 49).

 

Y así llegamos a la última etapa. El ciego salta, arroja su capa y corre al encuentro de quien le puede dar la vista (v. 50).

 

Los gestos no son muy probables, no es así como se comporta normalmente un ciego. Sería más lógico esperar que se pusiera el manto sobre los hombros y se moviera con paso inseguro, para hacerse acompañar hasta Jesús. En lugar de ello, tira todo, se pone de pie de un salto y corre presuroso.

 

Tal como se presenta, la escena sólo puede tener un valor simbólico y un mensaje teológico que comunicar. En Israel, la capa era considerada la única pertenencia de los pobres: “…porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo y para acostarse…” (Ex 22,26). Como todo mendigo, Bartimeo la coloca sobre sus rodillas y la utiliza para recoger limosnas. El gesto de abandonarla, junto con las pocas monedas que los transeúntes benevolentes le hayan dado, indica un total desapego, decidido, radical, de la condición en que ha vivido. La vida que ha llevado hasta ese momento no le interesa más.

 

Su gesto hace referencia a lo que los catecúmenos de las comunidades de Marcos estaban haciendo en el día de su bautismo: arrojaban el vestido viejo, de desprendían de todo lo que les impedía correr en pos del Maestro. Era el signo de renuncia a la vida antigua, a hábitos, comportamientos incompatibles con las decisiones de quien ha sido iluminado por Cristo.

 

El relato termina con el diálogo entre Jesús y el ciego (vv. 51-52). El Maestro pregunta a todo aquel que busca la luz que haga su profesión de fe, de creer en aquel que puede abrirle los ojos. El encuentro con Cristo y con su luz coloca a la persona en una condición nada fácil.

 

Bartimeo antes estaba sentado, ahora tiene que comenzar a caminar; antes tenía su “profesión” que, para bien o para mal, le daba de comer, ahora tiene que inventarse una vida completamente nueva; antes tenía un lugar para vivir entre personas conocidas y amigas, ahora deber partir para una aventura que se presenta difícil y arriesgada.

 

Quien se acerca a Cristo no debe engañarse pensando que llega a una vida cómoda y sin problemas. La experiencia de Bartimeo enseña que es muy arduo el camino que le espera a quien ha recibido la luz; ésta obliga a revisar costumbres, comportamientos,  amistades, exige que la vida, el tiempo, los bienes sean gestionados de una manera radicalmente nueva.

 

Quién desea ser iluminado por Cristo tiene que elegir entre el manto viejo o la luz.

 

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